21 marzo 2010

cachopomán en la sidrería ovetense

archivado en: Asturias Cachopomán

Hete aquí que Cachopomán, mi identidad secreta, así como Cachopoguoman y unos amigos paramos medio de casualidad en esta sidrería/hotel/restaurante Ovetense, situado en el centro de Oviedo.

Aunque no estábamos en misión oficial, jamás olvidamos el compromiso que hemos asumido libremente con la sociedad, y aprovechamos para hacer análisis del cachopo servido en este local.

cachopo ovetense
El artefacto en cuestión cuesta 18 euros. A mí me parece caro, pero es comprensible teniendo en cuenta que nos hayamos próximos a la que quizás es la mayor trampa para turistas de Oviedo, la zona de Gascona, bautizada no ha muchos años como El Bulevar de la Sidra. A evitar.

El cachopo en sí no es muy grande, como se puede apreciar bien por la botella de cocacola de la esquina superior. Pero la carne es muy buena y el jamón de relleno, abundante además, de primera calidad. Ciertamente está muy rico.

Debo decir que cuando nos lo sirvieron la carne estaba prácticamente cruda. Y esto fue debido a dos motivos: al hecho de pedirlo en hora punta, lo que pilló al cocinero agobiado y con prisa (lo que es disculpable) y al grosor de los filetes empleados.

Este es uno de los puntos negativos: el corte de la carne es muy basto y grueso, lo que provoca que por momentos sea hasta difícil de masticar. Hubo un momento, cuando ataqué una esquina, que pillé algo de nervio y a causa de ello se me hizo una bola en la boca dificílisima de tragar. Si el corte hubiera sido más fino esto no habría pasado.

Resumiendo: A favor, la calidad de los ingredientes, especialmente del jamón.

En contra, el tamaño, no muy grande, y el corte, un tanto bruto, hasta el punto de dificultar la ingesta. La escasez y monotonía de la guarnición tampoco colaboran a la hora de darle una buena nota.

No creo que vuelva a pedir más cachopo en este lugar. Pero eso no significa que no sea un lugar excelente para pedir otro tipo de tapas, como lacón.

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24 febrero 2010

schopenhauer

Sería bueno comprar libros si se pudiera comprar a la vez el tiempo para leerlos; pero casi siempre se confunde la compra de los libros con la apropiación de su contenido.

Nuestro mundo civilizado no es más que una mascarada donde se encuentran caballeros, curas, soldados, doctores, abogados, sacerdotes, filósofos; pero no son lo que representan, sino sólo la mascara, bajo la cual, por regla general, se esconden especuladores de dinero.

Toda sociedad exige, necesariamente, un acomodamiento recíproco, un temperamento; así, cuanto más numerosa es, más insípida se hace. No se puede ser verdaderamente uno mismo, sino mientras está uno solo; por consiguiente, quien no ama la soledad, no ama la libertad. Porque no es uno libre sino estando solo.

Nuestras ansiedades, preocupaciones, miedos, vejaciones, etcétera, normalmente sólo tienen que ver con la opinión de alguien sobre nosotros. La manera de quitarse esta locura de encima es percatarse de cuán falsas, perversas, erróneas y absurdas son la inmensa mayoría de las opiniones que existen en la mente de los hombres y lo poco, por tanto, que debemos preocuparnos por ellas.

Siempre me resultó un obstáculo en mi vida, y en todo lo que emprendí, que hasta una edad bastante avanzada no fuera capaz de formarme una idea lo suficientemente clara de la pequeñez y miseria de los hombres.

No existe opinión alguna, por absurda que sea, que los hombres no acepten como propia si llegada la hora de convencerles se arguye que tal opinión es aceptada universalmente. Son como ovejas que siguen al carnero dondequiera que vaya; les es más fácil morir que pensar.

Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar.

