1 marzo 2010

el proyecto rosetta

A raíz del artículo que compara el vinilo con el compact disc me he quedado un poco inquieto con una afirmación que hago de pasada pero que en realidad tiene implicaciones muy profundas: ¿Cómo es de perdurable la información digital?

La respuesta obvia es: infinitamente, ya que aunque el soporte tenga una vida finita, la posibilidad de copia exacta garantiza que se pueda mover la información de un soporte a otro sin pérdida alguna.

Pero esa es la teoría.

A la hora de la verdad la información digital tiene dos problemas gordos: Uno es la tecnología necesaria para acceder a ella. El otro es la naturaleza excesivamente abstracta de la información recogida.

El primer problema es fácil de visualizar. Si pudiéramos conservar CDROMs o discos duros en un búnker subterráneo y sobrevivieran al inminente colapso de nuestra civilización, ¿cuál es la probabilidad de que en el futuro se pudieran leer los datos recogidos en ellos? Muy reducida, ya que deberíamos asumir que una civilización futura debería alcanzar nuestro nivel tecnológico como mínimo para ser capaz de leer los bits individuales. Si tenemos en cuenta que a esa civilización futura no le vamos a dejar combustibles fósiles para que se re-desarrolle a nuestro nivel, la cosa se pone muy sombría.

El segundo es más frustrante todavía. Convertir bits en una representación de algo (sonido, imagen, texto) no es algo evidente. Exige un procesamiento de la información que siempre es muy complejo, por evidente que parezca la relación.

Este mismo texto, por ejemplo, que se puede reducir a un puñado de bytes, tiene de facto una relación casi esotérica entre lo que estás viendo en pantalla y entre los ceros y unos del disco duro de un servidor de California, que es donde está almacenado ahora mismo.

Aun cuando la humanidad del futuro encontrara el depósito de CDROMs que mencioné antes y pudiera leer los bits en ellos contenidos, la conversión de esos bits en información sensorial y comprensible supondría un desafío aún más enorme, aún teniendo correctamente documentados muchos casos. La imagen de un arqueólogo del siglo XXX dando saltos de alegría por haber decodificado el formato JPG me resulta difícil de imaginar.

Desde principios del siglo XXI prácticamente todo lo almacenamos de manera digital, desde textos hasta fotos y música. En caso de catástrofe ¿qué pasará con esa información? En los libros de Historia del futuro podrá haber mucha especulación sobre la falta de información relativa a esta nuestra época. Quizás lleguen a la conclusión de que amábamos el silencio o de que éramos tan tontos que no sabíamos ni escribir, o que pusimos todos nuestros libros en el mismo lugar y el sitio se quemó.

[ La cosa nos toca más cerca aún: Ahora mismo abundamos en información digital, fácilmente transmitible y, en principio, eterna. Precisamente por estos motivos nos la tomamos con mucha ligereza. Desde la música bajada de la mula hasta las publicaciones que podamos hacer en Facebook, por ejemplo. ¿Quién nos garantiza que esa información se conserve para siempre? Si Facebook quiebra, ¿que pasará con todo lo que hemos subido? Microsoft ¿garantizará alguna vez que sus programas sean plenamente retrocompatibles? Esto es material para otro artículo. ]

La cuestión es que la fundación LongNow está muy preocupada por estos asuntos. Esta organización está formada por gente de amplias miras que percibe claramente como nuestra civilización, como las demás que nos han precedido, es una gota en el océano del tiempo. Y le preocupa la cuestión de la memoria y, sobre todo, el pensamiento a largo plazo. Sus diversos proyectos abarcan milenios en su concepción, y hasta escriben los años con 5 cifras (ej: 02010) para apoyar, hasta en la expresión, su peculiar y amplia visión de la historia humana.

El Disco de Rosetta es uno de esos proyectos.

Tiene dos caras y es de niquel. Con un chorro de iones de galio se han grabado en él, a nanoescala, trece mil páginas con información sobre centenares de lenguajes utilizados en la tierra. Se espera que sea legible al menos durante dos milenios.

Al modo de la piedra de Rosetta original, que permitió el descifrado de la escritura egipcia antigua, recoge la misma información en muchos idiomas (fragmentos del libro del Génesis, etc…), de tal modo que a partir de unos se puedan reconstruir los demás.

Por otra parte el diseño es tan evidente, con su espiral menguante, que a los pocos segundos de verlo tú, yo o cualquier persona del futuro pensará: vaya, necesito una lupa o un microscopio para acabar de leer esto. Obviamente en el futuro será más fácil re-alcanzar un nivel tecnológico que permita fabricar microscopios, que el necesario para el proceso electrónico de la información digital. Por otra parte su naturaleza analógica facilitará la decodificación de la información contenida, respecto a la misma información en formato digital.

El Disco de Rosetta no es sólo original o meritorio. En cierto modo es hasta un objeto bello, sublime. Mágico, para quien no pueda concebir la tecnología que ha permitido esta reducción de escala. Y todo esto ha sido tenido en cuenta.

Cada copia de este disco, y de otros que están planificados con otros tipos de información, se guardará en esferas de cristal y acero muy atractivas, que invitarán a su custodio, quizás por órdenes místicas como las imaginadas en Cántico por Leibowitz, libro que recomiendo encarecidamente.

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