20 febrero 2012
AVISO LEGAL
Este documento está basado en hechos reales y tiene la intención de demostrar que si Kafka hubiera vivido en España, habría sido considerado un escritor costumbrista. Algunos datos y personajes han sidos modificados para evitar posibles conflictos, pero todo lo relatado aquí es cierto. Completamente cierto. Todo.
INTRODUCCIÓN
Tengo una relación especial con mi peluquero. Casi espiritual, se podría decir. Al contrario que otros clientes que se encargan de discutir con su estilista decisiones trascendentales que han de tomar (como quién ha de ganar las elecciones o qué equipo la liga de fútbol), mi peluquero y yo compartimos un ritual que respetamos escrupulosamente:
Tras un saludo formal, me siento y poso mis gafas al lado del lavabo. Él me coloca una funda sobre la ropa y una cinta adhesiva alrededor del cuello con infinita delicadeza. Aunque la ajusta a la perfección, él siempre pregunta:
—¿Aprieta? —a lo que yo respondo:
—No.
A partir de este punto, los dos en perfecto y respetuoso silencio, meditamos: él sobre cada mechón y pelo que sobresale, yo sobre cada pequeña sensación. Él sabe cómo ha de cortar y yo siempre salgo satisfecho de su labor… hasta ese día.
DÍA 0
—Tienes una calvita aquí —me dice sorprendido, al poco de empezar a cortar.
—¿Dónde? —pregunto sorprendido.
—Aquí.
Me señala a través del espejo y, en efecto, justo en el medio de la cabeza, a unos tres centímetros sobre la línea del flequillo, tengo una calvita del tamaño de un duro con un pequeño y perfecto bultito hemisférico del tamaño de una lenteja grande.
—Es una calva habriaguladumbálica —me explica… bueno, usa un término técnico, pero yo entiendo algo así.
—Debe ser un quiste.
—Sí, seguramente una raíz infectada.
Y sigue cortando pelo. Una vez más, me lo deja perfecto, a excepción de la pequeña calvita que reluce como una joya sobre mi frente.
Tras salir de la peluquería voy a mi casa y me miro el bultito, ahora perfectamente visible, en el espejo del ascensor. Me sorprende la perfecta simetría de la imperfección, tanto por su forma como por su posición, y no me desagrada del todo. Pienso por un momento que debe ser una reacción debida a algún pequeño chakra de la cabeza que no anda muy fino. Al llegar a casa llamo al ambulatorio y pido hora con el médico que me asignó la SS, con el que estoy muy satisfecho.
DÍA 1
Tras un retraso de sólo cuarenta minutos entro en la consulta. En vez de mi médico hay una chica joven, bastante guapa.
—¿Dónde esta X? —pregunto.
—Está enfermo, yo le estoy sustituyendo. ¿Qué querías?
Le enseño el bultito y ella lo examina, observándolo y palpándolo cuidadosamente. Está bastante duro.
—Es un quiste —contesta al cabo de un rato.
—Ya.
—Te voy a recetar una pomada estupenda que se llama Bitrobán —no es su verdadero nombre—. Aplícala antes de dormir para que haga efecto durante la noche.
—De acuerdo.
Solucionado. La guapa doctora me extiende la receta y marcho de allí con una sonrisa de oreja a oreja.
DÍA 2
Nada más despertar compruebo con el dedo el estado del quiste tras aplicar el susodicho medicamento. Noto una especie de tumefacción blandorra. El bultito duro de ayer se ha convertido en una especie de pellejo maleable. Supongo que será normal.
DÍA 3
La noche anterior volví a aplicar la sustancia. Al levantarme me examino el quiste enfrente del espejo, y al apretar ligeramente un chorrito de pus golpea el espejo. Estupendo. Pero sigo notando una especie de bolita bajo la piel. Aprieto ligeramente pero no se mueve. Es recalcitrante, el jodío.
DÍA 4
Otra vez en el ambulatorio. Noto un hilillo de líquido que me baja por la frente. Entre ayer y hoy ya llevo gastados un par de paquetes de pañuelos: los restos oscilan entre el amarillo cremoso y el rojo coagulado.
Tras una hora de espera entro en la consulta. Otra chica distinta.
—Hola buenas, estuve aquí hace tres días y bla, bla, me recetó bla, bla, me reventó, blá, blá.
—Sí, claro —me explica amablemente—. Con el Bitrobán se ablandan los tejidos y así el quiste se puede expulsar con facilidad. Sigue usándolo.
—Bueno, esperemos que funcione —digo sin mucha confianza.
DÍA 6
—¡Esto no vale para nada!
Le enseño el espectáculo horroroso en el que se ha convertido la calvita: una especie de llaga blandorra y supurante con un bultito en medio que no se mueve ni para la de tres. Estoy de visible mala uva.
—Mire, le voy a dar un volante para la sección de dermatología del ambulatorio central y que se lo miren allí —la chica se lava las manos simbólicamente usando un bolígrafo y un complejo formulario.
DÍA 28
Tenía hora para las nueve de la mañana y ya son las diez y media. La sangre coagulada me tiñe las raíces de los pelos de la zona del quiste. Ya está de nuevo un poquito más duro, pero su forma perfecta ha pasado a la historia. Ahora es un poquito amorfo y tiene algo de cicatriz. El bultito sigue ahí y se sonríe cual gato de Cheshire. Me entretengo contando baldosas y compruebo que el suelo está combado del uso o por la mala construcción. Más bien por lo segundo. Se oye mi nombre por el altavoz:
—FFlanno dei Ttll, dctorr Mnganno.
Entro a una amplia sala y allí hay un médico de unos cincuenta años, pelo blanco, cara de médico, que se está riendo con otros dos hablando de sabe Dios qué. No tiene ninguna prisa, desde luego. Me siento.
Tras unas últimas risas el hombre parece percatarse de mi presencia, enciende un cigarrillo y se acerca a mí.
—Vamos a ver ¿Qué le trae por aquí?
—Bla bla quiste bla bla Bitrobán bla bla dos viajes bla bla mierda.
Con el cigarrillo en la mano y los dedos amarillos de nicotina inspecciona la zona afectada. Aprieta como un animal.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Coño!
Insiste apretando. Unas veces en dirección norte-sur, otras este-oeste.
—¡Ay! ¡Qué me haces daño!
—Nada, no hay manera. Mire, lo mejor es que se acerque a área de dermatología del Hospital Central y que le sajen.
—¿Y no lo puede hacer usted? —pregunto mientras aún me resbala un lagrimón por la mejilla.
—Es que aquí más bien… —y me suelta un rollo sobre funciones y presupuestos y no sé qué más. Me da instrucciones para que baje a la oficina y haga reserva en el sitio de las narices.
—Y por cierto… —me dice frunciendo las cejas.
—¿¡Qué!? ¿¡Qué!?
—No le va a volver a crecer el pelo en esa zona, porque se ve que ha estado infectada y eso a matado los bulbos pilosos de alrededor.
La calvita, entre el tiempo y los habilidosos tratamientos ya es como una moneda de cinco duros, así que la noticia me alegra mucho, como ustedes se pueden imaginar. Me despido y bajo a pedir la reserva. Casi cuarenta minutos de cola después me dan hora para dentro de mes y medio. Estupendo.
DÍA 29
En medio del sueño corro entre campos de algodón. Levanto la mirada al cielo teñido de rojos y violetas y alguien me clava una chincheta en la cabeza.
—¡Ouch!
No es ninguna chincheta. Es que me he golpeado sin querer contra el frontal de la cama, justo en medio de la zona catastrófica en la que se ha convertido el puto quiste. Lo tengo inflamado y duele. Para encima son las siete de la mañana y no tengo que levantarme hasta una hora después. Pierdo el sueño. Joder, cómo duele.
DÍAS 30—58
—¡Ouch!
DÍA 59
Mi ex-calvita está llena de pelos de un centímetro de largo. En efecto, señor doctor: tenía usted razón.
DÍAS 60—81
—¡Ouch!
DÍA 82
Área de dermatología del Hospital Central. No sé ni cómo he llegado hasta aquí. He tenido que preguntar a casi diez personas en este laberinto. Media hora esperando en una sala vacía. De repente aparece un médico de gafas con cara de agobio preguntando por mí. Allí mismo echa un vistazo al desastre.
—Huy huy, esto está muy feo. No puedo hacer nada.
—¿Cómo que no?
—No, está muy mal… se ve que el nódulo del quiste está roto. Ha apretado usted muy fuerte.
—Verá bla bla Bitrobán bla bla ambulatorio bla bla y tenía un cigarrillo bla bla el tío apretó bla bla qué le voy a hacer.
—Mire, le voy a dar un volante para Cirugía Plástica y allí le atenderán.
Después de un rato de papeleo me da cita para dentro de otro mes.
DÍA 91
Esto va de mal en peor. Ahora está visiblemente infectado y no sólo duele, sino que además supura pus y mierda en los lugares más inoportunos. Mi amiga Renata, con la que estoy tomando el café, trata de convencerme mientras gasto otro pañuelo de papel.
—Usa arcilla, que absorbe los agentes inflamatorios y ayuda a que cicatrice.
—No sé, no sé… —no me acaba de convencer—. Estoy esperando a que me operen de una puta vez.
Tras más conversación me dice:
—A mí lo que más me fastidia es que encima de que el Insalud funciona fatal, no puedas elegir terapia —sigue razonando—. Si yo quiero ir a un acupuntor o a un homeópata tengo que pagarlo. ¿Por qué no lo paga la Seguridad Social?
—Quizás porque hace cien años no se lavaban las manos y ahora están endiosados.
Nos reímos.
DÍA 95
—¡Toma!
Renata me da un envase del tamaño de un paquete de maizena.
—¿Qué es esto?
—Arcilla.
DÍA 98
Pues sí que funciona la maldita arcilla. Me ha bajado la hinchazón y no duele tanto. Eso sí, mi almohada está hecha un asquito.
DÍA 116
Me acerco hasta el área de Cirugía Plástica tras dar muchas vueltas por el laberinto. Me encuentro a una enfermera y le enseño el volante.
—No, no tienes que venir aquí. Tienes que ir a otro edificio a pedir reserva.
—Perdone un momento… —no sé qué mirada pongo que la enfermera se echa un poco para atrás—. ¿Me está diciendo que me han dado hora para… darme hora?
—Humm… Sí —y se encoge de hombros.
Bajo hasta el edificio en cuestión. Pregunto a un guardia de seguridad y me dice que tengo que subir a la tercera planta. Está toooodo lleno de gente, desde familias enteras de gitanos a señoras empioladas pasando por jubilados y algunos niños que revuelven. Subo a duras penas por una escalera abarrotada y me encuentro una cola que recorre toooodo el pasillo.
—¿Es usted la última? —pregunto a una señora con pinta de maja.
—No, ¡qué va! —me señala la escalera—. La cola sigue por ahí.
Voy siguiendo en sentido inverso la ruta que hice hasta bajar a la primera planta, donde acaba la cola. Me pongo en ella.
Pasa una hora. Pasa una hora.
Por fín llego a una mesa que está al final de un pasillo donde una mujer con cara de pocos amigos aporrea un ordenador de sílex. Vamos, que es algo antiguo. Tras enseñarle el volante me da cita para dentro de dos meses.
DÍA 170
La notita que tengo al lado de la puerta me informa alegremente de que hoy es el día señalado en el que por fín se va a acabar mi pesadilla. Me van a quitar el puto quiste y voy a ser el hombre más feliz sobre la Tierra.
Subo dando saltitos hasta Cirugía Plástica y allí pregunto de nuevo. Me dicen que espere frente a la puerta de un despacho. Pasan diez minutos, quince minutos y finalmente salen una madre y su hija. Entro. Dos doctoras están dentro, una sentada y otra mirando unos archivos.
—Hola, vengo a que me quiten este horror que tengo en la cabeza.
—Si yo te conozco —me contesta la mujer que está sentada—. Tú eres Fulano de Tal. Te conozco porque cuando eras pequeño bla bla anécdota retorcidísima bla bla y además mi marido bla bla y nunca olvido una cara.
—Pues sí, soy yo —la cara de panoli que se me queda ante la prodigiosa capacidad fisionomista/mnemónica de la mujer es imposible de disimular.
—Y quieres que te quitemos ese quiste ¿eh?… Vamos a ver. Normalmente hay unos seis meses de lista de espera.
Se me cae el morro al suelo.
—…Pero me parece que hay una ausencia aproximadamente dentro de —teclea algo en el ordenador— unos veinte días, tal fecha.
Están a punto de caerme las lágrimas de la emoción. La jefa del área (pues esa era la señora) me conoce y he obtenido, sin comerlo ni beberlo, un enchufe tamaño estándar americano, de estos que necesitan adaptador para acoplarlo a la clavija del calefactor. En mi imaginación veo como le brotan un par de alas a mi ángel salvador y un rayo de sol penetra por la ventana impregnándolo de un aura salvífica. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Me apetece darle un beso.