Lo que se conoce como opinión universal es la opinión de dos o tres personas; nos convenceríamos de esto si pudiéramos asistir a su génesis. Fueron dos o tres personas quienes primero la afirmaron y benévolamente creyeron haberla examinado a fondo. Otros, que les consideraban suficientemente capacitados, aceptaron en principio esas ideas. Y estos a su vez fueron más creídos por gente indolente que opinaban que era mejor asumirlo en seguida que entretenerse con comprobaciones. Y así creció el número de crédulos, hasta que llegó un momento en el que el consenso se convirtió en deber. A partir de aquí los que están capacitados para juzgar están obligados a callarse.

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17 febrero 2010

voltaire

Hoy voy a hablar de uno de mis autores favoritos: Voltaire.

A mucha gente le suena este nombre de los libros de filosofía e historia del colegio y se imagina que se debe tratar de un ladrillo espantoso. Pues para nada. De hecho, escribe unos libros muy actuales y divertídisimos. Voltaire tenía muy mala uva, y la descargaba en cantidad de libritos satíricos (algunos escritos bajo seudónimo por eso de conservar el pellejo) donde no dejaba títere con cabeza.

Ayer precisamente acabé de leer El Ingenuo. Es la historia de un indio del Canadá que llega a Francia después de un largo viaje, y que debido a su falta de “educación” (sí, entre comillas) es el tío más natural del mundo y dice lo que piensa. Así sucede que le intentan convertir al cristianismo y le dan a leer una biblia. Tanto entusiasmo le despierta el Nuevo Testamento que decide circuncidarse inmediatamente, lo que escandaliza a todos. Lo mismo ocurre cuando, después de confesarse, obliga literalmente al cura a confesársele a él, bajo el mandamiento de “Confesaos los unos a los otros“. Más tarde, en la fecha del bautizo no aparece, dejando a todo el mundo preocupado. No aparece… porque está en el río pasando frío esperando a que lo rocíen. Cuando le explican finalmente que no se hace así, el contesta algo así como “Joder, tanta gaita con el libro de las narices y al final no hacéis nada de lo que dice; hacéis lo que os sale de los cojones“…. en definitiva, que grita a la sociedad de su época (y de la nuestra) la incoherencia y la hipocresía de su comportamiento.

Otro librito delicioso, y uno de los más famosos es Cándido. En él critica, más bien destroza, la filosofía de Leibnitz, quien aseguraba que “al ser este mundo creado por Dios, no tiene más remedio que ser el mejor de los mundos posibles“. Así enseña el maestro Pangloss, experto en Cosmogonigología (!), al pobre Cándido que vive feliz en su castillo… hasta que lo invaden, lo queman, matan al padre, violan a la madre y la hermana, a él le dan por culo, después hostias, huye en barco, naufraga, llega a Lisboa, hay un terremoto… y Cándido no deja de repetirse “¡Es el mejor de los mundos posibles! ¡Es el mejor de los mundos posibles!“.

También es una pasada Macromegas y Micromegas, sobre lo grande y lo pequeño. Macromegas, habitante de Saturno de 30km de altura, llega a la tierra y coge a una ballena en la puntita de su uña. Al ver a un ser tan increíblemente diminuto se pregunta “¿Tendrá conciencia? ¿Pensará?“…

Y uno de mis favoritos es Zadig, que transcurre en la antigua Babilonia. Zadig es un tío honrado y cabal, preocupado por hacer (y que se hagan) las cosas bien. De hecho, atrae la admiración de todos los gobernantes que se encuentra, quienes lo quieren tener a su lado. Y hace las cosas tan bien tan bien tan bien, que no sufre más que traiciones, envidias, malos rollos y puteos, cuando no se lo intentan cargar directamente.

Otra pasada de libro es La Princesa de Babilonia, quien busca desesperadamente a su amado por todo el mundo… ocasión que Voltaire aprovecha para hacer un repaso, escupiendo veneno, de la gente de los países que recorre la susodicha.

