8 noviembre 2012

QuickONF Batt

Nuevo software para Android, después de la buena recepción de las QuickONF Keys.

Este sensor de batería va mucho más allá que otros. Prueba QuickONF Batt FREE en Google Play. Si te gusta, no olvides recomendarlo y comprar la versión completa, QuickONF Batt.

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30 septiembre 2012

mi primer software para android

No he estado absoluto parado en este tiempo que llevo sin escribir aquí. Entre otras cosas, estoy dedicando tiempo a aprender desarrollo en Android… y me entusiasma.

QuickOnf Keys, mi primera aplicación, es gratuita y consiste en una serie de widgets con atajos de configuración muy útiles para tu teléfono o tableta Android.

Pruébala, que te gustará: QuickOnf Keys en Google Play.

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13 julio 2011

cómo ser uno con el todo

archivado en: Ciencia Ficción Tecnología
historia escrita en junio de 2002 y hasta ahora presente en una web que ya no está activa.
forma parte de una serie de relatos centrada en los mismos personajes.

Bill acabó de liar el inmenso porro, tras media hora de intensa concentración, y se sentó en postura de zazen. Desde su cojín en el centro del blanquísimo desván podía contemplar el bosque que rodea Casa Doce, su mansión, a través del ventanal redondo.
Encendió el porro e inhaló profundamente. Una semillita explotó; lo supo porque había alguien para oírlo. Por primera vez en mucho tiempo, disponía de tiempo para sí mismo y la tranquilidad externa necesaria para entregarse al noble arte de la meditación. Fumó en lentas caladas y no tardó mucho en sentir su craneo explotar hasta el infinito… pero al contrario que otras veces, no estaba tranquilo. La verdad es que no estaba nada tranquilo. Le remordía la conciencia. No por haberse deshecho de Brog durante una semana… Sintió profundamente que estaba vendiendo su alma al diablo.
Pero debemos retroceder unos cuantos días.


—Lo que Vd. me está proponiendo… no sé, debo meditarlo —dijo Bill.
—Dispone del tiempo que sea necesario.
Quién así hablaba era Sir James Esparadrapo, una de esas personas con tanta pasta como pocos escrúpulos que no tienen otro remedio que poner cara de aburrimiento para no vomitar cada vez que se ven a sí mismas en el espejo. Bill normalmente tiene que tratar con gente de todo tipo y condición, y aunque también fue perdiendo escrúpulos a lo largo de años de negocios, no le gustaba tratar con según que personas, o lo que sean.
—Es una buena oferta —continuó el individuo en cuestión, ante el silencio de Bill—. No está Vd. en condición de rechazarla.
Y era verdad. Últimamente no le iban nada bien los negocios a Bill. Las deudas se estaban acumulando y ya se había visto obligado a desprenderse de un par de empresas. El dinero no le importaba mucho. Siempre le había desbordado por las orejas y nunca había tenido necesidad de nada. Lo ganaba igual que lo gastaba. Pero esta vez la cosa era grave, y tenía miedo de tener que renunciar a su status, ciertamente envidiable.
—Mire —dijo finalmente Bill—. Nunca he tenido ascos a ciertas ilegalidades, pero esta vez se trata de tráfico de…
Un grito femenino, horroroso, se oyó proveniente del exterior del despacho.
—¡¡Mi mujer!!
Bill y Sir James corrieron hacia la puerta. Al abrirla pudieron ver a la señora Esparadrapo con los pelos como escarpias, y al otro extremo del salón a un desaliñado Brog (en pelotas, como casi siempre) haciendo gestos de calma. Al ver a Bill y su marido, la mujer volvió a gritar, sin escatimar watios.
—Esto… les presento a Brog Guano, máximo responsable de mi departamento de Investigación y Desarrollo —dijo Bill sin mentir demasiado.
—¡Hola! —saludó Brog desenfadadamente. Se tiró un pedo y se acercó al grupo.
Hay miradas que lo dicen todo. La del señor Esparadrapo era una de ellas. Su mujer corrió a resguardarse detrás de él.
—¡Qué se aleje de Fifí! ¡Qué se aleje de Fifí! —gritaba.
—¿Fifí? —preguntó Bill— ¡Ah, el perro!… —era verdad que estaba allí, rondando entre los muebles sin parar de hacer molinetes— ¿Qué hacías con él, Brog?
—¿Yo? Nada, observarlo. Es un perro muy interesante.
—Ese chucho es tonto —afirmó Sir James.
Su esposa se apartó de él de evidente mal humor y se tiró sobre una butaca. Bill pensó que si trataba así a su mujer, ¡cómo trataría a sus subordinados! Empezó a sentir verdadera repugnancia por él.
—Y Vd. ¡haga el favor de vestirse! —le dijo a Brog en un tono desagradable. Brog ya se disponía a contestarle una burrada cuando un gesto disimulado de Bill le quitó la idea de la cabeza.
—Vístete, Brog —ordenó Bill con suavidad. Éste subió de mala gana por las escaleras hacia su habitación.
—No me gusta que llames tonto a Fifí. —dijo de repente ella—. Me hace más caso que tú.
—¡¡ESE PERRO ES TONTO!! —le gritó el señor Esparadrapo rojo de ira, y dirigiéndose a Bill:— Fíjese, se pasa el día así.
Bill observó al chucho, y sí, la verdad es que un poquito tonto debía de ser. Más bien neurótico, viendo el ambiente en el que se había criado. La cuestión es que el pequinés no dejaba de dar vueltas sobre sí mismo persiguiéndose la cola. El estrabismo divergente de la raza y la permanente lengua fuera reforzaban la hipótesis.
—No me vuelvas a hablar así —dijo ella tras una pausa, rompiendo el hechizo giratorio del perro. La mirada de determinación de ella y la manera de incorporarse desde la butaca hizo pensar a Bill (muy perspicaz para estas cosas) que no estaba muy claro quien llevaba los pantalones en la pareja. Se enzarzaron en una discusión a gritos que parecía haberse repetido muchas veces. Bill suspiró.
En ese momento apareció Brog de nuevo, vestido con una túnica bastante sucia. Bajó las escaleras y se acercó a la pareja, ignorando las señas de Bill.
—Les compro el perro —dijo, para sorpresa de todos. Sir James fue el primero en reaccionar:
—Por mí, se lo puede quedar.
—¡¡ANIMAL, BRUTO!! ¡¡MI FIFÍ EN MANOS DE ESE JIPI MIERDOSO!!
A partir de ahí pasaron a la violencia directa. Ella empezó a arrojarle cosas a su marido y éste decidió poner fin a la discusión cargándola encima de su hombro.
—Señor Jerónimo, pasaré por aquí dentro de mes y medio. Espero que para entonces haya tomado una decisión —Sir James frustró una patada de su mujer—. No tengo excesiva prisa pero tampoco quisiera postergar un posible trato. Hasta entonces.
—Eehhh… Hasta entonces.
—¡¡¡QUIEERO EL DIVORRCIOOOUGGH!!! —gritaba la señora de Esparadrapo a medida que se dirigían hacia la puerta de salida, donde esperaba su chófer. Éste tenía cara de haber visto el mismo espectáculo una y otra vez—. ¡¡¡FI-FIIIIIIIÍ!!
Bill miró en derredor. Tanto Brog como el perro habían desaparecido.


No tardó mucho en encontrarlos. Estaban en la habitación de Brog. Éste estaba sentado en el borde de la cama, con la túnica subida para rascarse los huevos y contemplando al perro dar vueltas sobre sí mismo.
—Es alucinante —se decía por lo bajo.
—Ejem…
—¡Hombre Bill! ¡Jé! ¡Vaya chollo! ¡Conseguí quedarme con el chucho sin comerlo ni beberlo!
—Brog, dentro de un mes y medio vas a devolver ese perro.
—¡Si me lo ha dado!
—Te lo ha dado su marido. El perro es de ella, y no le has caído precisamente bien. Cuando vuelvan —y una parte de Bill deseaba profundamente que no volvieran nunca— se lo devolverás en perfectas condiciones.
—Weno. Ya. Es posible que ese cambie de idea.
—Exacto.
—Además, el tío parece un buen hijo de puta.
—Es un buen hijo de puta. Y por cierto… ¿Para que quieres ese perro? ¿Desde cuando te gustan los animales?
—No, si a mí estos bichos no me gustan. Además, para mí esto no es un perro: es más bien una especie de roedor. Me da hasta asco.
—No has respondido a mi pregunta.
—¿No te has fijado que siempre gira en el mismo sentido?
—¿Y? —Bill se fijó: era cierto. El perro siempre giraba en el sentido contrario al de las agujas del reloj.
—Este perro sigue el principio de Coriolis.
—Perdona Brog. Me suena eso de Coriolis, pero no me acuerdo muy bien en que consistía.
Brog se levantó, enderezo su chepa, recuperó su dignidad y comenzó su discurso:
—La aceleración de Coriolis es un fenómeno físico que aparece en sistemas sometidos a rotación. Uno de los efectos más visibles consiste en el giro del agua en el desagüe al vaciarse un recipiente —Brog se paseaba por la habitación, juntando los dedos en un gesto muy pedante—. Dependiendo del hemisferio terrestre en que estemos situados, el agua girará en un sentido o en otro. Si nos situamos en el ecuador, el agua puede girar en los dos sentidos indistintamente o no girar en absoluto.
Brog se subió a la cama y continuó. Bill era todo oídos:
—Esta aceleración tiene consecuencias trascendentales en la atmósfera de la Tierra. Forma los huracanes y decide su sentido de giro, así como el de los vientos alisios.
Brog se bajó de la cama. Bill aplaudió.
—Breve pero brillante… ¿Estás sugiriendo que…?
—En efecto. He descubierto el Perro de Coriolis, que me dará fama universal y grabará mi nombre con letras de oro en la historia de… La Ciencia.
Brog a duras penas se contenía.
—Pero antes… antes tendrás que probarlo.
—¡Oivá, es verdad!
“Vaya científico de mis cojones”, pensó Bill. En ese momento, tuvo un chispazo de intuición.
—Brog… ¿Te apetece dar un viaje? Puedes llevarte al interfecto contigo —señaló a Fifí, que aún seguía centrifugando saliva—, a Australia, por ejemplo, o a…
—¡Bill, te quiero! —Brog saltó encima de Bill y empezó a cubrirlo a besos.