—¡Gracias! ¡Gracias!
Me indica la fecha y parto feliz hacia la espera.
DÍA 191
Bien: la operación es hacia las nueve de la mañana. Obviamente, tendré que esperar un par de horas mínimo hasta que den el aviso. En la planta baja del hospital me pillo un buen sitio, luminoso y discreto, y adquiero un conocido periódico nacional así como un chocolate de máquina para entretener la espera. Me acomodo, abro el periódico y acerco el vaso a los labios.
—Ffuleanno de Ttaall, pplaenntta quiintta, quierófffano unno —anuncia la megafonía.
Subo las escaleras tomándome el chocolate a sorbos rápidos con el periódico bajo el brazo. Llego a la puerta del quirófano y llamo. Me abre una señora mayor vestida como con una especie de papel verde.
—¿Es usted Fulano de Tal?
—Sí —respondo.
—Desnúdese y póngase esto y esto —entregándome unos calzos de plástico para los pies y un batín del mismo verde horrible.
Detrás de otra puerta se distingue la sala de operaciones. Poso el periódico y el vaso vacío en un mesa minúscula. Me desvisto hasta quedarme en calzoncillos y me pongo los adminículos en cuestión. Tengo una aspecto de lo más ridículo, que rima con adminículo.
Nada más atravesar la puerta aparece un coro de chicas extremadamente voluntariosas con la cara cubierta con esa cosa que se ponen los cirujanos para no echar microbios por la boca y que no sé cómo se llama. Tienen un tufo a estudiantes que tira para atrás, literalmente. Trago saliva. En esto una de ellas se me acerca y me encasqueta una boina de plástico verde con elástico.
—¡Listo! —se dicen entre sí.
Yo estoy oscilando entre la perplejidad y la ira absoluta. En esto entra la cirujana, vestida de la misma guisa que las chicas. Tiene unos ojos pre-cio-sos.
—Túmbate.
Me tumbo.
—¿Dónde tienes el quiste?
Señalo el lugar, posando el dedo directamente sobre el plástico y mirando con una expresión de “Podíais haber preguntado antes de ponerme ESTO”.
Me quitan el gorro y colocan una luz potentísima enfrente de mí. El mundo se compone de blanco cegador y de dos ojos pre-cio-sos que me inspeccionan.
—Esto no se puede operar.
Me cago en ****.
—Y —en un susurro le digo— me puede explicar por-fa-vor porque no se puede operar cuando bla bla ambulatorio bla bla el tío del cigarrillo bla bla dermatología bla bla esto es cirugía plástica que reconstruyen gente cojones bla bla que problema tiene esto.
—Es que está como muy aplanado y cicatrizado y no es nada fácil de operar. Tienes que esperar —la tía me habla de tú— a que se hinche y entonces vuelves y, sin esperas ni nada, te lo quitamos.
—Bueno, anda. Resignación. Qué le vamos a hacer.
Me levanté, me vestí y me fuí. Como Julio César. Parecido. Él no se olvidó el periódico.
DÍA 243
—¡Ouch!
Huy cómo me duele esta mañana. Parece que está infectado otra vez. Durante todo este tiempo no ha dejado de supurar una especie de grasilla asquerosa que se extiende como si fuera sicote (Sicote, s.m, cochambre del cuerpo humano, especialmente de los pies, mezclado con el sudor, Real Diccionario de la Academia de la Lengua). Claramente esto va a ir a más. Teniendo en cuenta que esta gente va a tardar un par de días como mínimo en operarme, decido acercarme al hospital.
El hospital. De nuevo me encuentro al ángel salvador. Quizás la única persona que me ha ayudado genuinamente en toda esta pesadilla.
—¡Hola! —sonrisa de oreja a oreja—. Vengo a que me operen.
—¿Pero no te habían operado ya?.
—No. Es que resulta que la cirujana me dijo que tenía que esperar a que se hinchara para poder quitarlo bien, y que me haríais la intervención inmediatamente con sólo pedirlo.
En esto entran dos médicos con pinta de reputación. Mi ángel les comenta el caso. Me inspeccionan por encima y uno de ellos dice:
—¡Pero cómo te van a operar esto! ¡Si está infectado!
Cierro los ojos. Contengo la respiración.
—¡Miren! ¿Saben que les digo? ¡Qué voy a dejar que la Madre Naturaleza me cure porque bla bla ambulatorio bla bla dermatología bla bla mierda ya bla bla hasta los cojones! —y no les suelto lo de lavarse las manos porque aún tengo un resquicio de control.
—¡Qué no. hombre! —de repente hacen frente común.— ¡No, hombre! ¡Tranquilo! —gritan todos a la vez—.
—¡Que no, coño, que estoy harto, que me voy!
—Cálmese. Mire, espere a que le pase la infección y vuelva por aquí que le operamos sin excusas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, *suspiro*, vale.
—Le voy a dar una receta de una pomada muy buena para que se le cure la infección.
Miro la receta al salir del despacho: Bitrobán. La tiro en una papelera de vuelta a casa. No sé si reir o llorar.
DÍA 261
Parece que me duele menos y que remite la infección. Me acerco al hospital. De nuevo entro en el despacho y allí se encuentra mi ángel. No parece tan contenta de verme esta vez, después del follón que monté en la última visita. Pero aún así es tan amable como siempre.
—Buenas, vengo a lo del famoso quiste.
—Vale, espera que mire un momento en el ordenador.
Pone cara de sorpresa.
—Fulano.
—¿Qué? —me temo lo peor.
—Aquí figuras como ya operado.
En este momento se adueña de mi mente la personalidad número B. Me veo a mi mismo sonriente y desnudo, la cabeza rapada, una ametralladora M60 enganchada con una cadenita al glande del pene y, detrás de mí, el hospital envuelto en una tormenta de fuego. Una vocecita sale de mí interior, desde los talones y dice a través de mis labios, en un susurro incandescente:
—¿Cómo es que no se os muere más gente?
—No te creas: se nos muere mucha.
DÍA 280
Finalmente mi ángel me consiguió cita para hoy. Lo que era un quiste hace casi un año ahora es un mapa lunar.
Oscuros pensamientos se apoderan de mí. Está claro que hoy TAMPOCO va a poder ser, por la posición de los planetas o la humedad ambiental. Mi aura se pone negra y la temperatura baja quince grados a mi alrededor a medida que avanzo por el pasillo del hospital. Las enfermeras echan a correr cuando pasan a mi lado. Llego al quirófano. Espero. Mientras tanto, emito por los ojos rayos azules que descascarillan poco a poco la pintura de la puerta.
Por fín se abre. La señora mayor de la otra vez examina la puerta, alza las cejas y me invita a pasar y desnudarme. Lo hago leeentamente. Entro a la sala de operaciones donde de nuevo un coro de chicas (estudiantes: ¿las mismas? ¿otras?) corretea entusiasmado. Una de ellas me intenta poner el gorrito de los cojones en la cabeza. Obviamente son OTRAS estudiantes. Lo desintegro en llamas con un gesto de la mano. Silencio atronador. Me tumbo en la mesa.
Aparece la chica de los ojos pre-cio-sos y dice:
—¡Allá vamos!
En este momento mis defensas caen. Ilusión momentánea de un Cosmos en armonía. Una estudiante me afeita, otra me pone la anestesia y la cirujana, bisturí eléctrico en mano, se inclina sobre mí.
—Si quieres cualquier cosa sólo tienes que pedirlo, ¿vale? —me dice.
—Una vez pidieron un cruasán —comenta una de las estudiantes.
—¡Ja, ja! —reímos todos.
—Pues sí, podías hacerme un favor —contesto.
—Dime
—Podías decirme lo que haces a medida que operas.
—Oye guapo —suelta la cirujana—. Esto exige concentración y no puedo andar radiando la operación.
Vete a la mierda, hija de puta.
—¿Qué?
—No, nada.
Priss, priss. Olor a cerdo quemado. Priss, priss. La verdad es que con anestesia y todo chincha bastante. Priss, priss. Me ponen los puntos.
—Je je, tenías toda una familia de quistitos ahí dentro.
—Je je, no me sorprende —contesto—, después de tantos tratamientos…
—Je je —tampoco se ríe con demasiadas ganas—. Pues nada, dentro de quince días acércate al ambulatorio para que te quiten los puntos.
Eso te crees tú.
DÍA 281
—¡Ay!
Cada vez que me peino me engancho los puntos y me da una risa, oye…
DÍAS 282—296
—¡Ay!
DÍA 297
—Acércate, querido hermano. Toma, coge las tijeras.
—¿Para qué? —me responde mi ídem.
—Para que me quites los puntos.
—¿Pero eso no te lo harán mejor en el ambulatorio?
—No pienso volver ni atado.
—¡Pero es que yo no sé!
—Tú corta.
Dos minutos después los hilillos negros emprenden un viaje iniciático a través del inodoro. Examino el resultado de la operación y más o menos es el siguiente: Cicatriz amorfa rodeada de un halo de piel blanca y con un agujerito de unos dos milímetros de diametro, más o menos, abajo y a la derecha. Habrá de supurar mierdilla durante muuucho tiempo.
EPÍLOGO
—Coge las maracas —dice mi maestro.
Estoy desnudo hasta la cintura y me acabo de colocar la serpiente por los hombros. Agarro firmemente las maracas de calabaza que me entregan.
—¡Ahora invoca a Xlo!
Comienzo a bailar alrededor del círculo que rodea a mi paciente, tumbado en el suelo. Agito las maracas a la vez que con el pie izquierdo doy pequeños saltitos mientras golpeo con el derecho, levantando polvo. La serpiente me transmite su energía ctónica, que se expresa a través de mi garganta:
—¡Xlo ak-ham! ¡Xlo mik-ham! ¡Xlo ak-ham! ¡Xlo mik-ham!…
La cicatriz de mi cabeza empieza a brillar con un resplandor púrpura. Es su manera de recordarme que gracias a ella he encontrado mi verdadera vocación.
Me siento realizado… ¡Gracias Kiste! ¡Con K de Kafka!
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31 julio 2011
Un día de verano, en una playa, en un neutrón de un átomo de hierro que había dentro de un grano de arena que apenas medía una décima de milímetro, surgió la vida.
No era como nosotros la conocemos, ya que ocurría muy por debajo del reino de los quarks, allá donde las dimensiones fractales se hacen turbulencia grandiosa y donde las reglas de la femtodinámica gobiernan. Consistía, a grandes rasgos, en patrones de espacio plegados sobre sí mismos que, llegados a cierta complejidad, se partían en dos, repartiéndose sus características de manera desigual; sólo la más adecuada de las dos mitades resultantes prevalecía, con lo que algo parecido a la evolución, sin necesidad de mutaciones o sexo, hizo acto de presencia.
Poco tiempo después, seres inteligentes vivían en aquel neutrón. Varios billones se dividían, crecían y hacían la guerra. Y entre ellos había literatos, filósofos, científicos y soñadores, que contemplaban la lenta evolución, en su equivalente al cielo, de las órbitas de los neutrones y protones en el núcleo de aquel átomo de hierro. De vez en cuando pasaba un fotón, que parecía surgir de ninguna parte, y los habitantes de ese mundo contemplaban maravillados su cansino paso por lo alto, aunque siempre había algún supersticioso que lo consideraba mal augurio.
Descubrieron que había otros átomos, situados a enorme distancia, y también, asombrados, la —casi, pero no lo sabían— perfecta regularidad cristalina de los átomos que formaban aquel grano de arena. Especularon con la existencia de seres parecidos a ellos en los neutrones de esos otros lejanos átomos, y concentraron todo su esfuerzo y recursos en superar las enormes distancias entre ellos. Grandes historias épicas de fracaso y triunfo, de exploración y conquista de esos nuevos mundos fueron escritas en esa época, en la que también cesaron las guerras y conflictos que habían asolado su neutrón natal; y aunque los viajes cubrían enormes distancias y se hacían increíblemente costosísimos, incómodos y lentos, la recompensa de poder habitar en nuevos mundos compensaba todo el sacrificio.
De vez en cuando se topaban pequeñas imperfecciones en la estructura cristalina del grano de arena, lo que al principio fue causa de polémicas relativas a la creencia en el orden perfecto de los mundos; pero una vez asumidas no tardaron en recibir nombres, y usarlas como referencia para sus viajes.
Y así llegaron un día al borde del grano de arena, que ellos creían era todo el universo. Establecieron sus medidas, que era de casi un millón de átomos en cada dimensión, y crearon un Gran Mapa del Cosmos que se convirtió en el orgullo de la especie, el legado del esfuerzo combinado de muchas generaciones.
