9 noviembre 2010

texturas del cap de creus

Decir que el Cap de Creus es un paraíso para un geólogo es quedarse corto. Es EL paraíso de un geólogo, del mismo modo que ha sido fuente de inspiración para artistas como Dalí.

Por mi parte me quedé con la boca abierta cuando lo vi por primera vez. Algunas de las texturas que allí afloran sencillamente no se pueden encontrar en ninguna parte del mundo. Pero lo mejor es pasar directamente a las fotos y no decir nada más.








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morella, un sitio para volver

Contando mi Epopeya Mediterránea en este glob me centré, al principio, sobretodo en lo malo. Y llega el turno de lo bueno. Y de entre lo bueno, Morella es de lo mejorcito.

morella tal cual se ve tras pasar el puerto del querol en dirección a aragón.

Morella es un pueblo muy singular de El Maestrazgo, una zona que geográfica e históricamente siempre ha tenido una identidad propia y que hoy en día se divide, administrativamente, entre Teruel y Castellón y cuya capital oficial es Sant Mateu.

Digo que Morella es singular y lo es por muchos motivos. En primer lugar porque es una fortaleza natural de primer orden utilizada desde la antigüedad. De hecho, la raíz indoeuropea Mor- suele denotar una montaña aislada en medio de una llanura y se supone que de ahí proviene el nombre del pueblo. En segundo, y resulta lógico tras conocer el dato anterior, en Morella ha habido innumerables hostialidades diversas entre sus ocupantes y el ejercito sitiador de turno, remontándose las últimas refriegas a las guerras carlistas, en el siglo XIX. Y en tercer lugar, como colofón a la información que acabo de aportar, la gente de Morella es muy especial y tiene un sentido de comunidad increíble.

Y es que ha tenido una historia de sangre y fuego de la que pocos lugares pueden presumir. Esto, se quisiera o no, quizás ha condicionado profundamente el compromiso de los habitantes con su comunidad y con el mundo exterior. Y lo ha hecho para bien.

Mientras otros pueblos de la zona, a principios del siglo XX, derribaban sus murallas, los morellanos las reforzaban, quizás debido a su aguda consciencia histórica. Aún hoy en día los habitantes pagan una tasa anual para la conservación de las fortificaciones, y no sólo por su valor turístico, sino también por su valor defensivo. Quien paga la tasa tiene derecho a refugiarse dentro de las murallas en caso de conflicto armado.

la fortaleza vista desde su base. la foto, por la falta de perspectiva, no hace justicia a lo imponente que es. en la foto superior se aprecia mucho mejor la prominencia.

Tras escuchar algo así uno se podría pensar que estamos hablando de gente cerrada. Para nada. Los morellanos viven sobretodo del turismo, y con el viajero que se acerca son realmente esplendidos, hasta el punto de no consentir que NADIE abuse del turista o lo time como ocurre en otros lugares del Mediterráneo. Tan fuerte es el sentido de la solidaridad y de respeto al visitante que, y esto lo observé de primera mano, los mismos souvenirs en tiendas distintas tienen exactamente el mismo precio, hasta el último céntimo, lo que denota un pacto serio entre comerciantes. Y en ningún caso los precios son abusivos o los servicios prestados mezquinos. La seriedad y responsabilidad de los morellanos con los viajeros es inconcebible en la mayoría de los sitios turísticos que he conocido en mi vida.

basílica de santa maría

¿Y qué es lo que hay que ver en Morella? Pues bastantes cosas. Aparte de su arquitectura predominantemente medieval, civil y eclesiástica, destaca sobretodo la fortaleza, realmente imponente, como ya habréis podido comprobar en la primera foto de este artículo, una panorámica general de Morella.

El punto más alto de esta se eleva a más de 1000 metros sobre el nivel del mar y sí, efectivamente los inviernos aquí se hacen muy duros, con temperaturas de hasta -20ºC. No hay que olvidar que estamos en lo alto de la Cordillera Ibérica. En verano, de todos modos, se hace un sitio muy agradable para estar, especialmente cuando la canícula reina en la costa mediterránea, a apenas 50km de distancia.

Volviendo al asunto: El acceso a la fortaleza, previo pago de una entrada muy razonable de 3€, se hace a través de un convento abandonado dotado de una iglesia sorprendentemente grande y, en una sala adyacente mucho más antigua, un gran fresco medieval, desgraciadamente no muy bien conservado, donde se puede distinguir una alegoría de la sociedad de la época y una partitura antigua.

el fresco en cuestión
ábside de la iglesia del convento

El ascenso al castillo es progresivo, superando varios niveles de defensa bastante impresionantes, sobretodo porque se pueden apreciar los distintos añadidos y modificaciones que hubo a lo largo de la historia. A destacar la mazmorra, una cueva muy poco acogedora, que nos puede dar idea de lo que suponía estar preso en aquella época.


dos vistas durante el ascenso a lo alto del castillo. como se ve, desde él se domina toda la comarca.
hay unos cuantos cañones alrededor del castillo y, la verdad, aún acojonan un poquito.

