13 julio 2011

cómo ser uno con el todo

archivado en: Ciencia Ficción Tecnología
historia escrita en junio de 2002 y hasta ahora presente en una web que ya no está activa.
forma parte de una serie de relatos centrada en los mismos personajes.

Bill acabó de liar el inmenso porro, tras media hora de intensa concentración, y se sentó en postura de zazen. Desde su cojín en el centro del blanquísimo desván podía contemplar el bosque que rodea Casa Doce, su mansión, a través del ventanal redondo.
Encendió el porro e inhaló profundamente. Una semillita explotó; lo supo porque había alguien para oírlo. Por primera vez en mucho tiempo, disponía de tiempo para sí mismo y la tranquilidad externa necesaria para entregarse al noble arte de la meditación. Fumó en lentas caladas y no tardó mucho en sentir su craneo explotar hasta el infinito… pero al contrario que otras veces, no estaba tranquilo. La verdad es que no estaba nada tranquilo. Le remordía la conciencia. No por haberse deshecho de Brog durante una semana… Sintió profundamente que estaba vendiendo su alma al diablo.
Pero debemos retroceder unos cuantos días.


—Lo que Vd. me está proponiendo… no sé, debo meditarlo —dijo Bill.
—Dispone del tiempo que sea necesario.
Quién así hablaba era Sir James Esparadrapo, una de esas personas con tanta pasta como pocos escrúpulos que no tienen otro remedio que poner cara de aburrimiento para no vomitar cada vez que se ven a sí mismas en el espejo. Bill normalmente tiene que tratar con gente de todo tipo y condición, y aunque también fue perdiendo escrúpulos a lo largo de años de negocios, no le gustaba tratar con según que personas, o lo que sean.
—Es una buena oferta —continuó el individuo en cuestión, ante el silencio de Bill—. No está Vd. en condición de rechazarla.
Y era verdad. Últimamente no le iban nada bien los negocios a Bill. Las deudas se estaban acumulando y ya se había visto obligado a desprenderse de un par de empresas. El dinero no le importaba mucho. Siempre le había desbordado por las orejas y nunca había tenido necesidad de nada. Lo ganaba igual que lo gastaba. Pero esta vez la cosa era grave, y tenía miedo de tener que renunciar a su status, ciertamente envidiable.
—Mire —dijo finalmente Bill—. Nunca he tenido ascos a ciertas ilegalidades, pero esta vez se trata de tráfico de…
Un grito femenino, horroroso, se oyó proveniente del exterior del despacho.
—¡¡Mi mujer!!
Bill y Sir James corrieron hacia la puerta. Al abrirla pudieron ver a la señora Esparadrapo con los pelos como escarpias, y al otro extremo del salón a un desaliñado Brog (en pelotas, como casi siempre) haciendo gestos de calma. Al ver a Bill y su marido, la mujer volvió a gritar, sin escatimar watios.
—Esto… les presento a Brog Guano, máximo responsable de mi departamento de Investigación y Desarrollo —dijo Bill sin mentir demasiado.
—¡Hola! —saludó Brog desenfadadamente. Se tiró un pedo y se acercó al grupo.
Hay miradas que lo dicen todo. La del señor Esparadrapo era una de ellas. Su mujer corrió a resguardarse detrás de él.
—¡Qué se aleje de Fifí! ¡Qué se aleje de Fifí! —gritaba.
—¿Fifí? —preguntó Bill— ¡Ah, el perro!… —era verdad que estaba allí, rondando entre los muebles sin parar de hacer molinetes— ¿Qué hacías con él, Brog?
—¿Yo? Nada, observarlo. Es un perro muy interesante.
—Ese chucho es tonto —afirmó Sir James.
Su esposa se apartó de él de evidente mal humor y se tiró sobre una butaca. Bill pensó que si trataba así a su mujer, ¡cómo trataría a sus subordinados! Empezó a sentir verdadera repugnancia por él.
—Y Vd. ¡haga el favor de vestirse! —le dijo a Brog en un tono desagradable. Brog ya se disponía a contestarle una burrada cuando un gesto disimulado de Bill le quitó la idea de la cabeza.
—Vístete, Brog —ordenó Bill con suavidad. Éste subió de mala gana por las escaleras hacia su habitación.
—No me gusta que llames tonto a Fifí. —dijo de repente ella—. Me hace más caso que tú.
—¡¡ESE PERRO ES TONTO!! —le gritó el señor Esparadrapo rojo de ira, y dirigiéndose a Bill:— Fíjese, se pasa el día así.
Bill observó al chucho, y sí, la verdad es que un poquito tonto debía de ser. Más bien neurótico, viendo el ambiente en el que se había criado. La cuestión es que el pequinés no dejaba de dar vueltas sobre sí mismo persiguiéndose la cola. El estrabismo divergente de la raza y la permanente lengua fuera reforzaban la hipótesis.
—No me vuelvas a hablar así —dijo ella tras una pausa, rompiendo el hechizo giratorio del perro. La mirada de determinación de ella y la manera de incorporarse desde la butaca hizo pensar a Bill (muy perspicaz para estas cosas) que no estaba muy claro quien llevaba los pantalones en la pareja. Se enzarzaron en una discusión a gritos que parecía haberse repetido muchas veces. Bill suspiró.
En ese momento apareció Brog de nuevo, vestido con una túnica bastante sucia. Bajó las escaleras y se acercó a la pareja, ignorando las señas de Bill.
—Les compro el perro —dijo, para sorpresa de todos. Sir James fue el primero en reaccionar:
—Por mí, se lo puede quedar.
—¡¡ANIMAL, BRUTO!! ¡¡MI FIFÍ EN MANOS DE ESE JIPI MIERDOSO!!
A partir de ahí pasaron a la violencia directa. Ella empezó a arrojarle cosas a su marido y éste decidió poner fin a la discusión cargándola encima de su hombro.
—Señor Jerónimo, pasaré por aquí dentro de mes y medio. Espero que para entonces haya tomado una decisión —Sir James frustró una patada de su mujer—. No tengo excesiva prisa pero tampoco quisiera postergar un posible trato. Hasta entonces.
—Eehhh… Hasta entonces.
—¡¡¡QUIEERO EL DIVORRCIOOOUGGH!!! —gritaba la señora de Esparadrapo a medida que se dirigían hacia la puerta de salida, donde esperaba su chófer. Éste tenía cara de haber visto el mismo espectáculo una y otra vez—. ¡¡¡FI-FIIIIIIIÍ!!
Bill miró en derredor. Tanto Brog como el perro habían desaparecido.


