27 septiembre 2010

¿mr.coo ha “inspirado” a pixar?

He tenido ocasión de ver el corto Day & Night, que ejerce de prólogo de la película de Pixar Toy Story 3, estrenada en este año, 2010.

Tras los primeros fotogramas no pude evitar acordarme de Mr.Coo, el personaje creado por mi amigo y frecuente colaborador Nacho Rodríguez, léase Nachotururu, que ya hace años ejerce como animador profesional; cosa que no debería extrañarnos teniendo en cuenta que el hombre es un auténtico monstruo de su oficio. Como dije ya en la primera versión de mi web, haya por 2002, [...] quédense con este nombre y, cuando sea famoso, recuerden dónde lo oyeron mencionar por primera vez.

Y la comparación con Mr.Coo no se limita sólo al grafismo, la animación o el tipo de caricatura… es que hasta el fondo de la historia es similar.

Si en el corto de Pixar el Día y la Noche aprenden a conocerse y respetarse tras descubrir que en el fondo no son más que la misma cosa, en el corto de Nachotururu (cuyos primeros esbozos tuve el privilegio de ver en 2004 antes de ser definitivamente completado en 2007) asistimos a un Mr.Coo desdoblado en diversos avatares, con actitudes muy similares hacia sí mismo como las que encontramos en Day & Night, antes de acabar reconciliándose consigo mismo.

La cuestión es que repasando ambos cortos me he topado no sólo con un par de fotogramas prácticamente idénticos…

…sino además con otros que reflejan situaciones muy parecidas…


o utilizan los mismos recursos gráficos, incluido un permanente fondo neutro:

Y un vistazo a esta prueba de movimiento por parte de Pixar revela un sorprendente parecido —esa narizota— entre la primera versión de los personajes de Day & Night y Mr.Coo:

Podría asegurarse que no se parecen más porque el hecho de meter un paisaje 3D en el interior del personaje exige que este sea panzón.

Obviamente me he puesto en contacto con Nacho. Y me ha confirmado que según él existen, efectivamente, bastantes similitudes entre un corto y el otro, pero no tanto por el grafismo o por el parecido de algunos fotogramas: sino por el espíritu de la acción, las situaciones reflejadas.

Las principales diferencias, creo yo, están en que uno está realizado por un chaval autodidacta que tenía 25 años cuando lo hizo, y el otro por el mejor estudio del mundo. Y que uno, a pesar de los chistes, tiene un mensaje metafísico e iniciático subyacente —¡ese baile final con la muerte!— del que el otro, orientado a todos los públicos y por tanto más liviano, carece.


¿A qué conclusión podemos llegar? Obviamente sería muy atrevido acusar a Pixar de plagio, aunque sí de exagerada-inspiración-en. Aun así, pudiera darse el caso de que no se tratara tanto de responsabilidad de la empresa como de la actuación de un único trabajador que, a hurtadillas, hubiera podido colar las ideas de Nacho como propias.

Recurro entonces al criterio de mi amado/a lector/a para que juzgue por sí mismo/a.

Obviamente, por asuntos de copyright, no puedo poner aquí el corto de Pixar. Pero sí dejar un enlace a una página que lo recoge.

Con el amigo Nacho no tengo problema, así que lo pueden Vds. disfrutar aquí mismo:


EDITO: me cuenta Gonzalo en los comentarios que Pixar fue acusada de plagio el año pasado. Es el caso del corto francés de 2007 Above, Then Beyond, demasiado parecido a Up. He aquí un análisis.

25 septiembre 2010

remasterizando grabaciones orquestales

archivado en: Análisis Audio Música

Por favor, escucha con atención el siguiente audio: es un fragmento de la grabación que vamos a remasterizar.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Acabas de disfrutar del principio del Concerto Grosso para Cuarteto de Cuerda y Orquesta, compuesto en 1958 por el compositor avilesino Julián Orbón, en la versión realizada por el Cuarteto Latinoamericano y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela dirigida por Eduardo Mata.

No sólo estamos hablando, por tanto, de una interpretación de primer orden, sino también de una grabación de excepcional calidad realizada en 1993 por la que quizás es una de las mejores compañías especializadas en la mal llamada música clásica: Dorian Recordings.

El propósito de este artículo es doble: por una parte, comentar algunas tendencias en grabación de sonido, con sus virtudes y defectos. Por otra, explicar como en algunos casos concretos de grabaciones orquestales podemos adaptar estas a un propósito muy distinto del original.


Existen dos tendencias opuestas a la hora de grabar música, cada una de ellas asociadas a dos estilos muy distintos como puedan ser el pop y la música orquestal.

Desde los años 80, a pesar de los crecientes y cada vez más baratos medios técnicos, la grabación de música pop se caracteriza por las llamadas loudness wars, que no son más que una absurda tendencia a hacer que la música suene cada vez más alta a costa de perder su dinámica; hasta el punto de que hoy en día cualquier canción de la radio suena con el mismo volumen —ensordecedor— de principio a fin.

Dentro de la música orquestal la tendencia es justo la contraria: respetar en lo posible la experiencia original de escucha. Esto sin duda es bueno, pues de este modo se garantiza que la experiencia sea lo más fiel posible, lo más parecido a estar en una sala de conciertos. Sin embargo esta filosofía tiene su lado negativo, ya que condiciona el uso de aparatos reproductores de alta fidelidad a un volumen adecuado y en un ambiente completamente silencioso.

¿Por qué es así? porque precisamente la fidelidad a la dinámica, el respeto a las secciones musicales que suenan a volúmenes muy diversos, provoca que este tipo de grabaciones no se puedan escuchar en ambientes como pueda ser el interior de un coche, lugar que como un gran ingenierio de sonido definió, es el peor lugar donde se puede escuchar música. Más aún, existe un adagio que asegura que si una grabación suena bien en un coche, probablemente suena bien en cualquier otra parte.

La compañía Dorian Recordings, responsable de esta producción del Concerto Grosso, sigue una curiosa política a la hora de grabar sus discos: hace uso exclusivo de dos micrófonos digitales de altísima calidad (que cuestan lo que usted y yo ganamos en varios meses) cuya señal no es posteriormente procesada de ningún modo… y que además están situados en el centro de la sala de conciertos donde se ejecuta la interpretación. Esto, como ya he explicado, es en aras a simular, dentro de lo posible, la experiencia de un oyente que se encontrara en la misma sala durante la grabación.

