En el artículo de introducción a mi Epopeya Mediterránea dije que iba a hablar de Lo Peor que me tocó vivir durante el transcurso de esta, pero voy a ir más allá todavía mediante la siguiente afirmación:
No pienso volver a visitar la costa mediterránea de España, al menos como turista
Con la relativa autoridad que me da haber recorrido un arco bastante amplio y habiendo tenido la oportunidad añadida de repetir sitios, hago esta afirmación porque, sencillamente, el abuso, el menosprecio, el engaño y el chuleo al viajero es norma en la práctica totalidad de los lugares de costa que visité. Luego los hosteleros se quejan del descenso de visitas. Y la cosa va a peor.
Esto no significa que lo pasara mal en estos sitios. Sí hubo momentos puntuales en los que me cagué en todo; pero los más abundantes fueron los de pura indignación. Con el corolario añadido de comprobar como uno de los pocos sitios de la costa andaluza que no han sido enladrillados y alicatados, como San José, que en 2008 me pareció un lugar incluso magnífico, ha sido pervertido, por pura avaricia, hasta el punto de convertirlo en la misma mierda, en el trato al turista, que pueda ser cualquier ex-pueblo sobreexplotado, macizo de rascacielos, de los que abundan en la costa mediterránea.
¿Y a qué tipo de abusos me refiero? Probablemente cualquiera de los lectores de este superglob ha experimentado alguno en su propia carne. Yo he llegado a conocer algún sitio, como el camping ampurdanés, que merece un artículo futuro (clica en el enlace anterior) en glob.cranf.net por su nivel espectacular de inmundicia; pero de momento me limitaré a relatar algunas perlas sueltas. Agárrense.
Vayamos a Roquetas de Mar, lugar que, cuando me paro a pensar, no sé que se me perdió por allí.
Infame Hostal Juan Pedro, encontrado in extremis tras llegar después de las 11 de la noche a Roquetas desde Toledo. Habitación doble, 36€, lo que no está nada mal aparentemente para un lugar de hoteles al completo… Eso sí, hay que pagar por adelantado (y verás por qué).
Subo a la habitación con mi pareja y, tras buscar un buen rato por cajones y armario, no encuentro por ninguna parte el mando del voluminoso aparato de aire acondicionado (carente de botones) situado a la entrada de la habitación, por otra parte bastante cutre. Bajo al vestíbulo a preguntar por él, y se produce el siguiente diálogo entre un empleado y yo:
—Oiga, no encuentro el mando a distancia del aire acondicionado de la habitación —digo yo—.
—Ay, es que no sé, es que tal y cual, que si la abuela fuma… —vamos, dando largas—.
—¿Cuál es el problema?
—Es que no sé si hay que pagar.
Extraña ignorancia, más cuando el hombre parecía estar a punto de jubilarse tras una vida trabajando allí. Y en estas entra el dueño.
—El mando son 8€ más —me dice este de sopetón, sin ponerse rojo ni nada—.
—Pues no te los pienso pagar, y eso además se dice antes… —debo reconocer que me pilló tan de sorpresa que no dije lo que debería haber dicho: “la hoja de reclamaciones o el mando, elige”— …consígueme un ventilador —exijo finalmente—.
La verdad es que me puse tan serio que no puso ninguna objeción. Y con ventilador dormimos (mal) sobre un colchón barato de gomaespuma mientras por la ventana entraba el aire asquerosamente pegajoso de una noche de bochorno.
Está claro que no era la primera vez que el dueño de este infrahostal hacía la jugada, por mucho que uno de sus empleados, que estaba claramente al tanto, insistiera en hacerse el tonto y no saber nada.
Roquetas, por otra parte, es un clon más de otros muchos pueblos costeros urbanísticamente degenerados de la costa andaluza. No te pierdes nada si no vas.
Ahora estamos en San José, Almería. Camping Tau, en el que me había alojado ya, sin incidentes, un par de años antes durante mi anterior estancia.
Alquilo una parcela para instalar mi tienda y al día siguiente me encuentro otras tres tiendas pegadas a la mía en el mismo cuadrado… a las que supongo que recepción cobró lo mismo que a mí. No está bien, la verdad, pero tampoco me importa demasiado, ya que mis inesperados nuevos vecinos no han molestado en absoluto durante la noche.
