31 Marzo 2010

He pasado los últimos días alrededor del río Eo. Toneladas de fotos en los próximos posts.
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26 Marzo 2010
Hace no tantos años había un jefe tan ansioso por ser director, que gastaba todo el presupuesto en realzar su propio curriculum.
El Sr. Líder, que así se llamaba, no se interesaba por su equipo ni por la empresa, ni le gustaba hablar con sus empleados, a menos que fuera para presumir de sus logros o machacarles un poquito, para que se viera quién mandaba allí. Tenía todas las paredes de su despacho llena de certificados y diplomas, y de la misma manera que se dice de un Jefe: “Está organizando las tareas de sus empleados“, de él se decía: “Está sacando brillo a sus medallas” o “Esta pensando a quién putear“.
Su departamento tenía mucho movimiento. Todos los días pasaban por allí subcontratados, comerciales, clientes y algún que otro becario. Y un día se presentaron por allí unos consultores, asegurando que sabían diseñar los más perfectos procedimientos departamentales. No sólamente garantizarían un máximo de eficiencia y un 100% de resultados, sino que servirían para determinar que empleados eran competentes y cuáles no, ya que sólo los primeros comprenderían las virtudes de la Política de Calidad que ellos implantarían. Además le pondrían al final una Q muy grande en la entrada a su departamento, lo que luciría un montón.
—Esta es la mía. Si consigo esa Q, el Presidente Supremo no tendrá más excusas para no hacerme Director de Algo —se dijo para sí mismo el Sr. Líder—.
Y mandó pagar a los consultores un buen adelanto por sus servicios, que no eran baratos precisamente, para que se pusieran cuanto antes a ello. Nuestro jefazo estaba dispuesto a sacrificar el dinero de la empresa con tal de poner esa Q en su curriculum.
Los consultores se metieron en el despacho que les habían asignado, abrieron, encendieron sus portátiles y empezaron a simular que diseñaban unos procesos adecuados para aquel departamento. En realidad, más que consultores, que también lo eran, eran unos truhanes sofisticados que se dedicaban a hacer copia-pega de un montón de libros absurdos y de PDFs escritos por gente que no tenía ni idea, ya no de organizar un departamento, sino de trabajar.
“Me gustaría saber cómo es lo que están montando“, pensó el Sr. Líder. Pero tenía miedo de ver el trabajo de los consultores y no poder captar la sutileza y la sabiduría de los procedimientos que diseñaban, pues sólo tenían sentido para la gente competente. Y él sabía de sobra que no era competente: lo único que se le daba bien era ser un bastardo redomado, habilidad que había logrado a base de ser un cabrón todos los días; ya que sin constancia y disciplina, amable lector/a, no se llega a ningún lado.
Así que no iba él en persona, sino que estratégicamente situaba a empleados al lado de los consultores para que no perdieran de vista, ni por un segundo, aquello que redactaban.
Pero como estos no parecían enterarse de mucho, envió a su segundo de a bordo, persona inteligente y recta, aunque temerosa de conflictos, para que preguntara a los consultores como iba aquello.
Este hombre se acercó a los consultores y les pidió un PowerPoint sobre los avances de su trabajo. Mientras lo leía se dió cuenta de que no le encontraba sentido a nada.
—Aquí dice que uno de los objetivos es que ninguna incidencia tarde en resolverse más de tres días. Y más abajo, dice que cualquier incidencia que lleve más de tres días abierta debe cerrarse y volverse a abrir con un número distinto —comentaba él, ingenuo—.
—Así se consigue alcanzar el 100% del objetivo —contestaban ellos, no sin razón—. Nuestros procedimientos garantizarán la máxima eficiencia y las métricas periódicas así lo revelarán. Y ahora que ya ha leído el PowerPoint y hemos aclarado sus dudas… ¿qué opina usted? ¿No es maravilloso?
Y el pobre, que tenía miedo de contrariar a uno y a otros, y todavía no acababa de pillar de que iba aquello, decía:
—Me parece un enfoque muy inteligente y original. Le diré al Sr. Líder que están ustedes haciendo una magnífica labor.
—Muchas gracias —respondieron ellos—.