No tardó mucho en encontrarlos. Estaban en la habitación de Brog. Éste estaba sentado en el borde de la cama, con la túnica subida para rascarse los huevos y contemplando al perro dar vueltas sobre sí mismo.
—Es alucinante —se decía por lo bajo.
—Ejem…
—¡Hombre Bill! ¡Jé! ¡Vaya chollo! ¡Conseguí quedarme con el chucho sin comerlo ni beberlo!
—Brog, dentro de un mes y medio vas a devolver ese perro.
—¡Si me lo ha dado!
—Te lo ha dado su marido. El perro es de ella, y no le has caído precisamente bien. Cuando vuelvan —y una parte de Bill deseaba profundamente que no volvieran nunca— se lo devolverás en perfectas condiciones.
—Weno. Ya. Es posible que ese cambie de idea.
—Exacto.
—Además, el tío parece un buen hijo de puta.
—Es un buen hijo de puta. Y por cierto… ¿Para que quieres ese perro? ¿Desde cuando te gustan los animales?
—No, si a mí estos bichos no me gustan. Además, para mí esto no es un perro: es más bien una especie de roedor. Me da hasta asco.
—No has respondido a mi pregunta.
—¿No te has fijado que siempre gira en el mismo sentido?
—¿Y? —Bill se fijó: era cierto. El perro siempre giraba en el sentido contrario al de las agujas del reloj.
—Este perro sigue el principio de Coriolis.
—Perdona Brog. Me suena eso de Coriolis, pero no me acuerdo muy bien en que consistía.
Brog se levantó, enderezo su chepa, recuperó su dignidad y comenzó su discurso:
—La aceleración de Coriolis es un fenómeno físico que aparece en sistemas sometidos a rotación. Uno de los efectos más visibles consiste en el giro del agua en el desagüe al vaciarse un recipiente —Brog se paseaba por la habitación, juntando los dedos en un gesto muy pedante—. Dependiendo del hemisferio terrestre en que estemos situados, el agua girará en un sentido o en otro. Si nos situamos en el ecuador, el agua puede girar en los dos sentidos indistintamente o no girar en absoluto.
Brog se subió a la cama y continuó. Bill era todo oídos:
—Esta aceleración tiene consecuencias trascendentales en la atmósfera de la Tierra. Forma los huracanes y decide su sentido de giro, así como el de los vientos alisios.
Brog se bajó de la cama. Bill aplaudió.
—Breve pero brillante… ¿Estás sugiriendo que…?
—En efecto. He descubierto el Perro de Coriolis, que me dará fama universal y grabará mi nombre con letras de oro en la historia de… La Ciencia.
Brog a duras penas se contenía.
—Pero antes… antes tendrás que probarlo.
—¡Oivá, es verdad!
“Vaya científico de mis cojones”, pensó Bill. En ese momento, tuvo un chispazo de intuición.
—Brog… ¿Te apetece dar un viaje? Puedes llevarte al interfecto contigo —señaló a Fifí, que aún seguía centrifugando saliva—, a Australia, por ejemplo, o a…
—¡Bill, te quiero! —Brog saltó encima de Bill y empezó a cubrirlo a besos.


Un árbol cayó en el bosque, pero no hubo nadie para oírlo.

Bill seguía sin poder concentrarse en el desván. La hierba no le había sentado nada bien en esta ocasión y no podía dejar de darle vueltas a sus problemas económicos, a la propuesta de Sir Esparadrapo, a su propia conciencia torturada y a un infinidad de asuntos sin resolver. Las autovacaciones concedidas de poco le habían servido.