Despues, con sus cada vez más precisos aparatos de observación, descubrieron que a su alrededor había otros universos, desgraciadamente inaccesibles. Así estos seres también pusieron nombre a cada uno de los granos de arena que había alrededor del suyo, y especularon con su número total, que algunos aventuraban que podía ser superior al centenar. También soñaron con los misterios que podrían esconder y con los posibles métodos para viajar hacia ellos algún día, en el futuro.
Mientras, su evolución como individuos y como sociedad no se detuvo en ningún momento. Al contrario. Repartidas por la totalidad del cristal, algunas colonias, de casi el trillón de ellas existentes, adquirieron una mente comunal y, por tanto, una nueva percepción del mundo, más completa, menos limitada, menos circunstancial.
Así, estas nuevas inteligencias acabaron haciendo un descubrimiento excepcional; las ondas de frecuencia ultra-ultra-ultrabaja, que hasta entonces habían pasado desapercibidas porque su oscilar medía tanto como la duración de vidas individuales enteras, y observaron aún más allá de los granos de arena adyacentes, utilizando las frecuencias correspondientes a lo que nosotros llamamos luz.
Descubrieron, extasiados, el romper de una ola: una estructura de tamaño inconcebible, aparentemente congelada en el tiempo. Habituados a su regular y cristalino entorno, inventaron constelaciones a partir de sus formas y les pusieron nombre de objetos cotidianos (Embelito, Gualana, Uslómina…) a cada rizo, a cada gota. Puede que sólo en ese momento fueran conscientes de verdad, por primera vez, de lo grande que podía ser el Universo, y de lo vanas que eran, quizás, sus propias vidas.
Por aquel entonces, las diversas sociedades e inteligencias del diminuto cristal de arena aprendieron a unificar totalmente sus consciencias y voluntades. El grano de arena se había convertido en un intelecto único cuando se percató, al fin, de la simetría bilateral —a pesar de su extraña conformación— de aquella otra enorme estructura; esa niña pequeña que tenía los pies metidos en el agua y que dejaba caer, de su mano, un chorro de arena al mar, sus granos perfectamente congelados en el tiempo, flotando por la eternidad.
Y así, septillones de vidas, ciclos, epopeyas, sufrimientos, experiencias, alcanzaron la singularidad perfecta. Convertido el diminuto cristal en una única consciencia, este reconoció en la niña, equivocadamente, a su creador. Tras lo cual, se apagó, entregándose a la nada.
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13 julio 2011
historia escrita en junio de 2002 y hasta ahora presente en una web que ya no está activa.
forma parte de una serie de relatos centrada en los mismos personajes.
Bill acabó de liar el inmenso porro, tras media hora de intensa concentración, y se sentó en postura de zazen. Desde su cojín en el centro del blanquísimo desván podía contemplar el bosque que rodea Casa Doce, su mansión, a través del ventanal redondo.
Encendió el porro e inhaló profundamente. Una semillita explotó; lo supo porque había alguien para oírlo. Por primera vez en mucho tiempo, disponía de tiempo para sí mismo y la tranquilidad externa necesaria para entregarse al noble arte de la meditación. Fumó en lentas caladas y no tardó mucho en sentir su craneo explotar hasta el infinito… pero al contrario que otras veces, no estaba tranquilo. La verdad es que no estaba nada tranquilo. Le remordía la conciencia. No por haberse deshecho de Brog durante una semana… Sintió profundamente que estaba vendiendo su alma al diablo.
Pero debemos retroceder unos cuantos días.
—Lo que Vd. me está proponiendo… no sé, debo meditarlo —dijo Bill.
—Dispone del tiempo que sea necesario.
Quién así hablaba era Sir James Esparadrapo, una de esas personas con tanta pasta como pocos escrúpulos que no tienen otro remedio que poner cara de aburrimiento para no vomitar cada vez que se ven a sí mismas en el espejo. Bill normalmente tiene que tratar con gente de todo tipo y condición, y aunque también fue perdiendo escrúpulos a lo largo de años de negocios, no le gustaba tratar con según que personas, o lo que sean.
—Es una buena oferta —continuó el individuo en cuestión, ante el silencio de Bill—. No está Vd. en condición de rechazarla.
Y era verdad. Últimamente no le iban nada bien los negocios a Bill. Las deudas se estaban acumulando y ya se había visto obligado a desprenderse de un par de empresas. El dinero no le importaba mucho. Siempre le había desbordado por las orejas y nunca había tenido necesidad de nada. Lo ganaba igual que lo gastaba. Pero esta vez la cosa era grave, y tenía miedo de tener que renunciar a su status, ciertamente envidiable.
—Mire —dijo finalmente Bill—. Nunca he tenido ascos a ciertas ilegalidades, pero esta vez se trata de tráfico de…
Un grito femenino, horroroso, se oyó proveniente del exterior del despacho.
—¡¡Mi mujer!!
Bill y Sir James corrieron hacia la puerta. Al abrirla pudieron ver a la señora Esparadrapo con los pelos como escarpias, y al otro extremo del salón a un desaliñado Brog (en pelotas, como casi siempre) haciendo gestos de calma. Al ver a Bill y su marido, la mujer volvió a gritar, sin escatimar watios.
—Esto… les presento a Brog Guano, máximo responsable de mi departamento de Investigación y Desarrollo —dijo Bill sin mentir demasiado.
—¡Hola! —saludó Brog desenfadadamente. Se tiró un pedo y se acercó al grupo.
Hay miradas que lo dicen todo. La del señor Esparadrapo era una de ellas. Su mujer corrió a resguardarse detrás de él.
—¡Qué se aleje de Fifí! ¡Qué se aleje de Fifí! —gritaba.
—¿Fifí? —preguntó Bill— ¡Ah, el perro!… —era verdad que estaba allí, rondando entre los muebles sin parar de hacer molinetes— ¿Qué hacías con él, Brog?
—¿Yo? Nada, observarlo. Es un perro muy interesante.
—Ese chucho es tonto —afirmó Sir James.
Su esposa se apartó de él de evidente mal humor y se tiró sobre una butaca. Bill pensó que si trataba así a su mujer, ¡cómo trataría a sus subordinados! Empezó a sentir verdadera repugnancia por él.
—Y Vd. ¡haga el favor de vestirse! —le dijo a Brog en un tono desagradable. Brog ya se disponía a contestarle una burrada cuando un gesto disimulado de Bill le quitó la idea de la cabeza.
—Vístete, Brog —ordenó Bill con suavidad. Éste subió de mala gana por las escaleras hacia su habitación.
—No me gusta que llames tonto a Fifí. —dijo de repente ella—. Me hace más caso que tú.
—¡¡ESE PERRO ES TONTO!! —le gritó el señor Esparadrapo rojo de ira, y dirigiéndose a Bill:— Fíjese, se pasa el día así.
Bill observó al chucho, y sí, la verdad es que un poquito tonto debía de ser. Más bien neurótico, viendo el ambiente en el que se había criado. La cuestión es que el pequinés no dejaba de dar vueltas sobre sí mismo persiguiéndose la cola. El estrabismo divergente de la raza y la permanente lengua fuera reforzaban la hipótesis.
—No me vuelvas a hablar así —dijo ella tras una pausa, rompiendo el hechizo giratorio del perro. La mirada de determinación de ella y la manera de incorporarse desde la butaca hizo pensar a Bill (muy perspicaz para estas cosas) que no estaba muy claro quien llevaba los pantalones en la pareja. Se enzarzaron en una discusión a gritos que parecía haberse repetido muchas veces. Bill suspiró.
En ese momento apareció Brog de nuevo, vestido con una túnica bastante sucia. Bajó las escaleras y se acercó a la pareja, ignorando las señas de Bill.
—Les compro el perro —dijo, para sorpresa de todos. Sir James fue el primero en reaccionar:
—Por mí, se lo puede quedar.
—¡¡ANIMAL, BRUTO!! ¡¡MI FIFÍ EN MANOS DE ESE JIPI MIERDOSO!!
A partir de ahí pasaron a la violencia directa. Ella empezó a arrojarle cosas a su marido y éste decidió poner fin a la discusión cargándola encima de su hombro.
—Señor Jerónimo, pasaré por aquí dentro de mes y medio. Espero que para entonces haya tomado una decisión —Sir James frustró una patada de su mujer—. No tengo excesiva prisa pero tampoco quisiera postergar un posible trato. Hasta entonces.
—Eehhh… Hasta entonces.
—¡¡¡QUIEERO EL DIVORRCIOOOUGGH!!! —gritaba la señora de Esparadrapo a medida que se dirigían hacia la puerta de salida, donde esperaba su chófer. Éste tenía cara de haber visto el mismo espectáculo una y otra vez—. ¡¡¡FI-FIIIIIIIÍ!!
Bill miró en derredor. Tanto Brog como el perro habían desaparecido.
No tardó mucho en encontrarlos. Estaban en la habitación de Brog. Éste estaba sentado en el borde de la cama, con la túnica subida para rascarse los huevos y contemplando al perro dar vueltas sobre sí mismo.
—Es alucinante —se decía por lo bajo.
—Ejem…
—¡Hombre Bill! ¡Jé! ¡Vaya chollo! ¡Conseguí quedarme con el chucho sin comerlo ni beberlo!
—Brog, dentro de un mes y medio vas a devolver ese perro.
—¡Si me lo ha dado!
—Te lo ha dado su marido. El perro es de ella, y no le has caído precisamente bien. Cuando vuelvan —y una parte de Bill deseaba profundamente que no volvieran nunca— se lo devolverás en perfectas condiciones.
—Weno. Ya. Es posible que ese cambie de idea.
—Exacto.
—Además, el tío parece un buen hijo de puta.
—Es un buen hijo de puta. Y por cierto… ¿Para que quieres ese perro? ¿Desde cuando te gustan los animales?
—No, si a mí estos bichos no me gustan. Además, para mí esto no es un perro: es más bien una especie de roedor. Me da hasta asco.
—No has respondido a mi pregunta.
—¿No te has fijado que siempre gira en el mismo sentido?
—¿Y? —Bill se fijó: era cierto. El perro siempre giraba en el sentido contrario al de las agujas del reloj.
—Este perro sigue el principio de Coriolis.
—Perdona Brog. Me suena eso de Coriolis, pero no me acuerdo muy bien en que consistía.
Brog se levantó, enderezo su chepa, recuperó su dignidad y comenzó su discurso:
—La aceleración de Coriolis es un fenómeno físico que aparece en sistemas sometidos a rotación. Uno de los efectos más visibles consiste en el giro del agua en el desagüe al vaciarse un recipiente —Brog se paseaba por la habitación, juntando los dedos en un gesto muy pedante—. Dependiendo del hemisferio terrestre en que estemos situados, el agua girará en un sentido o en otro. Si nos situamos en el ecuador, el agua puede girar en los dos sentidos indistintamente o no girar en absoluto.
Brog se subió a la cama y continuó. Bill era todo oídos:
—Esta aceleración tiene consecuencias trascendentales en la atmósfera de la Tierra. Forma los huracanes y decide su sentido de giro, así como el de los vientos alisios.
Brog se bajó de la cama. Bill aplaudió.
—Breve pero brillante… ¿Estás sugiriendo que…?
—En efecto. He descubierto el Perro de Coriolis, que me dará fama universal y grabará mi nombre con letras de oro en la historia de… La Ciencia.
Brog a duras penas se contenía.
—Pero antes… antes tendrás que probarlo.
—¡Oivá, es verdad!
“Vaya científico de mis cojones”, pensó Bill. En ese momento, tuvo un chispazo de intuición.
—Brog… ¿Te apetece dar un viaje? Puedes llevarte al interfecto contigo —señaló a Fifí, que aún seguía centrifugando saliva—, a Australia, por ejemplo, o a…
—¡Bill, te quiero! —Brog saltó encima de Bill y empezó a cubrirlo a besos.
Un árbol cayó en el bosque, pero no hubo nadie para oírlo.
Bill seguía sin poder concentrarse en el desván. La hierba no le había sentado nada bien en esta ocasión y no podía dejar de darle vueltas a sus problemas económicos, a la propuesta de Sir Esparadrapo, a su propia conciencia torturada y a un infinidad de asuntos sin resolver. Las autovacaciones concedidas de poco le habían servido.
En esto oyó gritar a alguien dos pisos más abajo.
—¡Bill, Bill! —era Brog— ¡Ya estoy de vuelta!
Bill se asombró de lo rápido que pasa el tiempo. Había pasado casi una semana desde que Brog marchara y ya había regresado. Se incorporó, estiró los doloridos muslos y bajó corriendo. Se encontró a Brog en el salón.
—Hola Bill… Jé jé… vaya ojos que tienes —dijo Brog, que llevaba un lujoso maletín de cuero en una mano y una nevera portátil en la otra.
—Hola Brog, veo que te ha sobrado comida —refiriéndose a la nevera.