El castillo es la principal atracción del pueblo, pero no la única. Sus calles y callejuelas, en mayoría peatonales, están muy bien conservadas y cuidadas, y su distribución es principalmente circular y en espiral alrededor de la fortificación, como es lógico.

la plaza de colón con su reloj de sol gigante
también hay sitio para lo bizarro, como esta estampa conmemorativa

Muchas de las calles están dotadas con soportales en los que podemos encontrar restaurantes de categoría y tiendas de souvenirs muy variadas (algunas especializadas en miel, jabones, ropa de lana) con precios muy razonables, como ya dije, y objetos de buen gusto.

uno de los soportales típicos de morellaLas dos veces que he estado en Morella he tenido el placer de comer en el Restaurante Casa Pere.

En la primera ocasión, acompañado por el-hombre-cuya-identidad-debe-seguir-misteriosa, nos tomamos un menú degustación (el grande, 30€ cada uno) de carácter semipornográfico en el que disfrutamos de los productos típicos del Maestrazgo y de la localidad, como las croquetas morellanas, que son cualquier cosa menos croquetas pero están riquísimas, y recetas con trufas, una de las especialidades de la zona. En febrero, todos los años, suele haber una celebración gastronómica de la trufa a la que estoy seguro merece la pena ir. La cuestión es que tras acabar el menú los camareros amablemente nos llevaron rodando hasta el coche (es broma).

En la segunda ocasión, esta vez con cachopoguoman, tuvimos la suerte de que nos atendiera el dueño del local, con el que hicimos muy buenas migas: nada más pedirnos la carta y escucharnos hablar nos dice:

—Hum, sois de Asturias, ¿eh? Pues os voy a tener que dar bien de comer, que sé como os las gastáis por allí. De aquí con hambre no marcháis.

cachopoguoman al borde del coma estomacalY efectivamente. Durante la espera por el menú degustación (el pequeño) en la terraza del bar nos trajo varias bandejas con pan con tomate y otras delicias, todas cortesías de la casa. Cuando llegó el menú apenas podíamos hablar de la contractura que ya teníamos en el diafragma, pero no dejamos ni las migas. Y al final no nos cobró ni el vino, ni los chupitos ni el café. Y además, el tío más majo que la hostia, hablándonos con ilusión de sus futuros proyectos para el restaurante y preguntándonos un montón de cosas sobre la comida asturiana. Un auténtico lujazo de sitio.

Tras acudir la grúa municipal a levantarnos de la mesa (broma también), rodamos como pudimos, esféricos de la jartura, por la calles de Morella observando las tiendas. Y que esto sirva de lección para los comerciantes de otros sitios turísticos: porque el trato es tan amable y las propuestas tan razonables, que me dejé más pasta en Morella que en cualquier otro sitio de los que he estado durante todas las vueltas que di por el Mediterráneo. En ningún momento me sentí estafado por los precios u ofendido por cosas de mal gusto en los expositores y los escaparates.

Y esto se nota también en el tipo de visitantes que paran por allí. Hay mucho turismo familiar, mucho extranjero, mucha pareja (ciertamente el lugar es un tanto romántico) y en ningún caso vimos gente maleducada, gritona o impresentable. Con su actitud relativamente discreta los morellanos han sabido atraer al turista de calidad a cambio de una oferta también de calidad.

devolviendo el bou al redil con ayudaSi acudís a Morella la primera quincena de Agosto es probable, además, que os encontréis con una tradición típica de los pueblos de la zona, los bous al carrer; literalmente, toros en la calle.

Este espectáculo, al contrario de lo que se puede pensar, es incruento y los animales en general no sufren más que cierto grado de susto, que supongo que no será tanto ya que muchos de ellos repiten su actuación de pueblo en pueblo. Los que si corren peligro son los que se ponen delante del toro.

Como asturiano poco acostumbrado a las tradiciones taurinas encuentro los bous al carrer bastante fascinantes y divertidos, y no me extraña que tengan el éxito que tienen; aunque también es verdad que de un pueblo a otro la calidad del espectáculo es muy variable, y puedo asegurarlo porque he tenido ocasión de ver los bous en tres sitios distintos. En cualquier caso, esperemos que desde el desconocimiento no se acaben prohibiendo. Sacar al toro de un sitio tirando por el rabo es lo más agresivo. No sé si eso es cruel, pero probablemente lleven peor el viaje en el camión.

En definitiva estoy hablando de un sitio muy recomendable al que intentaré retornar siempre que pueda, aunque me tenga que desviar 100km de mi ruta, sólo para volver a disfrutar de sus monumentos, de su gastronomía y de su gente.

