17 enero 2011

el mercado de futuros del futuro

Una vez superada la Gran Crisis (esa en la que aquellos que tenían acciones de algo finalmente se acabaron quedando con TODO y de paso nos implantaron el chip RFID666 para controlarnos como ganado) surgió un problema enorme: y es que absolutamente TODO lo que había en la Tierra, encima y debajo del suelo, dentro y fuera de la mente, ya estaba repartido.

El que se convertiría en el economista más reputado de la década de 2020, Sir John Badmilk, dió rápidamente con la solución en su libro Cosmonomics: ¿Para qué limitarnos a un planeta, cuando, a falta de evidencias sobre otros mundos habitados, el Universo entero nos pertenece?

Bien es cierto que diversos tratados internacionales habían limitado hasta entonces la explotación económica del espacio exterior; pero, ojo, eso lo habían firmado los antiguos gobiernos. Las nuevas SoCor, o Corporaciones Soberanas, no dudaron en considerar aquellos papeles una “trasnochada anomalía progre”, como literalmente afirmó Esperanza Aguirre, Primera Dama y CEO de Espetrol, una de las quince SoCor dotadas con armamento nuclear que acabaron constituyendo el cártel BuenrolloXXII.

Repartirse la Luna fue más o menos fácil, en función del volumen de acciones de cada compañía. Sólo hubo un incidente reseñable, y es que una pequeña SoCor hindú se opuso, debido a circunstancias financieras momentáneas que le perjudicaban enormemente en el reparto: pero una discreta detonación de 7 megatones sobre su sede central en Madrás —nadie reconoció oficialmente quién la había lanzado— acabó con sus pretensiones. Sus acciones fueron repartidas equitativamente entre el resto de compañías soberanas, en una muestra inigualable de solidaridad.

Los problemas empezaron de verdad a la hora de quedarse con los derechos de explotación de otros cuerpos del Sistema Solar. Mars SoCor, fabricante de software geoestratégico, aludió que Marte era suyo por razones nominales, lo que provocó cierta indignación en sus colegas. Del mismo modo otras corporaciones soberanas aludieron motivos aún más peregrinos para quedarse con Venus, Mercurio y otros cuerpos menores. De ahí las pequeñas guerrillas que comenzaron a asolar el mundo de los negocios, con multitud de bajas entre empleados-súbditos de unas y otras SoCor, la mayoría debidas al envenenamiento de pozos, el uso de bombas sucias, ántrax y otras tácticas habituales entre grandes empresas.

La solución a este problema la dió otro gran economista, James Motherfucker: crear un mercado de futuros con respecto a la exploración del Cosmos. Así, se venderían los derechos de explotación de los cuerpos celestes en vistas a su futura colonización.

Hubo grandes luchas por Sirio, Alpha Centauri, la estrella de Barnard y otras luminarias cercanas con potencial de negocio. Sorprendentemente, y por primera vez en la Historia, la Astronomía comenzó a recibir fondos de verdad, y las SoCor realmente ambiciosas construyeron gigantescos telescopios orbitales de panal con treinta y hasta cincuenta metros de diámetro. Cada cuerpo nuevo que estos descubrían pasaba a formar parte de los activos de la compañía que había construido el instrumento y el objeto recién hallado se hacía así susceptible de entrar en el floreciente mercado de futuros estelar. La Economía Mundial penetró así en una fase de crecimiento sin precedentes.

Afortunadamente un asteroide de 14 kilómetros de diámetro, que cayó sobre el Océano Índico, acabó con toda esta gilipollez.

Era propiedad de un banco de inversión.

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18 mayo 2009

cosmos

Estoy volviendo a ver, estos días, la serie Cosmos de Carl Sagan.

Recuerdo que vi esta serie por primera vez cuando tenía apenas 8 años. De aquella ya era aficionado a la astronomía y me fascinaba todo lo que había en el cielo. Todavía sigue haciéndolo y, de hecho, suelo estar más enterado de lo que ocurre en el sistema solar que de lo que pasa en este planetita en el que nos ha tocado vivir.