—Sí —posó la susodicha y abriendo el maletín mostró su contenido: un plátano, dos manzanas y un bocadillo de chorizo a medio comer.
En ese momento Bill se acordó del perro. Quizás fue la meditación, o el porro, o ambas cosas; pero pocas veces su mente trabajó tan rápido.
—Brog —susurró dulcemente—. ¿Dón-de-es-tá-el-pe-rro?
Brog puso un pie de puntilla, inclinó la cabeza a un lado y señaló con ojillos de niño bueno la nevera. Bill se arrojó sobre ella, la abrió y pudo ver unos pelos que asomaban bajo una bolsa con cubitos de hielo. Tiró de los pelos y sacó una especie de peluche, rígido, goteante, de ojos desorbitados. De su cabeza colgaba algo que parecía un manojo de electrodos.
—¡¡BAJA DE AHÍ, ME CAGO EN TUS MUERTOS!!
—¡¡No, que me pegas!!
—¡¡QUÉ BAJES DE AHÍ!!
Brog se había subido, no preguntes cómo, a la lámpara central de la inmensa sala. Desde ahí Bill, fuera de sí, le tiraba de todo. Llegó un momento en que no pudo más y se derrumbó: empezó a llorar desconsoladamente. Brog, que nunca había visto a Bill así, se arriesgó a una paliza descolgándose hasta el suelo de manera bastante gentil. Es decir, que no rompió nada. Bueno, nada de valor. Sólo un cenicero.
—Bill, siento haberme cargado al chucho, pero es que no quería colab…
—¡Estoy al borde *snif* de la bancarrota, Brog!
Éste se quedó muy sorprendido.
—No tenía ni idea —Brog se sentó al lado de Bill y rodeó sus hombros con un brazo de oso—. ¿Cómo no me dijiste nada?
—¡No quería agobiarte con mis problemas! *snif* —Bill continuó tras unos sollozos, pues Brog callaba— ¡Estoy fatal! ¡Nunca había estado peor en mi vida! ¡No hay nada que salga bien! ¡Puta crisis! *snif* ¡He tenido que vender la empresa de limpieza y VACRO! ¡Y ahora me vienes con el perro hecho un desguace! ¿Tú sabes quién era esa gente? —volvió a ponerse de mala uva, pero se controló—. ¡Eran mi salvación!
—No sabía nada, Bill… A mí me parecieron dos mamones de esos que vienen a pedirte dinero cada poco.
—Lo peor… lo peor es que no les dije nada porque es un negocio bastante turbio. Tengo un conflicto moral muy grande. Por eso te mandé a Australia. Quería estar solo unos días conmigo mismo para meditar.
Brog, tras la confesión, se sintió un poco menospreciado por un instante, pero entró en razón en seguida. La verdad es que no tenía ninguna queja de Bill… Hombre, de vez en cuando le pegaba una paliza, muchas veces merecida. Pero realmente no podía quejarse.
—Bill, debo de tener algo de dinero en el banco, aunque hace tiempo que no miro mi cuenta—dijo Brog ingenuamente.
—No se trata de eso, hombre. Ya ni siquiera se trata de dinero… Me siento… partido. Cuando llegaste estaba intentando practicar meditación, pero no había manera.
—No sé, Bill. No entiendo de esas cosas. Para mí meditar es una barra de pan y un bote de mayonesa —dijo, intentado animarle.
—¿Nunca has tenido inquietudes espirituales?
—No. ¿Paqué? Estoy contento conmigo mismo.
“Eso es verdad” pensó Bill. “No soy ni la décima parte de bestia que él y sin embargo soy yo el que tiene problemas para aceptarse”. Bill empezó a enfadarse consigo mismo. Brog le sacó rápido de su encebollamiento.
—¡Pero vamos a ver, Bill! ¡Qué es lo que quieres!
—¡Pues dejar de estar dividido, angustiado! —reflexionó un poco más— Ser uno.
—¿Y cómo quieres ser uno? ¿Sabes lo que es ser uno? —Brog se levantó— ¿Qué es la unidad? ¿Tú y tu entorno? ¡Si todo fuera uno no podría percibirse a sí mismo!
Bill se quedó con la boca abierta.
—Pensaba que el versado en Filosofía era yo.
—Perdona Bill, pero yo soy un hombre entregado a… La Ciencia —como otras veces, Brog parecía hasta majestuoso—. Y… La Ciencia fue en su origen Philosophia Naturalis, o como cojones se diga. Así que algo tendré que saber del tema, digo yo.
Cincuenta y siete horas más tarde Bill y Brog seguían hablando en el mismo lugar.
—…Y del mismo modo —éste era Bill— la tradición sufi asegura que sólo existe una realidad.
—Joder, macho. Eres un pozo de erudición. No me imaginaba que supieras tanto del tema.
—Hombre —confesó Bill—, tuve bastantes granos durante la adolescencia.
Se rieron. Ya hacía bastante tiempo que se habían olvidado de los restos del chucho, que ahora yacían en una esquina del salón rodeados de un charquito. Se habían mantenido despiertos a base de brebaje, mixtura compuesta mitad de café negro frío, mitad de una conocida bebida de cola. Y alimentado a base de: bocadillos, Bill; chorizos en manteca, Brog.
—Me ha parecido muy interesante lo de la escuela neo-kantiana… ¿qué más? —preguntó Brog.
—Neo-kantiana-posmo-dadá de Varsovia, IV Congreso General, año 2013.
—Eso. La verdad es que ese modelo puede tener aplicaciones prácticas.
—¿A qué te refieres? —inquirió Bill.
—A que sería posible experimentar con la noción de unidad y…
—Perdona Brog. ¿No huele un poquito mal?
—Bueno, sí —Brog se rascó la cabeza y echó un trago de brebaje— ya me había dado cuenta, pero no *eructo* quería decir nada: creo que es Fifí, que ya debe estar pudriéndose.
A Bill ya le daba igual el puto chucho, así que no reaccionó.
—Por cierto… ¿Qué hiciste con él?
—Que no quería colaborar —contestó Brog.
—¿Qué es eso de que no quería colaborar?
—Pues que en el aeropuerto de Sidney empezó a dar vueltas sobre sí mismo en sentido antihorario, como aquí.
—Pero es que a lo mejor no es un “perro de Coriolis”.
—Pues ni se me ocurrió. Pensé que a lo mejor le hacía falta un poco de estimulación, y una vez en la habitación del hotel, me puse a improvisar unos electrodos con los cables de la lámpara de la mesita.
—¿Lo electrocutaste?
—¿Qué? ¡No! ¡Lo que pasó es que siguió dando vueltas como gilipollas en el mismo sentido, me enfadé, le metí una patada y lo maté!
—¡¡¡Jua, jua, jua!!!
Tras aquella conversación Brog vió más animado a Bill; éste además le dió carta blanca para que intentara hacer una máquina que sirviera para estudiar la unidad, según los principios de la escuela neo-kantiana-blablá-blablá eso. Brog, tras enterrar a Fifí en un hormiguero, se encerró en el taller sin salir de él excepto para ir a la cocina, muy de vez en cuando, y reabastecerse de pan y embutidos.
Bill, mientras tanto, se dedicó a mantener sus negocios a flote. Le fue bastante mejor de lo que esperaba: no se recuperó, pero la mala racha pareció estabilizarse. Debía algo de dinero, pero el suficiente como para que le dieran trato de rey fuera donde fuera, si hubiera querido irse a algún sitio.
Casi una semana después de que Bill reanudara su trabajo y Brog se encerrara, llegó Bárbara de Onroep-Zanahoria y Kessely, futura condesa de Marmajara, a hacerle una visita a Bill, lo que le animó aún más. Desde que se conocieran en una de las míticas fiestas de Casa Doce, hace unos meses, parecían mantener una relación bastante buena. Así, los escasos ratos libres que tuvo Bill los dedicó a pasear con ella, ver alguna película de vídeo y echar unos buenos polvos.
Tanto Bill como Bárbara estaban intrigados por los extraños ruidos de martilleo que día y noche salían del taller, que estaba algo separado de la casa. Un cartel de NO MOLESTAR bastante persuasivo les quitó toda tentación de fisgar. Normalmente (y Bill lo sabía por experiencia propia) era la mejor política cuando Brog estaba ensimismado con sus herramientas. Por supuesto, Bill explicó a Bárbara en que consistía el proyecto. Pero no podía dar detalles porque no tenía ni idea de que se estaba cociendo allí dentro.
—¡Coño, condesa!
La futura condesa de Marmajara casi se cayó de espaldas en la ducha cuando oyó a Brog saludarla desde el exterior de la ventana del baño de la planta baja. Éste saltó hacia dentro, haciendo menos ruido de lo habitual, y comenzó a lavarse la cara en el lavabo: tenía la cara negra de mierda.
—¡¡¡BIIILLLL!!! ¡¡¡QUE ME VIOOLAAAAN!!!
Cuando este derribó la puerta del baño y vió la situación, no pudo evitar reírse.
—¡Joder, Brog, no le pegues estos sustos a Bárbara!
—¡Grrrr! —gruñó Brog haciéndole muecas a la pobre mujer, que estaba al borde del llanto.
—¡Bill, sácame de aquí!
—Brog, sácate de aquí.
—¡Pero si me estoy lavando! ¡Luego dices que nunca me lavo!
—Aaayyy —suspiro de Bill.
Media hora más tarde estaban los tres desayunando en la cocina. Brog se había echado medio bote de colonia y habían tenido que abrir las ventanas.
—¿Y como tú *chomp* por aquí?
—Vine a ver a Bill. He acabado los exámenes.
—Ah, es verdad, que estabas estudiando *eructo*. Estamos en Junio.
—En Julio, Brog —corrigió Bill— te has pasado tres semanas encerrado en el taller.
—¡¡¡Hostia, llevo TRES SEMANAS sin dormir!!! —y se derrumbó, enterrando la cara en la tostada de Bárbara.
Bill y ella aprovecharon para acercarse al taller. Los ronquidos de Brog se oían claramente desde allí. Cuando abrieron la puerta, se quedaron sin aliento.
En medio de la estancia había una especie de armario metálico, y rodeándolo por todas partes, miles de cables. Justo encima, apoyado sobre pilotes de acero, reposaba un gigantesco electroimán de tres metros de altura, aparentemente devanado a mano. Bill además distinguió lo que parecían ser tubos de rayos X casi ocultos entre la maraña de cables, así como cincuenta mil cosas más que no supo identificar. En definitiva, un trabajo de chinos.
Encima de la mesa, empapada de grasa de chorizo, había cientos de componentes electrónicos. Bill reconoció la carcasa del microondas que había desaparecido de su casa hacía más de un año y multitud de cadáveres de electrodomésticos repartidos por todos los rincones. Bárbara se fijó sobre todo en el montón de revistas porno que había en una esquina. Y en su color.
Bill se mordió el labio. Era incapaz de imaginarse el funcionamiento de la máquina, a pesar incluso de haber sugerido la mecánica filosófica en la que estaba basada. Así que cogió a Bárbara de la mano, abandonaron la estancia y decidieron esperar a que Brog despertara.
—¡Waayeeowwlll! —gritó Brog al despertarse, tres días después. Dió un respingo al verse en la cocina cubierto con mantas. Tenía la cara pringosa. Todavía no había amanecido.
Cuando Bill y Bárbara despertaron, Brog llevaba unas cuantas horas viendo anuncios en la tele. Decidieron desayunar y después comprobar el funcionamiento de la máquina.
—Ya veréis —dijo Brog churrepeteando un trozo de salchichón— ¡Vais a alucinar!
—Pero… ¿Ya la has probado? —preguntó Bárbara
—Sí… bueno, la verdad es que sólo con algunas cosillas, sobretodo chorizos—contestó Brog—. De hecho quedan pocos y habría que comprar. ¿De qué, si no, estaría comiendo este salchichón?
—Brog, había casi cien kilos de chorizo en la alacena —replicó Bill incrédulo.
—Pues yo debí comer noventa y seis, y la máquina cuatro.
—¿Pero la máquina come chorizos? —preguntó Bárbara ingenuamente.
—No, mujer, no… ¿Pero cómo va a comer chorizos? —y dirigiéndose a Bill:— La verdad es que tuve que hacer algunos cambios al planteamiento original.
—¿Y en que consistieron? —inquirió éste.
—Mi intención original era que la máquina creara unidades de cosas, pero ya al principio vi que no podía seguir esa vía, porque no la tenía nada clara. Después pensé en que la máquina extrajera la unidad de las cosas…
—Su esencia, por así decirlo.
—Sí, eso. Pero bastó menos de un día para darme cuenta que también era una vía cerrada, porque nadie aseguraba que la esencia de las cosas fuera materia…
—Muy perspicaz.