Un árbol cayó en el bosque, pero no hubo nadie para oírlo.

Bill seguía sin poder concentrarse en el desván. La hierba no le había sentado nada bien en esta ocasión y no podía dejar de darle vueltas a sus problemas económicos, a la propuesta de Sir Esparadrapo, a su propia conciencia torturada y a un infinidad de asuntos sin resolver. Las autovacaciones concedidas de poco le habían servido.

En esto oyó gritar a alguien dos pisos más abajo.
—¡Bill, Bill! —era Brog— ¡Ya estoy de vuelta!
Bill se asombró de lo rápido que pasa el tiempo. Había pasado casi una semana desde que Brog marchara y ya había regresado. Se incorporó, estiró los doloridos muslos y bajó corriendo. Se encontró a Brog en el salón.
—Hola Bill… Jé jé… vaya ojos que tienes —dijo Brog, que llevaba un lujoso maletín de cuero en una mano y una nevera portátil en la otra.
—Hola Brog, veo que te ha sobrado comida —refiriéndose a la nevera.
—Sí —posó la susodicha y abriendo el maletín mostró su contenido: un plátano, dos manzanas y un bocadillo de chorizo a medio comer.
En ese momento Bill se acordó del perro. Quizás fue la meditación, o el porro, o ambas cosas; pero pocas veces su mente trabajó tan rápido.
—Brog —susurró dulcemente—. ¿Dón-de-es-tá-el-pe-rro?
Brog puso un pie de puntilla, inclinó la cabeza a un lado y señaló con ojillos de niño bueno la nevera. Bill se arrojó sobre ella, la abrió y pudo ver unos pelos que asomaban bajo una bolsa con cubitos de hielo. Tiró de los pelos y sacó una especie de peluche, rígido, goteante, de ojos desorbitados. De su cabeza colgaba algo que parecía un manojo de electrodos.


—¡¡BAJA DE AHÍ, ME CAGO EN TUS MUERTOS!!
—¡¡No, que me pegas!!
—¡¡QUÉ BAJES DE AHÍ!!
Brog se había subido, no preguntes cómo, a la lámpara central de la inmensa sala. Desde ahí Bill, fuera de sí, le tiraba de todo. Llegó un momento en que no pudo más y se derrumbó: empezó a llorar desconsoladamente. Brog, que nunca había visto a Bill así, se arriesgó a una paliza descolgándose hasta el suelo de manera bastante gentil. Es decir, que no rompió nada. Bueno, nada de valor. Sólo un cenicero.
—Bill, siento haberme cargado al chucho, pero es que no quería colab…
—¡Estoy al borde *snif* de la bancarrota, Brog!
Éste se quedó muy sorprendido.
—No tenía ni idea —Brog se sentó al lado de Bill y rodeó sus hombros con un brazo de oso—. ¿Cómo no me dijiste nada?
—¡No quería agobiarte con mis problemas! *snif* —Bill continuó tras unos sollozos, pues Brog callaba— ¡Estoy fatal! ¡Nunca había estado peor en mi vida! ¡No hay nada que salga bien! ¡Puta crisis! *snif* ¡He tenido que vender la empresa de limpieza y VACRO! ¡Y ahora me vienes con el perro hecho un desguace! ¿Tú sabes quién era esa gente? —volvió a ponerse de mala uva, pero se controló—. ¡Eran mi salvación!
—No sabía nada, Bill… A mí me parecieron dos mamones de esos que vienen a pedirte dinero cada poco.
—Lo peor… lo peor es que no les dije nada porque es un negocio bastante turbio. Tengo un conflicto moral muy grande. Por eso te mandé a Australia. Quería estar solo unos días conmigo mismo para meditar.
Brog, tras la confesión, se sintió un poco menospreciado por un instante, pero entró en razón en seguida. La verdad es que no tenía ninguna queja de Bill… Hombre, de vez en cuando le pegaba una paliza, muchas veces merecida. Pero realmente no podía quejarse.
—Bill, debo de tener algo de dinero en el banco, aunque hace tiempo que no miro mi cuenta—dijo Brog ingenuamente.
—No se trata de eso, hombre. Ya ni siquiera se trata de dinero… Me siento… partido. Cuando llegaste estaba intentando practicar meditación, pero no había manera.
—No sé, Bill. No entiendo de esas cosas. Para mí meditar es una barra de pan y un bote de mayonesa —dijo, intentado animarle.
—¿Nunca has tenido inquietudes espirituales?
—No. ¿Paqué? Estoy contento conmigo mismo.
“Eso es verdad” pensó Bill. “No soy ni la décima parte de bestia que él y sin embargo soy yo el que tiene problemas para aceptarse”. Bill empezó a enfadarse consigo mismo. Brog le sacó rápido de su encebollamiento.
—¡Pero vamos a ver, Bill! ¡Qué es lo que quieres!
—¡Pues dejar de estar dividido, angustiado! —reflexionó un poco más— Ser uno.
—¿Y cómo quieres ser uno? ¿Sabes lo que es ser uno? —Brog se levantó— ¿Qué es la unidad? ¿Tú y tu entorno? ¡Si todo fuera uno no podría percibirse a sí mismo!
Bill se quedó con la boca abierta.
—Pensaba que el versado en Filosofía era yo.
—Perdona Bill, pero yo soy un hombre entregado a… La Ciencia —como otras veces, Brog parecía hasta majestuoso—. Y… La Ciencia fue en su origen Philosophia Naturalis, o como cojones se diga. Así que algo tendré que saber del tema, digo yo.


Cincuenta y siete horas más tarde Bill y Brog seguían hablando en el mismo lugar.
—…Y del mismo modo —éste era Bill— la tradición sufi asegura que sólo existe una realidad.
—Joder, macho. Eres un pozo de erudición. No me imaginaba que supieras tanto del tema.
—Hombre —confesó Bill—, tuve bastantes granos durante la adolescencia.
Se rieron. Ya hacía bastante tiempo que se habían olvidado de los restos del chucho, que ahora yacían en una esquina del salón rodeados de un charquito. Se habían mantenido despiertos a base de brebaje, mixtura compuesta mitad de café negro frío, mitad de una conocida bebida de cola. Y alimentado a base de: bocadillos, Bill; chorizos en manteca, Brog.
—Me ha parecido muy interesante lo de la escuela neo-kantiana… ¿qué más? —preguntó Brog.
—Neo-kantiana-posmo-dadá de Varsovia, IV Congreso General, año 2013.
—Eso. La verdad es que ese modelo puede tener aplicaciones prácticas.
—¿A qué te refieres? —inquirió Bill.
—A que sería posible experimentar con la noción de unidad y…
—Perdona Brog. ¿No huele un poquito mal?
—Bueno, sí —Brog se rascó la cabeza y echó un trago de brebaje— ya me había dado cuenta, pero no *eructo* quería decir nada: creo que es Fifí, que ya debe estar pudriéndose.
A Bill ya le daba igual el puto chucho, así que no reaccionó.
—Por cierto… ¿Qué hiciste con él?
—Que no quería colaborar —contestó Brog.
—¿Qué es eso de que no quería colaborar?
—Pues que en el aeropuerto de Sidney empezó a dar vueltas sobre sí mismo en sentido antihorario, como aquí.
—Pero es que a lo mejor no es un “perro de Coriolis”.
—Pues ni se me ocurrió. Pensé que a lo mejor le hacía falta un poco de estimulación, y una vez en la habitación del hotel, me puse a improvisar unos electrodos con los cables de la lámpara de la mesita.
—¿Lo electrocutaste?
—¿Qué? ¡No! ¡Lo que pasó es que siguió dando vueltas como gilipollas en el mismo sentido, me enfadé, le metí una patada y lo maté!
—¡¡¡Jua, jua, jua!!!


Tras aquella conversación Brog vió más animado a Bill; éste además le dió carta blanca para que intentara hacer una máquina que sirviera para estudiar la unidad, según los principios de la escuela neo-kantiana-blablá-blablá eso. Brog, tras enterrar a Fifí en un hormiguero, se encerró en el taller sin salir de él excepto para ir a la cocina, muy de vez en cuando, y reabastecerse de pan y embutidos.
Bill, mientras tanto, se dedicó a mantener sus negocios a flote. Le fue bastante mejor de lo que esperaba: no se recuperó, pero la mala racha pareció estabilizarse. Debía algo de dinero, pero el suficiente como para que le dieran trato de rey fuera donde fuera, si hubiera querido irse a algún sitio.
Casi una semana después de que Bill reanudara su trabajo y Brog se encerrara, llegó Bárbara de Onroep-Zanahoria y Kessely, futura condesa de Marmajara, a hacerle una visita a Bill, lo que le animó aún más. Desde que se conocieran en una de las míticas fiestas de Casa Doce, hace unos meses, parecían mantener una relación bastante buena. Así, los escasos ratos libres que tuvo Bill los dedicó a pasear con ella, ver alguna película de vídeo y echar unos buenos polvos.
Tanto Bill como Bárbara estaban intrigados por los extraños ruidos de martilleo que día y noche salían del taller, que estaba algo separado de la casa. Un cartel de NO MOLESTAR bastante persuasivo les quitó toda tentación de fisgar. Normalmente (y Bill lo sabía por experiencia propia) era la mejor política cuando Brog estaba ensimismado con sus herramientas. Por supuesto, Bill explicó a Bárbara en que consistía el proyecto. Pero no podía dar detalles porque no tenía ni idea de que se estaba cociendo allí dentro.