No obstante, ésta sólo se puede apreciar correctamente en un ambiente perfectamente controlado como el ya descrito. No se puede escuchar bien en un coche, como mencioné antes, o con unos auriculares mientras caminamos por la calle.

Así que voy a proceder a explicar como, mediante el uso de herramientas informáticas relativamente sencillas u otras equivalentes, podremos modificar cualquier grabación original, exquisita, delicada, para convertirla en una especie de grabación todoterreno susceptible de ser escuchada en cualquier ambiente. Y como no, pondré de ejemplo la pieza que hemos tenido ocasión de escuchar al principio del artículo.

Por otra parte, y esto es preferencia personal, voy a explicar también como mover esa grabación de su pretendida ubicación original, que es el patio de butacas, para ubicarla, virtualmente, en el puesto del director de orquesta, el personaje que, en teoría, es el que mejor la escucha.


Este primer gráfico, realizado con un magnífico programa llamado Har-Bal, refleja el espectro acumulado de la grabación original. En él la línea amarilla representa la magnitud de los picos presentes a cada frecuencia, y la línea verde la potencia RMS (root mean square), que no es más que la raíz de la media del cuadrado de la onda en cada frecuencia. Esta línea verde es muy importante pues es análoga a la intensidad real percibida por el oído.

Debería llamarnos la atención la horizontalidad de ambas lineas en el rango de 150 a 2000Hz: ahí se recoge la mayor parte de la información musical, y en ese sentido la grabación es absolutamente impecable.

Sin embargo, vemos que la caída de ambas líneas a partir de 2000Hz es exagerada. Es decir, falta tanto el brillo de algunos instrumentos, como los violines y los vientos-metal, como la sensación de estar ahí, de directo, que se expresa siempre por encima de los 10000Hz. Esto es por el hecho de que el aire suele absorber esas frecuencias en el momento que estamos a cierta distancia de la fuente de sonido, lo que es lógico si asumimos que los micrófonos se encontraban en el medio de la sala, a muchos metros de la orquesta.

Por otra parte, en la zona de los bajos vemos una caída también espectacular y una gran distancia, con respecto al resto de la gráfica, entre ambas líneas, lo que es especialmente notorio en el pico que se encuentra justo debajo de los 50Hz y que corresponde al timbal de la percusión, muy presente a lo largo de toda la obra. Este aumento de la distancia entre el valor pico y el valor RMS lo encontraremos siempre en instrumentos pinzados y percutidos, precisamente por la altura del “golpe” inicial.

Debo decir en este momento que, personalmente, considero el Concerto Grosso de Orbón absolutamente espectacular, brillante, vibrante; incluso, permitiéndome ser poético, con sabor a jungla. Y por eso la he elegido. Porque es una pena que esa información sonora, el brillo, el aire, se pierda. Así que procederemos a, entre comillas, “arreglarla”.


El primer paso será subir los agudos para así, virtualmente, acercarnos a la orquesta y situarnos en el puesto del director. Eliminaremos, por así decirlo, el aire intermedio.

El siguiente será nivelar la línea verde de tal modo que quede como en la gráfica siguiente: perfectamente nivelada, en el primer tramo, a -40dB, para luego efectuar una caída suave a partir de la zona de 1000 hasta los 10000Hz, donde rozará los -50dB. Esto es para que a la hora de comprimir, que será nuestro siguiente paso, situemos el umbral de compresión precisamente a partir de esa línea y así acercar/aplastar la línea amarilla de picos hasta dejarla más o menos paralela a la verde.

Esa caída suave en las frecuencias agudas, una vieja regla en masterización, impide que la música sea tan brillante que resulte desagradable a lo largo de un tiempo. Todas las buenas producciones la tienen, aunque en función de la mezcla la pendiente puede ser mayor o menor: en ese sentido no existe una regla fija.


Las siguientes capturas muestran los valores que he asignado al compresor multibanda Izotope Ozone, con el que la música será comprimida para aplastar esos picos. A mucha gente no le parece bien la compresión de la música orquestal. Yo creo, no obstante, que una compresión bien hecha siempre hace que la música suene mejor y se distingan mejor muchos detalles.




Como se puede ver, he puesto una gran pendiente, de factor 2:1, a partir del umbral de compresión, que en el caso de cada banda se aproxima al de la posición de la línea verde, la intensidad RMS, del espectro anterior. He tenido especial cuidado en los parámetros de ataque y liberación de los compresores, que son de unos 5ms y 100ms respectivamente, para evitar que la música “bombée” y también para añadir cierto punch, suavísimo, al ataque de los instrumentos.

Por otra parte hay que tener mucho cuidado en la señal de salida, que he bajado unos 12dB respecto a la de entrada, de tal manera que no se produzcan cortes de los picos. Y diréis ¿y por qué subio 18dB cada banda para luego bajar 12dB a la salida? ¿No sería mejor tocar nada y limitarse a normalizar la salida? Ya, pero es que de este modo hacia -60db puedo ver la puerta de ruido adicional que añado con una pendiente también 2:1 (en realidad, inversa a la de la compresión) para minimizar el ruido en las partes más débiles.

Adicionalmente he separado progresivamente los canales izquierdo y derecho de las frecuencias altas, como se refleja en el gráfico anterior: esto es porque el director percibe los instrumentos más separados que el oyente. Y también he juntado los canales en las bajas frecuencias para que suenen en mono. La información estéreo en este rango no suele aportar nada y de este modo los altavoces, que siempre pasan dificultades con los graves, trabajan al unísono apoyándose mútuamente.


Llegados a este punto, tras la compresión, apetece tirarse a maximizar la mezcla. Pero no lo voy a hacer sin antes comprobar como ha afectado la compresión a la ecualización. Esto hay que hacerlo siempre, aún a pesar del argumento de que demasiado proceso se acaba cargando el resultado. Véase lo que ha pasado:

En primer lugar, la suave pendiente de los agudos se ha aplanado un poco. Esto no suele ser bueno porque la que ya expliqué del cansancio de los oídos. Así que habrá que corregirlo.

