17 febrero 2010

voltaire

Hoy voy a hablar de uno de mis autores favoritos: Voltaire.

A mucha gente le suena este nombre de los libros de filosofía e historia del colegio y se imagina que se debe tratar de un ladrillo espantoso. Pues para nada. De hecho, escribe unos libros muy actuales y divertídisimos. Voltaire tenía muy mala uva, y la descargaba en cantidad de libritos satíricos (algunos escritos bajo seudónimo por eso de conservar el pellejo) donde no dejaba títere con cabeza.

Ayer precisamente acabé de leer El Ingenuo. Es la historia de un indio del Canadá que llega a Francia después de un largo viaje, y que debido a su falta de “educación” (sí, entre comillas) es el tío más natural del mundo y dice lo que piensa. Así sucede que le intentan convertir al cristianismo y le dan a leer una biblia. Tanto entusiasmo le despierta el Nuevo Testamento que decide circuncidarse inmediatamente, lo que escandaliza a todos. Lo mismo ocurre cuando, después de confesarse, obliga literalmente al cura a confesársele a él, bajo el mandamiento de “Confesaos los unos a los otros“. Más tarde, en la fecha del bautizo no aparece, dejando a todo el mundo preocupado. No aparece… porque está en el río pasando frío esperando a que lo rocíen. Cuando le explican finalmente que no se hace así, el contesta algo así como “Joder, tanta gaita con el libro de las narices y al final no hacéis nada de lo que dice; hacéis lo que os sale de los cojones“…. en definitiva, que grita a la sociedad de su época (y de la nuestra) la incoherencia y la hipocresía de su comportamiento.

Otro librito delicioso, y uno de los más famosos es Cándido. En él critica, más bien destroza, la filosofía de Leibnitz, quien aseguraba que “al ser este mundo creado por Dios, no tiene más remedio que ser el mejor de los mundos posibles“. Así enseña el maestro Pangloss, experto en Cosmogonigología (!), al pobre Cándido que vive feliz en su castillo… hasta que lo invaden, lo queman, matan al padre, violan a la madre y la hermana, a él le dan por culo, después hostias, huye en barco, naufraga, llega a Lisboa, hay un terremoto… y Cándido no deja de repetirse “¡Es el mejor de los mundos posibles! ¡Es el mejor de los mundos posibles!“.

También es una pasada Macromegas y Micromegas, sobre lo grande y lo pequeño. Macromegas, habitante de Saturno de 30km de altura, llega a la tierra y coge a una ballena en la puntita de su uña. Al ver a un ser tan increíblemente diminuto se pregunta “¿Tendrá conciencia? ¿Pensará?“…

Y uno de mis favoritos es Zadig, que transcurre en la antigua Babilonia. Zadig es un tío honrado y cabal, preocupado por hacer (y que se hagan) las cosas bien. De hecho, atrae la admiración de todos los gobernantes que se encuentra, quienes lo quieren tener a su lado. Y hace las cosas tan bien tan bien tan bien, que no sufre más que traiciones, envidias, malos rollos y puteos, cuando no se lo intentan cargar directamente.

Otra pasada de libro es La Princesa de Babilonia, quien busca desesperadamente a su amado por todo el mundo… ocasión que Voltaire aprovecha para hacer un repaso, escupiendo veneno, de la gente de los países que recorre la susodicha.

Pero lo mejor de Voltaire es que, en todos estos libritos, entre las risas y el cachondeo, esconde unas verdades como puños y unos pensamientos profundos. E introducidos de manera tan contundente que muchas veces dejas de leer un buen rato mientras le das vueltas al puñetazo mental que acabas de leer. Y como ejemplo, un fragmento de Zadig.

Antes de seguir leyendo, hay que ponerse en antecedentes: Zadig vivía en Babilonia, y era un hombre recto, honesto, preocupado por hacer las cosas bien… con lo que no hacía más que ganarse traiciones y enemigos por todas partes. En este punto del relato, Zadig está de vuelta de todo y se dedica a viajar de incógnito… pero repentinamente conoce a un ermitaño que destila sabiduría en sus palabras. Éste le pide a Zadig que le acompañe durante unos días y que no se separe de él, pase lo que pase. Y esto es lo que pasa:

Los dos viajeros llegaron al atardecer a un castillo soberbio. El ermitaño pidió hospitalidad para él y para el joven que lo acompañaba. El portero, al que se hubiera tomado por un gran señor, los introdujo con una especie de bondad despectiva. Los admitieron a su mesa en el último puesto, sin que el señor del castillo los honrara con una mirada, pero fueron servidos como los demás con delicadeza y profusión. A la mañana siguiente, tras dormir en un bello aposento, un criado les entregó a cada uno una moneda de oro. Zadig comprobó que el bolsillo del ermitaño estaba abultado, y se dió cuenta que había robado una jofaina de oro. Quedó muy sorprendido, pero no dijo nada.