Y siguieron explicándole cosas al segundo de a bordo para que se las repitiera al Jefe, como que gracias a estos procedimientos los trabajadores estarían ocupados rellenando un montón de papeleo aunque no tuvieran nada que hacer, lo que fomentaría la creación de una atmósfera de trabajo. Y eso siempre es bueno.
Pero los consultores no acababan de establecer todos los protocolos necesarios, que eran muchos. Y prosiguieron durante meses y meses escribiendo, más bien copiando-pegando, y en ocasiones cambiándole el logo a documentos Word que reciclaban de otras empresas donde habían estado. Y claro, durante todo este tiempo, siguieron cobrando un pastón.
Como la cosa tardaba, el Sr. Líder volvió a enviar a otro hombre de confianza. Este ya no pidió un PowerPoint, sino que se dedicó a hojear el montón inmenso de hojas que iban recogiendo todas las normas y protocolos que estos consultores preparaban. Y como los innumerables párrafos utilizaban una palabrería increíblemente técnica y rebuscada, llegó a la conclusión, sin haberse enterado de mucho, de que aquello era, sin duda, una tarea titánica y digna de mérito, cosa que dijo en voz alta para que le oyera el Jefe.
Y pasaron meses y más meses. Como aquello seguía y seguía y no parecía acabarse, un día decidió acercarse a los consultores el propio Sr. Líder, rodeado de su séquito, para ver de que se trataba aquello.
El taco de folios se había convertido en un montón de tomos que tenían una gran Q en el lomo.
—¿Se ha fijado usted que bonita ISO? —preguntaban los consultores al Jefe con una gran sonrisa.
—Sí, por lo menos es una 70000 —contestaba él aparentando seguridad y esperando que colara, porque tenía medio idea de que detrás de ISO siempre había que decir un número, cuanto más alto mejor. Mientras, hojeaba aquellos tochos llenos de objetivos, métricas y protocolos, y pensaba que debía ser un poco tonto, pues contemplaban casuísticas que a él ni se le hubiera imaginado que pudieran afectar a su departamento. Sus hombres de confianza, por la manera de levantar las cejas, parecían llegar a la misma conclusión. O no.
Y llegó el día de la implantación oficial de la nueva Política de Calidad. Las semanas anteriores los consultores se habían dedicado a la formación de los empleados, repartiendo un montón de copias de los procedimientos, encuadernados en anillas, entre los trabajadores del departamento para así poder explicarles, con una gran sonrisa, cada una de las incontables minucias con las que tendrían que lidiar a partir de ese momento.
Todo el departamento estaba presente y expectante en el Gran Día. También estaban varios altos directivos, atraídos por el bufet, y hasta el Presidente Supremo. El Momento de Gloria del Sr. Líder había llegado por fin.
— Hace tan sólo un año —dijo—, el caos y la desidia invadían esta sala. A partir de hoy, los procesos fluirán como piezas bien lubricadas dentro de un motor eficiente.
Y después, dirigiéndose a los empleados uno por uno, les iba asignando sus nuevas funciones adicionales.
— Usted es ahora Responsable de Sinergias. Usted, Coordinadora de Metodología. Usted, Supervisora de Incidencias.
Y así hasta completar todos los puestos. Y aunque nadie entendía muy bien en que consistían todas aquellas funciones y de que iba exactamente el trabajo que tenían que hacer, a pesar de la formación recibida, nadie decía nada aunque, eso sí, algunos estaban sinceramente henchidos de orgullo.
—Ahora, como colofón, pondremos la gran Q a la entrada del departamento como símbolo de la Nueva Era de Eficiencia y, oh, Calidad.
“Ahora sí que va a funcionar todo como debe“, “Por fin orden y organización“, comentaban los asistentes, ansiosos por atacar los canapés que estaban esperando en la sala contigua.
En esto llegó un becario al que habían sub-sub-sub-subcontratado para hacerse cargo de TODO el trabajo pendiente de las últimas semanas de TODO el mundo; ya que la totalidad de empleados había estado dedicada a estudiarse las nuevas normativas. Y este becario, al hojear uno de los manuales de calidad por primera vez, pues no había tenido tiempo para hacerlo antes porque había curro que sacar adelante, dijo a grito pelado:
—¡¡¡¡ESTO ES UNA PUUUTA MIEEERDA!!!! ¡¡¡¡ESTO ES TODO PARIPÉ PARA QUE PAREZCA QUE AQUÍ FUNCIONA ALGO, CUANDO AQUÍ NO FUNCIONA NAAAADAAAA!!!! —y acto seguido marchó a la cafetería a por un capuchino de máquina.