Pero no es ese el único motivo de crítica. Para tratarse un camping de segunda categoría, compruebo que apenas hay tendales para la ropa, que los váteres no tienen tapa ni papel y los suelos de las duchas están llenos de barro. Pero estas puñetas no suponen lo peor: Pido a primera hora de la tarde, en la terraza del bar del camping, un café en vaso como el hombre de la mesa de al lado, al que puedo ver claramente como le cobran 1,20€. Me lo traen al cabo de una buena espera y, la verdad, es bastante infame. Pero es café. Llega la hora de pagar y aprovecho que el camarero pasa al lado de mi mesa.
—¿Me cobras el café, por favor?
—2,40.
—¿Cómo que 2,40? ¿Me vas a cobrar 2,40 por un café? —replico, ingenuo de mí—.
—¡¡SÍ!! ¡¡CAFÉ DOBLE: 2,40!!
Y el tío, repentinamente y delante de mis narices, coge las monedas que yo había puesto encima de la mesa, deja la vuelta con un manotazo y se va para adentro, todo en segundos. De nuevo, como en Roquetas, este gesto despreciable me coge por sorpresa y me deja congelado de perplejidad.
Y como no había sido el primer abuso que había tenido por parte de un hostelero en San José ese año, aunque este ya era el colmo de la desfachatez, y tampoco me iba a liar a hostias por un puto euro, en ese momento decidí acortar nuestra estancia prevista para diez días a un total de dos.
Ahora le digo, telepáticamente, al impresentable este… ¿Ganaste o perdiste? ¿Qué da más pasta? ¿10 días de justiprecio o 1 de abuso? ¿que vuelva el año que viene o que no vuelva nunca más?
Quizás pueda parecer exagerada mi reacción. O no. Pero es que la degeneración de San José, el chuleo al viajero, no se limita sólamente al hostelero, si no que además ha alcanzado cotas institucionales… ¿preparados para flipar?
Uno de los motivos por el que elegí repetir San José fue el hecho de que tiene cinco hermosísimas playas mixtas (para convivencia de nudistas y textiles) adyacentes al pueblo, no precisamente cerca como para ir andando pero tampoco muy lejos, y ubicadas en medio del parque natural del Cabo de Gata. Y la gratísima sorpresa que me llevé durante mi primera estancia de 2008 es que existían cómodos autobuses cada media hora para acceder a ellas… GRATIS, con un claro fin: evitar que la gente se metiera con sus coches en el parque. La excelente idea había partido, según me dijeron de aquella, del propio ayuntamiento y de Medio Ambiente.

Pues bien: dos años después me encuentro que el acceso a las playas cuesta 3€ por persona, ida y vuelta. El precio incluye un discursillo pregrabado a todo volumen sobre el paraje recorrido; discurso que nadie había pedido. En definitiva, cuatro personas que quieran pasar el día en la playa yendo a comer a mediodía al pueblo deben pagar 24€ diarios para poder hacerlo. O eso, o morir entre el polvo del camino bajo un sol abrasador.
Como me explicó el único hostelero que me topé en San José que entiende que el trato correcto al turista y el justiprecio es garantía de éxito a largo plazo, la decisión de cobrar el acceso a las playas, completamente absurda pero no exenta de oscuros intereses, había provenido de altas esferas situadas bastante lejos del pueblo.
[Respecto a este hostelero tan majo y atento, me gustaría poder recordar el nombre de su bar para recomendarlo aquí, pero desgraciadamente lo he olvidado y además no sale en google street view.]
Ni que decir tiene que, aparte de la jodienda de tener que pagar quien no quiere meter su coche en medio de un camino polvoriento, ahora las playas están rodeadas de vehículos cuyos dueños no tienen reparos y que se saltan la barrera de bloqueo a la torera… que se supone que es lo contrario a lo que desean los señores de Medio Ambiente.
Como me dijo este hostelero, no sólamente han notado el descenso de visitas este año, sino que él y otros se han visto obligados a protestar repetidamente por estas tarifas (incluso cortando la carretera de acceso al pueblo) con nulo resultado.