—¡Coño, condesa!
La futura condesa de Marmajara casi se cayó de espaldas en la ducha cuando oyó a Brog saludarla desde el exterior de la ventana del baño de la planta baja. Éste saltó hacia dentro, haciendo menos ruido de lo habitual, y comenzó a lavarse la cara en el lavabo: tenía la cara negra de mierda.
—¡¡¡BIIILLLL!!! ¡¡¡QUE ME VIOOLAAAAN!!!
Cuando este derribó la puerta del baño y vió la situación, no pudo evitar reírse.
—¡Joder, Brog, no le pegues estos sustos a Bárbara!
—¡Grrrr! —gruñó Brog haciéndole muecas a la pobre mujer, que estaba al borde del llanto.
—¡Bill, sácame de aquí!
—Brog, sácate de aquí.
—¡Pero si me estoy lavando! ¡Luego dices que nunca me lavo!
—Aaayyy —suspiro de Bill.

Media hora más tarde estaban los tres desayunando en la cocina. Brog se había echado medio bote de colonia y habían tenido que abrir las ventanas.
—¿Y como tú *chomp* por aquí?
—Vine a ver a Bill. He acabado los exámenes.
—Ah, es verdad, que estabas estudiando *eructo*. Estamos en Junio.
—En Julio, Brog —corrigió Bill— te has pasado tres semanas encerrado en el taller.
—¡¡¡Hostia, llevo TRES SEMANAS sin dormir!!! —y se derrumbó, enterrando la cara en la tostada de Bárbara.

Bill y ella aprovecharon para acercarse al taller. Los ronquidos de Brog se oían claramente desde allí. Cuando abrieron la puerta, se quedaron sin aliento.
En medio de la estancia había una especie de armario metálico, y rodeándolo por todas partes, miles de cables. Justo encima, apoyado sobre pilotes de acero, reposaba un gigantesco electroimán de tres metros de altura, aparentemente devanado a mano. Bill además distinguió lo que parecían ser tubos de rayos X casi ocultos entre la maraña de cables, así como cincuenta mil cosas más que no supo identificar. En definitiva, un trabajo de chinos.
Encima de la mesa, empapada de grasa de chorizo, había cientos de componentes electrónicos. Bill reconoció la carcasa del microondas que había desaparecido de su casa hacía más de un año y multitud de cadáveres de electrodomésticos repartidos por todos los rincones. Bárbara se fijó sobre todo en el montón de revistas porno que había en una esquina. Y en su color.
Bill se mordió el labio. Era incapaz de imaginarse el funcionamiento de la máquina, a pesar incluso de haber sugerido la mecánica filosófica en la que estaba basada. Así que cogió a Bárbara de la mano, abandonaron la estancia y decidieron esperar a que Brog despertara.


—¡Waayeeowwlll! —gritó Brog al despertarse, tres días después. Dió un respingo al verse en la cocina cubierto con mantas. Tenía la cara pringosa. Todavía no había amanecido.

Cuando Bill y Bárbara despertaron, Brog llevaba unas cuantas horas viendo anuncios en la tele. Decidieron desayunar y después comprobar el funcionamiento de la máquina.
—Ya veréis —dijo Brog churrepeteando un trozo de salchichón— ¡Vais a alucinar!
—Pero… ¿Ya la has probado? —preguntó Bárbara
—Sí… bueno, la verdad es que sólo con algunas cosillas, sobretodo chorizos—contestó Brog—. De hecho quedan pocos y habría que comprar. ¿De qué, si no, estaría comiendo este salchichón?
—Brog, había casi cien kilos de chorizo en la alacena —replicó Bill incrédulo.
—Pues yo debí comer noventa y seis, y la máquina cuatro.
—¿Pero la máquina come chorizos? —preguntó Bárbara ingenuamente.
—No, mujer, no… ¿Pero cómo va a comer chorizos? —y dirigiéndose a Bill:— La verdad es que tuve que hacer algunos cambios al planteamiento original.
—¿Y en que consistieron? —inquirió éste.
—Mi intención original era que la máquina creara unidades de cosas, pero ya al principio vi que no podía seguir esa vía, porque no la tenía nada clara. Después pensé en que la máquina extrajera la unidad de las cosas…
—Su esencia, por así decirlo.
—Sí, eso. Pero bastó menos de un día para darme cuenta que también era una vía cerrada, porque nadie aseguraba que la esencia de las cosas fuera materia…
—Muy perspicaz.
—…o nisiquiera radiación. Así que me dediqué a estudiar unos documentos que guardo al fondo del taller…
Bill y Bárbara se miraron mutuamente de reojo.
—… y llegué a la conclusión de que tenía que pensar en negativo: tenía que restar uno a lo que metiera en la máquina. Y con ese fin la construí. Venga, coge unas patatas. Vamos a dejarnos de cháchara y ver como funciona.

De camino al taller Bill no dejaba de interrogar a Brog. Bárbara no decía nada.
—¿Quieres decir que vamos a estudiar la unidad de manera indirecta? —preguntaba Bill.
—Sí… puedes definir el número tres como la diferencia entre cuatro y siete, o seis y nueve.
—Parece bastante prometedor… ¿Y cómo consigues que la máquina haga eso?
—Hombre, si te digo la verdad, no lo sé muy bien. Lo único que sé seguro es que los efectos cuánticos son esenciales.
—¿A qué te refieres? —intervino Bárbara— Yo he estudiado algo de cuántica en la facultad.
Repentinamente a Brog le cayó Bárbara mucho mejor que antes.
—Pues a que la máquina necesita aislar lo que le metes completamente del mundo exterior… de hecho, creo con total certeza que no resta la unidad en el momento de realizar la descarga de radiación, sino cuando se abre la compuerta y el interior es observado por primera vez.
—¡Guau! ¡Cómo el gato de Schrödinger! —exclamó Bárbara.
Brog estaba a un pelo de enamorarse de ella.
—¿Guau? —dijo Bill mofándose— será ¡Miau!
Los tres rieron.


Imaginaos la escena: Bárbara, Bill y Brog con careta de soldador (bueno, Brog no porque sólo tenían dos; él llevaba gafas de sol) introduciendo delicadamente, con unas pinzas, tres patatas en el interior de la máquina. El silencio era tal que sólo se oían los insectos del jardín, incluso con la puerta cerrada. Brog cerró la compuerta del artefacto y dió un paso atrás.
Apretó el botón.
No ocurrió nada.
—¡Oivá, si no la he enchufao!
Enchufó la máquina.
Apretó el botón.
Fogonazo. Crujido de la bobina al contraerse. Olor a ozono.
—Uff, has metido una buena dosis de corriente —dijo Bill.
—Sí, bueno… no quería comentártelo aún, pero el cacharrito gasta la hostia de luz —explicó Brog.
—No importa. Abre la compuerta —urgió Bill.
En un gesto solemne, Brog giró la llave.
Dentro había DOS patatas.
A Bill y a Bárbara les quedó una cara muy extraña. Brog, sin embargo, sonreía complacido.
—Ejem, Brog —dijo finalmente Bill— ¿No habrás, por un casual —y mientras decía esto se le hinchaba progresivamente la vena de la frente—, inventado la máquina de desaparecer cosas?
Brog siguió sonriendo, y con la vista clavada en Bill, le pasó una nota de tintorería (del propio Bill, por supuesto).
—Lee esto. ¿Encuentras algo raro aquí?
Bill examinó la nota pero no veía nada raro.
—Bill, cuando metí la factura en la máquina el precio por el lavado de tu traje era de doce créditos. ¿Qué cantidad lees ahí?
—Once. —Bill reaccionó— ¡Once!
Nadie sabe muy bien porqué, pero Bárbara se desmayó.


