Dos días sin fumar. No muerdo a nadie y lo llevo bastante bien. Es bastante peor estar una semana sin café, la verdad. Un día hablaré del café, esa droga.
Fumo con mayor o menor regularidad desde los 17 años. Empecé, como todo el mundo, por la gilipollez de ser mayor o sabediosqué. Y me enganché por cabezonería, porque hay que ser cabezón, necio y terco para fumar lo suficiente de una cosa asquerosa hasta el punto de engancharse.
Hay que reconocer, para ser justos, que el tabaco es una droga milagrosa, aunque el mérito es más bien de la nicotina. Digo que es milagrosa porque es una de las pocas sustancias psicoactivas con efecto paradójico: relaja cuando estás tenso y estimula cuando estás relajado. Pero está claro que los efectos secundarios, debido a los excipientes (léase alquitranes) y su forma de administración, aniquilan toda posible ventaja del auténtico principio activo.
Lo que no puede concebir un no-fumador es el grado de adicción que conlleva la nicotina. En alguna parte leí que era dos veces y media más adictiva que la heroína. Me lo creo. Y si eres o has sido fumador, probablemente también te lo creas.
Pero el hecho de que sea tan adictiva no implica ni mucho menos que los efectos reales de su ausencia sean tan malos. Objetivamente, las consecuencias físicas del mono del tabaco son más suaves y menos molestas que las de un simple resfriado. Y realmente el reto, el desafío de dejar el tabaco, está en la parte mental.
Como he dejado el tabaco con éxito muchas veces, y he conseguido estar sin fumar durante semanas y meses antes de volver a caer como un pardillo, tengo muy claros algunos aspectos del dejar-de-fumar, que paso a enumerar.
No se puede dejar el tabaco hasta que acabas harto/a de él. Es esta la mayor verdad de todas: mientras vivas el tabaco como una experiencia más o menos tolerable no vas a sentir realmente necesidad de dejarlo. Punto.
De hecho, es probable que vivas en la gran falacia mental autogenerada que es “no puedo vivir sin tabaco, soy incapaz de imaginarme un día entero sin echar un cigarro“. Este es un mecanismo presente en toda adicción que personalmente me fascina, pues en él podemos observar como una habituación química de las células del cuerpo se acaba traduciendo en acciones y pensamientos destinados a satisfacerla. Todavía recuerdo la primera vez que sentí la necesidad de entrar en un estanco a comprar tabaco, y como mis piernas, por así decirlo, caminaban solas hacia allí.
Mientras dure este bloqueo mental, poco se puede hacer, excepto llegar a un punto de ruptura. Este se produce el día que tras echar una carrerita detrás del bus compruebas que apenas puedes respirar, o cuando te despiertas con la boca hecha un auténtico asco, o dejas un flemón marrón del tamaño de un zapato en medio del lavabo. Es este tipo de sucesos el que suele marcar una inflexión; pero también es posible alcanzarlo antes siempre que superemos cognitivamente el bloqueo mental citado.
Razonamientos del tipo “Es caro”, “Estoy criando un cáncer”, “Cada cigarro es media hora menos de vida”, etc… son insuficientes para motivarse y hasta contraproducentes: Producen ansiedad, y la ansiedad conduce a fumar más. Punto.
Es necesario, por tanto, pensar en positivo: “Voy a ahorrar cuando lo deje”, “Me sentiré mucho mejor”, “Me levantaré con la garganta sin irritar”. Estos pensamientos son mucho más eficaces, y, tras unos días sin fumar, se ven y hacen cada vez más verdaderos.
Del mismo modo, pensar en las posibles recaídas poco aporta. Si recaes al cabo de un mes, ha sido un mes que has estado sin fumar, lo cual es bueno más allá de toda duda. Punto.
Muchas veces el gran problema a la hora de dejar el tabaco no es tanto la adicción a la nicotina en así como los hábitos que asociamos a su consumo.
Si estás acostumbrado/a a parar en el trabajo cada hora o así para relajarte 5 minutos echando un cigarro, renunciar a ese hábito puede ser más duro que la falta de tabaco en sí.
Por eso es bueno intentar mantener esos hábitos provisionalmente sustituyendo el tabaco por otra cosa. En su momento, para risa, mofa, jolgorio, befa y escarnio de mis convecinos, llegué a fumar no-cigarros, consistentes en tubos de papel enrollado, y por supuesto huecos, a través de los que aspiraba aire durante 5 minutos como si fumara un cigarrillo de verdad. Como me permitían hacer mi pausita igual que cuando fumaba, además de hiperventilar, al final los no-cigarros resultaban enormemente efectivos a la hora de aplacar la necesidad.
Hablando de hábitos: cualquier ruptura de la rutina que no conlleve estrés y que dure unos días supone una oportunidad fantástica para dejar de fumar. Entiéndase un viaje de placer, por ejemplo. De hecho, la última vez que dejé de fumar fue durante mi viaje a Portugal este verano.
Otro hábito especialmente paralizador es el de tomar el café y el cigarrito en el desayuno para ir corriendo al baño y luego ir al trabajo con el intestino vacío. En este caso, la trampa es el uso del tabaco como laxante. Si realmente te preocupa salir de casa ya cagao/á, usa otros medios, o limítate al café, que de por sí solo hace maravillas. No te digo ya el capuchino de máquina omnipresente en toda oficina más o menos grande.
El café es una droga MUY alteradora del estado de ánimo. Y como excita, suele pedir tabaco como colofón para compensar. Disminuye el café cuando dejes de fumar, pero no lo quites porque es peor el mono del café que el del tabaco, sobretodo para la gente que te tenga que aguantar los morros y la malahostia durante esa semana.
Por último, recomiendo encarecidamente los chicles de nicotina para casos extremos. Son muy efectivos no tanto para eliminar los hábitos como para mitigar la ansiedad provocada por la falta de nicotina. Es decir: NO quitan la gana de fumar, de llevarse un cigarrillo a la boca. Pero la disminuyen considerablemente. Por eso, en su publicidad dicen acertadamente que con ayuda de estos chicles y un poco de fuerza de voluntad es fácil dejarlo. Es cierto.
Conozco gente que ha llegado al extremo de cambiar el tabaco por estos chicles. Aunque resulte chistoso, objetivamente es preferible a los cigarrillos en sí: no perjudican a los pulmones y la asimilación es más gradual, con lo que los ciclos de ansiedad/relax son más suaves y llevaderos.
Por otra parte, 30 chicles de 4mg cuestan unos 10€ en España: la misma cantidad de nicotina en forma de cigarrillos supone la compra de 6 paquetes, lo que ronda, más o menos, 20€.
Recomiendo masticar los chicles enteros al principio del proceso de dejar de fumar. Pero una vez superados los primeros días, he llegado a partir los chicles como si fueran sandwiches, obteniendo 4 triangulitos de 1mg de nicotina a partir de un solo chicle. De este modo cada triangulito equivale a un cigarrillo. Así puedo prolongar el tratamiento más tiempo por menos dinero, con una reducción gradual de la dosis de chicle.
Si este artículo sirve para que alguien se proponga dejar de fumar, estaré satisfecho.


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