Este es un post un tanto extraño, pues mezcla muchos pensamientos entrelazados que tienen que ver con reflexiones de años… y por eso mismo creo que es interesante.
Hace unos días vi una película curiosísima: El Sueño de Alexandria, titulada originalmente The Fall. Si os digo la verdad, no sé como llegó a mis manos. Sólo recuerdo que el primer fotograma pone: “Una presentación de David Fincher y Spike Jonze“, dos directores que admiro. Y eso me impulsó a seguir viéndola.
Decir que es una de las pelis más extravagantes, más personales y con más pasión jamás realizadas es quedarse corto. Ciertamente es una fantasía infantil, pero tampoco lo es, aunque sea sólo por las alusiones a la morfina. Tampoco es una película para adultos. Es sin más la película que alguien quería dirigir, tuviera éxito o no, recaudara o no. Eso es lo de menos. Y de hecho, no ha recaudado más de 3 millones de dólares, aunque está claro que ha costado mucho más porque visualmente es absolutamente increíble.
Y el director se la ha pagado de su bolsillo. Me recuerda un poco a Schliemann, el arqueólogo que decidió hacerse rico para algún poder financiar el descubrimiento de Troya, en quién sólo él creía.
¿De qué va? Eso es lo de menos. Sólo repetir las palabras del afamado crítico Roger Ebert: Mira, tienes que ver esta película sólo por el hecho de que jamás se ha hecho nada igual ni jamás se volverá a hacer nada igual. El propio Fincher dijo de ella que era como El Mago de Oz dirigida por Tarkovsky.
Pero bueno, aunque realmente recomiendo la peli encarecidamente, este post no va sobre ella.
La cuestión es que la película está rodada en lugares reales, muchos de los cuales yo ya conocía por Baraka, otra obra maestra.
Y uno de ellos, cuando lo vi por primera vez en esta película, me sorprendió sobremanera. Tanto, que en primer lugar pensé que estaba simulado digitalmente y que no existía. Hasta que comprobé que no era así. Existe.
Es un lugar con el que he soñado un montón de veces. Unas veces tal cual es, otras en extrañas variantes de hormigón, cristal y acero. Otras simplemente como roca desnuda, hierba y una cascada. El lugar es Chand Baori.

Sí, es real. Está situado en la India, en una zona con graves problemas seculares de abastecimiento de agua. Tiene cientos de años. En la siguiente foto se aprecia mejor el fondo, cuyo nivel de agua es bastante variable como he podido comprobar mirando docenas de fotos del sitio.

En mis sueños desciendo las escaleras, y cuando estoy cerca del agua, sumerjo la mano y está fresca. En ese momento un gigantesco surtidor brota del centro y el agua se llena de luz. La impresión es tan grande que despierto, y nunca llego a beber de él en mis sueños.
Y sé qué sitio es. Es mi lugar interior, y el de todo ser humano, que es inagotable. Todos tenemos uno, que sólo debemos a) identificar y b) tomar el trabajo de descender para alcanzarlo.
Lo más acojonante de todo es que uno de los hexagramas del I Ching, el 48, habla de él con detalle. No voy a comentarlo aquí pues prefiero dedicarle un post aparte con una estructura concreta, como al resto de artículos que he dedicado al libro. Probablemente lo publique en breve, cuando tenga algo de tiempo.
Ahora, la utilidad de esto que estoy escribiendo: a) identificar nuestro Chand Baori particular y b) descender a él para poder beber de su agua.
Es muy fácil identificar nuestro pozo. Es aquella cualidad que poseemos en tal medida que no nos importa darla, o incluso que nos la quiten, pues nos sobra tanto que ni siquiera nos preocupa. Como se menciona en el hexagrama, del pozo todo el mundo puede beber, y su nivel nunca aumenta ni disminuye. En mi caso concreto mi cualidad inagotable es la creatividad. No sólo está siempre ahí, en todo lo que hago, por prosaico que sea, si no que además, generalmente, no me importa que me roben mis ideas, mas cuando sé que muchas en el caso de muchas de ellas no tendré ni tiempo ni recursos para llevarlas a cabo, pero me gustaría verlas realizadas.
En un entorno más transpersonal, trascendiendo lo individual, veo este mismo espíritu en el software libre y/o abierto. Copia mi código, utilízalo libremente… ¡tengo más!
Simplemente piensa en aquella cualidad que te sobra. Ese es tu pozo, o al menos parte de él.
Cómo descender a él… eso es más complicado. Y para eso voy a echar mano de un artículo que escribí hace 7 años y que voy a reproducir aquí, tal cual. Lo titulé El Síndrome de Brasilia, y con él finalizaré este artículo.
* * *
Durante los años 50, Brasil recibió una inyección económica muy potente del exterior que decidió invertir, como se suele hacer en estos casos, en infraestructuras. Por aquel entonces, el optimismo ante el futuro se tradujo en un intento de hacer de Brasil el país del mañana.
Se planteó entonces un proyecto utópico: construir una nueva capital, completamente de cero. La idea no era nueva, pues ya se había planteado en 1789 la posibilidad de trasladar la capital más al centro del país. Pero no fue hasta 1956 cuando se empezó a llevar a cabo. Dada la oportunidad de construir de cero, se decidió hacer una ciudad perfecta, diseñada científicamente. De ello se encargó Oscar Niemeyer.
Éste, un utópico donde los haya y cobrando un sueldo de funcionario por propia voluntad, creó enormes y estilizados edificios envueltos por amplias avenidas y autopistas, con abundantes zonas verdes e innovaciones urbanísticas y arquitectónicas que incluso hoy en día son impresionantes.
Brasilia se construyó en tres años.