Por otra parte, a la izquierda tenemos todavía parte importante del pico del bombo. A la hora de la verdad, a no ser que tengamos un subwoofer estupendo y nos guste la sensación de aire en el estómago, podemos desdeñar todo lo que esté por debajo de 50Hz porque pocos parlantes pueden reproducirlos y todo lo que esté en esta zona no hace más que añadir volumen a la mezcla… volumen que no oiremos y que además se restará a las bandas audibles. Por eso me lo cargo.

Tras ecualizar convenientemente eliminando los subbajos y bajando ligeramente los agudos obtendremos esta pequeña maravilla de espectro, muy parecido a los que conseguía Alan Parsons a base de puro oído:


Ya sólo queda el proceso de maximización. La onda final sólo tiene dos picos puntuales demasiado intensos y una zona central bastante prominente. De todos modos no se debe respetar mucho esa zona porque en el caso de esta pieza concreta es bastante estridente de por sí (consiste en la orquesta entera “llamando a la puerta” de manera obstinada) y el corte de esos picos apenas se notará.

Así que ajustando el maximizador (suelo usar el L2 Ultramaximizer de la increíble casa Waves) con los parámetros siguientes…

…obtenemos esto:

Comparando la onda de la grabación original con el resultado final se ve claramente el profundo efecto que ha tenido la compresión sobre las zonas de menor volumen; pero también como la dinámica de la grabación a grandes rasgos se conserva.

La grabación ahora no sólo es mucho más brillante y envolvente, en parte por la intención de desplazarnos virtualmente de la posición de oyente a la de director de orquesta: la intensidad total de la pieza se ha elevado de -28RMS de potencia media hasta -20RMS. Estos 8dB de diferencia implican casi el doble de volumen percibido. ¡Ya podemos escucharla en cualquier parte!

Por supuesto, no voy a acabar el artículo sin poner un audio que muestre, alternando, las diferencias entre la pieza original y el remaster realizado:

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archivado en: Análisis Audio Música

15 septiembre 2010

hollywood

archivado en: Cine Ficción

A principios del siglo XX, del templo se alzó la voz, que se dirigió a la multitud de adoradores. Hollywood carraspeó, pensó en improvisar un chiste y acto seguido lo descartó.

—Pueblo de América, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡Al individuo! — respondió un billón de ídems.
—A partir de este momento, haré películas donde veáis matar individuos.

Al cabo de unas décadas, Hollywood juzgó que era necesario preguntar de nuevo a los humanos. Retornó al templo, donde le esperaban los hijos de los hombres que había conocido.

—Ciudadanos de América, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡A los automóviles! — respondieron voces de aliento con un leve tufillo a gasolina.
—Entonces, haré películas donde veáis destrozar automóviles.

Hollywood dejó pasar el tiempo hasta la siguiente generación, y volvió al templo henchido de arrogancia.

—Gente de América, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡A la televisión! — contestaron rostros inexpresivos y extrañamente iluminados con un parpadeo de nieve.
—De acuerdo, rodaré películas donde veáis romper televisores.

Esta vez Hollywood no esperó tanto, y no tardó mucho en subir al templo de nuevo. Como él imaginaba, la llanura estaba abarrotada.

—Americanos, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡A los ordenadores! — contestaron todos, incluida alguna voz un tanto metálica.
—Haré películas donde veáis destruir ordenadores.

Hollywood ardía de impaciencia por volver al templo, así que nada más llegar a su hogar, se dió la vuelta y deshizo el camino.

—Hijos de América, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡¡¡¡A Hollywood!!!! — Gritaron todos a la vez.

Eso no le impidió seguir haciendo películas.

archivado en: Cine Ficción

14 septiembre 2010

las drogas más alucinógenas

Hoy toca hablar de dos de las drogas más alucinógenas que existen: la primera es una peculiar mezcla de oxígeno y nitrógeno, y la segunda es el óxido de hidrógeno. Ambas son conocidas en la jerga de los consumidores como aire y agua, respectivamente.

Las dos son increíblemente adictivas y producen alucinaciones; tan intensas, que son inconcebibles para la mayoría de nosotros, los que no hemos probado estas poderosas drogas.

La primera sustancia, aire, es la más adictiva de las dos: basta una sola dosis para crear una dependencia permanente que obliga a repetir la administración de manera continua durante tiempo indefinido.

La segunda, agua, no exige al consumidor tanta entrega como el aire, pero eso no significa que sea mucho menos adictiva. Se sabe que los adictos al agua sólo pueden estar unos días sin consumirla; por otra parte, su consumo suele ser mucho más gratificante que el del aire, y los enganchados a esta sustancia describen la experiencia de su ingestión como “alivio de la sed”, “sensación de frescor en la garganta” y otras percepciones inusuales.

Quizás se pregunten Vds. a qué se refieren estas bizarras declaraciones sobre supuestas sedes y gargantas. Efectivamente, se trata de delirios. Pero es que no hemos hablado aún de los poderosos efectos alucinógenos de esta sustancias, especialmente cuando están combinadas.

Los consumidores aseguran disponer durante su experiencia de, siempre según su jerga, manos que pueden utilizar (!?), así como otros órganos llamados ojos, orejas, etc… con los que hacen lo que ellos llaman ver colores, oir sonidos y otras sensaciones que globalmente definen como realidad, dentro de la ocupan un cuerpo.

Esta sensación de realidad es tan fuerte, aseguran los adictos, que te olvidas de todo lo anterior y te sumerges completamente en ella. “Al final se acaba viviendo la situación con tanta normalidad que olvidas que se trata todo de una especie de milagro, te olvidas de que es todo absolutamente increíble”, nos asegura un adicto de años que no ha tenido reparos en realizar una entrevista con este medio a cambio de proteger su identidad.

Lo más curioso es que, dentro de la alucinación, que adquiere carácter permanente y estable, gran parte de los esfuerzos de los adictos no se concentran precisamente en la obtención de más aire y agua, sino en otras actividades incomprensibles para los no consumidores, como trabajar y dormir. “Dormir es la leche… es como experimentar una realidad dentro de la realidad, un viaje dentro de un viaje”, según afirma nuestro entrevistado.