—…o nisiquiera radiación. Así que me dediqué a estudiar unos documentos que guardo al fondo del taller…
Bill y Bárbara se miraron mutuamente de reojo.
—… y llegué a la conclusión de que tenía que pensar en negativo: tenía que restar uno a lo que metiera en la máquina. Y con ese fin la construí. Venga, coge unas patatas. Vamos a dejarnos de cháchara y ver como funciona.
De camino al taller Bill no dejaba de interrogar a Brog. Bárbara no decía nada.
—¿Quieres decir que vamos a estudiar la unidad de manera indirecta? —preguntaba Bill.
—Sí… puedes definir el número tres como la diferencia entre cuatro y siete, o seis y nueve.
—Parece bastante prometedor… ¿Y cómo consigues que la máquina haga eso?
—Hombre, si te digo la verdad, no lo sé muy bien. Lo único que sé seguro es que los efectos cuánticos son esenciales.
—¿A qué te refieres? —intervino Bárbara— Yo he estudiado algo de cuántica en la facultad.
Repentinamente a Brog le cayó Bárbara mucho mejor que antes.
—Pues a que la máquina necesita aislar lo que le metes completamente del mundo exterior… de hecho, creo con total certeza que no resta la unidad en el momento de realizar la descarga de radiación, sino cuando se abre la compuerta y el interior es observado por primera vez.
—¡Guau! ¡Cómo el gato de Schrödinger! —exclamó Bárbara.
Brog estaba a un pelo de enamorarse de ella.
—¿Guau? —dijo Bill mofándose— será ¡Miau!
Los tres rieron.
Imaginaos la escena: Bárbara, Bill y Brog con careta de soldador (bueno, Brog no porque sólo tenían dos; él llevaba gafas de sol) introduciendo delicadamente, con unas pinzas, tres patatas en el interior de la máquina. El silencio era tal que sólo se oían los insectos del jardín, incluso con la puerta cerrada. Brog cerró la compuerta del artefacto y dió un paso atrás.
Apretó el botón.
No ocurrió nada.
—¡Oivá, si no la he enchufao!
Enchufó la máquina.
Apretó el botón.
Fogonazo. Crujido de la bobina al contraerse. Olor a ozono.
—Uff, has metido una buena dosis de corriente —dijo Bill.
—Sí, bueno… no quería comentártelo aún, pero el cacharrito gasta la hostia de luz —explicó Brog.
—No importa. Abre la compuerta —urgió Bill.
En un gesto solemne, Brog giró la llave.
Dentro había DOS patatas.
A Bill y a Bárbara les quedó una cara muy extraña. Brog, sin embargo, sonreía complacido.
—Ejem, Brog —dijo finalmente Bill— ¿No habrás, por un casual —y mientras decía esto se le hinchaba progresivamente la vena de la frente—, inventado la máquina de desaparecer cosas?
Brog siguió sonriendo, y con la vista clavada en Bill, le pasó una nota de tintorería (del propio Bill, por supuesto).
—Lee esto. ¿Encuentras algo raro aquí?
Bill examinó la nota pero no veía nada raro.
—Bill, cuando metí la factura en la máquina el precio por el lavado de tu traje era de doce créditos. ¿Qué cantidad lees ahí?
—Once. —Bill reaccionó— ¡Once!
Nadie sabe muy bien porqué, pero Bárbara se desmayó.
Tras dejar a Bárbara (con un buen chichón en la cabeza) apoyada contra un árbol para que tomara el aire, Bill y Brog volvieron inmediatamente al taller. Esto era muy poco propio de Bill; normalmente se hubiera quedado con ella, por lo menos un ratito. Pero estaba realmente fascinado por el artefacto, cosa que a Brog le llenaba de satisfacción.
Bill quería meter de todo en la máquina, pero Brog le detuvo:
—No te precipites. Deja que te comente algunas de las pruebas que hice y luego pensamos qué meter.
—¡Habla, habla! —urgió Bill.
—La primera vez metí dos chorizos y desapareció uno. Luego volví a meter otros dos, pero en un plato, porque la primera vez me quedó el interior hecho un asco.
—¿Y?
—Nada, en vez de desaparecer un chorizo, desapareció el plato.
—Curioso.
—Luego probé con tres chorizos en un plato. Yo esperaba que desapareciera el plato, pero cuando abrí todavía estaba allí… con dos chorizos.
—Qué raro, ¿no?
—Volví a repetir el experimento. Metí otro plato con tres chorizos, esperando que faltara el chorizo. Pero esta vez faltó el plato.
Bill hacía gestos para que siguiera hablando.
—Luego —continuó Brog—, probé a meter objetos diferentes: un chorizo y un lápiz, etcétera… Casi siempre desaparecía uno, pero sin lógica. Hasta que metí tu tíquet de la tintorería con un chorizo, y ninguno de los dos desapareció. Estuve un buen rato examinando los cables para comprobar si se había soltado alguno… y luego me fijé en el precio.
—Brog, perdona… Veo que la máquina, más que por física trabaja por conceptos.
—Sí, a esa conclusión llegué yo después de meter una docena de chorizos atados por un cordel.
—¿Qué pasó?
—Que la hija de puta —dijo Brog, golpeando la máquina con los nudillos— hizo desaparecer la cordada entera. Con lo que añado que no sólo es conceptual, sino que tiene especial gusto en salirse por la tangente.
—Por lo que cuentas, es impredecible —comentó Bill.
—Yo creo que, más que impredecible, tiende a hacer lo que menos te esperas.
—Quizá haya una verdad espiritual en eso.
—Yo que sé, Bill.
Éste dió un pequeño paseíto por la estancia, pensando.
—¿Podemos hacer otra prueba? —preguntó finalmente.
—Las que quieras. Para eso está —respondió Brog.
—Vale, voy a volver a meter la nota de la tintorería… Aquí está.
Bill abrió la compuerta, depositó el tíquet dentro y cerró. Justo en ese momento, la máquina dió un fogonazo, la bobina crujió y quedó todo impregnado de olor a ozono.
—¡Mierda! ¡Me he quedado ciego! ¡Podías haber esperado para apretar el botón! —protestó Bill.
—No, si yo no lo toqué —dijo Brog—. Es que no anda muy fina, y a veces se dispara al cerrarla.
Bill abría los ojos desmesuradamente, girándolos en todas direcciones, intentado ver. Pasado unos segundos, parecía recuperado. Abrieron la máquina… y dentro no había nada.
—Bill, esperabas que la nota pusiera diez créditos, ¿verdad?
—Pues sí.
—Pues la máquina pensó que, en este caso, lo mejor era restar una nota.
—Pues lo que viene a decir este artefacto, creo yo —dijo Bill siguiendo los “pueses”—, es que el concepto de unidad es arbitrario, una construcción lingüística.
—Yo no creo que sea así, después de lo que hablamos la otra noche. Quizás sea así desde el punto de vista de la escuela neo-kantiana-etcétera —razonó Brog—. Pero lo mejor es que pensemos experimentos adecuados y lo intentemos más tarde o mañana.
No decidieron esperar hasta el día siguiente. Esa misma tarde ya estaban de nuevo los tres en el taller cargados con infinidad de objetos de todo tipo. Brog propuso empezar metiendo a Bárbara en la máquina, pero su idea no obtuvo muchos apoyos. Él, a cambio, obtuvo una patada en la espinilla.
Obtuvieron, como esperaban, los resultados más inesperados, lo que puede parecer una contradicción. Pero no lo es. Metieron unas esposas y, para sorpresa de todos, no desaparecieron. Sólo desapareció la cadena que las unía. Y el asunto cobró proporciones surrealistas cuando tras meter Doña Perfecta de Pérez Gal-dós, la máquina devolvió Niebla, de Unam-uno. Brog llegó a proponer secuestrar un tuno y meterlo en la máquina para comprobar si lo haría desaparecer o simplemente dejaría una T.
La cuestión es que tras casi una tarde de pruebas, Bill y Brog se sentían muy frustrados. Se habían tumbado a la bartola, con la espalda apoyada en la máquina. Bárbara no es que estuviera frustrada: se sentía inútil, pues se había pasado todo el tiempo mirando para ellos, puesto que cuando no le ignoraban, no le dejaban hacer nada.
—Si pudiera serviros de ayuda —se lamentó.
—Pues sí —dijo Brog, con voz cansada—. Podrías acercarte al pueblo con el coche y traer chorizos, que no quedan.
Bárbara se ofendió muchísimo, y respondió en consecuencia:
—Por lo menos haré algo útil, no como tú con tus máquinas estúpidas.
Marchó dando un portazo. Bill se quedó mirando a Brog como diciéndole “ya la volviste a cagar”. No tardaron en oír el coche salir derrapando hacia el pueblo. Brog se incorporó de repente.
—Creo que ya sé lo que pasa.
Cogió un polímetro, abrió la gruesa compuerta y entró. El fondo del contenedor estaba forrado con pequeños muelles metálicos que Brog examinaba con detalle usando el polímetro.
—Parece un somier —comentó Bill, que también se había incorporado y miraba como trabajaba Brog.
—ES un somier —dijo éste—. Anda, toma el polímetro y pásame un trapo, que aquí hay un solenoide manchado de grasa.
Bill cogió el polímetro y miró a su alrededor. Pero no había ningún trapo en la estancia.
—No veo ninguno.
—Hay una camisa mía sucia encima de la silla. Pasámela.
Bill dejó el polímetro en la silla y cogió la camisa. Se volvió a acercar a la compuerta, estiró el brazo para darle la camisa a Brog… y en ese momento resbaló, cayó hacia dentro de la máquina empujando a Brog y la máquina se cerró. El interior de ésta fulguró, y por un instante los dos amigos pudieron verse sus propios esqueletos.
El interior de la máquina estaba totalmente oscuro.
—¡¿Cómo se abre la puerta, Brog?!
—No se puede desde dentro, Bill —respondió Brog, aparentemente muy tranquilo—. La hemos cagado, la hemos cagado de verdad. Ahora sí que la hemos cagado.
Bill y Brog apenas podían revolverse dentro del contenedor de la máquina.
—¡Bárbara puede abrir la puerta! ¡Hay que avisarla! —dijo Bill, al borde de la histeria.
—No, Bill, no. Mejor que no la abra. La máquina se ha vuelto a poner en funcionamiento sola —advirtió suavemente Brog.
—¡Pero no ha pasado nada! ¡Seguimos los dos aquí!
—Bill, no ha pasado nada porque ahora estamos absolutamente separados del mundo exterior. En el momento en que seamos observados —la voz de Brog susurrante en la oscuridad parecía salida de una película de terror— será cuando pase algo —y continúo—. Por eso mismo tampoco podemos avisar a Bárbara: no nos puede oír, no nos puede sentir de ningún modo. Puede que ni siquiera se le pase por la cabeza abrir la compuerta. Entonces moriremos asfixiados aquí dentro.
La oscuridad y el silencio, tras las palabras de Brog, parecieron durar mil años.
—Casi es preferible que Bárbara abra la puerta —dijo finalmente Bill, mucho más tranquilo que antes—. Por lo menos sobrevivirá uno de nosotros.
—Sí. Cierto —asintió Brog.
—Y probablemente la abra.
—¿Y cómo estás tan seguro? —preguntó Brog.
—Porque me acabo de dar cuenta que media camisa está fuera de la máquina y media dentro. Ha quedado atrapada por la puerta.
—¿Y?
—Bárbara no es tonta. Cuando vea el trozo de tela asomar y vea que no estamos, le bastará sumar dos y dos para darse cuenta que nos hemos quedado atrapados dentro.
La oscuridad y el silencio, tras las palabras de Bill, parecieron durar mil años.
—Bill… —dijo finalmente Brog—. Me alegro mucho de haberte conocido.
—Yo también, Brog… —respondió Bill, al borde del llanto— Yo también.
Y rompieron a llorar como descosidos. Brog llamaba a mamá. Mientras, la parte racional de Bill pensaba que, ante la presencia de la Muerte, poco importaba la unidad o cualquier otra cosa. En ese momento se dió cuenta de que sólo había unidad en la no existencia… pero ese conocimiento les iba a salir caro: uno de los dos iba a desaparecer para siempre, y no había manera de saber quién de los dos.
Brog seguía llorando a moco tendido cuando a Bill le vino un relámpago de intuición.
—¡Brog! ¡Deja de llorar! ¡Deja de llorar! ¿Te acuerdas de las esposas?
—Sí *snif*.
—¡Casémonos, Brog!
—¿Quéeee? ¡Tú estás loco! ¡Has visto demasiadas películas!
—¡No, idiota! Si nos casamos, la máquina restará un matrimonio. Además, es lo último que se imaginaría Bárbara. A este artefacto le encanta sorprender… ¿No habíamos llegado a esa conclusión?