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6 septiembre 2010

miedo y asco en el camping ampurdanés

Todo el mundo sabe que los hoteles se clasifican con estrellas, y los campings con categorías. Si, siguiendo la broma, se valorara a estos últimos con objetos astronómicos, el Camping Ampurdanés de Roses, Girona, merecería el calificativo de Agujero Negro.

Si en el último artículo que escribí sobre mi Epopeya Mediterránea hablé de algunos de los peores sitios en los que he estado durante mis estancias en la costa española del mare nostrum, prepárese, oh amigo/a lector/a para sumergirse conmigo, desde la comodidad de su ordenador, en una experiencia realmente terrorífica, no superada por el Castillo del Terror o el Tren de la Bruja; sólo por algunos episodios de En Los Límites de la Realidad.


Una tarde infame de Agosto de 2010 llegamos El-Hombre-Que-No-Debe-Ser-Nombrado y yo a este camping, situado en el extremo oriental de Roses, con intención de pernoctar. El brillo del sol en lo alto y el alborozo de los turistas ocultaban una oscura realidad. De todos modos la psique cósmica no tardaría en darnos señales de lo que íbamos a experimentar.

Mientras yo custodiaba nuestro vehículo y mi compañero negociaba la disponibilidad de plazas, este no tardo en volver, asintiendo, indicando que efectivamente no tendríamos problema alguno en dormir allí.

—¿Cuanto salió al final? —pregunté—.
—36€. Por adelantado.
—¡Hostia, para ser un camping de tercera categoría no está nada mal! Por poco más podríamos dormir en un hostal y ahorrarnos el coñazo de preparar la tienda e hinchar y deshinchar el colchón —comenté—.
—Ya, la verdad es que es caro por dos personas, una tienda y un vehículo, pero ya hemos dado bastantes vueltas.
—Sí, la verdad que sí.

Al entrar para descargar nuestras cosas la responsable del camping nos dijo que cogiéramos la parcela que nos diera la gana de las que estaban en cierta zona de las instalaciones. La verdad es que la señora en cuestión sonreía y se esforzaba por agradar, pero detrás de la sonrisa, cierto rictus crispado y una mirada dura no inspiraban buenas vibraciones.

La zona en en cuestión disponía de un montón de parcelas (algunas con unas piedras bastante considerables y ninguna de las libres con tendal) pero ni una sóla de ellas estaba horizontal, ya que todas tenían cierta suave pendiente. He aquí la primera objeción que surgió al lugar, después del precio, ya que obviamente había habido trabajo de excavadora, pero no el suficiente.

Montamos la tienda en la parcela que parecía menos pedregosa, y, tras despejar unos cuantos pedruscos, sudamos un buen rato intentando clavar los vientos, ya que el suelo, madredediós, estaba duro como el cemento. Tras doblar un par de hierros a martillazos renunciamos a poner más y dejamos la tienda un tanto floja.

Entonces fui a los baños/duchas/váteres.

El horror, el horror, que diría el coronel Kurtz.

Las instalaciones globalmente daban bastante grima, y me recordaban por su deterioro y (ausencia de) acabados un pelín a Auschwitz. Sólo los fluorescentes, que resultarían anacrónicos, y el hecho de ver en color y no en B/N, mitigaban la sensación. Pena de no tener foto del interior; sólo esta de la entrada tomada desde lejos.

Por supuesto, nada de papel, jabón, ganchos de colgar las toallas, tapa en los váteres, pestillos fáciles de manejar o de las más elementales comodidades que uno espera de cualquier tipo de aseo que no sea de gulag. El interior de las duchas, dotadas de cómodos y sofisticados (sí, es ironía) grifos bi-mando, sugerían ominosamente la salida inminente de zyklon-B o neurotóxicos diversos en vez de agua.

Afortunadamente, como Vds. podrán deducir, lo que salía era agua; o si no, no podrían estar leyendo esto.

Tras una giñada que puso en jaque la coordinación y resistencia de varios grupos musculares, y numerosos intentos infructuosos de acceder al WiFi del camping, dimos un pequeño paseo por el exterior para ver que nos ofrecía el entorno.

Esto… una playa pequeñita y un tanto masificada. Nada más. Bueno, sí: un par de restaurantes de postín aislados y, en muchos cientos de metros a la redonda, casas residenciales; Y se acabó, a excepción de un supermercado (cerrado). Nada que ver con el resto de Roses, que abunda en locales de hostelería.

Entretanto nos dió la noche, y nos entraron ganas de cenar. Así que nos acercamos a la cafetería del camping, que en contraposición a los baños era bastante más acogedora.

Nos atendieron unos camareros que parecían inmigrantes del este, dada la dificultad, parquedad y acento con los que se expresaban. Por algún motivo estaban visiblemente nerviosos (?!) y con expresión de liebres deslumbradas por un coche en medio de la noche. Un tanto extrañados por su actitud, pedimos unas jarras de cerveza que tardaron bastante en servirnos.