Del mismo modo nos ha aclarado que lo que coloca realmente es el aire: “Sí, el aire es fundamental para flipar; de hecho, si dejas de tomarlo aunque sea poco tiempo, adiós colocón. El agua simplemente sirve para que la experiencia dure lo más posible”.

Los que no conocemos los efectos de esta sustancia encontramos estas afirmaciones alocadas. Así parece confirmarlo el adicto entrevistado que, preguntado como describiría su experiencia de realidad declaró: “es el tripi más salvaje que puedes experimentar”.

Respecto a como se vive interiormente la dependencia a las sustancias, el mismo nos contesta: “Mientras estas allí sólo quieres que dure para siempre. De todos modos llega un momento en el que sencillamente no puedes seguir tomando más y entonces hablamos de morir. Pero bueno, se sobrelleva perfectamente. Quizás la primera vez no; pero luego te acostumbras”.

luego dicen que estoy loco

archivado en: Ficción

A ciertas horas no se ve mucha gente por la calle, a excepción de ciertas personas que, como yo, gustan del jolgorio y, también, de los paseos en solitario.

Les voy a hacer partícipe de la sorprendente anécdota que hubo de ocurrirme unos días atrás.

Caminaba de vuelta a mi hogar cuando para mi sorpresa un susurro me reclamó.

—¡Eh, mozo!— dijo una voz áspera y oculta.

Escondido detrás de un montón de cubos de basura hallábase uno de estos curiosos hombres, bebedores, filósofos, niños y ante todo vagabundos, que pueblan nuestras calles. Sorprendióme en efecto encontrarme a un personaje así en una rúa como aquella, avenida de mero tránsito para vehículos de motor y de aceras casi nuevas, más por el poco uso que por recientes. Me acerqué, pues estos seres gustan de ser escuchados y a mí nunca me falta tiempo para esa actividad.

—Oid —prosiguió—. Quedaos conmigo y sereis testigo de un evento muy curioso. Luego dicen que estoy loco.
—¿Qué clase de evento, compañero?
—Magia. Pero no nos debe ver nadie, pues entonces no se produciría el magnífico fenómeno.

Parecía divertido, así que me acurruqué contra aquel hombre que olía a whisky como pocas bodegas en Escocia podrían presumir. No dejaba de señalar en dirección a un semáforo para peatones que hallábase enfrente de nosotros, a poca distancia.

Pasaron unos minutos, y en uno de estos raros momentos de absoluto silencio comprobé con espanto como los hombrecitos de color rojo y verde que habitan en todos los semáforos se encendieron a la vez. Mi espanto agrandose cuando las comúnmente estáticas siluetas comenzaron a otear a ambos lados de la calle para —sin duda— comprobar que se encontraban solas. Acto seguido el hombrecillo verde subió al piso de su compañero y comenzaron a realizar el acto sexual con evidente regocijo.

—¡Dios mío! —exclamé— ¡Pero si se están dando por el culo!
—Hablad más bajo, pueden asustarse. No, hijo, no es lo que vos pensais. Son hombre y mujer. El verde es el móvil, el masculino, el activo, el Cielo desencadenado y frenético. La silueta roja representa a una mujer, principio pasivo, sujeta a la Tierra y paciente como los ciclos de las cosechas. Lo que estáis contemplando no es una chanza de Dios, sino su danza, la de los elementos en su interminable ciclo de separación y reunión.

A todo esto, un servidor estaba perplejo y era incapaz de pronunciar una sola sílaba mientras las figuras imposibles realizaban las más variadas y fantásticas maniobras, así como representaban toda una completa iconografía erótica con sus cuerpos luminosos. En determinado momento, el señor verde quitóse el sombrero y pude comprobar como una bolita luminosa —su cabeza— tenía expresión de lujuria.

Salí del extásis cuando el hombre que me había mostrado tal maravilla se levantó de un salto tras mirar la hora en un campanario que rompió a sonar repentinamente dentro de su abrigo.

—¡Uy, uy!¡He de irme!— gritó, lo que causó que en un instante las figuras del semáforo retomaran sus papeles habituales.

Mi curioso vagabundo silbó, y ante mis ojos apareció, como surgido de la nada, un impresionante équido negro como un futuro, y alado cual Pegaso mitológico, que no motorizado; un ser extraordinario al cual se subió mi —lo digo de corazón— amigo. Una vez arriba pidiome un cigarro para disfrutarlo antes de acostarse, según me explicó. Le respondí que no tenía tabaco debido a que un servidor había, al fín, dejado el vicio. Elaboró una mueca comprensiva y partió veloz hacia las estrellas.

Y luego dicen que YO estoy loco.

archivado en: Ficción

6 septiembre 2010

miedo y asco en el camping ampurdanés

Todo el mundo sabe que los hoteles se clasifican con estrellas, y los campings con categorías. Si, siguiendo la broma, se valorara a estos últimos con objetos astronómicos, el Camping Ampurdanés de Roses, Girona, merecería el calificativo de Agujero Negro.

Si en el último artículo que escribí sobre mi Epopeya Mediterránea hablé de algunos de los peores sitios en los que he estado durante mis estancias en la costa española del mare nostrum, prepárese, oh amigo/a lector/a para sumergirse conmigo, desde la comodidad de su ordenador, en una experiencia realmente terrorífica, no superada por el Castillo del Terror o el Tren de la Bruja; sólo por algunos episodios de En Los Límites de la Realidad.


Una tarde infame de Agosto de 2010 llegamos El-Hombre-Que-No-Debe-Ser-Nombrado y yo a este camping, situado en el extremo oriental de Roses, con intención de pernoctar. El brillo del sol en lo alto y el alborozo de los turistas ocultaban una oscura realidad. De todos modos la psique cósmica no tardaría en darnos señales de lo que íbamos a experimentar.

Mientras yo custodiaba nuestro vehículo y mi compañero negociaba la disponibilidad de plazas, este no tardo en volver, asintiendo, indicando que efectivamente no tendríamos problema alguno en dormir allí.