—¡¡Es una idea genial!! —dijo Brog, entusiasmado—. Estooo… Bill, ¿aceptas libremente tomarme como esposo en la riqueza y en la pobreza…
—…En la salud y en la enfermedad…
—…En la salud y en la enfermedad, amarme y respetarme todos los días de mi vida…
—¡Oye, no te pases!
—…hasta que la muerte nos separe?
—Sí, acepto —respondió Bill, y este tomó el relevo— Brog, ¿aceptas libremente tomarme como esposo en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe?
—Ejem, debo amarte y respetarte.
—Vale —dijo Bill con fastidio—. También amarme y todo eso.
—Sí, quiero —en ese momento, no supo muy bien porqué, Brog se imaginó a sí mismo vestido de novia.
Bill echó un suspiro muy laaargo.
—Bueno, ya está. Salvados.
—¿Cómo que ya está? —protestó Brog— ¿Y el beso? ¡Me parece que has visto muy pocas películas!
Brog agarró la cabeza de Bill con ambas manos. Éste se resistía. Finalmente, no sólo le dió el beso sino que le metió la lengua hasta los talones. En ese momento, se oyó un click y todo se llenó de luz.
—¿Pero qué hacéis? —dijo Bárbara, con una cordada de chorizos en la mano… y volvió a desmayarse. Por segunda vez en veinticuatro horas.
Una semana más tarde, los señores de Esparadrapo volvieron a Casa Doce. Bill los recibió a la entrada de casa y nisiquiera los dejó pasar. A Sir James le dijo muy amablemente que se fuera a tomar por el culo (con otras palabras) y a la señora Esparadrapo, con mucha ceremonia, le hizo entrega del barnizado esqueleto de Fifí sobre una hermosa peana de nogal. El ataque de nervios subsiguiente hizo el resto y Bill no volvió a verles en su vida.
Le costó bastante más convencer a Bárbara de que entre él y Brog no había nada, y que se habían visto obligados por las circunstancias. Mientras, Brog perfeccionó la máquina para eliminar el factor sorpresa (fue fácil, sólo tuvo que invertir el campo magnético) y Bill tardó poco tiempo en recuperar su fortuna, y hasta multiplicarla, gracias a la Máquina de Divorciar, con patente exclusiva para todo el planeta. El matrimonio Esparadrapo fue uno de sus primeros clientes.
Sólo quedaba algo sin resolver: Bill seguía sin sentirse tranquilo en su interior. Así que le propinó una buena paliza a Brog con un bate de béisbol.
—Eso por meterme la lengua.
Y su corazón quedó en paz.
—¡Profe, profe! No he entendido muy bien que era eso del matrimonio, y de casarse… —preguntó finalmente uno de los chicos del fondo del aula.
—Es que de eso pensaba hablaros otro día —interrumpió el profesor—. Como la mayoría de los inventos de Bill y Brog, su máquina tuvo consecuencias trascendentales. A medida que se extendió su uso, la costumbre del matrimonio cambió tanto que acabó por desaparecer y convertirse en otra cosa distinta. Por eso hoy en día se habla de sociomonio y tenéis todos polimamá y multipapá. Pero, como he dicho, eso lo dejaremos para otro día.
—Ah. Vale.
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12 julio 2011
A veces, cuando pienso en mi situación actual, encuentro terriblemente irónico que, siendo un renacuajo, jamás hubiera creído en ninguno de los seres sobrenaturales con los que se intenta amaestrar a los niños: el hombre del saco, la momia, el vampiro, y toda esa plantilla de terrores prefabricados y preasumidos.
Eso no significa que fuera inmune al temor; mi miedo, como el de la mayoría de los niños, era mucho más abstracto que el simbolizado por cualquiera de esos personajes. Aún conservo recuerdos de mi primera infancia y de mis reacciones hacia los sitios oscuros o en sombras, y puedo asegurar que mi preocupación no era tanto la oscuridad en sí como los seres que la habitaban y podían surgir de ella, bastante más inhumanos y alienígenas de lo que se supone recomendable para una mente infantil. Y no dudo que, seguramente, así le ocurre a todo el mundo durante la niñez.
Más adelante, a medida que fuí creciendo y superando esos miedos primitivos —a la vez que descubría otros más sofisticados, como los exámenes del colegio— me encontré conque las películas de terror, supuestamente garantizadas para asustar, me dejaban completamente indiferente, cuando no se limitaban a divertirme por lo sangriento o lo cutre.
Ya más mayor, más consciente y más estudioso, me di cuenta de cómo todos esos personajes arquetípicos en los que se basan la práctica totalidad de historias de miedo no habían tenido siempre la misma forma, sino que habían experimentado cambios, sobretodo de imagen, en la mente de vosotros, infelices meros humanos. ¿No tengo razón? ¿qué se puede decir de, por ejemplo, los vampiros? De Vlad el Empalador al Drácula de Bram Stoker hay mucho más que un abismo de siglos. ¿Qué tiene que ver este último, con toda su sofisticación, con el Nosferatu de Murnau, más rata que otra cosa? Y eso que dejo fuera a los actuales chupasangres ñoñoeróticos con morriña existencial que tanto daño están haciendo al género.
Algo parecido ocurre también con los zombies, y esto me toca más de cerca, os lo aseguro. Inicialmente esclavos redivivos sin volición ni consciencia a causa del vudú, en la famosa película “La Noche de los Muertos Vivientes” pasaron a ser zampacerebros bamboleantes y torpes, casi frankensteinianos, para, recientemente, acabar liberándose de sus taras y convertirse en atletas consumados prácticamente invencibles. En cualquier caso, su zombicidad lentamente dejo de ser producto de la magia caribeña, localista y supersticiosa querramos o no, para convertirse en algo tan prosaico y universal como una infección transmitida a mordiscos.
Pero… ¿hay algo de verdad en lo que respecta a todas estas afirmaciones? Yo les puedo asegurar que sí. No tanto como sería de suponer, pero no tan poco como podrían argumentar los escépticos.
Porque yo, Torcuato Z., soy un zombi.
Y hoy les voy a contar la verdad. Puede que no toda la verdad, pero, al menos, mi verdad.
Todo comenzó durante una excursión en solitario durante mis vacaciones de verano. Tras recorrer un largo sendero que atravesaba una serie de montañas y colinas, llegué a un promontorio elevado y allí, al borde de un peñasco, me acosté sobre un lecho de hierba muy acogedor para contemplar las hermosas vistas que tenía delante y, posteriormente, echar una siesta.
El despertar no fue agradable, ya que cuando abrí los ojos vi a quien parecía un pastor, increíblemente sucio y con ojos inyectados en sangre, agarrándome por el cuello con una fuerza descomunal. Parecía tener la intención, por sus esfuerzos, de arrancarme la cabeza a mordiscos. Inmediatamente comenzó un forcejeo que sin duda yo habría perdido si no fuera porque, gracias a la pendiente en la que me encontraba, empezamos a resbalar sobre la hierba en dirección al precipio que se encontraba unos metros delante de nosotros. Al alcanzar el borde pude agarrarme a un arbusto con ambas manos. El pastor, o lo que fuera, no tuvo tanta suerte: perdió pié, y en un último intento para no caer, se soltó de mi cuello para agarrarse a la camiseta que yo llevaba puesta, que se rompió en el acto. Mi agresor cayó al vacío. Cuando me incorporé pude ver como su cuerpo aún seguía rebotando, hecho un guiñapo, peñas abajo.
El susto evidentemente fue enorme, y casi más durante los instantes siguientes a la caída, pues me di cuenta de que, sin testigos, era fácil acusarme de asesinato, y mi mente ya estaba elucubrando explicaciones para contar si alguien llegaba a preguntarme por el incidente. Pero cuando noté la sangre chorrear sobre mi pecho, me di cuenta de que el pastor loco había conseguido morderme la nariz; y al tacto pude apreciar pequeñas heridas en mi cuello causadas por sus uñas. Aunque las heridas claramente no eran graves, sin descartar la posibilidad de infección, y la hemorragia no era ni mucho menos mortal, me dirigí a toda prisa al pueblo más cercano, mucho más seguro de poder explicar los hechos y demostrar mi inocencia.
Una vez allí, el pueblo se volcó conmigo: una veraneante, de profesión médico, me lavó y vendó las heridas, confirmando que mi apéndice nasal seguía entero, a pesar del mordisco. Otros trajeron comida y me prestaron ropa. Hasta la pareja de la Guardia Civil se mostró muy comprensiva conmigo, al contrario de lo que me habían sugerido mis temores iniciales. Resulta que el pastor —en efecto, mi agresor vivía en el monte con sus ovejas— era bastante conocido en la zona y no disfrutaba de muy buena fama. Desde que se había establecido, hace unos años, había rechazado todo contacto humano y además se habían producido un par de desapariciones, muy extrañas, de excursionistas como yo; y todas las sospechas de todo lo malo que ocurría en los montes, hasta los incendios forestales, apuntaban siempre hacia él, aunque nunca habían podido probar nada. Hasta ese día, claro.
Tras recabar toda la información de la que yo disponía, los agentes de la ley me dejaron en libertad con el aviso de que en los siguientes días posiblemente me llamarían a medida que investigaran el caso. Finalmente no lo hicieron, ni en los siguientes días ni después; pero para mí, la verdad, las vacaciones ya se habían fastidiado, así que decidí pasar las dos últimas semana de libertad en mi propio hogar, dedicado a pequeñas chapuzas y tareas domésticas, como pintar el techo de la cocina, que tenía muy descuidadas desde hacía tiempo y que siempre había postergado con cualquier excusa.
Y a partir de ese momento comenzaron los cambios en mí, poco a poco. Yo no sospechaba ni por lo más remoto que me había mordido un zombi y que yo me había transformado en uno; pensaba en el pastor como en un simple perturbado peligroso que estaba mejor muerto que vivo.
Lo primero que percibí, y que en principio achaqué a un estado de ánimo un tanto oscuro, es que no tenía tantas ganas de salir a la calle, a que me diera el sol, como antes. Una parte de mí se empezó a preocupar al comprobar que mis pequeñas aficiones, que no es necesario mentar aquí, ya no parecían satisfacerme como lo hacían. Por contra, progresivamente me fui haciendo cada vez más indolente, mental y físicamente, hasta llegar a un punto en que, apenas a una semana de mi ordalía en el monte, atrapé la uña del dedo índice de mi mano derecha al cerrar un cajón de la cocina y no me dolió en absoluto. Más aún, en ese momento en mi mente se mezclaron un sentimiento de sorpresa —por no sentir dolor— con una extraña, y hasta reconfortante, indiferencia.
Ahí fue cuando me di cuenta de que me estaba pasando algo; sobretodo por esa sensación interna y abrumadora de pasotismo total. Cada vez me daba más igual todo, y paradójicamente, hasta disfrutaba esa ausencia de disfrute o pesar.
Pero ese estado no duró mucho: Al día siguiente comenzaron los problemas.
Si hasta entonces mi apatía se había convertido en un regalo, por debajo de ella comenzó a surgir un hambre feroz, una necesidad intensa. Y esto ocurrió en la carnicería del Mercadona, justo en el instante en el que vi un blíster con sesos de cordero a la venta. No era la primera vez que lo veía en mis visitas al súper, y aunque como alimento normalmente no me producía siquiera un especial asco, mi boca salivó profusamente. Añadí los sesos a mi carrito y me dirigí a la caja corriendo, tal era mi ansia por llegar a casa para saltear ese pequeño cerebro con ajo, perejil y una gota de aceite. Pero ni siquiera llegué a cocinarlo, ya que tras entrar en mi casa y vaciar las bolsas, devoré los sesos crudos, a grandes mordiscos.
Este deseo carnal —nunca mejor dicho— se hizo cada vez más intenso. A partir de entonces buscaba y rebuscaba en los supermercados y carnicerías, a la caza de sesos de animal, que no eran precisamente un producto popular y fácil de encontrar. Ya en esos días mi higiene personal y mis modales estaban seriamente comprometidos por mi autoabandono cada vez mayor, y yo mismo me sorprendí en una tienda por reprender a un tendero, de muy malos modos, por no tener sesos. La gente comenzó a rehuirme sin que yo quisiera darme cuenta de ello.
Dios mío, me había convertido en un yonqui de cerebros a todos los efectos. A mis complejos sentimientos de ansia e indiferencia se les unió una gran claridad, atando cada vez más hilos y dándome cuenta de que todo, absolutamente todo, estaba relacionado con esa agresión en el monte de dos semanas atrás. Yo me había convertido en lo mismo que el pastor, lo que a la vez me aterraba… y me daba igual.
Me sentía muy perdido cuando empezaron a llamarme del trabajo para preguntar por mi ausencia; mis vacaciones se habían terminado y yo estaba a uvas, pensando y soñando mi peculiar monotema: comer cerebros todo el santo día. Ni siquiera contestaba al teléfono o cuidaba los más elementales deberes cotidianos. No digamos del color del techo de la cocina.