Y aunque hubo un pequeño revuelo ante semejante declaración, el Sr. Líder pensó que era demasiado tarde para dar marcha atrás. Tras autorizar con su firma las primeras solicitudes 27B/6 de Desplazamiento Pedestre Para Gestiones de Carácter Urinario a unos empleados que estaban en medio de un gran charco amarillo, se retiró a su despacho. Total, ya tenía su Q.
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25 Marzo 2010

Este cinco en raya es probablemente el primer programita un poco complejo que creé en javascript, allá por el 2001, cuando empecé en esto de internet y las páginas web.
Al principio sólo funcionaba con el Explorer, ya que Netscape, el predecesor de Firefox, tenía un soporte de javascript bastante chapucero. Hace unos 3 años lo adapté deprisa y corriendo sin preocuparme mucho por la estética. Y siempre lo he tenido muy descuidado. Así que he decidido remozarlo un poco, currarme un interfaz un pelín más entendible y dejarle la mala leche como la tenía, pues ya tenía mucha.
Si os gusta y además me lo podéis promocionar, os lo agradeceré: http://gomoku.cranf.net
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24 Marzo 2010
Aldous Huxley dijo hace muchos años:
Armamento, deuda universal y obsolescencia planificada: los tres pilares de la prosperidad de Occidente.
Me acuerdo que la primera vez que leí esta cita me quedé muy pensativo. Y cuanto más la repaso, más me doy cuenta de las implicaciones que tiene y de la grandes verdades que saca a la luz sobre nuestro mundo.
Hace algún tiempo llegué a la conclusión de que cuando se habla de Primera Guerra Mundial y Segunda Guerra Mundial, hasta cierto punto se está faltando a la verdad. Hubo una 1GM iniciada por Alemania, una tregua de 20 años tras ese primer descalabro, y una 2GM fomentada por los mismos que intentó completar el trabajo empezado en la primera. Y vaya si lo completó, pero no exactamente como esperaban en Berlín.
Por eso desde entonces me gusta concebir ambos conflictos como la Guerra Civil Europea, iniciada por Alemania y que acabaron ganando, con posterior reparto de territorio, la Unión Soviética y USA. Estoy casi seguro de que no soy el primero ni el único que defiende este punto de vista y que en ese sentido no soy precisamente un alarde de originalidad.
Pero estos días, tras darle vueltas, me estoy dando cuenta de que ni siquiera se puede hablar del fin de la guerra, al menos desde cierta óptica.
Marvin Harris, el antropólogo famoso por sus obras de divulgación, le da una grandísima importancia al factor económico al explicar la evolución y psicología de muchas de las culturas. Y distingue dos tipos de estas: las extensivas y las intensivas.
Las primeras limitan el crecimiento de su población y hacen un uso moderado y sostenible de los recursos. Su desarrollo histórico es mínimo o prácticamente inexistente; de hecho, hay quien niega que puedan tener algo llamado Historia, ya que no experimentan pautas de cambio que no sean provocadas por factores externos (desastres naturales, invasiones, etc…)
Las segundas, las intensivas, son las que sobreexplotan sus recursos; así acaban llegando, tarde o temprano, a situaciones insostenibles a causa del agotamiento de estos. El ejemplo clásico es el suicidio ecológico de la cultura de la Isla de Pascua.
Sí, nuestra civilización corresponde al segundo tipo. Y no sólo encaja dentro de esta categoría, sino que difícilmente se puede hablar de una cultura, pasada o futura, que más abuse de los recursos de los que tiene disposición. Y el camino al desastre que estamos llevando es tan evidente que no creo que sea necesario remarcarlo, a pesar de infraargumentos neocones varios que afirman lo contrario. Simplemente basta con considerar nuestra dependencia, total y absoluta, del petróleo. Que es un recurso limitado. Punto.
¿Y por qué esta sobreexplotación? ¿Cuál es el origen? Creo que está arraigado en las guerras mundiales o, mejor dicho, en la Guerra Civil Europea.