Mientras, volvimos a intentar entrar en internet con el portátil. Pero, aún cuando detectábamos una señal bastante potente de la red del camping, aquello no navegaba ni patrás. Preguntamos a la señora y de nuevo con su sonrisa un tanto forzada, nos mandó finamente a freir gárgaras desentendiéndose del tema.

No tardó en aparecer otro incauto con el portátil en la mano, que al vernos con uno se acercó a preguntarnos. Le dijimos que no se matara, que era imposible navegar y que mucho menos se molestara en hablar con la responsable, que le iba a dar largas. No nos hizo ni caso, y tras ver como iba a hablar con ella, pocos minutos después le vimos salir de recepción con cara de mala leche. Ni que decir tiene que no pudimos acceder a internet en toda la estancia.

Llegada la hora de pedir algo, y ante la ausencia de alternativas baratas en la cercanía (si lo llegamos a saber…) echamos un vistazo a las fotos de los platos que había sobre la barra. Lo primero que me llamó la atención fue que las fotos de las ensaladas, que prácticamente eran la única opción disponible, mostraban platos realmente rácanos con precios disparatados. De lo único que no había fotos era de las pizzas. Y a sabiendas de que ni seis ensaladas de aquellas podrían quitarnos el hambre que teníamos, nos arriesgamos a pedir una pizza cada uno.

Craso error.

PIZZA CUATRO ESTACIONES TRES QUINCENAS [VARIEDAD CAMPING AMPURDANÉS]

INGREDIENTES:
· Oblea de pan finísima, de unos 20cm de diámetro.
· CUATRO champiñones troceados para que parezcan más.
· UNA loncha de jamón york troceada para que parezca que son más.
· UNA aceituna pequeña.
· UNA rociada de spray de tomate.
· UNA rociada de spray de queso.

PRECIO:
· 8,50€

Tras disfrutar el raro y fascinante placer de comer la infrapizza más miserable de la historia a precio de marisco, y mientras mi compañero sugería darle a la cocinera 50 céntimos más para que los pusiera en ingredientes, tuve el detalle, como persona educada que soy, de dejar el hueso de la aceituna en medio del plato para su posterior recauchutado y reciclaje.

Espero que lo agradecieran.

Pagamos finalmente la cantidad que se expone en el escaneo de al lado, correspondiente a la factura que nos fue entregada (en el que suponemos es el último formato diseñado por Hacienda para presentar el IVA y que por tanto conservé para su posterior estudio y análisis) a cambio de cuatro jarras (normales) de cerveza rubia, que no de ambrosía, a pesar del precio, y dos subpizzas.

Tras esta opípara (que sí, que este artículo está archivado bajo ironía) cena, nos dispusimos a dormir.

El primer problema que nos encontramos a la hora de realizar tan sencillo acto fue que cierta gente de una de las tiendas vecinas tenía más gana de cachondeo que de dormir, con lo cual se dedicó a dar por culo, hasta altas horas de la madrugada, juzgando la responsable del camping que lo mejor era no intervenir. Pero, como siempre llevo tapones para los oídos en mis viajes, este problema tuvo fácil solución.

El segundo problema, aún peor, es que ciertas jardineras adyacentes a nuestra parcela, y que erróneamente suponíamos no habían sido regadas en su vida dada su semimarchitez, sí eran regadas con regularidad: concretamente, con un sistema de goteo irregular que comenzó a la 1 de la mañana y que tardó entre media hora y una hora en efectuarse. Un plic-ploc continuo, arrítmico, atonal, envolvente, psicótico, desquiciante que era imposible no oir, a pesar de los tapones.

Al despertar, y tras saludarnos mutuamente mi compañero y yo con una mirada de varios gigabits que expresaba a la perfección lo que pensábamos del lugar, nos enfrentamos al insulto final.

¡¡¡SÍ, EL INSULTO FINAL!!! A PESAR DE QUE EN EL CAMPING AMPURDANÉS LA AUSENCIA DE SERVICIOS O MANTENIMIENTO PARECE SER TOTAL, DADO EL TOTAL ABANDONO QUE MOSTRABAN LOS BAÑOS O LOS ABUNDANTES PEDRUSCOS PRESENTES EN LAS PARCELAS, SÍ SE MOLESTAN EN UNA COSA: EN PONER UNA PEGATINA PUBLICITARIA DEL CAMPING SIN PERMISO EN LA PARTE DE ATRÁS DE TU VEHÍCULO.

Pegatina cutre, torcida, mal puesta, que en su elaborado (que sí, que es ironía) grafismo pretende denotar el clásico símbolo de una tienda de campaña, pero que a primera vista más bien parece una cruz cristiana inclinada; con lo que el resultado a lo lejos, para más INRI (hey, qué adecuado lo de INRI) es que llevas en el coche una pegatina de la asociación del rosario de la parroquia de un suburbio de extrarradio.