Ahora, con ojos de adulto, soy más consciente de que los contenidos de la serie son más un repaso a las obsesiones personales de Carl Sagan que una mera obra divulgativa. El propio título original de la serie lo dice bien claro, qué narices: Cosmos, A Personal Voyage.

Me doy cuenta también de como las abundantes partes de recreación histórica me parecían aburridas de niño: yo quería galaxias, jolines (de aquella no decía j*d*r). Ahora puede que lo que más me guste de la serie es precisamente su sentido histórico, pasado y futuro.

Quizás lo único que ha envejecido de la serie es el horrible peinado del presentador. Incluso su obsesión por la guerra fría y la posibilidad de una guerra nuclear siguen siendo vigentes, si se cambia “guerra nuclear” por “cambio climático” o por cualquiera de las amenazas que estamos provocando insensatamente en el mundo.

La vigencia de sus afirmaciones, e incluso de sus prediciones, es asombrosa. Y el rigor científico que acompaña a la serie sólo es superado por la capacidad especulativa (racional, se sobreentiende). Como cuando sugiere que si la civilización jónica hubiera sobrevivido, hoy, 2009DC, naves interestelares, con un dodecaedro dibujado en su costado y con nombres en alfabeto griego, estarían en ruta hacia Sirio; pues 10 ó 20 siglos de evolución del pensamiento y la tecnología no habrían sido perdidos en tiempos oscuros de religión opresora y superstición universal. Incluso advierte de que, si seguimos el camino que llevamos, el próximo milenio puede ser infinitamente más oscuro y tenebroso que el periodo entre el final de la era alejandrina y el renacimiento.

Pero hay algo en esta serie que hace que debiera ser obligatoria en todos los colegios de primaria: su defensa de la Ciencia como uno de los bienes supremos (no en vano uno de sus libros se subtitula La Ciencia como una Vela en la Oscuridad) y el sentido de la escala a la hora de arrojar perspectiva sobre quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos.

Y de como la ignorancia, y la estupidez, son los mayores enemigos de la humanidad.

Debo agradecer algo a Sagan: tras ver su serie decidí que algún día sería un científico. Y no es que ahora ejerza como tal, pero si me dió el estímulo para estudiar una disciplina científica compleja y de adquirir una visión amplia de otras. Incluso en cierto momento me sirvió de rampa de lanzamiento para llegar más allá de la restringida objetividad de las disciplinas científicas.

Debo reconocer también que la filosofía de Cosmos quizás no me ayudó a curarme del todo de mi propia mezquindad. Pero lo que no olvido es la gran desilusión que experimenté en mis últimos años de carrera al encontrarme conque, precisamente, la mezquindad era la que gobernaba gran parte del trabajo supuestamente científico en mi uniberxidad, como supongo que lo hará en la mayoría de las demás: mezquindad que me hizo alejarme para siempre del mundo académico. ¡Cuántas grandes cabezas he visto pisoteadas por envidia y cuánto mediocre he visto encumbrado a causa de la endogamia, el servilismo y el chupopterismo!

¡Y cuánta irresponsabilidad! En una ocasión, hace muchos años, pregunté a algunos alumnos de Bioquímica, un poco más jóvenes que yo, si tendrían reparos en aceptar una beca de investigación militar para crear armas biológicas. Y no es que no pusieran reparos: es que se entusiasmaban con la idea de los grandes laboratorios e infinitos medios que podrían tener a su alcance para trabajar.

Ahora pienso que una solución para ellos sería ponerles Cosmos de un tirón, en plan tortura de Alex en La Naranja Mecánica.

Pero la responsabilidad puede que no fuera tanto de ellos (que lo es, pues responsabilidad de cada uno es desarrollar sus propios valores éticos) como de un sistema educativo emperrado en formar técnicos especializados para la gran maquinaria del sistema y no personas con auténtica visión universitaria, que viene de universal, y formación humanística real. Así nos va.

Personalmente, este revisionado de Cosmos me está sirviendo para, de nuevo, coger perspectiva y volver a sentirme como una pequeña particulita en un universo inmenso que a lo mejor ni siquiera es único, sino una posibilidad más. Es una buena manera de encajar los problemas de la vida. Y de alejarme de esto.

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