Tras dejar a Bárbara (con un buen chichón en la cabeza) apoyada contra un árbol para que tomara el aire, Bill y Brog volvieron inmediatamente al taller. Esto era muy poco propio de Bill; normalmente se hubiera quedado con ella, por lo menos un ratito. Pero estaba realmente fascinado por el artefacto, cosa que a Brog le llenaba de satisfacción.
Bill quería meter de todo en la máquina, pero Brog le detuvo:
—No te precipites. Deja que te comente algunas de las pruebas que hice y luego pensamos qué meter.
—¡Habla, habla! —urgió Bill.
—La primera vez metí dos chorizos y desapareció uno. Luego volví a meter otros dos, pero en un plato, porque la primera vez me quedó el interior hecho un asco.
—¿Y?
—Nada, en vez de desaparecer un chorizo, desapareció el plato.
—Curioso.
—Luego probé con tres chorizos en un plato. Yo esperaba que desapareciera el plato, pero cuando abrí todavía estaba allí… con dos chorizos.
—Qué raro, ¿no?
—Volví a repetir el experimento. Metí otro plato con tres chorizos, esperando que faltara el chorizo. Pero esta vez faltó el plato.
Bill hacía gestos para que siguiera hablando.
—Luego —continuó Brog—, probé a meter objetos diferentes: un chorizo y un lápiz, etcétera… Casi siempre desaparecía uno, pero sin lógica. Hasta que metí tu tíquet de la tintorería con un chorizo, y ninguno de los dos desapareció. Estuve un buen rato examinando los cables para comprobar si se había soltado alguno… y luego me fijé en el precio.
—Brog, perdona… Veo que la máquina, más que por física trabaja por conceptos.
—Sí, a esa conclusión llegué yo después de meter una docena de chorizos atados por un cordel.
—¿Qué pasó?
—Que la hija de puta —dijo Brog, golpeando la máquina con los nudillos— hizo desaparecer la cordada entera. Con lo que añado que no sólo es conceptual, sino que tiene especial gusto en salirse por la tangente.
—Por lo que cuentas, es impredecible —comentó Bill.
—Yo creo que, más que impredecible, tiende a hacer lo que menos te esperas.
—Quizá haya una verdad espiritual en eso.
—Yo que sé, Bill.
Éste dió un pequeño paseíto por la estancia, pensando.
—¿Podemos hacer otra prueba? —preguntó finalmente.
—Las que quieras. Para eso está —respondió Brog.
—Vale, voy a volver a meter la nota de la tintorería… Aquí está.
Bill abrió la compuerta, depositó el tíquet dentro y cerró. Justo en ese momento, la máquina dió un fogonazo, la bobina crujió y quedó todo impregnado de olor a ozono.
—¡Mierda! ¡Me he quedado ciego! ¡Podías haber esperado para apretar el botón! —protestó Bill.
—No, si yo no lo toqué —dijo Brog—. Es que no anda muy fina, y a veces se dispara al cerrarla.
Bill abría los ojos desmesuradamente, girándolos en todas direcciones, intentado ver. Pasado unos segundos, parecía recuperado. Abrieron la máquina… y dentro no había nada.
—Bill, esperabas que la nota pusiera diez créditos, ¿verdad?
—Pues sí.
—Pues la máquina pensó que, en este caso, lo mejor era restar una nota.
—Pues lo que viene a decir este artefacto, creo yo —dijo Bill siguiendo los “pueses”—, es que el concepto de unidad es arbitrario, una construcción lingüística.
—Yo no creo que sea así, después de lo que hablamos la otra noche. Quizás sea así desde el punto de vista de la escuela neo-kantiana-etcétera —razonó Brog—. Pero lo mejor es que pensemos experimentos adecuados y lo intentemos más tarde o mañana.


No decidieron esperar hasta el día siguiente. Esa misma tarde ya estaban de nuevo los tres en el taller cargados con infinidad de objetos de todo tipo. Brog propuso empezar metiendo a Bárbara en la máquina, pero su idea no obtuvo muchos apoyos. Él, a cambio, obtuvo una patada en la espinilla.

Obtuvieron, como esperaban, los resultados más inesperados, lo que puede parecer una contradicción. Pero no lo es. Metieron unas esposas y, para sorpresa de todos, no desaparecieron. Sólo desapareció la cadena que las unía. Y el asunto cobró proporciones surrealistas cuando tras meter Doña Perfecta de Pérez Gal-dós, la máquina devolvió Niebla, de Unam-uno. Brog llegó a proponer secuestrar un tuno y meterlo en la máquina para comprobar si lo haría desaparecer o simplemente dejaría una T.

La cuestión es que tras casi una tarde de pruebas, Bill y Brog se sentían muy frustrados. Se habían tumbado a la bartola, con la espalda apoyada en la máquina. Bárbara no es que estuviera frustrada: se sentía inútil, pues se había pasado todo el tiempo mirando para ellos, puesto que cuando no le ignoraban, no le dejaban hacer nada.
—Si pudiera serviros de ayuda —se lamentó.
—Pues sí —dijo Brog, con voz cansada—. Podrías acercarte al pueblo con el coche y traer chorizos, que no quedan.
Bárbara se ofendió muchísimo, y respondió en consecuencia:
—Por lo menos haré algo útil, no como tú con tus máquinas estúpidas.
Marchó dando un portazo. Bill se quedó mirando a Brog como diciéndole “ya la volviste a cagar”. No tardaron en oír el coche salir derrapando hacia el pueblo. Brog se incorporó de repente.
—Creo que ya sé lo que pasa.
Cogió un polímetro, abrió la gruesa compuerta y entró. El fondo del contenedor estaba forrado con pequeños muelles metálicos que Brog examinaba con detalle usando el polímetro.
—Parece un somier —comentó Bill, que también se había incorporado y miraba como trabajaba Brog.
—ES un somier —dijo éste—. Anda, toma el polímetro y pásame un trapo, que aquí hay un solenoide manchado de grasa.
Bill cogió el polímetro y miró a su alrededor. Pero no había ningún trapo en la estancia.
—No veo ninguno.
—Hay una camisa mía sucia encima de la silla. Pasámela.
Bill dejó el polímetro en la silla y cogió la camisa. Se volvió a acercar a la compuerta, estiró el brazo para darle la camisa a Brog… y en ese momento resbaló, cayó hacia dentro de la máquina empujando a Brog y la máquina se cerró. El interior de ésta fulguró, y por un instante los dos amigos pudieron verse sus propios esqueletos.


El interior de la máquina estaba totalmente oscuro.
—¡¿Cómo se abre la puerta, Brog?!
—No se puede desde dentro, Bill —respondió Brog, aparentemente muy tranquilo—. La hemos cagado, la hemos cagado de verdad. Ahora sí que la hemos cagado.
Bill y Brog apenas podían revolverse dentro del contenedor de la máquina.
—¡Bárbara puede abrir la puerta! ¡Hay que avisarla! —dijo Bill, al borde de la histeria.
—No, Bill, no. Mejor que no la abra. La máquina se ha vuelto a poner en funcionamiento sola —advirtió suavemente Brog.
—¡Pero no ha pasado nada! ¡Seguimos los dos aquí!
—Bill, no ha pasado nada porque ahora estamos absolutamente separados del mundo exterior. En el momento en que seamos observados —la voz de Brog susurrante en la oscuridad parecía salida de una película de terror— será cuando pase algo —y continúo—. Por eso mismo tampoco podemos avisar a Bárbara: no nos puede oír, no nos puede sentir de ningún modo. Puede que ni siquiera se le pase por la cabeza abrir la compuerta. Entonces moriremos asfixiados aquí dentro.

La oscuridad y el silencio, tras las palabras de Brog, parecieron durar mil años.

—Casi es preferible que Bárbara abra la puerta —dijo finalmente Bill, mucho más tranquilo que antes—. Por lo menos sobrevivirá uno de nosotros.
—Sí. Cierto —asintió Brog.
—Y probablemente la abra.
—¿Y cómo estás tan seguro? —preguntó Brog.
—Porque me acabo de dar cuenta que media camisa está fuera de la máquina y media dentro. Ha quedado atrapada por la puerta.
—¿Y?
—Bárbara no es tonta. Cuando vea el trozo de tela asomar y vea que no estamos, le bastará sumar dos y dos para darse cuenta que nos hemos quedado atrapados dentro.

La oscuridad y el silencio, tras las palabras de Bill, parecieron durar mil años.

—Bill… —dijo finalmente Brog—. Me alegro mucho de haberte conocido.
—Yo también, Brog… —respondió Bill, al borde del llanto— Yo también.
Y rompieron a llorar como descosidos. Brog llamaba a mamá. Mientras, la parte racional de Bill pensaba que, ante la presencia de la Muerte, poco importaba la unidad o cualquier otra cosa. En ese momento se dió cuenta de que sólo había unidad en la no existencia… pero ese conocimiento les iba a salir caro: uno de los dos iba a desaparecer para siempre, y no había manera de saber quién de los dos.
Brog seguía llorando a moco tendido cuando a Bill le vino un relámpago de intuición.
—¡Brog! ¡Deja de llorar! ¡Deja de llorar! ¿Te acuerdas de las esposas?
—Sí *snif*.
—¡Casémonos, Brog!
—¿Quéeee? ¡Tú estás loco! ¡Has visto demasiadas películas!
—¡No, idiota! Si nos casamos, la máquina restará un matrimonio. Además, es lo último que se imaginaría Bárbara. A este artefacto le encanta sorprender… ¿No habíamos llegado a esa conclusión?
—¡¡Es una idea genial!! —dijo Brog, entusiasmado—. Estooo… Bill, ¿aceptas libremente tomarme como esposo en la riqueza y en la pobreza…
—…En la salud y en la enfermedad…
—…En la salud y en la enfermedad, amarme y respetarme todos los días de mi vida…
—¡Oye, no te pases!
—…hasta que la muerte nos separe?
—Sí, acepto —respondió Bill, y este tomó el relevo— Brog, ¿aceptas libremente tomarme como esposo en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe?
—Ejem, debo amarte y respetarte.
—Vale —dijo Bill con fastidio—. También amarme y todo eso.
—Sí, quiero —en ese momento, no supo muy bien porqué, Brog se imaginó a sí mismo vestido de novia.
Bill echó un suspiro muy laaargo.
—Bueno, ya está. Salvados.
—¿Cómo que ya está? —protestó Brog— ¿Y el beso? ¡Me parece que has visto muy pocas películas!
Brog agarró la cabeza de Bill con ambas manos. Éste se resistía. Finalmente, no sólo le dió el beso sino que le metió la lengua hasta los talones. En ese momento, se oyó un click y todo se llenó de luz.
—¿Pero qué hacéis? —dijo Bárbara, con una cordada de chorizos en la mano… y volvió a desmayarse. Por segunda vez en veinticuatro horas.