A la salida del infralugar, bien temprano, la responsable nos despidió con un tímido ¿Pudísteis conectar el WiFi?

No contestamos.

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2 septiembre 2010

epopeya mediterránea: lo peor

En el artículo de introducción a mi Epopeya Mediterránea dije que iba a hablar de Lo Peor que me tocó vivir durante el transcurso de esta, pero voy a ir más allá todavía mediante la siguiente afirmación:

No pienso volver a visitar la costa mediterránea de España, al menos como turista

Con la relativa autoridad que me da haber recorrido un arco bastante amplio y habiendo tenido la oportunidad añadida de repetir sitios, hago esta afirmación porque, sencillamente, el abuso, el menosprecio, el engaño y el chuleo al viajero es norma en la práctica totalidad de los lugares de costa que visité. Luego los hosteleros se quejan del descenso de visitas. Y la cosa va a peor.

Esto no significa que lo pasara mal en estos sitios. Sí hubo momentos puntuales en los que me cagué en todo; pero los más abundantes fueron los de pura indignación. Con el corolario añadido de comprobar como uno de los pocos sitios de la costa andaluza que no han sido enladrillados y alicatados, como San José, que en 2008 me pareció un lugar incluso magnífico, ha sido pervertido, por pura avaricia, hasta el punto de convertirlo en la misma mierda, en el trato al turista, que pueda ser cualquier ex-pueblo sobreexplotado, macizo de rascacielos, de los que abundan en la costa mediterránea.

¿Y a qué tipo de abusos me refiero? Probablemente cualquiera de los lectores de este superglob ha experimentado alguno en su propia carne. Yo he llegado a conocer algún sitio, como el camping ampurdanés, que merece un artículo futuro (clica en el enlace anterior) en glob.cranf.net por su nivel espectacular de inmundicia; pero de momento me limitaré a relatar algunas perlas sueltas. Agárrense.


Vayamos a Roquetas de Mar, lugar que, cuando me paro a pensar, no sé que se me perdió por allí.

Infame Hostal Juan Pedro, encontrado in extremis tras llegar después de las 11 de la noche a Roquetas desde Toledo. Habitación doble, 36€, lo que no está nada mal aparentemente para un lugar de hoteles al completo… Eso sí, hay que pagar por adelantado (y verás por qué).

Subo a la habitación con mi pareja y, tras buscar un buen rato por cajones y armario, no encuentro por ninguna parte el mando del voluminoso aparato de aire acondicionado (carente de botones) situado a la entrada de la habitación, por otra parte bastante cutre. Bajo al vestíbulo a preguntar por él, y se produce el siguiente diálogo entre un empleado y yo:

—Oiga, no encuentro el mando a distancia del aire acondicionado de la habitación —digo yo—.
—Ay, es que no sé, es que tal y cual, que si la abuela fuma… —vamos, dando largas—.
—¿Cuál es el problema?
—Es que no sé si hay que pagar.

Extraña ignorancia, más cuando el hombre parecía estar a punto de jubilarse tras una vida trabajando allí. Y en estas entra el dueño.

—El mando son 8€ más —me dice este de sopetón, sin ponerse rojo ni nada—.
—Pues no te los pienso pagar, y eso además se dice antes… —debo reconocer que me pilló tan de sorpresa que no dije lo que debería haber dicho: “la hoja de reclamaciones o el mando, elige”— …consígueme un ventilador —exijo finalmente—.

La verdad es que me puse tan serio que no puso ninguna objeción. Y con ventilador dormimos (mal) sobre un colchón barato de gomaespuma mientras por la ventana entraba el aire asquerosamente pegajoso de una noche de bochorno.

Está claro que no era la primera vez que el dueño de este infrahostal hacía la jugada, por mucho que uno de sus empleados, que estaba claramente al tanto, insistiera en hacerse el tonto y no saber nada.

Roquetas, por otra parte, es un clon más de otros muchos pueblos costeros urbanísticamente degenerados de la costa andaluza. No te pierdes nada si no vas.


Ahora estamos en San José, Almería. Camping Tau, en el que me había alojado ya, sin incidentes, un par de años antes durante mi anterior estancia.

Alquilo una parcela para instalar mi tienda y al día siguiente me encuentro otras tres tiendas pegadas a la mía en el mismo cuadrado… a las que supongo que recepción cobró lo mismo que a mí. No está bien, la verdad, pero tampoco me importa demasiado, ya que mis inesperados nuevos vecinos no han molestado en absoluto durante la noche.

Pero no es ese el único motivo de crítica. Para tratarse un camping de segunda categoría, compruebo que apenas hay tendales para la ropa, que los váteres no tienen tapa ni papel y los suelos de las duchas están llenos de barro. Pero estas puñetas no suponen lo peor: Pido a primera hora de la tarde, en la terraza del bar del camping, un café en vaso como el hombre de la mesa de al lado, al que puedo ver claramente como le cobran 1,20€. Me lo traen al cabo de una buena espera y, la verdad, es bastante infame. Pero es café. Llega la hora de pagar y aprovecho que el camarero pasa al lado de mi mesa.