Pero lo mejor de Voltaire es que, en todos estos libritos, entre las risas y el cachondeo, esconde unas verdades como puños y unos pensamientos profundos. E introducidos de manera tan contundente que muchas veces dejas de leer un buen rato mientras le das vueltas al puñetazo mental que acabas de leer. Y como ejemplo, un fragmento de Zadig.

Antes de seguir leyendo, hay que ponerse en antecedentes: Zadig vivía en Babilonia, y era un hombre recto, honesto, preocupado por hacer las cosas bien… con lo que no hacía más que ganarse traiciones y enemigos por todas partes. En este punto del relato, Zadig está de vuelta de todo y se dedica a viajar de incógnito… pero repentinamente conoce a un ermitaño que destila sabiduría en sus palabras. Éste le pide a Zadig que le acompañe durante unos días y que no se separe de él, pase lo que pase. Y esto es lo que pasa:

Los dos viajeros llegaron al atardecer a un castillo soberbio. El ermitaño pidió hospitalidad para él y para el joven que lo acompañaba. El portero, al que se hubiera tomado por un gran señor, los introdujo con una especie de bondad despectiva. Los admitieron a su mesa en el último puesto, sin que el señor del castillo los honrara con una mirada, pero fueron servidos como los demás con delicadeza y profusión. A la mañana siguiente, tras dormir en un bello aposento, un criado les entregó a cada uno una moneda de oro. Zadig comprobó que el bolsillo del ermitaño estaba abultado, y se dió cuenta que había robado una jofaina de oro. Quedó muy sorprendido, pero no dijo nada.

Hacia el mediodía, el ermitaño se presentó a la puerta de una casa muy pequeña donde vivía un rico avaro; allí pidió hospitalidad por unas horas. Un criado malvestido les hizo pasar a la cuadra y les ofreció algunas aceitunas podridas, pan malo y cerveza pasada. El ermitaño comió y bebió igual que contento que la semana pasada. Después dió al criado mal encarado que los vigilaba las dos monedas de oro y le pidió hablar con su amo. “Magnífico señor, dignaos aceptar esta jofaina de oro en agradecimiento”. El avaro a punto estuvo de caerse de espaldas, pero el ermitaño no le dejó tiempo de volver de su asombro; salió apresuradamente con su joven viajero.

Zadig, extrañadísimo, le dice “¿Qué es lo que veo? Robáis una jofaina a quien os recibe magníficamente y se la dais a un avaro que os trata indignamente”. El anciano responde “Hijo, el hombre espléndido que sólo recibe a los extranjeros por vanidad y para que admiren sus riquezas, se hará más prudente. El avaro aprenderá a ejercer la hospitalidad. No os extrañéis por nada y seguidme”.

Llegaron al anochecer a una casa sencilla, donde nada denotaba prodigalidad ni avaricia. El dueño era un filósofo retirado del mundo, que cultivaba en paz sabiduría y virtud. Y no se aburría. Él mismo recibió a los viajeros con nobleza que nada tenía de ostentación. Primero les hizo descansar y luego él mismo les llevó comida, mientras hablaba de las últimas revoluciones de Babilonia, “…pero los hombres no merecen tener un rey como Zadig”. Éste, que viajaba de incógnito, enrojeció y sintió redoblar su dolor. Todos convinieron en que el mundo no estaba a gusto de los más sabios, y el ermitaño añadió que no se conocían los caminos de la providencia, y que los hombres hacían mal juzgar un todo del que sólo conocían una pequeñísima parte.

Tras la conversación, el hombre volvió a acompañarlos a sus aposentos y agradeció al cielo su visita. Incluso les ofreció algo de dinero, que el ermitaño rehusó. Al día siguiente, tras despertar, el ermitaño dijo: “hay que partir mientras están todos durmiendo: quiero dejarle a este hombre un testimonio de mi estima y afecto”. Diciendo estas palabras, pegó fuego a la casa con una tea. Zadig, asustado, intentó impedirlo, pero el ermitaño le arrastraba con una fuerza superior. La casa estaba en llamas y el ermitaño, que ya estaba lejos decía “A Dios gracias, ya está la casa de este hombre destruida de arriba a abajo”. Zadig sintió deseos de pegarle e insultarle, pero se contuvo.