Hacia el mediodía, el ermitaño se presentó a la puerta de una casa muy pequeña donde vivía un rico avaro; allí pidió hospitalidad por unas horas. Un criado malvestido les hizo pasar a la cuadra y les ofreció algunas aceitunas podridas, pan malo y cerveza pasada. El ermitaño comió y bebió igual que contento que la semana pasada. Después dió al criado mal encarado que los vigilaba las dos monedas de oro y le pidió hablar con su amo. “Magnífico señor, dignaos aceptar esta jofaina de oro en agradecimiento”. El avaro a punto estuvo de caerse de espaldas, pero el ermitaño no le dejó tiempo de volver de su asombro; salió apresuradamente con su joven viajero.

Zadig, extrañadísimo, le dice “¿Qué es lo que veo? Robáis una jofaina a quien os recibe magníficamente y se la dais a un avaro que os trata indignamente”. El anciano responde “Hijo, el hombre espléndido que sólo recibe a los extranjeros por vanidad y para que admiren sus riquezas, se hará más prudente. El avaro aprenderá a ejercer la hospitalidad. No os extrañéis por nada y seguidme”.

Llegaron al anochecer a una casa sencilla, donde nada denotaba prodigalidad ni avaricia. El dueño era un filósofo retirado del mundo, que cultivaba en paz sabiduría y virtud. Y no se aburría. Él mismo recibió a los viajeros con nobleza que nada tenía de ostentación. Primero les hizo descansar y luego él mismo les llevó comida, mientras hablaba de las últimas revoluciones de Babilonia, “…pero los hombres no merecen tener un rey como Zadig”. Éste, que viajaba de incógnito, enrojeció y sintió redoblar su dolor. Todos convinieron en que el mundo no estaba a gusto de los más sabios, y el ermitaño añadió que no se conocían los caminos de la providencia, y que los hombres hacían mal juzgar un todo del que sólo conocían una pequeñísima parte.

Tras la conversación, el hombre volvió a acompañarlos a sus aposentos y agradeció al cielo su visita. Incluso les ofreció algo de dinero, que el ermitaño rehusó. Al día siguiente, tras despertar, el ermitaño dijo: “hay que partir mientras están todos durmiendo: quiero dejarle a este hombre un testimonio de mi estima y afecto”. Diciendo estas palabras, pegó fuego a la casa con una tea. Zadig, asustado, intentó impedirlo, pero el ermitaño le arrastraba con una fuerza superior. La casa estaba en llamas y el ermitaño, que ya estaba lejos decía “A Dios gracias, ya está la casa de este hombre destruida de arriba a abajo”. Zadig sintió deseos de pegarle e insultarle, pero se contuvo.

La última noche la pasaron en casa de una viuda virtuosa y su encantador sobrino de catorce años, su única esperanza. Al día siguiente, mandó a éste acompañar a los viajeros hasta un puente que, habiéndose roto hacía poco, era peligroso. Ya en el puente, el ermitaño le dijo al chico: “Venid, tengo que mostrar mi agradecimiento a vuestra tía”. Y cogiéndole del pelo lo tiró al río, donde la corriente lo tragó.

Zadig no pudo más: “¡Monstruo! ¡El más canalla de todos los hombres!”.

Interrumpió el ermitaño: “Me habías prometido más paciencia. Sabed que bajo las ruinas de aquella casa que incendié yacía un inmenso tesoro, y que este niño que acabo de ahogar hubiera matado a su tía dentro de un año y a vos dentro de dos”. Y Zadig respondió “Quien os lo ha dicho, bárbaro”.

Y en ese momento el ermitaño dejo caer su capa y relució. Cuatro alas surgieron. Era un ángel.

“Los hombres todo lo juzgan: tú eras entre todos los hombres el que más merecía ser ilustrado. No hay mal del que no nazca un bien. Si no hubiera más que bien y no hubiera mal, esta tierra sería otra tierra, el encadenamiento de los acontecimientos sería otro orden de sabiduría. El Ser Supremo ha creado millones de mundos de los cuales ninguno es igual a otro. Todo lo que ves en el pequeño átomo en el que has nacido debía estar en su lugar y en su tiempo, según las leyes inmutables del que todo lo abarca. No hay azar, todo es orden y previsión.”

Y el ángel Jesrad, elevándose hacia lo alto, le dijo: “Dirígete a Babilonia”.

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