En esto oyó gritar a alguien dos pisos más abajo.
—¡Bill, Bill! —era Brog— ¡Ya estoy de vuelta!
Bill se asombró de lo rápido que pasa el tiempo. Había pasado casi una semana desde que Brog marchara y ya había regresado. Se incorporó, estiró los doloridos muslos y bajó corriendo. Se encontró a Brog en el salón.
—Hola Bill… Jé jé… vaya ojos que tienes —dijo Brog, que llevaba un lujoso maletín de cuero en una mano y una nevera portátil en la otra.
—Hola Brog, veo que te ha sobrado comida —refiriéndose a la nevera.
—Sí —posó la susodicha y abriendo el maletín mostró su contenido: un plátano, dos manzanas y un bocadillo de chorizo a medio comer.
En ese momento Bill se acordó del perro. Quizás fue la meditación, o el porro, o ambas cosas; pero pocas veces su mente trabajó tan rápido.
—Brog —susurró dulcemente—. ¿Dón-de-es-tá-el-pe-rro?
Brog puso un pie de puntilla, inclinó la cabeza a un lado y señaló con ojillos de niño bueno la nevera. Bill se arrojó sobre ella, la abrió y pudo ver unos pelos que asomaban bajo una bolsa con cubitos de hielo. Tiró de los pelos y sacó una especie de peluche, rígido, goteante, de ojos desorbitados. De su cabeza colgaba algo que parecía un manojo de electrodos.


—¡¡BAJA DE AHÍ, ME CAGO EN TUS MUERTOS!!
—¡¡No, que me pegas!!
—¡¡QUÉ BAJES DE AHÍ!!
Brog se había subido, no preguntes cómo, a la lámpara central de la inmensa sala. Desde ahí Bill, fuera de sí, le tiraba de todo. Llegó un momento en que no pudo más y se derrumbó: empezó a llorar desconsoladamente. Brog, que nunca había visto a Bill así, se arriesgó a una paliza descolgándose hasta el suelo de manera bastante gentil. Es decir, que no rompió nada. Bueno, nada de valor. Sólo un cenicero.
—Bill, siento haberme cargado al chucho, pero es que no quería colab…
—¡Estoy al borde *snif* de la bancarrota, Brog!
Éste se quedó muy sorprendido.
—No tenía ni idea —Brog se sentó al lado de Bill y rodeó sus hombros con un brazo de oso—. ¿Cómo no me dijiste nada?
—¡No quería agobiarte con mis problemas! *snif* —Bill continuó tras unos sollozos, pues Brog callaba— ¡Estoy fatal! ¡Nunca había estado peor en mi vida! ¡No hay nada que salga bien! ¡Puta crisis! *snif* ¡He tenido que vender la empresa de limpieza y VACRO! ¡Y ahora me vienes con el perro hecho un desguace! ¿Tú sabes quién era esa gente? —volvió a ponerse de mala uva, pero se controló—. ¡Eran mi salvación!
—No sabía nada, Bill… A mí me parecieron dos mamones de esos que vienen a pedirte dinero cada poco.
—Lo peor… lo peor es que no les dije nada porque es un negocio bastante turbio. Tengo un conflicto moral muy grande. Por eso te mandé a Australia. Quería estar solo unos días conmigo mismo para meditar.
Brog, tras la confesión, se sintió un poco menospreciado por un instante, pero entró en razón en seguida. La verdad es que no tenía ninguna queja de Bill… Hombre, de vez en cuando le pegaba una paliza, muchas veces merecida. Pero realmente no podía quejarse.
—Bill, debo de tener algo de dinero en el banco, aunque hace tiempo que no miro mi cuenta—dijo Brog ingenuamente.
—No se trata de eso, hombre. Ya ni siquiera se trata de dinero… Me siento… partido. Cuando llegaste estaba intentando practicar meditación, pero no había manera.
—No sé, Bill. No entiendo de esas cosas. Para mí meditar es una barra de pan y un bote de mayonesa —dijo, intentado animarle.
—¿Nunca has tenido inquietudes espirituales?
—No. ¿Paqué? Estoy contento conmigo mismo.
“Eso es verdad” pensó Bill. “No soy ni la décima parte de bestia que él y sin embargo soy yo el que tiene problemas para aceptarse”. Bill empezó a enfadarse consigo mismo. Brog le sacó rápido de su encebollamiento.
—¡Pero vamos a ver, Bill! ¡Qué es lo que quieres!
—¡Pues dejar de estar dividido, angustiado! —reflexionó un poco más— Ser uno.
—¿Y cómo quieres ser uno? ¿Sabes lo que es ser uno? —Brog se levantó— ¿Qué es la unidad? ¿Tú y tu entorno? ¡Si todo fuera uno no podría percibirse a sí mismo!
Bill se quedó con la boca abierta.
—Pensaba que el versado en Filosofía era yo.
—Perdona Bill, pero yo soy un hombre entregado a… La Ciencia —como otras veces, Brog parecía hasta majestuoso—. Y… La Ciencia fue en su origen Philosophia Naturalis, o como cojones se diga. Así que algo tendré que saber del tema, digo yo.