Y entonces alcancé el punto de no retorno.
Por algún extraño motivo me acuerdo del momento exacto: tres de septiembre, siete de la tarde. Ese día llamó a la puerta de mi casa un compañero de trabajo. Venía a buscarme nada más ni nada menos que Pedro el Putas, un contable cuarentón, probablemente la persona más despreciable, estúpida, soberbia, molesta y pesada que había conocido en toda mi vida. Le abrí la puerta, sólo una rendija:
— ¿Qué haces aquí? No quiero ver a nadie. Si no cojo el teléfono será por algo. Dejo el trabajo, dejadme en paz —dije yo.
— ¿Y a mí que me cuentas? Si yo no vengo de parte de nadie. Estoy de vacaciones.
— ¿Y a qué vienes entonces? —dije, abriendo un poco más la puerta, algo sorprendido de que hubiera conseguido mi dirección—. Pensaba que venías a buscarme para que fuera a la oficina.
— A que le eches un vistazo a mi ordenador —señaló el maletín de su portátil, que colgaba del hombro—. Debió entrarle un virus o algo y, como tú eres el informático que lo arregla todo… —dejo caer, echándole todo el morro del mundo—.
— Ya… —contesté mientras un fogonazo pasó por mi mente— ¿Sabe alguien que has venido a verme?
— Pues no, no se lo dije a nadie. No creo que tenga que andar radiando mi vida a los cuatro vientos —contestó algo contrariado—.
— Pues nada, pasa, que vamos a mirar que le pasa a ese ordenador.
Recién cruzó el umbral por delante de mí, agarré el hacha que tengo al lado de la puerta para espantar a los Testigos de Jehová y se la clavé al Putas en la nuca. Una vez caído al suelo, aprovechando que se encontraba boca abajo, le di otro hachazo para romper la base del cráneo e introducir dos dedos, con los que comenzé a arrancar pedacitos de lo que debía ser el cerebelo y llevármelos a la boca. Experimenté una erección, la primera en semanas, al sentir la calidez de la sangre en mi boca, y también una especie de sensación extraña, como un chorro de luz que me subía por la espalda. Cuando los dedos se me hicieron cortos como para seguir escarbando en el interior de la cabeza de El Putas, busqué una cucharilla larga que tenía rondando por un cajón para seguir engullendo cerebro de gilipollas, el manjar más delicioso que había tenido el placer de consumir en toda mi vida.
Una hora después la fiesta se había convertido en una pesadilla. Tenía enfrente de mí un cadáver, un recibidor lleno de sangre y muchísimas más pruebas de las necesarias para meterme en chirona de por vida. Y aunque a una parte de mi mente todo esto se la traía al pairo, lo que quedaba del Torcuato original estaba realmente alterado. Aun así, me llevé una bonita sorpresa al coger el cadáver para meterlo en mi bañera y comprobar que mi fuerza era muy superior a la que había tenido siempre. Esa sorpresa se convirtió en júbilo progresivamente tras desmembrar el cadáver con relativa facilidad usando un cuchillo grande de cortar el pan, de esos que tienen sierra. Nunca me había sentido tan, tan fuerte. Era agradable.
Muy agradable.
Por primera vez desde el episodio con el pastor, me sentía realmente animado. No sé si era por haber consumido cerebro humano fresco —por fin— o por el descubrimiento, motivado por la emergencia, de mis nuevas capacidades. Pero, tras envolver los diferentes fragmentos de Pedro el Putas en film transparente y llenar la nevera hasta arriba con sus restos —con la intención de irlos sacando poco a poco en bolsas de basura durante los siguientes días— me pegué una buena ducha para limpiar la sangre y hasta me peiné, cuidando incluso de dejar bien colocado el flequillo. Aun así, mi pinta no era en absoluto saludable. Al mirarme en el espejo veía a un hombre pálido, con profundas ojeras y con cara de no haber dormido en mucho tiempo. Y era verdad: cada día dormía menos y peor, aunque afortunadamente el aburrimiento no me afectaba. Sólo en ese momento, frente al espejo, me di cuenta de por qué la gente que me había encontrado por la calle en los últimos días no había sido especialmente amable conmigo; y que el motivo eran mis pintas, objetivamente poco saludables, por no decir del todo indeseables.
Durante el siguiente mes me zampé a dos oportunos Testigos de Jehová y a un cartero que traía una carta certificada para mi vecina. No me sentí en absoluto culpable ya que, de algún modo, ellos mismos se habían ofrecido a sí mismos por haber llamado a mi puerta. No puedo decir lo mismo de un par de repartidores de comida a domicilio a los que llamé, a mala idea, con la intención de comérmelos. El primero era oriental; busqué precisamente que fuera chino en la creencia de que su desaparición pasaría más desapercibida que la de un nativo. Pero su cerebro no me supo bien, quizás por diferencias de raza. El segundo, caucásico como yo, me supo mucho mejor, aunque también puede que fuera así porque me tomé el trabajo de esparramar antes su encéfalo por la pizza familiar que traía. Riquísima: la mejor pizza que he comido en mi vida.
Me llegué a convencer, día a día, de que mi nueva situación no era tan mala con respecto a mi vieja condición meramente humana. Aunque externamente parecía que mi vida era muy limitada, pues me había convertido en una especie de ermitaño, en mi fuero interno me sentía contento. Había resuelto el problema de surtirme de cerebros sin necesidad de salir de casa, con la ventaja añadida de que, en el caso de los sesos de humano fresco, ni siquiera necesitaba comerlos todos los días como me pasaba con los sesos de animal, mayormente insatisfactorios, que compraba por ahí ya fríos y probablemente mal criados. En definitiva, no era una adicción tan acuciante como se pudiera pensar. Por otra, mi carácter normalmente ansioso y preocupado se había esfumado y la apatía/indiferencia que invadía mi ánimo se había convertido no sólo en una bendición, sino el rasgo que más me gustaba de mi carácter. Al menos tras haberme dado previamente un buen festín de cerebro crudo.
Entonces llegó octubre. Y con él, el toc-toc de una inesperada llamada a la puerta, bien temprano. Discretamente observé por la mirilla y comprobé que era Don Prudencio, mi casero, al que, vaya, se me había olvidado pagar tanto el mes anterior como el actual. No debió de venir antes ya que era propietario de un montón de pisos, por lo menos un par de docenas sólo en mi edificio, y seguramente los retrasos no le debían quitar el sueño en absoluto. “¿Me lo como?”, me pregunté durante unos segundos antes de abrirle la puerta. Decidí de modo un tanto soberbio que, en función de lo que me dijera, le mataría o no. Me acababa de comer al cartero despistado hacía tan sólo tres días y no sentía especial necesidad de volver a comer tan pronto.
Nada más correr el pestillo y girar la manecilla, el casero empujó la puerta con una violencia inusitada, golpeándome y lanzándome contra la pared del fondo a gran velocidad. Para cuando pude reincorporarme, me había agarrado del cuello con una mano y me había levantado un palmo del suelo mientras me clavaba una mirada glacial. Me sorprendí tanto que tardé un par de segundos en reaccionar; pero lo hice. Rápidamente le agarré yo también del cuello, con toda mi fuerza, y entonces el sorprendido fue él. Tras unos instantes, se dibujo una sonrisa en su cara y nos soltamos, sólo para carcajearnos.
Así conocí a mi Maestro. Y a partir de ese momento, gracias a él, empecé a comprender.
Nos hicimos amigos inmediatamente, y no sólo por el hecho de compartir condición, aunque no ha llegado el momento todavía de explicaros el porqué. Tras nuestro desencuentro inicial, pasamos al salón de mi casa para conocernos mejor.
Como era de sospechar, él llevaba muchos más años ejerciendo de zombí que yo —no me quiso decir cuantos, pero probablemente décadas— y, lo que era mejor, había tenido ocasión de conocer a otros zombies y se había empapado la cultura básica de este modo de vivir, experiencia que a mí me faltaba completamente. Y por supuesto, se lo había montado muy, pero que muy bien.
— [...] trabajé muchos años e hice muchos negocios para poder comprar todos estos pisos, y gracias a ellos ahora no tengo que seguir currando para vivir, ver a nadie ni tampoco dar explicaciones sobre mis ingresos. Y encima, tengo un suministro casi regular de cerebros. Cada vez que un inquilino deja de pagar, me lo meriendo; no sólo me queda el piso vacío al instante, sino que además, cuando alguien pregunta, hago como que me indigno porque se marchó sin pagar. Ahora… ¿tú sabes por qué tenemos que comer cerebros? —me preguntó—.
— Pues la verdad es que no me lo había ni planteado… sólo me di cuenta de la necesidad repentínamente, sin preguntarme la causa —respondí un tanto sorprendido de no haberme hecho yo la misma pregunta con anterioridad—.
— El fósforo, hijo, el fósforo…
— No entiendo…
— El fósforo. Necesitamos fósforo. Y los cerebros tienen mucho. Y el cuerpo es muy sabio.
Me enseñó, entre otras cosas, la receta perfecta para las épocas de escasez de cerebro: lentejas con guano de murciélago.
— Una cucharada de buen guano tiene casi tanto fósforo como medio cerebro humano. Y encima, no caduca si lo guardas bien seco. Y las lentejas, bien espesotas, dan la textura —me explicaba con amor—. Gracias a esta receta puedes estar meses sin comer cerebro sin pasarlo mal. Ah, y el café… aunque no te apetezca, tómalo: ayuda mucho a mejorar el aspecto general y a levantar menos sospechas. Veinticinco tazas diarías mínimo es lo que tomo yo y, ya ves, casi parezco normal.
Gracias a Don Prudencio me enteré de que cada condición humana anómala se debía a la carencia de un nutriente específico: los zombies teníamos el problema del fósforo; los vampiros, del hierro; los licántropos, del calcio, etc…, etc… Al final la explicación de las cosas siempre resulta ser mucho más prosaica de lo que pudiéramos pensar.
Empezamos a vernos con regularidad, todos los días. No tardamos en hacer un trato: yo no tendría que pagar el alquiler, ni la comunidad, ni los servicios básicos pero, a cambio, tendría que encargarme de los “desahucios”, ya que Don Prudencio llevaba demasiado tiempo haciéndolos él mismo y podía estar ya levantando sospechas entre los vecinos.
Antes dije que nos habíamos hecho amigos inmediatamente y que iba a explicar el motivo más adelante. Pues bien, aquí está: el sentimiento predominante entre los zombies, cuando se encuentran, es el de la camaradería. Y no una cualquiera, sino una muy intensa. Como yo mismo pude comprobar al capturar a mi siguiente víctima, tras mis primeros encuentros con Don Prudencio: aunque por una parte compartir el cerebro recién obtenido me contrariaba profundamente, pues iba a tocar a menos, otra parte de mí se sentía llena de amor, alegría y satisfacción por poder disfrutar juntos, mi casero/amigo y yo, de tal exquisito manjar.
— Eso nos pasa a todos al principio —me contestó tras llegar a casa para invitarle a sesos y hablarle sobre estos sentimientos—. Pero con el tiempo te das cuenta de que el sentimiento que nos une a los zombies es mucho más puro que cualquier que pudieras haber experimentando antes: es una mezcla de amistad, camaredería, empatía, entrega… no te debes sentir culpable por sentirte mezquino a veces, siempre que no caigas en esa mezquindad, claro.
— Bien, eso es cierto, que lo que importa es la acción.
— No lo dudes. Y yo también te voy a confesar algo: en nuestro primer encuentro, mientras nos estrangulábamos y me di cuenta de que tú también eras zombi, sentí un poco de fastidio, pues sabía que a partir de ese momento iba a tener que contar contigo, me apeteciera o no. Pero son escrúpulos que se pasan rápido. Y ahora atiende, que te voy a enseñar una manera de comer muy divertida.
Don Prudencio agarró y levantó a mi víctima de ese día, una niña de quince años que había venido por la mañana a venderme lotería para financiar su viaje de estudios y a la que yo había roto el cuello de una patada. Aún estaba algo caliente, y bastante flexible, y mi casero la reclinó sobre su regazo. Introdujo un lápiz bien hondo por la nariz, revolvió unos segundos y acto seguido apoyó su boca sobre una fosa nasal mientras le tapaba la otra con el pulgar. Hinchó el pecho, como si aspirara, y a continuación destapó la fosa que había cubierto con el pulgar, tras lo que se oyó un ruido como de lavabo desaguando.
— Primero, con el lápiz deshaces bien la glándula pituitaria y los lóbulos frontales —explicó— . También puedes meter el lápiz por detrás del ojo, por un agujerito que hay en el hueso. Después, aspiras fuerte con el agujero tapado, haciendo vacío, para llenar las fosas nasales de masa encefálica; y cuando destapas, entra el aire y toda la sesada de golpe en la boca. Es como fumar —aclaró—.