—¿Cuanto salió al final? —pregunté—.
—36€. Por adelantado.
—¡Hostia, para ser un camping de tercera categoría no está nada mal! Por poco más podríamos dormir en un hostal y ahorrarnos el coñazo de preparar la tienda e hinchar y deshinchar el colchón —comenté—.
—Ya, la verdad es que es caro por dos personas, una tienda y un vehículo, pero ya hemos dado bastantes vueltas.
—Sí, la verdad que sí.

Al entrar para descargar nuestras cosas la responsable del camping nos dijo que cogiéramos la parcela que nos diera la gana de las que estaban en cierta zona de las instalaciones. La verdad es que la señora en cuestión sonreía y se esforzaba por agradar, pero detrás de la sonrisa, cierto rictus crispado y una mirada dura no inspiraban buenas vibraciones.

La zona en en cuestión disponía de un montón de parcelas (algunas con unas piedras bastante considerables y ninguna de las libres con tendal) pero ni una sóla de ellas estaba horizontal, ya que todas tenían cierta suave pendiente. He aquí la primera objeción que surgió al lugar, después del precio, ya que obviamente había habido trabajo de excavadora, pero no el suficiente.

Montamos la tienda en la parcela que parecía menos pedregosa, y, tras despejar unos cuantos pedruscos, sudamos un buen rato intentando clavar los vientos, ya que el suelo, madredediós, estaba duro como el cemento. Tras doblar un par de hierros a martillazos renunciamos a poner más y dejamos la tienda un tanto floja.

Entonces fui a los baños/duchas/váteres.

El horror, el horror, que diría el coronel Kurtz.

Las instalaciones globalmente daban bastante grima, y me recordaban por su deterioro y (ausencia de) acabados un pelín a Auschwitz. Sólo los fluorescentes, que resultarían anacrónicos, y el hecho de ver en color y no en B/N, mitigaban la sensación. Pena de no tener foto del interior; sólo esta de la entrada tomada desde lejos.

Por supuesto, nada de papel, jabón, ganchos de colgar las toallas, tapa en los váteres, pestillos fáciles de manejar o de las más elementales comodidades que uno espera de cualquier tipo de aseo que no sea de gulag. El interior de las duchas, dotadas de cómodos y sofisticados (sí, es ironía) grifos bi-mando, sugerían ominosamente la salida inminente de zyklon-B o neurotóxicos diversos en vez de agua.

Afortunadamente, como Vds. podrán deducir, lo que salía era agua; o si no, no podrían estar leyendo esto.

Tras una giñada que puso en jaque la coordinación y resistencia de varios grupos musculares, y numerosos intentos infructuosos de acceder al WiFi del camping, dimos un pequeño paseo por el exterior para ver que nos ofrecía el entorno.

Esto… una playa pequeñita y un tanto masificada. Nada más. Bueno, sí: un par de restaurantes de postín aislados y, en muchos cientos de metros a la redonda, casas residenciales; Y se acabó, a excepción de un supermercado (cerrado). Nada que ver con el resto de Roses, que abunda en locales de hostelería.

Entretanto nos dió la noche, y nos entraron ganas de cenar. Así que nos acercamos a la cafetería del camping, que en contraposición a los baños era bastante más acogedora.

Nos atendieron unos camareros que parecían inmigrantes del este, dada la dificultad, parquedad y acento con los que se expresaban. Por algún motivo estaban visiblemente nerviosos (?!) y con expresión de liebres deslumbradas por un coche en medio de la noche. Un tanto extrañados por su actitud, pedimos unas jarras de cerveza que tardaron bastante en servirnos.

Mientras, volvimos a intentar entrar en internet con el portátil. Pero, aún cuando detectábamos una señal bastante potente de la red del camping, aquello no navegaba ni patrás. Preguntamos a la señora y de nuevo con su sonrisa un tanto forzada, nos mandó finamente a freir gárgaras desentendiéndose del tema.

No tardó en aparecer otro incauto con el portátil en la mano, que al vernos con uno se acercó a preguntarnos. Le dijimos que no se matara, que era imposible navegar y que mucho menos se molestara en hablar con la responsable, que le iba a dar largas. No nos hizo ni caso, y tras ver como iba a hablar con ella, pocos minutos después le vimos salir de recepción con cara de mala leche. Ni que decir tiene que no pudimos acceder a internet en toda la estancia.

Llegada la hora de pedir algo, y ante la ausencia de alternativas baratas en la cercanía (si lo llegamos a saber…) echamos un vistazo a las fotos de los platos que había sobre la barra. Lo primero que me llamó la atención fue que las fotos de las ensaladas, que prácticamente eran la única opción disponible, mostraban platos realmente rácanos con precios disparatados. De lo único que no había fotos era de las pizzas. Y a sabiendas de que ni seis ensaladas de aquellas podrían quitarnos el hambre que teníamos, nos arriesgamos a pedir una pizza cada uno.

Craso error.

PIZZA CUATRO ESTACIONES TRES QUINCENAS [VARIEDAD CAMPING AMPURDANÉS]

INGREDIENTES:
· Oblea de pan finísima, de unos 20cm de diámetro.
· CUATRO champiñones troceados para que parezcan más.
· UNA loncha de jamón york troceada para que parezca que son más.
· UNA aceituna pequeña.
· UNA rociada de spray de tomate.
· UNA rociada de spray de queso.

PRECIO:
· 8,50€

Tras disfrutar el raro y fascinante placer de comer la infrapizza más miserable de la historia a precio de marisco, y mientras mi compañero sugería darle a la cocinera 50 céntimos más para que los pusiera en ingredientes, tuve el detalle, como persona educada que soy, de dejar el hueso de la aceituna en medio del plato para su posterior recauchutado y reciclaje.

Espero que lo agradecieran.

Pagamos finalmente la cantidad que se expone en el escaneo de al lado, correspondiente a la factura que nos fue entregada (en el que suponemos es el último formato diseñado por Hacienda para presentar el IVA y que por tanto conservé para su posterior estudio y análisis) a cambio de cuatro jarras (normales) de cerveza rubia, que no de ambrosía, a pesar del precio, y dos subpizzas.

Tras esta opípara (que sí, que este artículo está archivado bajo ironía) cena, nos dispusimos a dormir.