Cincuenta y siete horas más tarde Bill y Brog seguían hablando en el mismo lugar.
—…Y del mismo modo —éste era Bill— la tradición sufi asegura que sólo existe una realidad.
—Joder, macho. Eres un pozo de erudición. No me imaginaba que supieras tanto del tema.
—Hombre —confesó Bill—, tuve bastantes granos durante la adolescencia.
Se rieron. Ya hacía bastante tiempo que se habían olvidado de los restos del chucho, que ahora yacían en una esquina del salón rodeados de un charquito. Se habían mantenido despiertos a base de brebaje, mixtura compuesta mitad de café negro frío, mitad de una conocida bebida de cola. Y alimentado a base de: bocadillos, Bill; chorizos en manteca, Brog.
—Me ha parecido muy interesante lo de la escuela neo-kantiana… ¿qué más? —preguntó Brog.
—Neo-kantiana-posmo-dadá de Varsovia, IV Congreso General, año 2013.
—Eso. La verdad es que ese modelo puede tener aplicaciones prácticas.
—¿A qué te refieres? —inquirió Bill.
—A que sería posible experimentar con la noción de unidad y…
—Perdona Brog. ¿No huele un poquito mal?
—Bueno, sí —Brog se rascó la cabeza y echó un trago de brebaje— ya me había dado cuenta, pero no *eructo* quería decir nada: creo que es Fifí, que ya debe estar pudriéndose.
A Bill ya le daba igual el puto chucho, así que no reaccionó.
—Por cierto… ¿Qué hiciste con él?
—Que no quería colaborar —contestó Brog.
—¿Qué es eso de que no quería colaborar?
—Pues que en el aeropuerto de Sidney empezó a dar vueltas sobre sí mismo en sentido antihorario, como aquí.
—Pero es que a lo mejor no es un “perro de Coriolis”.
—Pues ni se me ocurrió. Pensé que a lo mejor le hacía falta un poco de estimulación, y una vez en la habitación del hotel, me puse a improvisar unos electrodos con los cables de la lámpara de la mesita.
—¿Lo electrocutaste?
—¿Qué? ¡No! ¡Lo que pasó es que siguió dando vueltas como gilipollas en el mismo sentido, me enfadé, le metí una patada y lo maté!
—¡¡¡Jua, jua, jua!!!


Tras aquella conversación Brog vió más animado a Bill; éste además le dió carta blanca para que intentara hacer una máquina que sirviera para estudiar la unidad, según los principios de la escuela neo-kantiana-blablá-blablá eso. Brog, tras enterrar a Fifí en un hormiguero, se encerró en el taller sin salir de él excepto para ir a la cocina, muy de vez en cuando, y reabastecerse de pan y embutidos.
Bill, mientras tanto, se dedicó a mantener sus negocios a flote. Le fue bastante mejor de lo que esperaba: no se recuperó, pero la mala racha pareció estabilizarse. Debía algo de dinero, pero el suficiente como para que le dieran trato de rey fuera donde fuera, si hubiera querido irse a algún sitio.
Casi una semana después de que Bill reanudara su trabajo y Brog se encerrara, llegó Bárbara de Onroep-Zanahoria y Kessely, futura condesa de Marmajara, a hacerle una visita a Bill, lo que le animó aún más. Desde que se conocieran en una de las míticas fiestas de Casa Doce, hace unos meses, parecían mantener una relación bastante buena. Así, los escasos ratos libres que tuvo Bill los dedicó a pasear con ella, ver alguna película de vídeo y echar unos buenos polvos.
Tanto Bill como Bárbara estaban intrigados por los extraños ruidos de martilleo que día y noche salían del taller, que estaba algo separado de la casa. Un cartel de NO MOLESTAR bastante persuasivo les quitó toda tentación de fisgar. Normalmente (y Bill lo sabía por experiencia propia) era la mejor política cuando Brog estaba ensimismado con sus herramientas. Por supuesto, Bill explicó a Bárbara en que consistía el proyecto. Pero no podía dar detalles porque no tenía ni idea de que se estaba cociendo allí dentro.


—¡Coño, condesa!
La futura condesa de Marmajara casi se cayó de espaldas en la ducha cuando oyó a Brog saludarla desde el exterior de la ventana del baño de la planta baja. Éste saltó hacia dentro, haciendo menos ruido de lo habitual, y comenzó a lavarse la cara en el lavabo: tenía la cara negra de mierda.
—¡¡¡BIIILLLL!!! ¡¡¡QUE ME VIOOLAAAAN!!!
Cuando este derribó la puerta del baño y vió la situación, no pudo evitar reírse.
—¡Joder, Brog, no le pegues estos sustos a Bárbara!
—¡Grrrr! —gruñó Brog haciéndole muecas a la pobre mujer, que estaba al borde del llanto.
—¡Bill, sácame de aquí!
—Brog, sácate de aquí.
—¡Pero si me estoy lavando! ¡Luego dices que nunca me lavo!
—Aaayyy —suspiro de Bill.