La cosa no se limita a Andalucía. Sinceramente creo que el Ampurdán (el extremo oriental de Catalunya, allí llamado Empordà) es aún peor.
Sin intención de ofender a ninguno de mis amigos y colegas catalanes, dejando claro que admiro muchas cosas de Catalunya en general, y sin entrar en disquisiciones complejas sobre nacionalismos de todo tipo (sobre los que tengo ideas muy claras que me reservo para otro artículo) creo que en esta zona del Mediterráneo debemos añadir, a los abusos y morros diversos que nos podemos encontrar en Andalucía, un chulerío generalizado y un desprecio mayúsculo al visitante que sólo se puede concebir desde un nacionalismo extremo, excluyente, irracional y cerrado.
Maticemos. Me parece muy bien que seas nacionalista y que hables en la lengua que te dé la gana. Yo mismo tengo algo de nacionalista asturiano, a veces me sale espontáneamente el bable que me enseñó mi abuela, y estoy orgulloso de muchas cosas de mi tierra del mismo modo que lo estoy de otras de España y de nuestro Sistema Solar… ¿no son preciosos los anillos de Saturno?
Pero si pretendes vivir del turismo, hay que comenzar por tratar al visitante con respeto y no como una mierda ambulante que viene a aprovecharse de tu tierra y a la que le haces un favor. ¡Y mucho menos pretender que aprenda catalán más allá de bon dia y moltes gràcies!
No voy a dar detalles sobre lo que nos ocurrió en un camping de Roses, Girona, porque está siendo ahora mismo tramitado como denuncia ante las autoridades pertinentes. Basta conque diga que no se trata de nada lingüístico, sino de un intento de delito a secas. Y lo que nos pasó en otro camping del mismo lugar es tan kafkiano y miserable que, sencillamente, me pienso recrear en un artículo futuro especialmente dedicado a él.
Así, voy a limitarme a mencionar lo que se puede encontrar uno intentando almorzar en un pueblo medieval llamado Pals, por otra parte pre-cio-so, que parece estar repleto de catalibanes.
Nada más llegar al pueblo, a eso de la 1 de la tarde, topamos por casualidad con el Bar Xarrup, que ofrecía un menú del día a un precio supuestamente razonable. Entramos a pedir mesa y el dueño nos dijo que había que esperar porque no había mesas libres.
Así que nos situamos en la barra con intención de tomar un par de cervezas. Inmediatamente me di cuenta de que al fondo del bar varias mesas disponibles, cosa que comenté con mi acompañante. Ahí ya comenzó el mosqueo… que se empezó a convertir en un pequeño cabreo a los dos minutos al comprobar que, sencillamente, estaban pasando de nosotros como de la mierda: no había manera de pedir las cervezas. En ese momento entró un matrimonio de ingleses con pinta de despistados y preguntaron (en castellano) si podían comer; el dueño inmediatamente les hizo pasar al fondo.
No tardamos ni un segundo en largar de allí intentando, desde nuestro punto de vista, encontrar una explicación a semejante comportamiento anti-todo (anti-social, anti-negocio, anti-humano…) teniendo en cuenta, además, que no teníamos precisamente pinta de delincuentes y que habíamos sido correctísimos. Y seguimos sin encontrarlo. Pero es que la cosa no acaba aquí.
Tras salir y caminar unos pasos nos encontramos con la pizzería El Pati de Pals. Habíamos comido una infrapizza cada uno el día anterior (esta se merece artículo aparte) y estábamos un poco hartos pero bueno, razonamos que en un restaurante de comida italiana no íbamos a encontrarnos actitudes talibanes.
Craso error. En la puerta, y a la altura de los ojos, nos encontramos la joya de cartel que tenemos aquí a la derecha.
Nos miramos el uno al otro, negamos con la cabeza y, preventivamente, decidimos no exponernos a otra situación incómoda como la que acababámos de experimentar.
