Ayer oí hablar por enésima vez de lo chungos que son los alimentos transgénicos. Pero claro, aduciendo los argumentos de siempre. Suele ocurrir que cuando se habla de un tema se cae siempre en los mismos topicazos y conceptos-relacionados-por-los-pelos y rara vez se considera la posibilidad de que, en realidad, el debate va por otro camino.
Claro que son peligrosos los alimentos transgénicos… pero no porque te vaya a morder la lechuga o por que te vayan a salir antenas en la cara por comerlos. Ya en serio, tampoco existe un peligro real (y esto ha sido investigado independientemente y a fondo) de que los genes insertados puedan “saltar de unas especies a otras”, de tal manera que se puedan obtener plantas dañinas con las ventajas de las plantas de cultivo modificadas genéticamente.
De hecho, los alimentos transgénicos son, en el sentido químico, alimentos indistinguibles de los naturales, siempre que los genes que les hayan insertado no se dediquen a producir sustancias extrañas, claro. Que de todos modos casi siempre son sustancias naturales provenientes de otra especie: la ingeniería genética de momento funciona por copia-pega. Y que porque sean sustancias naturales no quiere decir que sean necesariamente sanas. Pero me estoy saliendo del tema.
El peligro de estos alimentos no son los que nos venden habitualmente. No te va a pasar nada por comer tomates gigantes (aplicación bellísima de la biotecnología) o arroz de la quinta o sexta cosecha de este año (aplicación todavía mejor). El peligro real está en las tácticas de monopolio de los grandes comerciantes de semillas. Esta política de negocio no sólo está poniendo en peligro las técnicas de cultivos tradicionales de muchos países del tercer mundo, sino el futuro de la humanidad.
Pondré un ejemplo relacionado con un sector importantísimo a nivel mundial que es la producción industrial de semillas:
Ya desde el neolítico conocemos la mejor técnica existente para seleccionar las semillas que se van a plantar al año que viene. Consiste en escoger las semillas mejores porque sean más gordas, más ricas, etc…, en resumidas cuentas, las mejor adaptadas al clima o terreno concreto del lugar de cultivo. Sin embargo, este método de selección no supone ninguna garantía contra las plagas animales o vegetales que pueden afectar a esos cultivos.
Esto fue así hasta la revolución verde, en los años 50 del siglo pasado. En ese momento se produjo un aumento increíble de la productividad de los cultivos gracias al uso de abonos químicos (irrenunciables hoy en día) y al de los pesticidas. El problema es que la gran mayoría de éstos son muy peligrosos para el consumo humano y muchos de ellos son tan letales para los cultivos como para las plagas.
Con el desarrollo de la ingeniería genética se produjo una nueva revolución, sobretodo para los vendedores multinacionales de semillas, como la satánica Monsanto. Se podían “construir” a medida plantas resistentes a determinados pesticidas… pero había un problema: bastaba con adquirir semillas durante un año para tenerlas durante generaciones, con lo que sólo se podían vender una vez.
La gracia está en que el comercio de semillas y pesticidas está en las mismas manos. Estos señores se dedican a producir pesticidas… cambiando su composición cada año. De esta manera, las semillas resistentes de la cosecha anterior no son válidas para la siguiente, pues la composición del pesticida ha cambiado. Así el agricultor está obligado a comprar las nuevas semillas junto con el pesticida.
Solamente teniendo en cuenta esto que acabo de contar ya estamos hablando de posibles consecuencias catastróficas, pues de este modo agricultores de todo el mundo deben renunciar a las variedades locales para adquirir “semillas estándar”, seguramente fabricadas en cualquier planta de Illinois. Todo en nombre de la productividad.
Pues bien… las técnicas de la ingeniería genética alcanzaron su máxima degradación con la invención de la tecnología KnockOut. Consiste nada más y nada menos que en LA PRODUCCIÓN DE PLANTAS CON SEMILLAS ESTÉRILES [amable lector, llévese las manos a la cabeza: gracias]. De este modo, a las multinacionales no les es necesario cambiar de pesticida ni desarrollar nuevas semillas todos los años.
La terrible conclusión es que LA ALIMENTACIÓN DE MEDIO PLANETA ESTÁ HIPOTECADA A LAS DECISIONES COMERCIALES DE ESTAS MULTINACIONALES.
Este es el tipo de peligros reales a los que tenemos que enfrentarnos. No a las consecuencias de una tecnología potencialmente beneficiosa, sino a su utilización supeditada a los beneficios empresariales.