Media hora más tarde estaban los tres desayunando en la cocina. Brog se había echado medio bote de colonia y habían tenido que abrir las ventanas.
—¿Y como tú *chomp* por aquí?
—Vine a ver a Bill. He acabado los exámenes.
—Ah, es verdad, que estabas estudiando *eructo*. Estamos en Junio.
—En Julio, Brog —corrigió Bill— te has pasado tres semanas encerrado en el taller.
—¡¡¡Hostia, llevo TRES SEMANAS sin dormir!!! —y se derrumbó, enterrando la cara en la tostada de Bárbara.

Bill y ella aprovecharon para acercarse al taller. Los ronquidos de Brog se oían claramente desde allí. Cuando abrieron la puerta, se quedaron sin aliento.
En medio de la estancia había una especie de armario metálico, y rodeándolo por todas partes, miles de cables. Justo encima, apoyado sobre pilotes de acero, reposaba un gigantesco electroimán de tres metros de altura, aparentemente devanado a mano. Bill además distinguió lo que parecían ser tubos de rayos X casi ocultos entre la maraña de cables, así como cincuenta mil cosas más que no supo identificar. En definitiva, un trabajo de chinos.
Encima de la mesa, empapada de grasa de chorizo, había cientos de componentes electrónicos. Bill reconoció la carcasa del microondas que había desaparecido de su casa hacía más de un año y multitud de cadáveres de electrodomésticos repartidos por todos los rincones. Bárbara se fijó sobre todo en el montón de revistas porno que había en una esquina. Y en su color.
Bill se mordió el labio. Era incapaz de imaginarse el funcionamiento de la máquina, a pesar incluso de haber sugerido la mecánica filosófica en la que estaba basada. Así que cogió a Bárbara de la mano, abandonaron la estancia y decidieron esperar a que Brog despertara.


—¡Waayeeowwlll! —gritó Brog al despertarse, tres días después. Dió un respingo al verse en la cocina cubierto con mantas. Tenía la cara pringosa. Todavía no había amanecido.

Cuando Bill y Bárbara despertaron, Brog llevaba unas cuantas horas viendo anuncios en la tele. Decidieron desayunar y después comprobar el funcionamiento de la máquina.
—Ya veréis —dijo Brog churrepeteando un trozo de salchichón— ¡Vais a alucinar!
—Pero… ¿Ya la has probado? —preguntó Bárbara
—Sí… bueno, la verdad es que sólo con algunas cosillas, sobretodo chorizos—contestó Brog—. De hecho quedan pocos y habría que comprar. ¿De qué, si no, estaría comiendo este salchichón?
—Brog, había casi cien kilos de chorizo en la alacena —replicó Bill incrédulo.
—Pues yo debí comer noventa y seis, y la máquina cuatro.
—¿Pero la máquina come chorizos? —preguntó Bárbara ingenuamente.
—No, mujer, no… ¿Pero cómo va a comer chorizos? —y dirigiéndose a Bill:— La verdad es que tuve que hacer algunos cambios al planteamiento original.
—¿Y en que consistieron? —inquirió éste.
—Mi intención original era que la máquina creara unidades de cosas, pero ya al principio vi que no podía seguir esa vía, porque no la tenía nada clara. Después pensé en que la máquina extrajera la unidad de las cosas…
—Su esencia, por así decirlo.
—Sí, eso. Pero bastó menos de un día para darme cuenta que también era una vía cerrada, porque nadie aseguraba que la esencia de las cosas fuera materia…
—Muy perspicaz.
—…o nisiquiera radiación. Así que me dediqué a estudiar unos documentos que guardo al fondo del taller…
Bill y Bárbara se miraron mutuamente de reojo.
—… y llegué a la conclusión de que tenía que pensar en negativo: tenía que restar uno a lo que metiera en la máquina. Y con ese fin la construí. Venga, coge unas patatas. Vamos a dejarnos de cháchara y ver como funciona.

De camino al taller Bill no dejaba de interrogar a Brog. Bárbara no decía nada.
—¿Quieres decir que vamos a estudiar la unidad de manera indirecta? —preguntaba Bill.
—Sí… puedes definir el número tres como la diferencia entre cuatro y siete, o seis y nueve.
—Parece bastante prometedor… ¿Y cómo consigues que la máquina haga eso?
—Hombre, si te digo la verdad, no lo sé muy bien. Lo único que sé seguro es que los efectos cuánticos son esenciales.
—¿A qué te refieres? —intervino Bárbara— Yo he estudiado algo de cuántica en la facultad.
Repentinamente a Brog le cayó Bárbara mucho mejor que antes.
—Pues a que la máquina necesita aislar lo que le metes completamente del mundo exterior… de hecho, creo con total certeza que no resta la unidad en el momento de realizar la descarga de radiación, sino cuando se abre la compuerta y el interior es observado por primera vez.
—¡Guau! ¡Cómo el gato de Schrödinger! —exclamó Bárbara.
Brog estaba a un pelo de enamorarse de ella.
—¿Guau? —dijo Bill mofándose— será ¡Miau!
Los tres rieron.