—¿Me cobras el café, por favor?
—2,40.
—¿Cómo que 2,40? ¿Me vas a cobrar 2,40 por un café? —replico, ingenuo de mí—.
—¡¡SÍ!! ¡¡CAFÉ DOBLE: 2,40!!

Y el tío, repentinamente y delante de mis narices, coge las monedas que yo había puesto encima de la mesa, deja la vuelta con un manotazo y se va para adentro, todo en segundos. De nuevo, como en Roquetas, este gesto despreciable me coge por sorpresa y me deja congelado de perplejidad.

Y como no había sido el primer abuso que había tenido por parte de un hostelero en San José ese año, aunque este ya era el colmo de la desfachatez, y tampoco me iba a liar a hostias por un puto euro, en ese momento decidí acortar nuestra estancia prevista para diez días a un total de dos.

Ahora le digo, telepáticamente, al impresentable este… ¿Ganaste o perdiste? ¿Qué da más pasta? ¿10 días de justiprecio o 1 de abuso? ¿que vuelva el año que viene o que no vuelva nunca más?

Quizás pueda parecer exagerada mi reacción. O no. Pero es que la degeneración de San José, el chuleo al viajero, no se limita sólamente al hostelero, si no que además ha alcanzado cotas institucionales… ¿preparados para flipar?


Uno de los motivos por el que elegí repetir San José fue el hecho de que tiene cinco hermosísimas playas mixtas (para convivencia de nudistas y textiles) adyacentes al pueblo, no precisamente cerca como para ir andando pero tampoco muy lejos, y ubicadas en medio del parque natural del Cabo de Gata. Y la gratísima sorpresa que me llevé durante mi primera estancia de 2008 es que existían cómodos autobuses cada media hora para acceder a ellas… GRATIS, con un claro fin: evitar que la gente se metiera con sus coches en el parque. La excelente idea había partido, según me dijeron de aquella, del propio ayuntamiento y de Medio Ambiente.


Pues bien: dos años después me encuentro que el acceso a las playas cuesta 3€ por persona, ida y vuelta. El precio incluye un discursillo pregrabado a todo volumen sobre el paraje recorrido; discurso que nadie había pedido. En definitiva, cuatro personas que quieran pasar el día en la playa yendo a comer a mediodía al pueblo deben pagar 24€ diarios para poder hacerlo. O eso, o morir entre el polvo del camino bajo un sol abrasador.

Como me explicó el único hostelero que me topé en San José que entiende que el trato correcto al turista y el justiprecio es garantía de éxito a largo plazo, la decisión de cobrar el acceso a las playas, completamente absurda pero no exenta de oscuros intereses, había provenido de altas esferas situadas bastante lejos del pueblo.

[Respecto a este hostelero tan majo y atento, me gustaría poder recordar el nombre de su bar para recomendarlo aquí, pero desgraciadamente lo he olvidado y además no sale en google street view.]

Ni que decir tiene que, aparte de la jodienda de tener que pagar quien no quiere meter su coche en medio de un camino polvoriento, ahora las playas están rodeadas de vehículos cuyos dueños no tienen reparos y que se saltan la barrera de bloqueo a la torera… que se supone que es lo contrario a lo que desean los señores de Medio Ambiente.

Como me dijo este hostelero, no sólamente han notado el descenso de visitas este año, sino que él y otros se han visto obligados a protestar repetidamente por estas tarifas (incluso cortando la carretera de acceso al pueblo) con nulo resultado.


La cosa no se limita a Andalucía. Sinceramente creo que el Ampurdán (el extremo oriental de Catalunya, allí llamado Empordà) es aún peor.

Sin intención de ofender a ninguno de mis amigos y colegas catalanes, dejando claro que admiro muchas cosas de Catalunya en general, y sin entrar en disquisiciones complejas sobre nacionalismos de todo tipo (sobre los que tengo ideas muy claras que me reservo para otro artículo) creo que en esta zona del Mediterráneo debemos añadir, a los abusos y morros diversos que nos podemos encontrar en Andalucía, un chulerío generalizado y un desprecio mayúsculo al visitante que sólo se puede concebir desde un nacionalismo extremo, excluyente, irracional y cerrado.

Maticemos. Me parece muy bien que seas nacionalista y que hables en la lengua que te dé la gana. Yo mismo tengo algo de nacionalista asturiano, a veces me sale espontáneamente el bable que me enseñó mi abuela, y estoy orgulloso de muchas cosas de mi tierra del mismo modo que lo estoy de otras de España y de nuestro Sistema Solar… ¿no son preciosos los anillos de Saturno?