Fue precisamente el esfuerzo bélico de este conflicto el que obligó a multiplicar la capacidad productiva de todos los países envueltos en ella: Alemania y Japón porque estaban preparándose para el conflicto, y los aliados como respuesta a la amenaza. En cualquiera de los casos, el aumento de la producción industrial y de la (obligada) explotación de recursos fue espectacular.
¿Qué pasó cuando acabó el conflicto? Hay que ser conscientes de que en las dos décadas anteriores a la guerra, tanto en Europa como en los USA (a pesar del espejismo de los años 20) hubo una gran crisis del modelo económico debida, entre muchos factores, a la política predominante de producción industrial.
Por regla general, las fábricas durante este periodo, cuyo rendimiento por trabajador no dejaba de aumentar, funcionaban a medio gas para mantener los precios altos. Así se llegó a una situación paradójica en la que el paro se convirtió en endémico (una industria a medio gas necesita, valga el simplismo, la mitad de trabajadores) a la vez que las tiendas estaban llenas de viandas que los obreros no podían comprar. Las turbulencias sociales y políticas resultantes llevaron precisamente al ascenso de personajes como Hitler.
Con ello estaba claro que tras 1945 no había marcha atrás posible. La economía de guerra imperante durante los años de conflicto no se podía desmontar. No se podía mandar a la gente a sus casas. Había que mantener el cotarro funcionando como fuera. Y las cabezas pensantes del capitalismo, que se habían estudiado a Marx y Engels como nadie, consiguieron encarrilar el problema mediante la implantación en los corazones y las mentes de una Cultura de Consumo. Y no sólo a nivel ciudadano, como muy bien previó Eisenhower.
Y por eso afirmo que, al menos en este aspecto, la Guerra no terminó.
Seguimos viviendo en una economía de guerra, de superproducción, de dilapidación de recursos, en un esfuerzo exclusivamente dirigido a la autosupervivencia de un modelo que es insostenible y, a la larga, catastrófico, como estamos viendo y viviendo.
Está claro por tanto que una manera de evitar el desastre es bajar la velocidad de la vida, la velocidad de nuestras necesidades. Pero este acto es algo que, sencillamente, no es viable desde la situación actual. Si lo intentáramos, la locomotora no iría más despacio: se pararía. Nuestra economía sólo admite una huida hacia adelante: sólo se puede pensar en términos de crecimiento, y no de mengua.
La Guerra no acabó. Y cuando acabe, tendremos Guerra.
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23 Marzo 2010
— Venga, cuenta una historia — dijo uno de sus maridos.
— Cuéntanos la Historia de Aldrín y Asdrón —animó otro de los presentes—.
— Eso, La historia de Aldrín y Asdrón / Los gemelos guerreros / Que fueron a la Luna / Y luego volvieron. Tu bisnieto Radio creo que todavía no la ha oído —dijo un tercero—.
— Yo tampoco —dijo Furgoneta, una de las niñas—.
— Ya está, ya está bien —dijo la abuela—. La contaré.
— ¡Bieeen! —respondieron a coro los niños presentes, que no eran pocos—.
— Hace muchos miles de años, muchos muchos muchos miles de estaciones, la gente que vivía en el mundo estaba dividida en dos: la roja y la azul. No se hablaban y…
— ¿Por qué estaba dividida en dos? —dijo Esparadrapo, que era un poco mayor que Radio—.
— Porque había una cosa que se llamaban tribus.
— ¿Y qué eran las tribus? —insistió el niño, al que ya estaban avisando con gestos para que no siguiera interrumpiendo—.
— ¡Pues la verdad es que no lo sé muy bien! —explicó la abuela— Pero eran algo así como un pensamiento que vivía en la cabeza de la gente para hacerse distinta una de otra, y luego hacían cosas muy raras por él. Como la de la historia que estoy contando… ¿Me dejáis seguir?
— Sigue, abuela —dijo una de sus hijas—. Hoy es tu día.
— Como iba diciendo, hace mucho tiempo la gente estaba dividida en dos: la roja y la azul. Y no se hablaban. Y no sólo no se hablaban si no que además, los rojos querían pintar a los azules de su color, y al revés. A veces cuando se cruzaban se mantenían lejos unos de otros, enarbolaban palos y todos tenían miedo.