Imaginaos la escena: Bárbara, Bill y Brog con careta de soldador (bueno, Brog no porque sólo tenían dos; él llevaba gafas de sol) introduciendo delicadamente, con unas pinzas, tres patatas en el interior de la máquina. El silencio era tal que sólo se oían los insectos del jardín, incluso con la puerta cerrada. Brog cerró la compuerta del artefacto y dió un paso atrás.
Apretó el botón.
No ocurrió nada.
—¡Oivá, si no la he enchufao!
Enchufó la máquina.
Apretó el botón.
Fogonazo. Crujido de la bobina al contraerse. Olor a ozono.
—Uff, has metido una buena dosis de corriente —dijo Bill.
—Sí, bueno… no quería comentártelo aún, pero el cacharrito gasta la hostia de luz —explicó Brog.
—No importa. Abre la compuerta —urgió Bill.
En un gesto solemne, Brog giró la llave.
Dentro había DOS patatas.
A Bill y a Bárbara les quedó una cara muy extraña. Brog, sin embargo, sonreía complacido.
—Ejem, Brog —dijo finalmente Bill— ¿No habrás, por un casual —y mientras decía esto se le hinchaba progresivamente la vena de la frente—, inventado la máquina de desaparecer cosas?
Brog siguió sonriendo, y con la vista clavada en Bill, le pasó una nota de tintorería (del propio Bill, por supuesto).
—Lee esto. ¿Encuentras algo raro aquí?
Bill examinó la nota pero no veía nada raro.
—Bill, cuando metí la factura en la máquina el precio por el lavado de tu traje era de doce créditos. ¿Qué cantidad lees ahí?
—Once. —Bill reaccionó— ¡Once!
Nadie sabe muy bien porqué, pero Bárbara se desmayó.


Tras dejar a Bárbara (con un buen chichón en la cabeza) apoyada contra un árbol para que tomara el aire, Bill y Brog volvieron inmediatamente al taller. Esto era muy poco propio de Bill; normalmente se hubiera quedado con ella, por lo menos un ratito. Pero estaba realmente fascinado por el artefacto, cosa que a Brog le llenaba de satisfacción.
Bill quería meter de todo en la máquina, pero Brog le detuvo:
—No te precipites. Deja que te comente algunas de las pruebas que hice y luego pensamos qué meter.
—¡Habla, habla! —urgió Bill.
—La primera vez metí dos chorizos y desapareció uno. Luego volví a meter otros dos, pero en un plato, porque la primera vez me quedó el interior hecho un asco.
—¿Y?
—Nada, en vez de desaparecer un chorizo, desapareció el plato.
—Curioso.
—Luego probé con tres chorizos en un plato. Yo esperaba que desapareciera el plato, pero cuando abrí todavía estaba allí… con dos chorizos.
—Qué raro, ¿no?
—Volví a repetir el experimento. Metí otro plato con tres chorizos, esperando que faltara el chorizo. Pero esta vez faltó el plato.
Bill hacía gestos para que siguiera hablando.
—Luego —continuó Brog—, probé a meter objetos diferentes: un chorizo y un lápiz, etcétera… Casi siempre desaparecía uno, pero sin lógica. Hasta que metí tu tíquet de la tintorería con un chorizo, y ninguno de los dos desapareció. Estuve un buen rato examinando los cables para comprobar si se había soltado alguno… y luego me fijé en el precio.
—Brog, perdona… Veo que la máquina, más que por física trabaja por conceptos.
—Sí, a esa conclusión llegué yo después de meter una docena de chorizos atados por un cordel.
—¿Qué pasó?
—Que la hija de puta —dijo Brog, golpeando la máquina con los nudillos— hizo desaparecer la cordada entera. Con lo que añado que no sólo es conceptual, sino que tiene especial gusto en salirse por la tangente.
—Por lo que cuentas, es impredecible —comentó Bill.
—Yo creo que, más que impredecible, tiende a hacer lo que menos te esperas.
—Quizá haya una verdad espiritual en eso.
—Yo que sé, Bill.
Éste dió un pequeño paseíto por la estancia, pensando.
—¿Podemos hacer otra prueba? —preguntó finalmente.
—Las que quieras. Para eso está —respondió Brog.
—Vale, voy a volver a meter la nota de la tintorería… Aquí está.
Bill abrió la compuerta, depositó el tíquet dentro y cerró. Justo en ese momento, la máquina dió un fogonazo, la bobina crujió y quedó todo impregnado de olor a ozono.
—¡Mierda! ¡Me he quedado ciego! ¡Podías haber esperado para apretar el botón! —protestó Bill.
—No, si yo no lo toqué —dijo Brog—. Es que no anda muy fina, y a veces se dispara al cerrarla.
Bill abría los ojos desmesuradamente, girándolos en todas direcciones, intentado ver. Pasado unos segundos, parecía recuperado. Abrieron la máquina… y dentro no había nada.
—Bill, esperabas que la nota pusiera diez créditos, ¿verdad?
—Pues sí.
—Pues la máquina pensó que, en este caso, lo mejor era restar una nota.
—Pues lo que viene a decir este artefacto, creo yo —dijo Bill siguiendo los “pueses”—, es que el concepto de unidad es arbitrario, una construcción lingüística.
—Yo no creo que sea así, después de lo que hablamos la otra noche. Quizás sea así desde el punto de vista de la escuela neo-kantiana-etcétera —razonó Brog—. Pero lo mejor es que pensemos experimentos adecuados y lo intentemos más tarde o mañana.