Pero si pretendes vivir del turismo, hay que comenzar por tratar al visitante con respeto y no como una mierda ambulante que viene a aprovecharse de tu tierra y a la que le haces un favor. ¡Y mucho menos pretender que aprenda catalán más allá de bon dia y moltes gràcies!

No voy a dar detalles sobre lo que nos ocurrió en un camping de Roses, Girona, porque está siendo ahora mismo tramitado como denuncia ante las autoridades pertinentes. Basta conque diga que no se trata de nada lingüístico, sino de un intento de delito a secas. Y lo que nos pasó en otro camping del mismo lugar es tan kafkiano y miserable que, sencillamente, me pienso recrear en un artículo futuro especialmente dedicado a él.


Así, voy a limitarme a mencionar lo que se puede encontrar uno intentando almorzar en un pueblo medieval llamado Pals, por otra parte pre-cio-so, que parece estar repleto de catalibanes.

Nada más llegar al pueblo, a eso de la 1 de la tarde, topamos por casualidad con el Bar Xarrup, que ofrecía un menú del día a un precio supuestamente razonable. Entramos a pedir mesa y el dueño nos dijo que había que esperar porque no había mesas libres.

Así que nos situamos en la barra con intención de tomar un par de cervezas. Inmediatamente me di cuenta de que al fondo del bar varias mesas disponibles, cosa que comenté con mi acompañante. Ahí ya comenzó el mosqueo… que se empezó a convertir en un pequeño cabreo a los dos minutos al comprobar que, sencillamente, estaban pasando de nosotros como de la mierda: no había manera de pedir las cervezas. En ese momento entró un matrimonio de ingleses con pinta de despistados y preguntaron (en castellano) si podían comer; el dueño inmediatamente les hizo pasar al fondo.

No tardamos ni un segundo en largar de allí intentando, desde nuestro punto de vista, encontrar una explicación a semejante comportamiento anti-todo (anti-social, anti-negocio, anti-humano…) teniendo en cuenta, además, que no teníamos precisamente pinta de delincuentes y que habíamos sido correctísimos. Y seguimos sin encontrarlo. Pero es que la cosa no acaba aquí.

Tras salir y caminar unos pasos nos encontramos con la pizzería El Pati de Pals. Habíamos comido una infrapizza cada uno el día anterior (esta se merece artículo aparte) y estábamos un poco hartos pero bueno, razonamos que en un restaurante de comida italiana no íbamos a encontrarnos actitudes talibanes. Craso error. En la puerta, y a la altura de los ojos, nos encontramos la joya de cartel que tenemos aquí a la derecha.

Nos miramos el uno al otro, negamos con la cabeza y, preventivamente, decidimos no exponernos a otra situación incómoda como la que acababámos de experimentar.

Obviamente se puede argumentar que el letrero es inocente y simplemente manifiesta una preferencia, como quien pone un “me gusta” en el facebook. Pero es que no es así: el lugareño no necesita aviso, y al foráneo poco le sirve. Con lo que el cartel, convenientemente traducido lo que pone es “no queremos saber nada de nadie que no sea de aquí”. Pues nada: hacerte feliz es un momento.

EDITO: la dueña del local El Pati de Pals ha comentado este mismo artículo (véase aquí). Se defiende de lo que ella considera una malinterpretación por nuestra parte y afirma que nos hemos equivocado, ya que ella no tiene prejuicios de tipo nacionalista más allá de la reivindicación del lenguaje. Y que, por supuesto, no tiene ningún tipo de inquina a los forasteros.

Afortunadamente la cerrazón y la gilipollez no es universal en el Ampurdán y acabamos comiendo en la misma calle, un poco más abajo, en Can Genís (aparece como Els Pescadors en Google Street View), en el que el dueño nos trató como a personas y nos dió de comer barato (mucho más que en el Xarrup) y de puta madre; a la vez que daba conversación en catalán a los catalanes, en castellano a los españoles y se esforzaba por entender a los extranjeros.

Comunicación, dicen que se llama.


Ya en otro orden de cosas, con respecto a Catalunya en general, hay que reconocer algo: allí hay que pagar por todo.

No voy a atacar a los catalanes por esto porque asumo que ellos mismos también están hasta los kohones de pagar hasta por respirar, y hay que reconocer también que en muchos aspectos se ha sido injusto con ellos: por ejemplo, por haberles hecho casi todas las autopistas de peaje mientras que en otros muchos sitios de España son gratuitas y hasta mejores.

Pero en algunos casos este cobrar por todo es hasta esperpéntico, como cuando intentamos visitar un Monasterio en estado de semiruina, el Monestir de Sant Pere de Rodes. Helo aquí, visto desde la carretera que sube a él:


A visitarlo subíamos ilusionados, por una carretera cuesta arriba repleta de curvas, El-Hombre-Cuya-Identidad-Está-Oculta y yo dentro de la Criptoneta™. Nada más llegar al aparcamiento nos aborda un hombre mayor con una autorización del ayuntamiento colgando del pecho:

—Hola. La cuota por la vigilancia del parking es de 1,5€ —nos dice en castellano—.