Mi casero sabía un montón de técnicas distintas para comer cerebro de modo creativo. Algunas las había inventado él y otras las había aprendido de otros zombies, como esta que me acababa de transmitir. También me enseñó otras muchas cosas, pero no las pienso contar aquí.
Y esta es mi vida. La verdad, no la cambio por la que tenía antes de mis últimas vacaciones. Realmente, la única pega que le encuentro es que, de algún modo siento que me limito a vivir el presente y no tengo planes de ningún tipo. Y el techo de la cocina sigue sin pintar. Pero cuando se lo cuento a Don Prudencio, me anima:
— No te preocupes, Torcuato. Algún día seremos muchos, seremos todos amigos como lo somos tú y yo, y el Mundo será nuestro. Pero sin prisas ni agobios, poco a poco. ¿No estás muy agusto así como estás, alma de cántaro?
— Pues sí, la verdad es que sí… Esto es vida. ¿Hago café?
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20 mayo 2011
Cual sería mi sorpresa esta mañana cuando me encontré en el buzón una carta -con destino equivocado, claro- de los hermanos Wachowski a unos conocidos estudios. Está claro que un traspapeleo en Servicios Centrales (algún maldito formulario 27B/6) hizo que por casualidad me llegara este documento a casa.
Como siempre, aquí compartiré mi descubrimiento. Resulta que los hermanos Wachowski, tras Matrix y sus secuelas están interesadísimos en realizar un remake de Stalker, la película de Andrei Tarkovsky basada en el famoso relato de los hermanos Strugatsky. Adjuntaban una especie de story board bastante completo del que no he podido hacer escaneo aún (lo siento) pero del que voy a desgranar, a grandes rasgos, su peculiar versión de este clásico.
ESCENA 1
Stalker (keanu reeves) está en su casa discutiendo con su mujer: quiere volver a hacer de stalker después de estar en suspensión criogénica por ello durante años. La mujer intenta pegarle con el rodillo de amasar: giro de cámara 360º. Keanu le mete un galletón y la tira por la ventana: giro de 270º. La mujer solloza y Stalker se va.
ESCENA 2
Keanu se levanta en una tarima y empieza a explicar a unas 6000 personas que es la zona:
STALKER: Hace 12 años, 7 meses y 3 días unos extraterrestres del planeta Panceta (señala una transparencia) usaron colimadores de fase anisotrópicos con intención de provocar una ruptura espaciotemporal Dirac-Hawking con efectos secundarios alótropo-computacionales difíciles de prever. Afortunadamente yo tengo mi sublimador espacio-cero de Plank (Alza el aparato, parecido a una tuerca atravesada por una tela en versión cyber todo lleno de lucecitas, rayos eléctricos y fulgores extraños y con la marca bien visible) que permitirá enfrentarnos a La Zona. Yo os guiaré. Si llegáis, se concederán vuestros deseos.
Todos rugen y comienzan a bailar en plan rave. Giro de cámara de 720º.
ESCENA 3
La marabunta humana, liderada por Stalker, se dirige a La Zona, protegida por el ejército. Escena de combate protagonizada por la jauría, 60 helicópteros, 40 organillos de misiles, ninjas robot, giros de cámara… Los humanos, sólo armados con pistolas y machetes, reparten patadas voladoras a diestro y siniestro.
ESCENA 4
Stalker y uno de sus acompañantes hablan mientras se dirigen los 4000 supervivientes de la escena 3 al núcleo de la zona montados en una especie de discoteca volante:
STALKER: Dos dólares.
ACOMPAÑANTE: Hay fluctuaciones cuánticas.
STALKER: ¿Por arriba o por abajo?
ACOMPAÑANTE: Yo creo que sí.
STALKER: Ellos estamos preocupado.
ACOMPAÑANTE: Esta frase no verbo.
STALKER: ¿Es la esencia de lo humano lo que nos sugiere lo divino?
ACOMPAÑANTE: La vida está pintada en la superficie de la realidad.
STALKER: Hemos llegado.
Giro de cámara 400º.
ESCENA 5
La Zona está cruzada por rayos láser, humos, extraterrestres de todas las formas y colores, hologramas y la hostia de espectacular todo. Giro de cámara 820º.
STALKER (enarbolando el sublimador espacio-cero de plank y contemplando las lecturas): ¡Por aquí!
DISENSIÓN EN EL GRUPO (a coro): No, por aquí.
El grupo disidente, unas 1000 personas, revientan. Saltan tripas por todas partes, llamaradas. Primer plano de un tío con los ojos cocidos como huevos duros. Giro de cámara 900º.
Neo, digo, Stalker está hecho polvo. Las 3000 personas restantes también. Travelling circular para subrayar la elipsis. (?)
STALKER: Tenemos que seguir. No os separéis de mí.
ESCENAS 6 A 90
A medida que van andando por La Zona hasta llegar al sitio mueren unas 40 personas por minuto de las maneras más variadas posibles. Muchos giros de cámara.
ESCENA 91
Stalker y los dos únicos supervivientes están al lado de la cámara de los deseos largamente buscada. Ellos están salpicados de sangre por todas partes. De la habitación salen resplandores azules, auras psicotrónicas y muchas cosas bonitas.
De repente, uno de los supervivientes comienza a hablar:
SUP1: Soy del Gobierno y vengo a cargarme esta abominación de sitio. (se saca una bomba atómica de la nariz del tamaño de una pelotilla nasal)
STALKER: No, no, porfi.
SUP1: Que Sí.
SUP2: Las flores son bonitas.
STALKER: Piensa en las ecuaciones no balanceadas.
Giro de cámara 270º.
Stalker y el superviviente se ponen a luchar. Stalker pega un salto hasta la Luna, apoya un pie en ella y se impulsa al cuello del superviviente. Este desvía la lava de un volcán cercano y stalker se quema un dedo. Agarra al sup y le lanza contra la pared de la presa Hoover, a unos 600km de allí. Estan así un buen rato rompiendo todo y dejándolo hecho un asco hasta que la Zona interviene y los anillos de Saturno se deshacen mientras una voz en Off explica:
VOZ EN OFF: Los Anillos de Saturno fueron creado por los Pancetos hace 100 trillones de siglos, en la época de los dinosaurios para así compensar en el futuro la congregación anisotrópica de incrementos de variables ocultas en la especie humana, oriunda de Mercurio. Los gallegos vienen de Júpiter y por eso se vende hielo en las gasolineras.
Los anillos de saturno, que ahora son una línea, se dirigen a la Tierra a 100 veces la velocidad de la luz, golpeando al contricante de Stalker. La explosión es ensordecedora y lo deja todo lleno de escombros y suciedad. Voces a lo lejos gritan: “¡Tetsuo!”, “¡Kaneda!”.
ESCENA 92
Stalker está de nuevo en casa, hecho polvo.
STALKER: Jobá, la gente no entiende que yo hacía esto por gusto. Ay, como son.
ESPOSA: Enciende la tele anda.
Giro de cámara de 720º.
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Rebuscando entre los números viejos de la extinta revista cinéfila 35/24 me he encontrado con este documento increíble: una traducción de las notas originales de Tarkovsky para una película que nunca llegaría a producir al serle encargada Solaris.
La película planteaba unas innovaciones temáticas revolucionarias para la época: era un conglomerado de metafísica, violencia y ciencia ficción en torno a una figura mesiánica. Entre los títulos que el genial director barajó se encontraban Senso Mekano y Flores Artificiales, aunque más tarde se decantó por Matrix, en referencia a una supuesta máquina material-dialéctica, que no divina, entre cuyos transistores transcurren la vida de los personajes.
A continuación, y en exclusiva de su superglob favorito, las notas de dirección de Andreki Tarkovski para Matrix inicialmente publicadas en 35/24, número 192 del 28 de Abril de 1978.
ESCENA 1
Un hombre trabaja sobre una máquina de escribir en un local desvencijado de Omsk. Su ritmo es frenético. Plano general, 5 minutos. Alguien llama a la puerta. Abre. Es la portera. Le avisa de que un hombre quiere verle. El hombre pasa. Es fornido y lleva una gabardina elegante y gafas ahumadas. El recién llegado se sienta y plantea preguntas aparentemente sin sentido al ¿escritor? quien se muestra visiblemente incómodo. Éste finalmente pregunta al visitante si es del KGB. Este asegura que no. Se levanta y se va, pero antes saca de su bolsillo una tuerca y la deja en la mesa, al lado de la máquina de escribir.
ESCENA 2
El protagonista está preparándose un café. Primer plano de la cafetera durante 3 minutos, desde que es colocada en el fuego hasta que hierve. Nuestro hombre derrama el contenido al agarrarla. Pronuncia unos juramentos y se va al baño a limpiarse.
ESCENA 3
Primer plano del tapón del lavabo y del grifo llenándolo. Mientras se frota el pantalón con un paño húmedo, el hombre se percata de que hay una tuerca idéntica a la que el hombre dejó sobre la mesa encima del lavabo. Se olvida del pantalón y coge la tuerca fascinado, mientras se pregunta como llegó hasta allí. Quita el tapón del lavabo. Primer plano de los ojos contemplando la tuerca hasta que el desagüe hace “oghhbnnrgofrooomwwm”. Fundido en negro.
ESCENA 4
Habitación del principio. Neoski (así se llama nuestro protagonista) espera sentado frente a la máquina de escribir, pero juega con la tuerca entre sus dedos. Espera la visita del extraño hombre. La ESPERA. Para que se note, primer plano del perfil a contraluz durante 10 minutos.
Llaman a la puerta. De nuevo el visitante. Se entabla el diálogo.
NEOSKI: Así que era esto a lo que se refería.
VISITANTE: Sí.
NEOSKI: ¿Lo ha hecho usted?
VISITANTE: No.
NEOSKI: ¿Por qué?
VISITANTE: Es una pregunta sin contestación. Sólo ofrezco liberación.
NEOSKI: Liberarme de qué.
Pausa dramática de 4 minutos. Suena el teléfono. Nadie lo coge. Otros 10 minutos. De repente, se oyen ruidos de tumulto. Tumban la puerta. 3 soldados entran en la habitación. El visitante le hace la zancadilla al primero, da un puñetazo al segundo mientras exclama “por júpiter”. El tercero sale corriendo.
NEOSKI: ¿Eran ellos?
VISITANTE: Sí.
NEOSKI: ¿Son del gobierno?
VISITANTE: No.
NEOSKI: Podemos vencerles.
VISITANTE: Es una pregunta sin contestación. Sólo puede decir que depende de tí.
NEOSKI: Depende de mí.
Ambos se quedan mirando a la tuerca. Primer plano de la tuerca durante 15 minutos. Está enfocada de tal modo que parece que puede desaparecer en cualquier momento.
ESCENA 5
Neoski y el Visitante están sentados en un banco en un parque. Es verano. Las palomas picotean arroz en el suelo. Plano general de las palomas durante 6 minutos.
NEOSKI: Parece increíble.
VISITANTE: Sí.
NEOSKI: ¿Ellas..?
VISITANTE: No.
NEOSKI: ¿Qué hay detrás?
VISITANTE: Es una pregunta sin contestación. Hay máquinas… pero ¿Qué hay detrás de las máquinas?
Pausa. 18 minutos.
De repente Neoski se levanta y atrapa una paloma. La agarra por las patas y golpea su cabeza repetidamente contra un muro, hasta matarla. La muerde hasta abrir su interior, del que extrae una tuerca.
ESCENA 6
Neoski está tumbado en una estancia industrial, rodeado de equipo mecánico. Esta prácticamente desnudo y con los ojos cerrados. En medio del pecho tiene un enchufe conectado a algo parecido a un aspirador. Se oye un zumbido. Plano general de 10 minutos.
ESCENA 7
Neoski prepara café. Su semblante es inexpresivo, pero parece abrumado. Primer plano durante 3 minutos, hasta que se oye el gorgoteo del café. Al verterlo en la taza esta se rompe. Neoski se asusta. Una tuerca en el interior de la cafetera ha roto la taza.
Primer plano de los ojos de Neoski durante 44 minutos.
Neoski sonríe. Sabe que ha vencido.
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27 abril 2011
Este 27 de Abril de 2011 se recordará en el futuro como el día que ocurrió un suceso impensable, un auténtico shock, retransmitido en directo a toda una nación que no estaba preparada para algo así ni por asomo, una nación que ahora mismo se encuentra en estado catatónico.
Hoy una reportera, tras preguntar una cuestión de actualidad a un chico que paseaba por la calle, recibió esta contestación inesperada:
—La verdad es que, como no conozco el asunto en profundidad, prefiero no opinar.
El escándalo está tomando proporciones mayúsculas y el Gobierno ha declarado el estado de excepción tras la alarma social generada. Les mantendremos informados.
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