No decidieron esperar hasta el día siguiente. Esa misma tarde ya estaban de nuevo los tres en el taller cargados con infinidad de objetos de todo tipo. Brog propuso empezar metiendo a Bárbara en la máquina, pero su idea no obtuvo muchos apoyos. Él, a cambio, obtuvo una patada en la espinilla.

Obtuvieron, como esperaban, los resultados más inesperados, lo que puede parecer una contradicción. Pero no lo es. Metieron unas esposas y, para sorpresa de todos, no desaparecieron. Sólo desapareció la cadena que las unía. Y el asunto cobró proporciones surrealistas cuando tras meter Doña Perfecta de Pérez Gal-dós, la máquina devolvió Niebla, de Unam-uno. Brog llegó a proponer secuestrar un tuno y meterlo en la máquina para comprobar si lo haría desaparecer o simplemente dejaría una T.

La cuestión es que tras casi una tarde de pruebas, Bill y Brog se sentían muy frustrados. Se habían tumbado a la bartola, con la espalda apoyada en la máquina. Bárbara no es que estuviera frustrada: se sentía inútil, pues se había pasado todo el tiempo mirando para ellos, puesto que cuando no le ignoraban, no le dejaban hacer nada.
—Si pudiera serviros de ayuda —se lamentó.
—Pues sí —dijo Brog, con voz cansada—. Podrías acercarte al pueblo con el coche y traer chorizos, que no quedan.
Bárbara se ofendió muchísimo, y respondió en consecuencia:
—Por lo menos haré algo útil, no como tú con tus máquinas estúpidas.
Marchó dando un portazo. Bill se quedó mirando a Brog como diciéndole “ya la volviste a cagar”. No tardaron en oír el coche salir derrapando hacia el pueblo. Brog se incorporó de repente.
—Creo que ya sé lo que pasa.
Cogió un polímetro, abrió la gruesa compuerta y entró. El fondo del contenedor estaba forrado con pequeños muelles metálicos que Brog examinaba con detalle usando el polímetro.
—Parece un somier —comentó Bill, que también se había incorporado y miraba como trabajaba Brog.
—ES un somier —dijo éste—. Anda, toma el polímetro y pásame un trapo, que aquí hay un solenoide manchado de grasa.
Bill cogió el polímetro y miró a su alrededor. Pero no había ningún trapo en la estancia.
—No veo ninguno.
—Hay una camisa mía sucia encima de la silla. Pasámela.
Bill dejó el polímetro en la silla y cogió la camisa. Se volvió a acercar a la compuerta, estiró el brazo para darle la camisa a Brog… y en ese momento resbaló, cayó hacia dentro de la máquina empujando a Brog y la máquina se cerró. El interior de ésta fulguró, y por un instante los dos amigos pudieron verse sus propios esqueletos.


El interior de la máquina estaba totalmente oscuro.
—¡¿Cómo se abre la puerta, Brog?!
—No se puede desde dentro, Bill —respondió Brog, aparentemente muy tranquilo—. La hemos cagado, la hemos cagado de verdad. Ahora sí que la hemos cagado.
Bill y Brog apenas podían revolverse dentro del contenedor de la máquina.
—¡Bárbara puede abrir la puerta! ¡Hay que avisarla! —dijo Bill, al borde de la histeria.
—No, Bill, no. Mejor que no la abra. La máquina se ha vuelto a poner en funcionamiento sola —advirtió suavemente Brog.
—¡Pero no ha pasado nada! ¡Seguimos los dos aquí!
—Bill, no ha pasado nada porque ahora estamos absolutamente separados del mundo exterior. En el momento en que seamos observados —la voz de Brog susurrante en la oscuridad parecía salida de una película de terror— será cuando pase algo —y continúo—. Por eso mismo tampoco podemos avisar a Bárbara: no nos puede oír, no nos puede sentir de ningún modo. Puede que ni siquiera se le pase por la cabeza abrir la compuerta. Entonces moriremos asfixiados aquí dentro.

La oscuridad y el silencio, tras las palabras de Brog, parecieron durar mil años.

