10 Julio 2010

auge y caída de superlópez

Archivado en: Análisis, Cómic, Nostalgia — voet

Si hace un par de artículos hice una brevísima valoración de la evolución de las historias de Tintín, ahora toca hacerlo con otro personaje que, al contrario que aquel, se elevó a las más grandes alturas en sus primeros álbumes para luego precipitarse a un abismo del que no parece tener intención o posibilidades de salir.

Los orígenes de Superlópez, como de muchísimos otros personajes de cómic, fueron extremadamente humildes. Su creador, Jan, o sea, Juan López Fernández, oriundo de El Bierzo, en León, recibió en 1973 el encargo por parte de la editorial barcelonesa Euredit de hacer una parodia de Supermán, pasando poco después a ejercer en Bruguera.

Estas primeras historias estaban gravemente constreñidas por el formato impuesto: monocromo, sin diálogos, cuatro viñetas al principio que con el tiempo se convertirían en un par de páginas, y un humor blanquísimo muchas veces guionizado por Conti (que siempre se negó a firmarlo como tal) y otros clásicos de Bruguera. Esta delegación del trabajo del guión parece ser que fue debida a las continuas desavenencias de los responsables de Bruguera con las historias pergeñadas por el propio Jan.

De todos modos, los rasgos básicos del personaje estaban allí, a pesar de lo apolillado del dibujo: el bigote, la narizota, el trabajo de chupatintas en una oficina y las responsabilidades matrimoniales; pues de aquella Superlópez estaba casado. Por otra parte, de aquella sus poderes eran más fantasiosos que reales.

Esta etapa duró unos 5 años bastante frustrantes hasta que en 1978 la editorial confió en él para realizar una serie de aventuras más largas y a color que permitieron al personaje expandirse agusto. Las historias se encargaron a Francisco Pérez Navarro (Efepé) y del dibujo se hizo cargo Jan, por supuesto, pero esta vez en un estilo mucho más fresco, fluido y hasta obsceno.

Ciertamente el grafismo de Superlópez es inconfundible: no sólo por el sentido del dinamismo, el volumen y la presencia que destilan las imágenes, a pesar de parecer dibujadas con un pincel que en manos de otro dibujante parecería demasiado grande y grueso. Pero que en manos de Jan producen un trazo orgánico, blando y, hasta cierto punto, guarro dentro de su limpieza. En ese sentido, la única referencia que encuentro próxima a Jan es el grandísimo Robert Crumb.

El primer álbum largo, Aventuras de Superlópez (1979), contiene ocho historias cortas que básicamente son parodias de las de los superhéroes americanos clásicos. En ellas Efepé recurre al humor de bofetadas y a la torpeza o imprevisión del protagonista para producir la carcajada, mientras que Jan, con su estilo ya perfectamente definido, practica un humor visual costumbrista, cafre y hasta gamberro por momentos.

El éxito fue inmediato y allanó el camino para el siguiente álbum, que se fue un poco de las manos de sus creadores y fue publicado en dos partes, como curiosa excepción dentro de la criticada política de Bruguera con respecto a sus exigencias a los dibujantes. El Supergrupo (1979) y ¡Todos Contra Uno, Uno Contra Todos! (1979) siguieron con el espíritu paródico del anterior, pero esta vez en una historia larga, más rica en personajes y con una trama bastante sólida. Sin embargo no fue de la total satisfacción del dibujante.

A partir de ese momento Jan decidió tomar control total sobre el personaje prescindiendo de Efepé. Y no lo hizo mal, quizás porque en el fondo no se desvió demasiado de las aportaciones narrativas de este y de la personalidad, ya madura, que Efepé había creado para Superlópez. De hecho, un lector que no esté sobre aviso apenas nota el cambio de guionista de una historia para otra.

Los siguientes álbumes fueron abandonando progresivamente el elemento paródico en favor de una esencia propia para el protagonista y un mundo algo surrealista.

Así, Los Alienígenas (1980) no corresponde a una parodia de ninguna obra concreta de invasión extraterrestre, pero pocos son los tópicos sobre el tema que se libran del recochineo.