Teniendo en cuenta que hablamos de un aparcamiento que está a varios kilómetros de cualquier otra presencia humana, no nos deja de parecer extraño. Pero reacciono inmediatamente.

—Ya… ¿y cuánto cuesta la entrada al monasterio? —digo yo—.
—4,5 por persona —contesta el buen hombre—.
—Casi que lo damos por visto, ¿no? —decimos mi compi y yo a la vez, escapándosenos la risa.

Y por visto lo dimos.


Por último, y para finalizar este larguísimo artículo, falta una reflexión ya muy manida sobre el conjunto de la costa mediterránea española. Y es el asunto del ladrillo, que ya apunté al principio. Parece esta una cuestión que está aparte del trato dado al turista y de la hostelería en general, pero no es así.

Si recorrer Málaga (lugar en el que me he encontrado a la gente más amable y cachonda de toda la Andalucía que conozco) se convierte en una experiencia sorprendente tras comprobar como sus casi 500km de costa se han convertido en una única conurbación, la pregunta al aire es… ¿Y qué se supone que me tenías que ofrecer? ¿Cemento hasta el horizonte?

La avaricia, la pura avaricia del sector turístico ha acabado matando la gallina de los huevos de oro.

Y es que al final, lo que yo realmente buscaba, que era la experiencia del contacto con el Mediterráneo, cuna de Occidente, se limita a un puñado escaso de reservas naturales, más o menos estropeadas y degeneradas, finalmente, por la pobreza y precio de los servicios que los lugareños ofrecen al visitante…

…¿Qué ha pasado con la costa? ¿Qué habéis hecho con ella? ¿Dónde está? ¡Esta playa es de mentira! ¡Este cangrejo funciona a pilas! ¡Esta arena no es de aquí! ¡Esta mole tapa el Sol! ¡Me siento estafado!

Adios, Mediterráneo. Siento mucho haberte conocido así.

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1 septiembre 2010

epopeya mediterránea: intro

archivado en: Mediterráneo

Aquí a la izquierda está representada, muy resumida, mi Epopeya Mediterránea, como me gusta llamarla. En realidad consistió en dos viajes en coche, un tanto a lo loco y sin planificar (como me gusta viajar), que realicé en 2008 y 2010 y que totalizaron, aproximadamente, 40 días efectivos y cerca de 9000 km; contando el trayecto desde y hacia Asturias y desplazamientos menores.

No he señalado en el mapa lugares de mero paso o intranscendentes, o aquellos ubicados muy lejos del litoral. Vacíos aparentes del gráfico, como Alicante o las Islas Baleares, ya los visité y conocí hace bastantes años.

El primero de los viajes de la Epopeya, el de 2008, comenzó en Castellón en compañía de Aquel-Que-No-Debe-Ser-Nombrado (y al cual me referiré a partir de ahora con diversos seudónimos, no se me despisten), y tras bajar hasta Almería (donde recogí a la Abeforma), finalizó en Málaga, donde nos alojaron unos días el futuro famoso compositor Paco y su encantadora madre, melómana de pro y fan #1 de Les Luthiers.

El segundo viaje, el de 2010, en compañía de Cachopoguoman, tuvo como punto de partida teórico San José, en Almería, aunque finalmente Toledo hizo de prólogo y Roquetas de Mar ejerció como (imprevista) introducción.

Elegí San José como comienzo por la grata impresión que me había producido este pueblo en 2008; aunque, como contaré, esta valoración se fue al garete durante mi segunda estancia. Después subimos a Castellón para ser acogidos por Aquel-Cuya-Privacidad-Debe-Ser-Totalmente-Respetada y posteriormente subir, en la Criptoneta™ (furgoneta cutre por fuera, dormitorio apañado por dentro) hasta el Ampurdán y luego Pirineos.

El espíritu de ambos viajes está bastante bien descrito, creo, en el artículo que escribí hace un par de días. Y aunque ya antes de hacer el segundo trayecto pensé en relatar secuencialmente el primero aquí, como hice con Escocia y Lisboa, las complicaciones cronológicas derivadas del hecho de haber estado en algunos sitios dos veces distintas (con el lógico peligro de repetirse y aburrir) y las asociadas al respeto de la intimidad de Aquel-Cuya-Identidad-Debe-Estar-Bien-Resguardada me han hecho desistir del intento.

Así que en el futuro más o menos inmediato pienso escribir artículos puntuales sobre algunos de los sitios en los que he estado, señalados en el mapa anterior, bajo la categoría Mediterráneo. De momento, estén atentos, oh amables lectores/as, al siguiente artículo de la serie, que tratará de Lo Peor.

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archivado en: Mediterráneo

31 agosto 2010

best of voet’s bichifoto summer 2010










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