Obviamente se puede argumentar que el letrero es inocente y simplemente manifiesta una preferencia, como quien pone un “me gusta” en el facebook. Pero es que no es así: el lugareño no necesita aviso, y al foráneo poco le sirve. Con lo que el cartel, convenientemente traducido lo que pone es “no queremos saber nada de nadie que no sea de aquí”. Pues nada: hacerte feliz es un momento.
EDITO: la dueña del local El Pati de Pals ha comentado este mismo artículo (véase aquí). Se defiende de lo que ella considera una malinterpretación por nuestra parte y afirma que nos hemos equivocado, ya que ella no tiene prejuicios de tipo nacionalista más allá de la reivindicación del lenguaje. Y que, por supuesto, no tiene ningún tipo de inquina a los forasteros.
Afortunadamente la cerrazón y la gilipollez no es universal en el Ampurdán y acabamos comiendo en la misma calle, un poco más abajo, en Can Genís (aparece como Els Pescadors en Google Street View), en el que el dueño nos trató como a personas y nos dió de comer barato (mucho más que en el Xarrup) y de puta madre; a la vez que daba conversación en catalán a los catalanes, en castellano a los españoles y se esforzaba por entender a los extranjeros.
Comunicación, dicen que se llama.
Ya en otro orden de cosas, con respecto a Catalunya en general, hay que reconocer algo: allí hay que pagar por todo.
No voy a atacar a los catalanes por esto porque asumo que ellos mismos también están hasta los kohones de pagar hasta por respirar, y hay que reconocer también que en muchos aspectos se ha sido injusto con ellos: por ejemplo, por haberles hecho casi todas las autopistas de peaje mientras que en otros muchos sitios de España son gratuitas y hasta mejores.
Pero en algunos casos este cobrar por todo es hasta esperpéntico, como cuando intentamos visitar un Monasterio en estado de semiruina, el Monestir de Sant Pere de Rodes. Helo aquí, visto desde la carretera que sube a él:

A visitarlo subíamos ilusionados, por una carretera cuesta arriba repleta de curvas, El-Hombre-Cuya-Identidad-Está-Oculta y yo dentro de la Criptoneta™. Nada más llegar al aparcamiento nos aborda un hombre mayor con una autorización del ayuntamiento colgando del pecho:
—Hola. La cuota por la vigilancia del parking es de 1,5€ —nos dice en castellano—.
Teniendo en cuenta que hablamos de un aparcamiento que está a varios kilómetros de cualquier otra presencia humana, no nos deja de parecer extraño. Pero reacciono inmediatamente.
—Ya… ¿y cuánto cuesta la entrada al monasterio? —digo yo—.
—4,5 por persona —contesta el buen hombre—.
—Casi que lo damos por visto, ¿no? —decimos mi compi y yo a la vez, escapándosenos la risa.
Y por visto lo dimos.
Por último, y para finalizar este larguísimo artículo, falta una reflexión ya muy manida sobre el conjunto de la costa mediterránea española. Y es el asunto del ladrillo, que ya apunté al principio. Parece esta una cuestión que está aparte del trato dado al turista y de la hostelería en general, pero no es así.
Si recorrer Málaga (lugar en el que me he encontrado a la gente más amable y cachonda de toda la Andalucía que conozco) se convierte en una experiencia sorprendente tras comprobar como sus casi 500km de costa se han convertido en una única conurbación, la pregunta al aire es… ¿Y qué se supone que me tenías que ofrecer? ¿Cemento hasta el horizonte?
La avaricia, la pura avaricia del sector turístico ha acabado matando la gallina de los huevos de oro.
Y es que al final, lo que yo realmente buscaba, que era la experiencia del contacto con el Mediterráneo, cuna de Occidente, se limita a un puñado escaso de reservas naturales, más o menos estropeadas y degeneradas, finalmente, por la pobreza y precio de los servicios que los lugareños ofrecen al visitante…
…¿Qué ha pasado con la costa? ¿Qué habéis hecho con ella? ¿Dónde está? ¡Esta playa es de mentira! ¡Este cangrejo funciona a pilas! ¡Esta arena no es de aquí! ¡Esta mole tapa el Sol! ¡Me siento estafado!
Adios, Mediterráneo. Siento mucho haberte conocido así.