Es en El Señor de los Chupetes (1980) donde el elemento paródico, en este caso de El Señor de los Anillos, vuelve a ser central en la historia. Y también es el primer álbum donde vemos cierta intención moralizante, aunque en segundo plano: ya que el Señor de los Chupetes domina a los seres humanos a través de la explotación de sus vicios.

Y es entonces cuando llegamos a La Semana Más Larga (1981), la que para mí no es sólo la mejor aventura de Superlópez, sino una joya de la Literatura con mayúsculas. Tiene un guión endiablado, bien enhebrado, divertidísimo, satírico; un sentido inmejorable del ritmo y del chiste recurrente; variedad de tonos, desde el costumbrista hasta el onírico pasando por el autorreferencial (“¡Esto lo resuelvo yo en quince viñetas!“); personajes coherentes y bien ubicados; un dibujo excepcionalmente fluido, etc…, etc… Sin duda esta obra no tiene el reconocimiento que se merece.

El altísimo estándar de calidad se mantendría durante las siguientes historias, sin duda muy divertidas, pero en las que ya se aprecia cierto agotamiento de ideas y un aumento gradual de la moralina: Los Cabecicubos (1982), sátira del totalitarismo; La Caja de Pandora (1983), donde de modo un tanto sorprendente los dioses mitológicos entran a formar parte del universo de Superlópez; La Gran Superproducción (1984), parodia del mundo cinematográfico.

A muchos lectores que conocen estas obras les puede sorprender que asegure que ya se observa cierto agotamiento, pero tengo mis razones: En La Semana Más Larga el universo de Superlópez alcanza la máxima definición, por no decir realismo, y coherencia interna; pero en las siguientes obras este mundo pierde solidez y se sale por la tangente en aras de la historia: no había ninguna necesidad de que la oficina en la que trabaja López se convirtiera en un partido político o en una productora de cine, ni tampoco hacían falta dioses mitológicos para contar lo que se puede contar con este personaje.

Y en cierto modo esto ocurre porque Superlópez se va haciendo esclavo de sus secundarios a la vez que, cada vez más y más, adapta los personajes a la temática de cada álbum, en vez de hacerlo alrevés. Algo parecido a lo que ocurre en los Simpson: si en los primeros años de esta serie de TV los personajes secundarios, que ya eran conocidos por todos los seguidores de estos dibujos, sólo aparecían cuando era estrictamente necesarios, a partir de cierta temporada parece que es imprescindible que en cada episodio salgan todos los secundarios diciendo su frase. Y así no se puede desarrollar una narración en condiciones.

Esto se hace muy evidente en la historia que marcó el principio de la decadencia: Al Centro de la Tierra (1987). No sólo han pasado cuatro años desde la anterior aventura. Bruguera ha quebrado en 1985, Ediciones B ha tomado el testigo poco después y Superlópez no sólo sigue en la brecha, sino que, aparentemente, todas las restricciones amargas que su creador experimentó en la época anterior han sido sustituidas por un reconocimiento rayano en la carta blanca, incluyendo la creación de una revista propia.

En Al Centro de la Tierra, a pesar de su cuidada edición (especialmente por el color) tenemos un guión previsible (ya que es una adaptación casi fiel de la novela de Verne), repetitivo, aburrido y absurdo: Y en parte por la esclavitud de los secundarios que mencioné, ya que en la expedición acompañan a Superlópez Jaime y Luisa, sus compañeros de oficina, introducidos a calzador en un periplo que no les corresponde.

Esta tendencia se verá reforzada en los siguientes álbumes por tres factores que Jan se emperra en incorporar en cada álbum y que, en principio, serían positivos si estuvieran bien utilizados.

El primero consiste en un verismo y un esfuerzo documental creciente que se traducen exclusivamente en un dibujo cada vez más realista, detallado y trabajado, con cierta obsesión en los elementos arquitectónicos. Pero este verismo no llega al guión, cada vez más previsible, ramplón y constreñido a los citados secundarios omnipresentes. En alguna parte he leido al respecto que Al Trapone, el mafioso, se convierte en un personaje recurrente a lo largo de un sinfín de números.