Una semana más tarde, los señores de Esparadrapo volvieron a Casa Doce. Bill los recibió a la entrada de casa y nisiquiera los dejó pasar. A Sir James le dijo muy amablemente que se fuera a tomar por el culo (con otras palabras) y a la señora Esparadrapo, con mucha ceremonia, le hizo entrega del barnizado esqueleto de Fifí sobre una hermosa peana de nogal. El ataque de nervios subsiguiente hizo el resto y Bill no volvió a verles en su vida.
Le costó bastante más convencer a Bárbara de que entre él y Brog no había nada, y que se habían visto obligados por las circunstancias. Mientras, Brog perfeccionó la máquina para eliminar el factor sorpresa (fue fácil, sólo tuvo que invertir el campo magnético) y Bill tardó poco tiempo en recuperar su fortuna, y hasta multiplicarla, gracias a la Máquina de Divorciar, con patente exclusiva para todo el planeta. El matrimonio Esparadrapo fue uno de sus primeros clientes.
Sólo quedaba algo sin resolver: Bill seguía sin sentirse tranquilo en su interior. Así que le propinó una buena paliza a Brog con un bate de béisbol.
—Eso por meterme la lengua.
Y su corazón quedó en paz.


—¡Profe, profe! No he entendido muy bien que era eso del matrimonio, y de casarse… —preguntó finalmente uno de los chicos del fondo del aula.
—Es que de eso pensaba hablaros otro día —interrumpió el profesor—. Como la mayoría de los inventos de Bill y Brog, su máquina tuvo consecuencias trascendentales. A medida que se extendió su uso, la costumbre del matrimonio cambió tanto que acabó por desaparecer y convertirse en otra cosa distinta. Por eso hoy en día se habla de sociomonio y tenéis todos polimamá y multipapá. Pero, como he dicho, eso lo dejaremos para otro día.
—Ah. Vale.

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15 abril 2011

breve historia del motor de caca

Hola a todos los presentes. [aplausos]

Soy Eustaquio García, máximo responsable en España de Calzoncillos Auriculares Ibéricos S.A., filial de Schubladen Kopfhörer GmbH, y me han encargado abrir este ciclo de conferencias conmemorativas del décimo aniversario del descubrimiento del motor de caca. [más aplausos]

Creo sinceramente que la manera más pertinente de iniciar estas lecturas es realizar un breve repaso a estos últimos 10 años de innovación, desmontando mitos y malas interpretaciones, para así tener una base de conocimiento adecuada que nos permita pronosticar la evolución de nuestro negocio.

Cómo todos ustedes ya sabrán, tal día como hoy, en 2011, John Goodroll, un ingeniero industrial venido a menos a consecuencia de la Gran Crisis y reconvertido en pequeño traficante de drogas, realizó un descubrimiento trascendental: calentando hachís en su microondas con la intención de facilitar el corte para su posterior venta al detall, el electrodoméstico estalló con una violencia inusitada. Imperturbable ante el destrozo ocurrido en su cocina, Goodroll tuvo la curiosidad y la inteligencia suficiente para comprobar, mediante pruebas organolépticas —textura, olor, sabor—, que el supuesto hachís se trataba en realidad de heces humanas compactadas.

Siendo consciente de que era muy probable que en más de cincuenta años de uso de magnetrones generadores de microondas, nadie hubiera probado sus efectos en tal sustancia de origen humano, comunicó sus pesquisas a un buen amigo de la infancia: Albert Kleinerweinberg, investigador y profesor titular de la Universidad de Karlsruhe. Y sus hallazgos, hoy en día reconocidos universalmente, llevaron al descubrimiento en unas pocas semanas de la enzima conocida como metanofusionasa, presente en la sustancia fecal de todos los seres humanos. [dentro diapositiva]

Esta diapositiva muestra el funcionamiento de dicha enzima. Su peculiar forma en tijera, como ya sabrán, es capaz de captar dos moléculas de metano —también presente en las propias heces— y fusionar dos átomos de hidrógeno, liberando a continuación etano, helio y una cantidad importante de energía. Para inducir la reacción, la presencia de microondas en la banda de 2,45GHz es fundamental, pues induce el movimiento alternante, por resonancia, de los dos polipéptidos que conforman la proteína, hasta que el choque de las moléculas de metano producen la fusión.

El descubrimiento fue de tal trascendencia que fue publicado a los pocos meses, tras cierta reticencia inicial, por la revista Nature; y tan sólo 5 años después Kleinerweinberg recibió el Premio Nobel de Física a consecuencia del hallazgo. [aplausos]

Pero vayamos a lo que interesa: las aplicaciones técnicas de esta enzima y sus implicaciones económicas. [murmullos de aprobación]

Al tratarse de un trabajo universitario no sujeto a copyright, las empresas quedaron libres para competir por el diseño de aplicaciones de esta nueva tecnología. La dificultad más evidente a la hora de trabajar con esta enzima fue el de la temperatura, ya que la enzima pierde efectividad por encima de los 85º celsius de temperatura. Aun así, la compañía estadounidense Enershit, iniciada por dos estudiantes universitarios, fue la primera que recuperó un viejo invento, inapreciado durante más de cien años, para explotar el bajo régimen de temperaturas que exigiría un motor de caca: el motor Stirling.

El primer prototipo de un motor de automoción basado en la metanofusionasa se fabricó en 2013 a un coste ridículo. No mayor que una lavadora, acoplado a una furgoneta permitió a esta realizar el trayecto de ida y vuelta entre Nueva York y los Ángeles consumiendo tan sólo 100 gramos de mierda humana. Enershit, que ahora es una fundación, liberó su patente [abucheos entre el público] con la intención de fomentar el uso de esta nueva forma de energía, digamos, limpia.

Mas la noticia, como es natural, fue acogida con recelo por las grandes empresas petroleras y eléctricas, que por el miedo al cese de su modelo de negocio ante la presencia de una fuente energética a tan bajo coste, inmediatamente constituyeron la SGPE [aplausos atronadores], Sociedad General de Productores de Energía. Los lobbies en Washington abordaron la cuestión con diligencia, y en tan solo unos meses la Human Faecal Substance Act fue aprobada en el Congreso por la totalidad de los republicanos y gran parte de los demócratas. [más aplausos]

Esta ley imponía un canon monetario al acto de cagar, y su aplicación fue muy efectiva, ya que la propia ley también obligaba a negocios y particulares a pagar, de su propio bolsillo, la adaptación de todas las tazas de váter del país. Que desde entonces cuentan con un sistema de monedas, parecido al de las máquinas tragaperras, que sólo permite la apertura de la tapa si se introduce una cantidad, variable de estado a estado, de entre 20 céntavos y un dólar. El dinero, almacenado en una caja precintada, es recaudado bimensualmente a domicilio por agentes de la SGPE [aplausos breves].

En paralelo, los ayuntamientos también tomaron medidas pertinentes para evitar un colapso de la industria energética, obligando a los ciudadanos a entregar, para su reciclaje, las heces fecales generadas por ellos. Un riguroso control, mediante entrevistas, revisiones sorpresa y control de los alimentos ingeridos, asegura que ninguna persona almacene mierda para consumo propio, bajo amenaza de multa. Presiones diplomáticas exportaron ambos modelos recaudatorios al resto del mundo en un par de años. [dos minutos de aplausos]

Sin embargo estas disposiciones gubernamentales no fueron del agrado de todo el mundo y surgió la picaresca. Muchos poseedores de vehículos con motor Enershit comían grandes cantidades de fabada a escondidas (de hecho, esta táctica provocó un aumentó considerable del precio de las alubias) y se dedicaban a cagar en una lata para evitar estos controles. ["criminales", grita alguien al fondo de la sala]

Estaba claro que las medidas adoptadas eran insuficientes. [murmullos de aprobación]

Por otra parte, un movimiento social emergente [abucheos] abogaba cada día con más fuerza por la ausencia de restricciones a lo que consideraban falsamente una democratización de la energía; [más abucheos] Como los presentes en la sala saben, no hay que confundir libertad con libertinaje, ni democratización con jauja. [risas, aplausos] El mercado debe sostenerse; y esto no estaba sucediendo en 2018. Afortunadamente, la ciencia y la tecnología acudieron con la solución, nuevamente de manera inesperada. [aplausos]

Un becario del Instituto Tecnológico de Miskatonic, cuyo nombre no ha trascendido, pero sí su fama de marrano debido a la costumbre que tenía de hurgarse los orificios, descubrió accidentalmente que la hez humana, al más leve roce con cantidades mínimas de cera de los oídos, perdía su poder catalítico de fusión. Ulteriores investigaciones mostraron la presencia en esta sustancia de otra enzima: la metanofusioinactivasa, que como su nombre indica inutilizaba la efectividad de la metanofusionasa. Esto era debido a que este nuevo catalizador era capaz de bloquear la bisagra molecular de la metanofusionasa que posibilita la oscilación que hace chocar los átomos de hidrógeno de las moléculas de metano ligado a ella.

Una nueva era había nacido [aplausos]. Como abordarla todavía constituye motivo de cierta polémica, aunque esta, afortunadamente, está llegando a su fin.

En USA la estrategia adoptada fue la creación de un cuerpo administrativo de carácter parapolicial, la EWA (Earwax Administration) dotada con miles de millones de dólares en presupuestos y casi un millón de efectivos que obliga a todo ciudadano USA a chuparse la cera de los oídos en cada comida, ya que la metanofusioinactivasa resiste el tránsito intestinal, para así inutilizar la capacidad energética de la giñada estándar estadounidense.

Sin embargo, esta estrategia, apoyada por la SGPE pero criticada incluso desde algunos elementos del propio gobierno USA, está provocando graves conflictos sociales —entre otros motivos, por la obligación de comer sólo bajo supervisión de la EWA—, además de suponer su aplicación un gasto para los contribuyentes de casi el 2% del PIB del país. ["y para que está el estado", grita alguien del público]

En la vieja Europa, no obstante, hemos adoptado una medida mucho más racional [aplausos], aprobada por el Parlamento Europeo hace casi dos años, y que obligará a cada europeo, antes de 2025, a 1) instalar un tapón permanente en el ano [aplausos] y 2) rediseñar quirúrgicamente el sistema digestivo para poder giñar por las orejas. [aplausos atronadores] Esta estrategia de nulificación de la capacidad energética de la caca, infinitamente más efectiva, no requiere un posterior control o seguimiento del ciudadano —lo que abarata costes— y supone un trastorno, dígamos, mínimo para su vida diaria, además de reactivar la economía posibilitando la iniciativa privada mediante la creación de empresas rentables como Calzoncillos Auriculares Ibéricos S.A. [aplausos tímidos] y otras derivadas.