Hoy en día, es una ciudad fantasma. Fíjate en la foto. Apenas hay coches circulando. De los 600000 habitantes esperados, en la zona planificada apenas viven 240000. ¿Qué fue de aquel deseo utópico de romper con el pasado y crear una nueva sociedad a partir de una nueva arquitectura? Enrique Beracasa lo explica así.
Habiendo transcurrido ya más de 40 años de la inauguración de la obra, los resultados saltan a la vista: Brasilia es una ciudad concebida para automóviles y aires acondicionados, no para seres humanos normales. Las distancias son gigantescas, y nadie puede caminar, so pena de ser transformado en el propio churrasco por un sol inclemente. No hay árboles o matas que den tan siquiera un poco de sombra. La población está esencialmente compuesta por burócratas y políticos (¿qué más?), atraídos por la oferta de unos sueldos dobles y de grandes viviendas, que no piensan sino en largarse a Sao Paulo o a Río de Janeiro en cuanto llega el fin de semana. Las formas arquitectónicas curvas ya no lucen naturales ni actuales, y las construcciones han envejecido mal: chorreados y manchas compiten con los aires acondicionados de ventana para afear fachadas y estructuras.
En cuanto a los pobres, que se suponía debían ser los grandes beneficiados de esta revolución, nada ha cambiado para ellos: apenas consiguen escasos empleos en la construcción o en la industria, y tienen que resignarse a sobrevivir en paupérrimas favelas situadas a unos treinta kilómetros de la capital, que jocosamente han sido bautizadas las Antibrasilias.
¿De qué sirve planear una ciudad perfecta si la construyes en medio del desierto?
¿De qué sirve pretender cambiar y ser perfecto, si no cubres tus necesidades más profundas? Este es el Síndrome de Brasilia.
Ya desde nuestra infancia se nos vende ser de determinada manera. Otras veces la decisión la tomamos nosotros mismos. En el primer caso, tenemos personas que sacrifican sus propios gustos y deseos en aras de una virtud superior, como aquella niña que tocaba el chelo ocho horas diarias con seis años y de la que Pau Casals, cuando la vió tocar dijo: ¿Qué están haciendo con esta niña? ¡Qué juegue con los demás niños, que corra…! Otras veces personas incapaces de aceptarse devoran libros de autoayuda pretendiendo cambiar. Cambiar ¿para quién?
De nuevo, vivimos en un mundo en que se nos exige ser máquinas, donde la eficiencia y la perfección son valores que devoran todo lo demás… y ni siquiera somos conscientes, muchas veces, de lo que estamos sacrificando: nuestras necesidades más auténticas, que al contrario de lo para mucha gente parece, no son imposibles de reconocer: Son las mismas para todo el mundo. Y tampoco son imposibles de conseguir: Las podemos satisfacer nosotros mismos.
Qué tristeza cuándo nos encontramos a gente que lo tiene todo después de haber luchado por ello durante toda su vida y no dejan de transmitir en la mirada que no se sienten vivos porque nunca lo han estado. Porque siempre han estado corriendo detrás de lo que, convencionalmente, se ha entendido que debemos poseer para ser felices. Y cada vez más en esta mentira que se nos ha construido. Qué triste ver a niños desesperados, confundiendo la felicidad con el pokemon #238. A niños adultos detrás del último modelo de determinada marca de coche.
Podría seguir poniendo ejemplos hasta el infinito, pero realmente la labor aquí no es exponer ejemplos sino invitar a buscarlos en uno mismo. Porque funcionamos por el deseo, y somos capaces de hacer cualquier cosa por satisfacerlo. Pero el deseo ha de llegar de lo más hondo.
Y no de lo que se nos ha dicho que es bueno. Y no de lo que se espera de nosotros.