El primer problema que nos encontramos a la hora de realizar tan sencillo acto fue que cierta gente de una de las tiendas vecinas tenía más gana de cachondeo que de dormir, con lo cual se dedicó a dar por culo, hasta altas horas de la madrugada, juzgando la responsable del camping que lo mejor era no intervenir. Pero, como siempre llevo tapones para los oídos en mis viajes, este problema tuvo fácil solución.

El segundo problema, aún peor, es que ciertas jardineras adyacentes a nuestra parcela, y que erróneamente suponíamos no habían sido regadas en su vida dada su semimarchitez, sí eran regadas con regularidad: concretamente, con un sistema de goteo irregular que comenzó a la 1 de la mañana y que tardó entre media hora y una hora en efectuarse. Un plic-ploc continuo, arrítmico, atonal, envolvente, psicótico, desquiciante que era imposible no oir, a pesar de los tapones.

Al despertar, y tras saludarnos mutuamente mi compañero y yo con una mirada de varios gigabits que expresaba a la perfección lo que pensábamos del lugar, nos enfrentamos al insulto final.

¡¡¡SÍ, EL INSULTO FINAL!!! A PESAR DE QUE EN EL CAMPING AMPURDANÉS LA AUSENCIA DE SERVICIOS O MANTENIMIENTO PARECE SER TOTAL, DADO EL TOTAL ABANDONO QUE MOSTRABAN LOS BAÑOS O LOS ABUNDANTES PEDRUSCOS PRESENTES EN LAS PARCELAS, SÍ SE MOLESTAN EN UNA COSA: EN PONER UNA PEGATINA PUBLICITARIA DEL CAMPING SIN PERMISO EN LA PARTE DE ATRÁS DE TU VEHÍCULO.

Pegatina cutre, torcida, mal puesta, que en su elaborado (que sí, que es ironía) grafismo pretende denotar el clásico símbolo de una tienda de campaña, pero que a primera vista más bien parece una cruz cristiana inclinada; con lo que el resultado a lo lejos, para más INRI (hey, qué adecuado lo de INRI) es que llevas en el coche una pegatina de la asociación del rosario de la parroquia de un suburbio de extrarradio.

A la salida del infralugar, bien temprano, la responsable nos despidió con un tímido ¿Pudísteis conectar el WiFi?

No contestamos.

2 septiembre 2010

epopeya mediterránea: lo peor

En el artículo de introducción a mi Epopeya Mediterránea dije que iba a hablar de Lo Peor que me tocó vivir durante el transcurso de esta, pero voy a ir más allá todavía mediante la siguiente afirmación:

No pienso volver a visitar la costa mediterránea de España, al menos como turista

Con la relativa autoridad que me da haber recorrido un arco bastante amplio y habiendo tenido la oportunidad añadida de repetir sitios, hago esta afirmación porque, sencillamente, el abuso, el menosprecio, el engaño y el chuleo al viajero es norma en la práctica totalidad de los lugares de costa que visité. Luego los hosteleros se quejan del descenso de visitas. Y la cosa va a peor.

Esto no significa que lo pasara mal en estos sitios. Sí hubo momentos puntuales en los que me cagué en todo; pero los más abundantes fueron los de pura indignación. Con el corolario añadido de comprobar como uno de los pocos sitios de la costa andaluza que no han sido enladrillados y alicatados, como San José, que en 2008 me pareció un lugar incluso magnífico, ha sido pervertido, por pura avaricia, hasta el punto de convertirlo en la misma mierda, en el trato al turista, que pueda ser cualquier ex-pueblo sobreexplotado, macizo de rascacielos, de los que abundan en la costa mediterránea.

¿Y a qué tipo de abusos me refiero? Probablemente cualquiera de los lectores de este superglob ha experimentado alguno en su propia carne. Yo he llegado a conocer algún sitio, como el camping ampurdanés, que merece un artículo futuro (clica en el enlace anterior) en glob.cranf.net por su nivel espectacular de inmundicia; pero de momento me limitaré a relatar algunas perlas sueltas. Agárrense.


Vayamos a Roquetas de Mar, lugar que, cuando me paro a pensar, no sé que se me perdió por allí.

Infame Hostal Juan Pedro, encontrado in extremis tras llegar después de las 11 de la noche a Roquetas desde Toledo. Habitación doble, 36€, lo que no está nada mal aparentemente para un lugar de hoteles al completo… Eso sí, hay que pagar por adelantado (y verás por qué).

Subo a la habitación con mi pareja y, tras buscar un buen rato por cajones y armario, no encuentro por ninguna parte el mando del voluminoso aparato de aire acondicionado (carente de botones) situado a la entrada de la habitación, por otra parte bastante cutre. Bajo al vestíbulo a preguntar por él, y se produce el siguiente diálogo entre un empleado y yo:

—Oiga, no encuentro el mando a distancia del aire acondicionado de la habitación —digo yo—.
—Ay, es que no sé, es que tal y cual, que si la abuela fuma… —vamos, dando largas—.
—¿Cuál es el problema?
—Es que no sé si hay que pagar.

Extraña ignorancia, más cuando el hombre parecía estar a punto de jubilarse tras una vida trabajando allí. Y en estas entra el dueño.

—El mando son 8€ más —me dice este de sopetón, sin ponerse rojo ni nada—.
—Pues no te los pienso pagar, y eso además se dice antes… —debo reconocer que me pilló tan de sorpresa que no dije lo que debería haber dicho: “la hoja de reclamaciones o el mando, elige”— …consígueme un ventilador —exijo finalmente—.

La verdad es que me puse tan serio que no puso ninguna objeción. Y con ventilador dormimos (mal) sobre un colchón barato de gomaespuma mientras por la ventana entraba el aire asquerosamente pegajoso de una noche de bochorno.

Está claro que no era la primera vez que el dueño de este infrahostal hacía la jugada, por mucho que uno de sus empleados, que estaba claramente al tanto, insistiera en hacerse el tonto y no saber nada.

Roquetas, por otra parte, es un clon más de otros muchos pueblos costeros urbanísticamente degenerados de la costa andaluza. No te pierdes nada si no vas.


Ahora estamos en San José, Almería. Camping Tau, en el que me había alojado ya, sin incidentes, un par de años antes durante mi anterior estancia.