La última noche la pasaron en casa de una viuda virtuosa y su encantador sobrino de catorce años, su única esperanza. Al día siguiente, mandó a éste acompañar a los viajeros hasta un puente que, habiéndose roto hacía poco, era peligroso. Ya en el puente, el ermitaño le dijo al chico: “Venid, tengo que mostrar mi agradecimiento a vuestra tía”. Y cogiéndole del pelo lo tiró al río, donde la corriente lo tragó.

Zadig no pudo más: “¡Monstruo! ¡El más canalla de todos los hombres!”.

Interrumpió el ermitaño: “Me habías prometido más paciencia. Sabed que bajo las ruinas de aquella casa que incendié yacía un inmenso tesoro, y que este niño que acabo de ahogar hubiera matado a su tía dentro de un año y a vos dentro de dos”. Y Zadig respondió “Quien os lo ha dicho, bárbaro”.

Y en ese momento el ermitaño dejo caer su capa y relució. Cuatro alas surgieron. Era un ángel.

“Los hombres todo lo juzgan: tú eras entre todos los hombres el que más merecía ser ilustrado. No hay mal del que no nazca un bien. Si no hubiera más que bien y no hubiera mal, esta tierra sería otra tierra, el encadenamiento de los acontecimientos sería otro orden de sabiduría. El Ser Supremo ha creado millones de mundos de los cuales ninguno es igual a otro. Todo lo que ves en el pequeño átomo en el que has nacido debía estar en su lugar y en su tiempo, según las leyes inmutables del que todo lo abarca. No hay azar, todo es orden y previsión.”

Y el ángel Jesrad, elevándose hacia lo alto, le dijo: “Dirígete a Babilonia”.

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4 febrero 2010

quesuá crême aux fines herbes

archivado en: Recetas

Esta vez vamos a dejar a nuestros invitados patidifusos con la rica delicatessen que hemos adquirido a precio de oro en nuestro último viaje a Basilea, Suiza. Pues eso es lo que vamos contar… la realidad es otra.

INGREDIENTES

Para llenar un tazón…

  • 1 tarrina de queso philadelphia o similar
  • Aceite de oliva virgen
  • Orégano

PROCEDIMIENTO

La preparación es sencilla como el mecanismo de un chupete: Metemos el queso en la taza, le echamos un chorrito de aceite y una cucharadita de orégano. Revolvemos a base de bien con un tenedor y ya está.

Una vez hecha, sólo nos hace falta algo sobre lo que untarlo, en plan panecillos o biscottes.

Es importante que el aspecto final de la sensación de tener muchas hierbitas por ahí metidas para una adecuada presentación, así que no te cortes con el orégano. Pa chuparse los dedos. Gracias, Marite.

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1 febrero 2010

tartaleta de chorizo a la confitura de naranja ácida

archivado en: Inventos Recetas


Tiembla, Ferrán Adriá. Esta receta integra tu sentido de la experimentación con la contundencia de una invasión vikinga.

Está diseñada a partir de conceptos de ingeniería de sonido: del mismo modo que una mezcla de audio sonará límpida siempre que cada instrumento tenga su propio rango de frecuencias en cada canal, en este caso integro sabores que, aunque parezca increíble, no se estorban entre sí.

Si además, y vuelvo al sonido, consigo que los instrumentos rellenen todo el espacio de frecuencias disponible, obtendré un tema denso y redondo. Aquí también ocurre lo mismo, pero a nivel culinario.

INGREDIENTES

  • pasta quebrada salada
  • hojas de parra en salazón
  • chorizo de pueblo picante
  • confitura de naranja ácida

PROCEDIMIENTO

Preparamos la pasta quebrada salada como se indica en este enlace y le damos forma de tartaleta sobre una bandeja de teflón o silicona para no se pegue. En caso de no disponer de material antiadherente, esparceremos unas gotas de aceite sobre la bandeja para evitar que se pegue.

