4 Marzo 2010

metafísica del 4º día sin tabaco

Archivado en: Análisis, Pensamiento, Personal, Salud — voet

Me acaba de pasar una cosa curiosísima: preparándome una infusión, abrí el microondas y me encontré intacto, aunque frío, el café que me había preparado esta mañana.

Es decir: YO me olvidé de tomar café por la mañana, que es como decir que la Tierra se ha salido de su órbita.

Pensé en alguna anomalía en las leyes de la Termodinámica, pero tras acercar una jarra vacía a la taza con la infusión y comprobar que el líquido no subía por sí mismo a llenar el recipiente, lo descarté.

Recapitulando: Dejar de fumar está provocando que muchas cosas mejoren día tras día.

La más sorprendente es que duermo muchísimo mejor. Quizás ronco menos gracias a que tengo los pulmones más libres; pero es que además el típico cabreo de despertar prácticamente me ha desaparecido.

La sensación de tabaco en la garganta es menor que cuando fumaba, pero persiste. Las células del epitelio pulmonar, al no estar expuestas a tabaco, se movilizan para sacar el moco; y aún hay mucha baba marrón dentro. Sé que en un par de semanas o así la cosa se estabilizará.

El olfato mejora, pero lo que realmente huelo más es el propio tabaco. Cada vez que se me acerca un fumador/a echo la cabeza para atrás inconscientemente. Otras veces que dejé de fumar no me pasó nada parecido. Me fastidia poder haber generado esa impresión tanto tiempo en alguna gente.

Curiosamente, nadando no lo he notado demasiado respecto a la resistencia, excepto que hoy hice más largos a crawl que a braza; no fue meditado.

Pero lo de olvidarme del café, lo que contaba al principio, me ha dejado anodadado. Había leído y sabía por mi propia experiencia que el café lleva al tabaco casi infaliblemente, pero no lo contrario. Soy fan del café de toda la vida y rara vez lo he dejado de tomar porque me gusta. Dejarlo, como ya dije, es una experiencia mucho más horrible que la de quitarse del tabaco, sin duda.

Pero aún es pronto como para felicitarme del todo por este esfuerzo: todavía me asaltan muchas imágenes de llevarme cigarrillos a la boca, encenderlos, visualizar elementos del ritual, pequeñas pausas en las que un pensamiento irrumpe y dice “cigarrito”. Todo esto me da mucho material para pensar.

Si la Mente, que suponemos territorio de la Razón, es tan fácilmente influenciable por el estado emocional provocado por el mero déficit de una sustancia ajena al cuerpo, ¿cómo no podrá estarlo ante la vivencia de un determinado status quo? Al final, la Razón por sí sola ¿cuánto es de fiar?

Obviamente hay niveles de autoconsciencia que permiten discriminar. Por ejemplo, ahora mismo el hecho muy intencionado de querer dejar el tabaco predomina sobre el inconsciente de seguir aferrado a él. En este caso, como en los demás, una consciencia lo suficiente aguda toma las riendas de la Voluntad.

¿Pero qué ocurre cuando la barrera entre distintas voluntades es mucho más laxa? Se entra en la zona de la complacencia, donde la conciencia que predomina es la que procura la mayor comodidad: ergo, se piensa como se vive y no se vive como se piensa. Y todavía hay quien pretende justificar filosofías cuyo único mérito es que son cómodas para el filosófo que las defiende. O al menos le permiten estar cómodo.

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