Alquilo una parcela para instalar mi tienda y al día siguiente me encuentro otras tres tiendas pegadas a la mía en el mismo cuadrado… a las que supongo que recepción cobró lo mismo que a mí. No está bien, la verdad, pero tampoco me importa demasiado, ya que mis inesperados nuevos vecinos no han molestado en absoluto durante la noche.

Pero no es ese el único motivo de crítica. Para tratarse un camping de segunda categoría, compruebo que apenas hay tendales para la ropa, que los váteres no tienen tapa ni papel y los suelos de las duchas están llenos de barro. Pero estas puñetas no suponen lo peor: Pido a primera hora de la tarde, en la terraza del bar del camping, un café en vaso como el hombre de la mesa de al lado, al que puedo ver claramente como le cobran 1,20€. Me lo traen al cabo de una buena espera y, la verdad, es bastante infame. Pero es café. Llega la hora de pagar y aprovecho que el camarero pasa al lado de mi mesa.

—¿Me cobras el café, por favor?
—2,40.
—¿Cómo que 2,40? ¿Me vas a cobrar 2,40 por un café? —replico, ingenuo de mí—.
—¡¡SÍ!! ¡¡CAFÉ DOBLE: 2,40!!

Y el tío, repentinamente y delante de mis narices, coge las monedas que yo había puesto encima de la mesa, deja la vuelta con un manotazo y se va para adentro, todo en segundos. De nuevo, como en Roquetas, este gesto despreciable me coge por sorpresa y me deja congelado de perplejidad.

Y como no había sido el primer abuso que había tenido por parte de un hostelero en San José ese año, aunque este ya era el colmo de la desfachatez, y tampoco me iba a liar a hostias por un puto euro, en ese momento decidí acortar nuestra estancia prevista para diez días a un total de dos.

Ahora le digo, telepáticamente, al impresentable este… ¿Ganaste o perdiste? ¿Qué da más pasta? ¿10 días de justiprecio o 1 de abuso? ¿que vuelva el año que viene o que no vuelva nunca más?

Quizás pueda parecer exagerada mi reacción. O no. Pero es que la degeneración de San José, el chuleo al viajero, no se limita sólamente al hostelero, si no que además ha alcanzado cotas institucionales… ¿preparados para flipar?


Uno de los motivos por el que elegí repetir San José fue el hecho de que tiene cinco hermosísimas playas mixtas (para convivencia de nudistas y textiles) adyacentes al pueblo, no precisamente cerca como para ir andando pero tampoco muy lejos, y ubicadas en medio del parque natural del Cabo de Gata. Y la gratísima sorpresa que me llevé durante mi primera estancia de 2008 es que existían cómodos autobuses cada media hora para acceder a ellas… GRATIS, con un claro fin: evitar que la gente se metiera con sus coches en el parque. La excelente idea había partido, según me dijeron de aquella, del propio ayuntamiento y de Medio Ambiente.


Pues bien: dos años después me encuentro que el acceso a las playas cuesta 3€ por persona, ida y vuelta. El precio incluye un discursillo pregrabado a todo volumen sobre el paraje recorrido; discurso que nadie había pedido. En definitiva, cuatro personas que quieran pasar el día en la playa yendo a comer a mediodía al pueblo deben pagar 24€ diarios para poder hacerlo. O eso, o morir entre el polvo del camino bajo un sol abrasador.

Como me explicó el único hostelero que me topé en San José que entiende que el trato correcto al turista y el justiprecio es garantía de éxito a largo plazo, la decisión de cobrar el acceso a las playas, completamente absurda pero no exenta de oscuros intereses, había provenido de altas esferas situadas bastante lejos del pueblo.

[Respecto a este hostelero tan majo y atento, me gustaría poder recordar el nombre de su bar para recomendarlo aquí, pero desgraciadamente lo he olvidado y además no sale en google street view.]

Ni que decir tiene que, aparte de la jodienda de tener que pagar quien no quiere meter su coche en medio de un camino polvoriento, ahora las playas están rodeadas de vehículos cuyos dueños no tienen reparos y que se saltan la barrera de bloqueo a la torera… que se supone que es lo contrario a lo que desean los señores de Medio Ambiente.

Como me dijo este hostelero, no sólamente han notado el descenso de visitas este año, sino que él y otros se han visto obligados a protestar repetidamente por estas tarifas (incluso cortando la carretera de acceso al pueblo) con nulo resultado.


La cosa no se limita a Andalucía. Sinceramente creo que el Ampurdán (el extremo oriental de Catalunya, allí llamado Empordà) es aún peor.

Sin intención de ofender a ninguno de mis amigos y colegas catalanes, dejando claro que admiro muchas cosas de Catalunya en general, y sin entrar en disquisiciones complejas sobre nacionalismos de todo tipo (sobre los que tengo ideas muy claras que me reservo para otro artículo) creo que en esta zona del Mediterráneo debemos añadir, a los abusos y morros diversos que nos podemos encontrar en Andalucía, un chulerío generalizado y un desprecio mayúsculo al visitante que sólo se puede concebir desde un nacionalismo extremo, excluyente, irracional y cerrado.

Maticemos. Me parece muy bien que seas nacionalista y que hables en la lengua que te dé la gana. Yo mismo tengo algo de nacionalista asturiano, a veces me sale espontáneamente el bable que me enseñó mi abuela, y estoy orgulloso de muchas cosas de mi tierra del mismo modo que lo estoy de otras de España y de nuestro Sistema Solar… ¿no son preciosos los anillos de Saturno?

Pero si pretendes vivir del turismo, hay que comenzar por tratar al visitante con respeto y no como una mierda ambulante que viene a aprovecharse de tu tierra y a la que le haces un favor. ¡Y mucho menos pretender que aprenda catalán más allá de bon dia y moltes gràcies!

No voy a dar detalles sobre lo que nos ocurrió en un camping de Roses, Girona, porque está siendo ahora mismo tramitado como denuncia ante las autoridades pertinentes. Basta conque diga que no se trata de nada lingüístico, sino de un intento de delito a secas. Y lo que nos pasó en otro camping del mismo lugar es tan kafkiano y miserable que, sencillamente, me pienso recrear en un artículo futuro especialmente dedicado a él.