Para finalizar la apertura de este ciclo de conferencias, debo afirmar que, sin duda, creo que ha llegado el momento de felicitarnos por haber podido dominar una nueva forma de energía que, en su nacimiento, casí dibujó como inevitable el colapso de nuestro sistema económico, debido a la aparente falta de control que conllevaba su uso. [aplausos]

Me despido de todos ustedes lamentando no poder atender a una rueda de ruegos y preguntas; no oigo nada porque tengo los oídos taponados [risas] a causa de la digestión del estupendo desayuno continental con el que nos han deleitado hoy los responsables de la organización de este evento.

Hasta la próxima. [ovación]

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12 abril 2011

una gráfica para meditar

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11 abril 2011

dos problemas comunes con la electricidad del coche

archivado en: Tecnología

Entre este año y el pasado he tenido un par de averías eléctricas en el coche, de no mucha importancia, y buscando en internet sobre el asunto, lamentablemente sólo he encontrado foros escritos en plan HOYGAN con explicaciones de lo más chiripitifláuticas, cuando no directamente malas o ininteligibles. Así que voy a recoger aquí mi experiencia para que sirva de ayuda a quién llegue desde algún buscador.


SÍNTOMA: EL COCHE NO ARRANCA DE UN DÍA PARA OTRO

En principio parece que la explicación obvia es un fallo de la batería, pero pueden darse otras consideraciones que provoquen dudas al respecto, como las siguientes:

PREGUNTA: ¿Es posible que una batería de coche se estropee de repente sin previo aviso?

Sí, es perfectamente posible. Normalmente las baterías de los coches son de plomo y ácido y constan de 6 celdas conectadas en serie, cada una de las cuales aportando aproximadamente 2V y totalizando un total de 12V.

Como el ácido sulfúrico que contiene la batería es un material muy corrosivo, es posible que con el tiempo o por abuso, las barreras entre celdas se vayan corroyendo lentamente hasta que un día rompen. En ese momento, las dos celdas implicadas dejan de funcionar y aportar voltaje, con lo que aunque la batería sigue siendo capaz de almacenar algo de carga, el voltaje total sólo permite hacer funcionar pequeños elementos, como los intermitentes, pero es incapaz de mover el motor de arranque. En este caso se suele hablar de una batería comunicada, por la comunicación (no deseada) entre celdas.

En otros casos en los que la batería simplemente sufre desgaste, otros tipos de corrosión, está muy vieja o su mantenimiento ha sido descuidado, el fallo suele ser gradual y se suele notar por la dificultad, persistente día tras día o en días fríos, del coche para arrancar. Por ejemplo, el motor de arranque hace un wua-wua-wua-wua un tanto agónico, en vez del ¡wowowowowó! habitual.

PREGUNTA: ¿Puede el sistema eléctrico del coche hacer cosas raras al dar el contacto sólo por el fallo de la batería?

Sí, y de lo más raro, hasta el punto de provocar la sospecha de que el sistema eléctrico (o la informática) es el que está estropeado. Como ejemplo de esos sintomas tenemos:

  • Los limpiaparabrisas se mueven solos, aunque espasmódicamente, aunque no los hayamos activado.
  • La luz de los calentadores en el caso de un vehículo diesel se enciende pero no se apaga. O no se enciende en absoluto.
  • Las luces del tablero de mando parpadean, o incluso el propio indicador de fallo de batería ni siquiera se enciende.
  • Se oyen ruidos de relés (tics-tacs muy parecidos al sonido del intermitente) debajo del salpicadero.
  • En el caso de coches modernos con ordenador de a bordo, este hace tonterías como mostrar videos de gatitos. No es broma, pero puede comportarse como el tablero de esta moto:

Y si hubiera que buscar una explicación a estos fallos, tenemos una obvia: que el voltaje o la intensidad recibidos por el aparataje no son los correctos; aunque tampoco podemos descartar fallos efectivos de estos sistemas.

PREGUNTA: ¿Cómo puedo descartar que son otros elementos distintos a la batería los que fallan?

Si puedes arrancar el coche utilizando la batería de otro coche conectada con pinzas, o por el procedimiento de dejarlo caer con la llave en el contacto y soltar el embrague en segunda o tercera marcha, y a partir de ese momento el coche es perfectamente manejable y el resto de elementos (como elevalunas, parabrisas, servodirección, etc..) funcionan, es casi seguro que el problema es exclusivo de la batería y no del alternador u otra pieza.

Esto será especialmente cierto si ves que, una vez arrancado, en estado de ralentí o al usar elementos eléctricamente exigentes (¡prueba con el elevalunas!) el indicador de batería parpadea o se enciende.

De todos modos es necesario tener en cuenta que:

  • Si tu coche es diesel y el otro es de gasolina, es posible que su batería no tenga suficiente chicha como para encender el tuyo. Lo mejor en este caso es que el coche auxiliar acelere en punto muerto durante el proceso para aportar electricidad extra.
  • La conexión de las pinzas a las baterías puede que no esté bien realizada, con lo que hay que asegurarse bien de esto.
  • Las pinzas pueden ser de mejor o peor calidad, y unas pinzas malas/baratas simplemente no cumplen bien su cometido. De hecho, existen pinzas de mayor o menor aguante según vengan preparadas para gasolina o diésel.
  • Puede también que haya una pérdida de corriente en algún punto del sistema eléctrico del coche que provoca que la batería se descargue aun estando con él parado. Es típico en tuneros y demás personal que se entretiene hurgando en el coche sin saber.

Otra manera de asegurarse de que no se trata de una mera descarga de la batería, una vez arrancado el vehículo, es dejarlo al ralentí un buen rato. Tras esta recarga, si es que tuvo lugar, puedes probar a desconectar un cable de la batería tras parar el coche y volverla a conectar unas horas después y comprobar su funcionamiento. Si al sistema eléctrico le falta chicha tras esta pequeña comprobación, casi al 100% podemos asegurar de que se trata de un problema de la propia batería.

En ocasiones se recomienda para que cargue dar una vueltecita con el coche, un poco revolucionado, en vez de dejarlo al ralentí. Esto NO es en absoluto necesario, ya que un alternador con el coche al ralentí carga perfectamente una batería descargada.

PREGUNTA: ¿Qué información me puede dar un medidor de corriente (polímetro) conectado a la batería?

Mucha. De hecho, si llevas el coche al taller lo primero que hará el técnico será usar un polímetro (generalmente especializado para estos menesteres) para obtener alguna pista.

Con el coche encendido al ralentí, el polímetro sobre los bornes de la batería indicará si el alternador funciona correctamente o no.

Con el coche apagado, un voltaje menor de 12V confirmará la comunicación de las celdas de la batería; y la ausencia total de corriente, que existe un cortocircuito/fuga en el sistema eléctrico.

PREGUNTA: ¿Y si resulta que no falla ni la batería ni el alternador?

Pueden fallar otras cosas: la electrónica/informática del coche (si es reciente), el regulador (véase más adelante), algún relé, algún fusible… hasta el propio motor de arranque. Un técnico especializado sabrá determinarlo. A mí esto ya se me escapa.


SÍNTOMA: EL PILOTO DE LA BATERÍA SE ENCIENDE A PARTIR DE CIERTA VELOCIDAD

PREGUNTA: ¿Qué ocurre?

En este caso es muy probable que sea el regulador lo que falle. Esta pieza, muchas veces electromecánica y no meramente electrónica, y que puede estar integrada o ir aparte del alternador, controla la cantidad de corriente que llega de éste a la batería.

Es muy importante, si el regulador es lo que falla, que evites revolucionar el coche, ya que el exceso de tensión y/o intensidad puede averiar el sistema eléctrico o la propia batería.

Personalmente, esto me ocurrió en vacaciones a 1000km de mi casa, y pude volver sin problemas siempre que no pasara el motor de 2500rpm (100km/h en 5ª) ya que el piloto sólo se me encendía si me acercaba a las 3000rpm. Pero, eso sí, hice que mi mecánico de confianza cambiara el regulador nada más volver a mi ciudad.


Espero que este texto os haya aclarado dudas. Me gustaría poder aportar más experiencias sobre otros problemas eléctricos del coche; pero, sinceramente, espero no tener que volver a pasar por más averías con mi querido cacharro.

En cualquier caso, no soy ningún experto en la matería, y la última palabra la tendrá siempre un técnico de confianza.

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archivado en: Tecnología

16 marzo 2011

radiactividad y daño genético

Escribí este artículo sobre los efectos cancerígenos y mutágenos de la radiactividad en 1998, como trabajo para la facultad. De ahí que por momentos sea extremadamente técnico. Dados su vigencia y la realidad de los tristes hechos que están teniendo lugar en Japón a raíz del terremoto trascurrido hace unos días, ha llegado la hora de recuperarlo.

INTRODUCCIÓN

Desde el proyecto Manhattan, desarrollado en Estados Unidos durante la 2ª Guerra Mundial y que condujo a la construcción de la primera bomba atómica, la elaboración de armamento nuclear no ha cesado. Se estima que actualmente (1998) existen en todo el mundo unas 12000 cabezas nucleares de plutonio, la mayoría en manos de Estados Unidos y la ex URSS, aunque el club nuclear, como es conocido, incorpora desde hace décadas a otros países como Francia, Gran Bretaña y Alemania en Europa, así como a países islámicos y del tercer mundo.