— No me puedo creer que algo así ocurriera —dijo alguien de los mayores—.
— Que no me interrumpáis. Un día llegaron a la conclusión de que para imponerse hacía falta conseguir algo muy difícil, realmente difícil. Y además hacerlo antes que el otro: piedras de la Luna.
Todos miraron hacia el cielo y contemplaron el satélite por un instante.
— Tanto los rojos como los azules empezaron a pensar como podrían, primero que el otro, conseguir piedras de la Luna. Y entonces llegaron los guerreros gemelos Aldrín y Asdrón, acompañados por el mago Colín. Colín convenció a los sabios de entre los azules para que construyeran un poste mágico de metal, muy muy muy grande, y en lo alto de él pusieran un gran nido de pájaro.
La abuela se aclaró la garganta y continuó.
— Mientras hacían ese trabajo, muchos hombres salieron a la caza y domesticación de dos animales muy grandes, fuertes y raros: un águila y una araña gigantes. No sólo habría que cazarlos, sino que habría que enseñarles a obedecer a sus amos. Todo esto costó mucho esfuerzo y muchas vidas, pero es que la hazaña de los guerreros gemelos estaba a la altura de semejante sacrificio.
Uno de los adolescentes al fondo miraba con escepticismo y un tanto de sorna a la abuela.
— Qué ocurre, Cloro… ¿No te crees lo que cuento? —dijo ella—.
— No, no es eso. Es que ahora vas a contar como metieron mucho aire en una botella para poder respirar en el camino a la Luna. Y lo del poste y los animales me lo creo, pero ¿meter mucho aire en una botella? Eso es imposible —dijo el chaval—.
— Es una historia que ocurrió de verdad —respondió la abuela—. Y no la cuentes por mí.
Y dirigiéndose de nuevo al público, formado casi integramente por su numerosa descendencia:
— Llegó un día en el que Aldrín y Asdrón se subieron al nido de encima del poste, vestidos con sus armaduras plateadas, acompañados por un águila fiel y una dócil araña, que nadie recuerda como se llamaban. Entonces alguien arrimó una llama al poste y este, con el fuego, empezó a crecer muy alto, cada vez más alto, altísimo, por encima de las cumbres de las montañas y hasta de las nubes…
— Eso sí me lo puedo creer, y no lo del aire —interrumpió Cloro—.
—…y cuando el poste dejó de crecer, el nido se separó de él y quedó flotando en la inmensa oscuridad que hay entre la Tierra y la Luna, donde la Tierra pierde el poder de pegarte al suelo.
— Y chupaban aire de una botella para respirar —volvió a interrumpir Cloro—.
— ¡Un respeto a la matriarca, chaval! —dijo uno de sus tíos—.
— Sigo contando —dijo la abuela—. Una vez cerca de la Luna, el mago Colín se subió al cuello del águila y le hizo dar vueltas alrededor de la Luna. Después Aldrín y Asdrón se introdujeron en el vientre de la araña, que se descolgó del pájaro usando un hilo muy fino y se posó en la Luna. Como los guerreros llevaban con ellos una lupa muy grande, toda la gente, rojos y azules, pudieron ver desde la Tierra como cogían las ansiadas piedras. Y los rojos se pusieron tristes, mientras Aldrín, Asdrón y Colín volvían a la Tierra cabalgando el águila. Poco después de aquello, los rojos despertaron convertidos en azules de un día para otro. Y más tarde aún, cuando parecia que todo el mundo ya iba a ser del mismo color para siempre, la gente empezó a cambiárselo a lo loco, discutió, y luego no se ayudó entre sí durante la Gran Tormenta. Pero esa es otra historia que todos conocéis ya.
— Vaya historia más rara, bisabuela —dijo Radio, que hasta entonces había estado muy atento sin decir ni pío—. ¿Es de verdad?
— Claro que es verdad, tonto —respondió ella—. ¿Por qué no iba a serlo?
— Porque no entiendo qué es lo que quiere decir. No tiene sentido. Ir a la Luna por piedras me parece una tontería.
— Precisamente por eso es probable que sea verdad; porque no se acaba de entender del todo, porque no es lógica del todo.
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