—Casi es preferible que Bárbara abra la puerta —dijo finalmente Bill, mucho más tranquilo que antes—. Por lo menos sobrevivirá uno de nosotros.
—Sí. Cierto —asintió Brog.
—Y probablemente la abra.
—¿Y cómo estás tan seguro? —preguntó Brog.
—Porque me acabo de dar cuenta que media camisa está fuera de la máquina y media dentro. Ha quedado atrapada por la puerta.
—¿Y?
—Bárbara no es tonta. Cuando vea el trozo de tela asomar y vea que no estamos, le bastará sumar dos y dos para darse cuenta que nos hemos quedado atrapados dentro.

La oscuridad y el silencio, tras las palabras de Bill, parecieron durar mil años.

—Bill… —dijo finalmente Brog—. Me alegro mucho de haberte conocido.
—Yo también, Brog… —respondió Bill, al borde del llanto— Yo también.
Y rompieron a llorar como descosidos. Brog llamaba a mamá. Mientras, la parte racional de Bill pensaba que, ante la presencia de la Muerte, poco importaba la unidad o cualquier otra cosa. En ese momento se dió cuenta de que sólo había unidad en la no existencia… pero ese conocimiento les iba a salir caro: uno de los dos iba a desaparecer para siempre, y no había manera de saber quién de los dos.
Brog seguía llorando a moco tendido cuando a Bill le vino un relámpago de intuición.
—¡Brog! ¡Deja de llorar! ¡Deja de llorar! ¿Te acuerdas de las esposas?
—Sí *snif*.
—¡Casémonos, Brog!
—¿Quéeee? ¡Tú estás loco! ¡Has visto demasiadas películas!
—¡No, idiota! Si nos casamos, la máquina restará un matrimonio. Además, es lo último que se imaginaría Bárbara. A este artefacto le encanta sorprender… ¿No habíamos llegado a esa conclusión?
—¡¡Es una idea genial!! —dijo Brog, entusiasmado—. Estooo… Bill, ¿aceptas libremente tomarme como esposo en la riqueza y en la pobreza…
—…En la salud y en la enfermedad…
—…En la salud y en la enfermedad, amarme y respetarme todos los días de mi vida…
—¡Oye, no te pases!
—…hasta que la muerte nos separe?
—Sí, acepto —respondió Bill, y este tomó el relevo— Brog, ¿aceptas libremente tomarme como esposo en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe?
—Ejem, debo amarte y respetarte.
—Vale —dijo Bill con fastidio—. También amarme y todo eso.
—Sí, quiero —en ese momento, no supo muy bien porqué, Brog se imaginó a sí mismo vestido de novia.
Bill echó un suspiro muy laaargo.
—Bueno, ya está. Salvados.
—¿Cómo que ya está? —protestó Brog— ¿Y el beso? ¡Me parece que has visto muy pocas películas!
Brog agarró la cabeza de Bill con ambas manos. Éste se resistía. Finalmente, no sólo le dió el beso sino que le metió la lengua hasta los talones. En ese momento, se oyó un click y todo se llenó de luz.
—¿Pero qué hacéis? —dijo Bárbara, con una cordada de chorizos en la mano… y volvió a desmayarse. Por segunda vez en veinticuatro horas.


Una semana más tarde, los señores de Esparadrapo volvieron a Casa Doce. Bill los recibió a la entrada de casa y nisiquiera los dejó pasar. A Sir James le dijo muy amablemente que se fuera a tomar por el culo (con otras palabras) y a la señora Esparadrapo, con mucha ceremonia, le hizo entrega del barnizado esqueleto de Fifí sobre una hermosa peana de nogal. El ataque de nervios subsiguiente hizo el resto y Bill no volvió a verles en su vida.
Le costó bastante más convencer a Bárbara de que entre él y Brog no había nada, y que se habían visto obligados por las circunstancias. Mientras, Brog perfeccionó la máquina para eliminar el factor sorpresa (fue fácil, sólo tuvo que invertir el campo magnético) y Bill tardó poco tiempo en recuperar su fortuna, y hasta multiplicarla, gracias a la Máquina de Divorciar, con patente exclusiva para todo el planeta. El matrimonio Esparadrapo fue uno de sus primeros clientes.
Sólo quedaba algo sin resolver: Bill seguía sin sentirse tranquilo en su interior. Así que le propinó una buena paliza a Brog con un bate de béisbol.
—Eso por meterme la lengua.
Y su corazón quedó en paz.


—¡Profe, profe! No he entendido muy bien que era eso del matrimonio, y de casarse… —preguntó finalmente uno de los chicos del fondo del aula.
—Es que de eso pensaba hablaros otro día —interrumpió el profesor—. Como la mayoría de los inventos de Bill y Brog, su máquina tuvo consecuencias trascendentales. A medida que se extendió su uso, la costumbre del matrimonio cambió tanto que acabó por desaparecer y convertirse en otra cosa distinta. Por eso hoy en día se habla de sociomonio y tenéis todos polimamá y multipapá. Pero, como he dicho, eso lo dejaremos para otro día.
—Ah. Vale.

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