Aunque oficialmente su uso es meramente estratégico, tanto la incapacidad para un control eficaz del tráfico de plutonio -especialmente desde la caida de la URSS- como la posibilidad de accidentes, no garantizan una seguridad total. Aparte de sus efectos directos, tenemos asociados a este tipo de armamento otros mucho más difusos, peligrosos e incontrolables; uno de ellos es la radiación ionizante (RI). Ésta (radiación X, α, β, γ, neutrones) puede provenir de la misma explosión y de los restos vaporizados de la bomba.

Todo esto es reconocido por los militares, y de hecho existen bombas nucleares con gran cantidad de material radiactivo no fisionable cuya intención es, precisamente, convertir el entorno del lugar de la explosión en un desierto que pueda permanecer inhabitable miles de años. Pero no debemos quedarnos en la idea de que el armamento radiactivo se reduce a las bombas atómicas o los misiles nucleares; existen multitud de armas que hacen uso de material radiactivo. En la Guerra del Golfo, los USA utilizaron obuses de uranio activo (disparados desde tanques) contra los irakíes. Las motivaciones para esto no son gratuitas. En esta barbarie interesa también incapacitar a la población y saturar los servicios sanitarios, para que así las consecuencias de un conflicto perduren durante décadas.

Para terminar esta introducción, una anécdota interesante. En Estados Unidos se está investigando (1998) la posibilidad de construir bombas atómicas capaces de penetrar varias decenas de metros en el suelo para explotar bajo la superficie. Objetivo: destruir arsenales de armas químicas con el calor generado en la explosión.

UNIDADES DE MEDIDA en la ACCIÓN BIOLÓGICA de la RI

No tiene sentido usar unidades clásicas como el roentgen (R, cantidad de radiación capaz de producir 1,61·1015 pares de iones por kg de aire, equivalente a 0,00869Jkg-1) puesto que lo que nos interesa es cuantificar la radiación absorbida; para ello se usan unidades como el rad (radiation absorbed dose = 0.01Jkg-1) últimamente desplazada por el gray (Gy), equivalente a una absorción de 1J por kg y por tanto, perteneciente al SI.

El gray no acaba de ser útil puesto que cada tipo de radiación tiene su propio “peso específico biológico” que se compara con el de los rayos X. La unidad que lo tiene en cuenta es el sievert (Sv).

(Dosis equivalente) Sv = Gy · W (weighting factor)

La radiación β es prácticamente equivalente a la X, con lo que su W=1. Las partículas α, con mucho mayor poder ionizante, tienen W=20. Estos valores están en continua evolución y su valor cambia a medida que se conocen mejor los efectos de la RI.

EFECTOS de la RI sobre el DNA

La hipótesis más comúnmente aceptada sobre la genotoxicidad de la RI asume la formación de ROS (reactive oxygen species) en las células como consecuencia de reacciones radioquímicas. Serán daños de tipo oxidativo. Los procesos debidos a ROS más importantes en condiciones aeróbicas son los producidos por los radicales hidroxilo; ‘roban’ un átomo de hidrógeno para dar un nuevo radical que captura O2. Estimaciones de eficiencia determinan que cada 1keV absorbido equivale a 27 OH·, de los cuales 6 reaccionan con las pentosas y el resto con las bases del DNA. Solamente de la timina se han obtenido 24 productos diferentes por irradiación en condiciones aeróbicas in vitro; en condiciones sin oxígeno podemos obtener muchas más especies, pero no deja de ser especulación frente a lo que ocurre en el interior de una célula.

Es perfectamente posible hacer ensayos in vivo sobre organismos de todo tipo, y los más interesantes serán los realizados sobre mamíferos. Bombardeando ratones con radiación γ y analizando posteriormente la cromatina de origen hepático, se encuentran las siguientes especies [Mori et al, 1993]:

  • 5-hidroxi-5-metilhidantoína
  • 5-hidroxicitosina
  • 5-(hidroximetil)uracilo
  • 4,6-diamino-5-formamidopirimidina
  • 7,8-dihidro-8-oxoadenina
  • 2-hidroxiadenina
  • 2,6-diamino-4-hidroxi-5-formamidopirimidina
  • timinaglicol
  • 5,6-dihidroxiuracilo
  • 7,8-dihidro-8-oxoguanina

La última especie nombrada, además de ser la producida en mayor cantidad, también es la más relevante en su mutagenicidad a través de transversiones GT [Loft y Poulsen, 1996].

MUTAGENICIDAD / CARCINOGENICIDAD de la RI

Ya a los pocos meses del descubrimiento de los rayos X por Roentgen, fueron descritos efectos adversos derivados de su uso. Los operarios de los primeros fluoroscopios mostraban incidencia elevada de cáncer de piel. Más tarde se comprobó también una alta incidencia de casos de leucemia, así como el nacimiento de niños con severo retraso mental en mujeres que había recibido radioterapia pélvica durante el embarazo. Tanto la radioterapia como la fluoroscopía fueron habituales en el tratamiento de diversas patologías benignas hasta que en 1956 se prohibió el uso de estas técnicas en Estados Unidos y en Gran Bretaña.

Células expuestas a dosis crecientes de RI muestran consecuente inestabilidad genética, especialmente por mutaciones puntuales (principalmente cambios de base, frameshifts y delecciones minúsculas), deleciones (en relación variable respecto a las mutaciones puntuales y según el gen implicado [Hutchinson,1993]) y reordenamientos cromosómicos, siendo estos últimos los más relevantes [Ward, 1995; Murnane, 1996; otros autores]. Modelos matemáticos de rotura de DNA fueron aplicados en estos casos, comprobando que el mecanismo de los reordenamientos no correspondían a una cinética puramente química; probablemente estén envueltos programas epigenéticos [Hutchinson, 1995].

Multitud de experimentos apoyan la hipótesis de que los casos de cáncer tras exposición a radiación son debidos a mutación somática. Sin embargo, a la hora de realizar los estudios nos encontramos frente a serias limitaciones y problemas.

La polémica sobre la carcinogenicidad de la RI empezó cuando comenzaron los estudios de los efectos de las bombas atómicas arrojadas el 6 y 9 de Agosto de 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki. Los primeros artículos reflejaron la alta incidencia de cataratas (1949) y leucemia (1952). En 1956 se realizó el primer -y somero- análisis de células germinales de supervivientes, sin encontrar resultados anómalos. Tampoco se encontrarían más tarde en estudios relativos al sistema inmune (1968) y en otros estudios citogenéticos y/o bioquímicos durante los 80 [Miller, 1995].

Todos los experimentos llevados a cabo hasta 1986 sobre humanos sólo pudieron medir consecuencias a largo plazo. En ese año sucedió la catástrofe de Chernobyl. Hasta entonces la comunidad científica se tuvo que conformar con el análisis de los supervivientes del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki y con la extrapolación de los datos referentes a animales de experimentación.

Gran parte de los estudios son de tipo epidemiológico: casos de mortalidad neonatal, defectos congénitos y supuestas enfermedades de origen hereditario pudieran haber sido causados por la RI. La puesta a punto de técnicas bioquímicas -que acabarán desbancando a las anteriores a medio plazo- precisa de un mejor conocimiento de la acción molecular de la RI [Schull, 1996]. Por otra parte, los diversos ensayos citogenéticos o bioquímicos no son fiables en su mayoría; asumen sin contraste experimental linearidad efecto/dosis. Otros no distinguen entre exposiciónes intensas/cortas y débiles/prolongadas. En multitud de casos los resultados de distintos ensayos para una misma población divergen completamente [Nussbaum y Kohnlein, 1994].

Una vez expuestas las dificultades que conlleva el estudio en humanos de los efectos de la RI, veremos los casos de Japón y Chernobyl. Pero antes de abordarlos, una cuestión interesante.

¿EXISTE UN ANTÍDOTO CONTRA LA RADIACIÓN IONIZANTE?

En un curioso experimento [Emerit et al, 1995] realizado en Armenia, se dió extractos de Gingko biloba (conteniendo flavonoides y terpenoides, antioxidantes) a 30 trabajadores expuestos a radiación. Parece ser que la exposición continua a RI fomenta la aparición en el plasma de factores clastogénicos que pueden permanecer en la sangre durante mucho tiempo (incluso décadas).

Los factores clastogénicos son de naturaleza poco clara y se detectan en el plasma de personas irradiadas o con exceso de producción de superóxidos por parte de su sistema inmunitario. Son detectables porque células cultivadas en presencia de estos factores muestran una tasa anormal de rotura de cromosomas y anomalías similares. Esta tasa está relacionada cuantitativamente con la cantidad de factores clastogénicos en la sangre [Michelson, 1982].

El tratamiento con Gingko biloba reduce a valores basales la presencia de esos elementos en el plasma. Es probable que los factores clastogénicos tengan relación con los efectos a largo plazo de la RI.

HIROSHIMA Y NAGASAKI

Todo el mundo ha oído hablar de estas ciudades y conoce más o menos la historia de su bombardeo; así que me limitaré a hablar de las consecuencias genéticas.

En 1947 se fundó la ABCC (Atomic Bomb Casualty Commission) que precedió a la RERF (Radiation Effects Research Foundation). Este organismo ha llevado a cabo durante medio siglo la mayor parte de experimentos relacionados con RI y cáncer. Sus estudios han involucrado a 120000 personas relacionadas con las explosiones de 1945. Sus conclusiones actuales [Kodama et al, 1996], expuestas brevemente, son:

  • Leucemia y cáncer tienen incidencias mayores en la población expuesta a las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki que en el resto de la población.
  • Entre los supervivientes abundan especialmente las cataratas debidas a la radiación, el hiperparatiroidismo, las anomalías en el crecimiento y desarrollo así como aberraciones cromosómicas.
  • No hay efectos visibles ni daños genéticos en la descendencia de los supervivientes [Satoh, 1996].