El segundo factor, a priori positivo, pero que se acaba torciendo, es el tono cada vez más didáctico. Si en las primeras aventuras cierta moralina o la aparición de ciertos mensajes (“No Fumes: Lee“) se limitaban a permanecer entre líneas o a figurar como detalles de fondo, ahora se convierten en mera arenga al lector, llegando incluso a romper la cuarta pared con declaraciones un tanto casposas y sin matices. Hay hasta álbumes enteros que estarían muy bien si fueran panfletos pagados por la FAD, pero que como tebeos de evasión dejan mucho que desear.

El tercer factor es el que acaba de destruir al personaje; y es la absoluta obsesión con los temas de actualidad. El propio Jan reconoce que se inspira de modo consciente y primordial en las noticias de los medios, y las polémicas propiciadas por estos, a la hora de crear sus historias.

De este modo, los últimos álbumes de Superlópez consisten exclusivamente en la revisión de hechos más o menos relevantes como internet, la catástrofe del Prestige, la especulación inmobiliaria o la obsesión con la gripe A. Sin duda muchas de estas historias ya han envejecido en el momento de su publicación, ya que la fábula, en vez de universal, es demasiado concreta y referida al momento. Un niño que las lea en el futuro probablemente sea incapaz de pillar el mensaje.

Hay quien disculpa al autor (yo no) por ciertas historietas que destacan dentro de este panorama desolador, como la de los Petisos Carambanales (1987). Quizás me cogió siendo menos niño (yo tenía 14 años cuando se publicó, y ya sólo compraba underground de aquella… cuando tenía pasta para ello) y me pareció un tanto infantil, aunque refrescante sin duda.

Mi rotura definitiva con Superlópez se produjo con el número dedicado a la actualidad de aquel entonces: Tyrannosaurus Sect (1994) que hablaba, como no, de dinosaurios y sectas, recientes como estaban Parque Jurásico y el asalto a los davidianos en Waco.

Cayó en mi mano de casualidad, pues el hermano de un amigo al que visitaba con frecuencia compraba los tebeos de Superlópez. Lo leí un tanto deprisa y corriendo, comprobando que aquello no sólo no llevaba a ninguna parte sino que además carecía de todo lógica… hasta unas páginas antes del final donde nos encontramos ESTO:


La historia acaba con una especie de número de vodevil, se supone que a petición del lector. Desconozco la motivación de Jan para tratarle de este modo, que supongo que tendrá mucho que ver con cierto quemazo asociado a ganarse las lentejas y a las presiones editoriales. Pero tras este insulto final, jamás volví a abrir otro Superlópez que no correspondiera a uno de los primeros nueve números.

Ojalá Jan hubiera hecho como Robert Crumb con el Gato Fritz: matarlo con un picahielos cuando llegó a lo más alto de la fama y ante la amenaza de perversión inminente de su espíritu por culpa de un marketing irrespetuoso. Crumb amaba demasiado a su personaje como para hacerlo envejecer alienado.

Superlópez, en cambio, es un zombi con más de cincuenta álbumes que se debería haber retirado hace cuarenta. Pena.

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Archivado en: Análisis, Cómic, Nostalgia

7 Julio 2010

tintín y el nihilismo

Archivado en: Análisis, Cómic, Increíbleble, Nostalgia — voet

Los que nacimos en las décadas de los 60 y los 70 tenemos referencias literarias y comiqueras comunes; más que nada por la escasez de opciones que existían en el mercado.

Así, recuerdo que hasta que descubrí el underground a los 8 años (es una divertida historia que algún día contaré) los cómics que conocía eran básicamente Mortadelo y Filemón, acompañados por el resto de personajes de la editorial Bruguera (Zipi y Zape, Benito Boniato, Anacleto…) y, ya en otra liga, los de tapa dura, más prestigiosos: básicamente, Astérix y Obélix y Tintín. Algunos amiguitos tenían Don Mickeys, pero a mí nunca me llegaron a implicar demasiado.

