24 febrero 2010

schopenhauer

Sería bueno comprar libros si se pudiera comprar a la vez el tiempo para leerlos; pero casi siempre se confunde la compra de los libros con la apropiación de su contenido.

Nuestro mundo civilizado no es más que una mascarada donde se encuentran caballeros, curas, soldados, doctores, abogados, sacerdotes, filósofos; pero no son lo que representan, sino sólo la mascara, bajo la cual, por regla general, se esconden especuladores de dinero.

Toda sociedad exige, necesariamente, un acomodamiento recíproco, un temperamento; así, cuanto más numerosa es, más insípida se hace. No se puede ser verdaderamente uno mismo, sino mientras está uno solo; por consiguiente, quien no ama la soledad, no ama la libertad. Porque no es uno libre sino estando solo.

Nuestras ansiedades, preocupaciones, miedos, vejaciones, etcétera, normalmente sólo tienen que ver con la opinión de alguien sobre nosotros. La manera de quitarse esta locura de encima es percatarse de cuán falsas, perversas, erróneas y absurdas son la inmensa mayoría de las opiniones que existen en la mente de los hombres y lo poco, por tanto, que debemos preocuparnos por ellas.

Siempre me resultó un obstáculo en mi vida, y en todo lo que emprendí, que hasta una edad bastante avanzada no fuera capaz de formarme una idea lo suficientemente clara de la pequeñez y miseria de los hombres.

No existe opinión alguna, por absurda que sea, que los hombres no acepten como propia si llegada la hora de convencerles se arguye que tal opinión es aceptada universalmente. Son como ovejas que siguen al carnero dondequiera que vaya; les es más fácil morir que pensar.

Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar.

Lo que se conoce como opinión universal es la opinión de dos o tres personas; nos convenceríamos de esto si pudiéramos asistir a su génesis. Fueron dos o tres personas quienes primero la afirmaron y benévolamente creyeron haberla examinado a fondo. Otros, que les consideraban suficientemente capacitados, aceptaron en principio esas ideas. Y estos a su vez fueron más creídos por gente indolente que opinaban que era mejor asumirlo en seguida que entretenerse con comprobaciones. Y así creció el número de crédulos, hasta que llegó un momento en el que el consenso se convirtió en deber. A partir de aquí los que están capacitados para juzgar están obligados a callarse.

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