Así, voy a limitarme a mencionar lo que se puede encontrar uno intentando almorzar en un pueblo medieval llamado Pals, por otra parte pre-cio-so, que parece estar repleto de catalibanes.

Nada más llegar al pueblo, a eso de la 1 de la tarde, topamos por casualidad con el Bar Xarrup, que ofrecía un menú del día a un precio supuestamente razonable. Entramos a pedir mesa y el dueño nos dijo que había que esperar porque no había mesas libres.

Así que nos situamos en la barra con intención de tomar un par de cervezas. Inmediatamente me di cuenta de que al fondo del bar varias mesas disponibles, cosa que comenté con mi acompañante. Ahí ya comenzó el mosqueo… que se empezó a convertir en un pequeño cabreo a los dos minutos al comprobar que, sencillamente, estaban pasando de nosotros como de la mierda: no había manera de pedir las cervezas. En ese momento entró un matrimonio de ingleses con pinta de despistados y preguntaron (en castellano) si podían comer; el dueño inmediatamente les hizo pasar al fondo.

No tardamos ni un segundo en largar de allí intentando, desde nuestro punto de vista, encontrar una explicación a semejante comportamiento anti-todo (anti-social, anti-negocio, anti-humano…) teniendo en cuenta, además, que no teníamos precisamente pinta de delincuentes y que habíamos sido correctísimos. Y seguimos sin encontrarlo. Pero es que la cosa no acaba aquí.

Tras salir y caminar unos pasos nos encontramos con la pizzería El Pati de Pals. Habíamos comido una infrapizza cada uno el día anterior (esta se merece artículo aparte) y estábamos un poco hartos pero bueno, razonamos que en un restaurante de comida italiana no íbamos a encontrarnos actitudes talibanes. Craso error. En la puerta, y a la altura de los ojos, nos encontramos la joya de cartel que tenemos aquí a la derecha.

Nos miramos el uno al otro, negamos con la cabeza y, preventivamente, decidimos no exponernos a otra situación incómoda como la que acababámos de experimentar.

Obviamente se puede argumentar que el letrero es inocente y simplemente manifiesta una preferencia, como quien pone un “me gusta” en el facebook. Pero es que no es así: el lugareño no necesita aviso, y al foráneo poco le sirve. Con lo que el cartel, convenientemente traducido lo que pone es “no queremos saber nada de nadie que no sea de aquí”. Pues nada: hacerte feliz es un momento.

EDITO: la dueña del local El Pati de Pals ha comentado este mismo artículo (véase aquí). Se defiende de lo que ella considera una malinterpretación por nuestra parte y afirma que nos hemos equivocado, ya que ella no tiene prejuicios de tipo nacionalista más allá de la reivindicación del lenguaje. Y que, por supuesto, no tiene ningún tipo de inquina a los forasteros.

Afortunadamente la cerrazón y la gilipollez no es universal en el Ampurdán y acabamos comiendo en la misma calle, un poco más abajo, en Can Genís (aparece como Els Pescadors en Google Street View), en el que el dueño nos trató como a personas y nos dió de comer barato (mucho más que en el Xarrup) y de puta madre; a la vez que daba conversación en catalán a los catalanes, en castellano a los españoles y se esforzaba por entender a los extranjeros.

Comunicación, dicen que se llama.


Ya en otro orden de cosas, con respecto a Catalunya en general, hay que reconocer algo: allí hay que pagar por todo.

No voy a atacar a los catalanes por esto porque asumo que ellos mismos también están hasta los kohones de pagar hasta por respirar, y hay que reconocer también que en muchos aspectos se ha sido injusto con ellos: por ejemplo, por haberles hecho casi todas las autopistas de peaje mientras que en otros muchos sitios de España son gratuitas y hasta mejores.

Pero en algunos casos este cobrar por todo es hasta esperpéntico, como cuando intentamos visitar un Monasterio en estado de semiruina, el Monestir de Sant Pere de Rodes. Helo aquí, visto desde la carretera que sube a él:


A visitarlo subíamos ilusionados, por una carretera cuesta arriba repleta de curvas, El-Hombre-Cuya-Identidad-Está-Oculta y yo dentro de la Criptoneta™. Nada más llegar al aparcamiento nos aborda un hombre mayor con una autorización del ayuntamiento colgando del pecho:

—Hola. La cuota por la vigilancia del parking es de 1,5€ —nos dice en castellano—.

Teniendo en cuenta que hablamos de un aparcamiento que está a varios kilómetros de cualquier otra presencia humana, no nos deja de parecer extraño. Pero reacciono inmediatamente.

—Ya… ¿y cuánto cuesta la entrada al monasterio? —digo yo—.
—4,5 por persona —contesta el buen hombre—.
—Casi que lo damos por visto, ¿no? —decimos mi compi y yo a la vez, escapándosenos la risa.

Y por visto lo dimos.


Por último, y para finalizar este larguísimo artículo, falta una reflexión ya muy manida sobre el conjunto de la costa mediterránea española. Y es el asunto del ladrillo, que ya apunté al principio. Parece esta una cuestión que está aparte del trato dado al turista y de la hostelería en general, pero no es así.

Si recorrer Málaga (lugar en el que me he encontrado a la gente más amable y cachonda de toda la Andalucía que conozco) se convierte en una experiencia sorprendente tras comprobar como sus casi 500km de costa se han convertido en una única conurbación, la pregunta al aire es… ¿Y qué se supone que me tenías que ofrecer? ¿Cemento hasta el horizonte?

La avaricia, la pura avaricia del sector turístico ha acabado matando la gallina de los huevos de oro.

Y es que al final, lo que yo realmente buscaba, que era la experiencia del contacto con el Mediterráneo, cuna de Occidente, se limita a un puñado escaso de reservas naturales, más o menos estropeadas y degeneradas, finalmente, por la pobreza y precio de los servicios que los lugareños ofrecen al visitante…

…¿Qué ha pasado con la costa? ¿Qué habéis hecho con ella? ¿Dónde está? ¡Esta playa es de mentira! ¡Este cangrejo funciona a pilas! ¡Esta arena no es de aquí! ¡Esta mole tapa el Sol! ¡Me siento estafado!

Adios, Mediterráneo. Siento mucho haberte conocido así.

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