Una vez dada forma a la tartaleta, la cubriremos con hojas de parra, sin pasarse, ya que su sabor puede ser demasiado fuerte. A continuación cortaremos el chorizo picante en rodajas muy finas y formaremos con él dos o tres capas sobre la pasta.

Por último, verteremos encima la confitura, cuanto más espesa mejor, hasta que tape todo el chorizo.

Introducimos todo en el horno, a no demasiada temperatura, hasta que la pasta se haga del todo, el chorizo suelte la grasilla y la confitura penetre en todos los huecos. Si esta se dora o requema ligeramente, mejor que mejor.

Respecto al éxito de esta receta, comentaré la siguiente anécdota: la primera vez que la preparé la lleve a una reunión de una docena de personas. Obviamente fuí objeto de toda clase de chanza y recochineo, que asumí con paciencia. Ah, el precio de ir siempre por delante, a un metro del abismo.

Pero 10 minutos después de posar la tartaleta sobre la mesa no quedaban ni las migas. Porque está realmente buena.

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archivado en: Inventos Recetas

31 enero 2010

quesada sin queso

archivado en: Ironía Recetas

Como se puede comprobar por las fotos, hasta un chimpancé bien entrenado podría hacerlo.


El artefacto en cuestión antes y después de pasar por el horno.


He elegido esta foto con el invento ya empezado para que se aprecie la peculiar textura y compactación del interior. Delicioso. Ñam.

Así que comida típica de Urano… pues sí: esta receta es fantasticamente contradictoria ya que es una estupenda quesada que no lleva queso ni por asomo. Por eso pongo el tag de ironía; no significa que no se pueda comer.

Me la enseñó mi pacientísima amiga Isabel, Cocinera Mayor del Reino y una de las personas más creativas con un fogón que conozco.

Este postre tiene la ventaja de ser facilísimo y rápido de hacer y es ideal para cualquier apuro en el que tengas-que-llevar-un-detalle-a-una-reunión. Más que nada porque la gente no va a hablar de otra cosa excepto de lo rico que está este invento.

INGREDIENTES

Para un regimiento…

  • 4 huevos
  • 3 vasos pequeños de azúcar
  • 3 vasos pequeños de leche
  • 2 vasos pequeños de harina
  • 1 vaso pequeño de nata
  • un poco de mantequilla

Si no tienes nata echa algo más de mantequilla.

PROCEDIMIENTO

Le quitamos la cáscara (importante) a los huevos y los mezclamos con el azúcar, la mantequilla y la nata. A continuación añadimos la leche así, sin avisar, y después la harina. Batimos todo a base de bien con la batidora hasta que nos quede un líquido de aspecto desagradable.

Lo vertemos en un recipiente adecuado y lo metemos en el horno. Éste ha de estar bastante caliente cuando lo introduzcamos (250º) y cosa de 10 minutos después bajaremos la temperatura hasta 200º. Cuidado que la pasta es un poco malandrina e hincha como un suflé.

Cuando esté el conjunto bastante doradito lo sacaremos del horno. Este es el paso más peligroso, puesto que la pasta en contacto con el aire comenzará a encoger hasta alcanzar una densidad cercana a la del uranio. Conozco un caso de un cocinero (que además estaba avisado) que superó la masa crítica (unos 12kg, según Khubchand*) de quesada y esta implotó al salir del horno, llevándose consigo al cocinero, un transistor a pilas y parte del fregadero. Suponemos que a otra dimensión desconocida donde nuestro insensato amigo feneció de modo miserable.

Una vez compactado, llamamos a la grúa y le pedimos que nos lo ponga en un plato, bocarriba o bocabajo, como quieras. Si le quieres espolvorear azúcar (como en las fotos) o poner otras milongas, allá tú.