¿Cómo se llegó a estas conclusiones? Los primeros resultados positivos respecto a la presencia de una tasa anormal de mutaciones se observó, casi 20 años después del bombardeo, en células somáticas de los supervivientes: linfocitos B y T, así como otras células del sistema inmune (excepto las NK) mostraban anomalías funcionales y cuantitativas. Estos estudios se llevaron a cabo tras observar una incidencia elevada, en las personas mencionadas, de enfermedades autoinmunes (período 1958-87), infecciones bacterianas sistémicas (1954-67) y actividad anormal de granulocitos (1947-79). No se observó, sin embargo, relación con la dosis recibida [Akiyama, 1995].

¿Cómo se establece la relación dosis-efectos? A los supervivientes se les tenía asignado (según su posición el día de la explosión, etc…) la cantidad de dosis recibida, incluyendo también factores laborales y de otros tipos ajenos a la propia explosión. El problema de la relación dosis-efectos hacia necesario desarrollar nuevas técnicas para medir las anomalías en esta población. Por una parte, estas técnicas habrían de ser suficientemente sensibles, y por otra, establecer unos parámetros que pudieran medirse 30 y hasta 40 años después de la exposición. Reseñaremos algunos experimentos para ver algunas de las metodologías usadas:

* * *

La observación de linfocitos T sin receptor α o β en 203 supervivientes de Hiroshima determinó que esta mutación era más frecuente en hombres que en mujeres (y superior a la de la población no irradiada), pero en ningún caso hubo relación con la dosis recibida. Sin embargo se comprueba que este ensayo es ideal para exposiciones recientes [Kyoizumi, 1992].

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El estudio -llevado a cabo de 1985 a 1987- de aneuplodías en linfocitos de 264 supervivientes que se encontraban en el útero en el momento de la explosión, condujo a unas observaciones muy interesantes [Otahki et al,1994]:

  • La frecuencia de aneuploidía era significativamente mayor en esta población que en personas no expuestas.
  • La aneuploidía relativa a autosomas dependía de su longitud, siendo más frecuente en cromosomas cortos.
  • El cromosoma 21 y los sexuales mostraron mayor frecuencia de anomalías que el resto. Las mujeres mostraron mayor incidencia en el X que los hombres
  • La pérdida cromosómica fue 5 veces más frecuente que la ganancia.
  • No hubo correlación con la dosis, posiblemente por el factor tiempo.

Los cromosomas fueron observados por una técnica llamada bandeo G. Estudios similares [Hakoda et al, 1988; Hirai et al, 1995] establecieron que la tasa de mutación del gen HPRT era estable en el tiempo y correlacionaba mejor con el número de aberraciones cromosómicas que con la dosis recibida. Según los autores, la relación entre dosis recibida y mutación en HPRT no es lo suficientemente buena como para establecer una biodosimetría de largo plazo.

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El examen de la glucoporina A (GPA) en eritrocitos parece dar buenos resultados. 1226 supervivientes analizados mostrarón una pequeña elevación en la tasa de mutación con la edad en el momento de la medición y con el número de cigarrillos fumados. Una vez eliminados estos factores, se comprobó que la tasa de mutación era ligeramente mayor en hombres que en mujeres y en Hiroshima respecto a Nagasaki, lo que venía confirmado por datos epidemiológicos sobre tumores. La correlación con la dosis era buena e independiente de sexo, edad o ciudad, y parece establecer la doubling dose para este locus GPA en 1.20Sv con un límite de detección en 0.24Sv [Akiyama et al, 1996].

Por otra parte, en este mismo experimento se observó que la correlación era mejor en personas que tenían historial de cáncer (previo o posterior al estudio) lo que parece apoyar la teoría de la mutación somática como origen del cáncer tras exposición a RI.

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Otro posible buen método de medición biológica de la exposición a grandes dosis de radiación a largo plazo parece ser el ratio S (proporción entre translocaciones cromosómicas completas e incompletas, resultado de la actividad clastogénica). La validez del ratio S es debida a que estas anomalías son muy estables en el tiempo independientemente de la dosis recibida. Este método sería el ideal una vez acabada de comprobar su validez [Lucas 1998].

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El análisis de los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki nos ha servido para estudiar los efectos genotóxicos del armamento atómico, aún con las limitaciones impuestas por el tiempo. El accidente Chernobyl nos da ahora la oportunidad de completar este estudio y resolver definitivamente la cuestión de la heredabilidad de las mutaciones provocadas por la radiación ionizante.

CHERNOBYL

El 26 de Abril de 1986 el cuarto reactor de la central nuclear de Chernobyl (Ukrania) comenzó a arder para ser finalmente extinguido por los 200000 likvidators (término ruso con el que se designa a las personas que intervinieron directamente en la catástrofe) catorce días después, recibiendo así una dosis media de 100mSv. Los que estuvieron expuestos a varios miles de mSv tardaron solamente unos días en morir y tuvieron que ser enterrados en ataúdes de plomo. Destino parecido sufrió el reactor, cuyo sarcófago de hormigón fue completado en Noviembre de ese año. Otras 800000 personas participaron en la limpieza – dentro de lo posible- de la zona afectada. Ukrania reconoce actualmente unos 100000 muertos dentro de su territorio a causa del accidente.

778 poblaciones han sido desalojadas hasta la fecha, contabilizando casi 200000 personas desplazadas sin posibilidad de retorno. La zona prohibida abarca 4300km2 y según los testimonios, ofrece un espectáculo dantesco, sobretodo por el alto nivel de anomalías genotípicas y fenotípicas en plantas [Sosrochyns'kyi et al,1996] y en los escasos animales supervivientes [Baker et al, 1996], aunque parece ser que el medioambiente se recupera rápidamente. La composición de los radioisótopos liberados es compleja, predominando iodo-131 y cesio-134 y 137. El primero no tiene una vida media larga (8 días), pero fue el el responsable de los efectos más intensos, tanto por cantidad como por su acumulación en el tiroides. Los isótopos del cesio, sin embargo, pueden permanecer activos durante siglos.

Los efectos derivados de la propagación de la radiactividad por el viento, cadena alimentaria, etc… son dificilísimos de calcular, pero parece claro que se extienden a buena parte del planeta… y lo peor todavía no ha llegado, puesto que aún no se han manifestado todas las posibles consecuencias del accidente: tumores malignos de pulmón, pecho, etc… estos cánceres pueden tardar hasta veinte años en aparecer, como se observó en Hiroshima.

DIFERENCIAS entre JAPÓN y CHERNOBYL

La cantidad de radiación liberada en Chernobyl supera en 200 veces la arrojada en Japón en 1945. Por otra parte, la comparación de los efectos en el organismo humano parecen arrojar tanto similitudes como diferencias en un caso y en otro. Entre otras razones, por las grandes diferencias en el tipo de radiación y el modo de exposición.

La única tasa de cáncer que parece haber aumentado de manera segura es la referente al cáncer de tiroides [Quastel, 1997; otros autores] en niños sobretodo, aunque se han detectado aumentos significativos (desde 1992) de leucemias y cáncer de Wilms, en niños también, y tumores de riñón e hígado en adultos. Por otra parte, la frecuencia de malformaciones en neonatos y embriones ha aumentado considerablemente en algunas áreas extremadamente contaminadas (Lazjuk et al, 1993 y 1994).

ANÁLISIS CITOGENÉTICOS

Hay experimentos realizados sobre likvidators que muestran gran aumento en la tasa de aberraciones cromosómicas -concretamente dicéntricos y anillos- en linfocitos de sangre periférica aunque no encuentran variación en el test de micronúcleos [Slozina et al, 1997; Schevchenko et al, 1996]. Otro estudio sobre Chernobyl muestra que la capacidad de reparación del ADN en células de la sangre es afectada por la exposición prolongada a radiación; el autor propone un método de monitorización basándose en este resultado [Plappert et al, 1997].

En general, los resultados de los experimentos citogenéticos de Chernobyl no difieren excesivamente de otros estudios realizados con RI. Sin duda la conclusión más importante para nuestros fines que podemos extraer de este accidente (y la que justifica por sí sola este apartado) es que la radiación ionizante es un mutágeno de línea germinal en humanos [Dubrova et al, 1996].

¿Cómo se dedujo? Analizando la tasa de mutación en el DNA minisatélite de familias residentes en áreas polucionadas por el accidente, con descendencia nacida en 1994. El grupo de control estaba compuesto por familias residentes en Gran Bretaña.

La ventaja de analizar este DNA es que está sujeto a una frecuencia de mutación espontánea como mínimo 1000 veces mayor que los genes que codifican para proteína (por eso se le conoce como loci hipervariable). De esta manera no se hace necesaria una gran cantidad de muestra y se obtiene mayor sensibilidad. El estudio comprobó que los hijos de los individuos irradiados mostraban una frecuencia de mutación doble a la del grupo control. Desafortunadamente no se pudo establecer la curva dosis-mutación, puesto que, entre otros factores esenciales (como el desconocimiento de las dosis exactas recibidas), la mecánica de actuación de la RI sobre el DNA minisatélite apenas es conocida.

Por otra parte, no es seguro qué tipo de radiación ha actuado preferentemente en este caso; si la aguda del I-131 o la crónica del Cs-137. Probablemente esta última, puesto que un estudio similar a este en supervivientes de Hiroshima mostró resultados negativos (Kodaira et al, 1995).

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