Este plato no se corrompe en 10 días.

* Khubchand S, Yang WL, Addona T, Nair DG Theoretical Critical Mass Limit for the Pasiegan Cheeseless Cheese Cake Int J Cheese. 2002 Jan 20;103(3):360-9

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archivado en: Ironía Recetas

29 enero 2010

SAE + tortellini ganímedes

archivado en: Inventos Recetas

¿Conoces esa salsilla roja que hay en todos los restaurantes chinos? Pues ese era mi objetivo… pero me pasé de largo. No veas la de ingredientes que gasté hasta que obtuve el secreto de la SAE (Salsa Agridulce Experimental): la senda del investigador es dura. Pero asumí el sacrificio y al final superé mis propias expectativas.

INGREDIENTES

  • 3 ó 4 naranjas de zumo (buenas, no de oferta)

  • vinagre blanco
  • azúcar
  • 2 ó 3 cucharadas de maicena o similar

PROCEDIMIENTO

Exprimimos las naranjas y echamos el zumo en un cazo pequeño, como los de calentar la leche. Pero aún no lo ponemos al fuego.

A continuación echamos el vinagre, más o menos la mitad de cantidad que el zumo que hayamos obtenido, en el mismo cazo. Pero aún no lo ponemos al fuego.

Si no tienes maicena o similar puedes intentarlo con harina normal. Pero en este caso lo más probable es que consigas un engrudo asqueroso como el que se tuvieron que comer mis amigos en cierta ocasión por no querer ir a la tienda a por maicena. Aun así, como estará de rico que uno de ellos me dijo “prefiero comer esto a cualquier otra cosa mal hecha“.

Ahora viene una parte delicada: echamos una cucharada de maizena y la diluímos lo mejor que podamos en la mezcla anterior cuando aún está fría, evitando que se formen grumos. Echamos tantas cucharadas como podamos, aunque normalmente con dos ó tres bastan. Obtendremos un líquido desagradable de color crema.

Ahora ponemos la mezcla al fuego sujetando una cuchara de madera con nuestra mano buena y el mango del cazo con la mano mala. Debemos revolver la mezcla con amor y cuidado durante unos cuantos minutos y sin parar… y simultáneamente echar azúcar de cuando en cuando, probando la mezcla hasta que el sabor ácido y dulce nos parezca equilibrado. Ojo que como pares de remover más de 5 segundos se te va a pegar/quemar la mezcla.

Cuando el mejunje quede espesote e, importante, translúcido, es que está en su punto. Retirar del fuego y almacenarlo en un bote (mejor en la nevera cuando enfríe) o servir inmediatamente como acompañante de nuestras otras recetas raras.

TORTELLINI GANÍMEDES

He aquí mi principal aplicación de la Salsa Agridulce Experimental.

INGREDIENTES

  • 1 paquete de tortellini

  • lomo de cerdo (adobado o no)
  • pimentón dulce
  • 1 bol de Salsa Agridulce Experimental (ya hecha)

PROCEDIMIENTO

Cocemos los tortellini de la manera habitual en la que se cuecen, echando un poquito de sal y todo eso. Mientras hierven, cortamos el lomo en tiras. Cuando los tortellini estén a unos minutos de estar en su punto, sofreímos las tirillas en una sartén con un poco de aceite con pimentón. Y aprovechamos para calentar la SAE en otra olla (cuidadín que no se pegue) o en el microondas.

Cuando estén bien torraditas las tiras de lomo, les echamos encima la SAE hasta que los cubra por completo. Aquí, si queremos, podemos dejar que la salsa se torre un poco dejándola unos instantes en la sartén.

Una vez listos los tortellini, los escurrimos bien y le echamos la salsa lómica empimentada que nos hemos currao. Revolvemos y servir.

La orgía de sabores dulce, picante y ácido del conjunto son sorprendentes: puedo asegurar que esta es mi única receta que, cuando me ha salido bien, ha gustado A TODO EL MUNDO.

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