Con ojos de niño las cosas se ven diferente que con ojos de adulto, claro está. Recuerdo que de renacuajo yo pensaba que el número de cuentos —así los llamaba— de Mortadelo y Filemón era inmenso, infinito, de tantos que parecía haber.

Sin embargo con los de tapa dura no me pasaba, ya que solían tener en la parte de atrás la lista de títulos publicados, con lo que me quedaba claro que se trataban de colecciones finitas. Pero eso no quiere decir que fuera consciente de que se trataba de personajes e historias que evolucionaban como sus autores; o tan siquiera que muchos álbumes ya tenían décadas de antigüedad cuando yo los leía, ya que para mí eran siempre de ahora mismo.

Empecé a plantearme que había una evolución de los tebeos cuando cayó en mis manos, todavía bastante niño, el primer álbum de Asterix, con su dibujo un tanto feo y desaliñado. Asimismo asistí fascinado al nacimiento de Tintín la vez que leí, con unos 12 años, una edición facsímil de Tintín en el País de los Soviets. Ya de aquella, y con mi formación política nula —normal a esos años— deduje que algo no andaba bien en esa historia.


Y es hoy que con ojos de adulto vuelvo a leer estas historias y me doy cuenta de muchas cosas: de la mala baba y de los innuendos de Goscinny en Astérix, de como Uderzo hacía caricaturas de personajes que eran de actualidad en el momento de su publicación, de las traducciones de juegos de palabras de Jaume Perich y otros datos que se me habían pasado totalmente desapercibidos durante la infancia.

Pero es Tintín el que se me hace mucho más fascinante ahora que cuando era niño.

Se ha dicho y opinado mucho sobre Hergé y Tintín, y su evolución como dibujante está muy documentada; así que no pienso esmerarme mucho en repetir lo que se ha dicho en otros sitios.

Basta con que quede claro que Tintín nació como burda propaganda antibolchevique por encargo, creció en los siguientes tres álbumes, muy ingenuos a todos los niveles, y alcanzó su adultez en El Loto Azul, cuando el autor decidió que era esencial documentarse lo más posible sobre los lugares, personas y costumbres que Tintín conocería en sus distintos viajes, para así alcanzar cotas de verismo únicas en la literatura juvenil de su momento.

Sin embargo, de lo que nunca he oído hablar es de la, según mis conclusiones, progresiva deriva del autor y su personaje hacia el nihilismo. Y por eso escribo este artículo.

Para Hergé Tintín en el Tíbet (1960), su vigésimo álbum, supuso algo así como una catarsis; lo realizó en un momento en el que su delicado estado nervioso y vital le atormentaba con pesadillas que transcurrían en un vacío (¡nihil significa nada, vacío!) de color blanco que le horrorizaba. Tras acabar de dibujar esta aventura, repleta de paisajes desolados nevados, las pesadillas desaparecieron. Y por algún motivo este álbum se convirtió en el favorito de su autor.

Si nos fijamos en esta historia es muy distinta a las anteriores: el número de personajes es mínimo, no hay malvados y apenas se mete en cuestiones morales como había hecho en ocasiones anteriores.

Y creo que algo ocurrió en la cabeza de Hergé que le condujo a llevar a Tintín, poco a poco, a una especie de vacío narrativo, vital, existencial. Y esto se refleja en sus tres siguientes álbumes.

En Las Joyas de la Castafiore (1963) Hergé experimentó conscientemente con su personaje.

Quiso crear una aventura de Tintín que no tuviera nada de aventura. De hecho, una vez leído, te das cuenta de que realmente no ha pasado absolutamente nada trascendente, aparte de un montón de situaciones domésticas protagonizadas por personajes pintorescos. Y Tintín o Haddock ni siquiera han salido de su casa. Para más coña, el título sólo hace referencia a un McGuffin y la relevancia de las dichosas joyas dentro de la trama es mínima.

Pero eso no le impidió crear el que para mí es el mejor y más delicioso álbum de todos, uno que no me canso de leer. Quizás lo concibió como un experimento narrativo, pero opino que, debido a su sofisticación, es la obra de madurez definitiva del autor y su personaje.

En su siguiente historia, Vuelo 714 para Sidney (1968), Hergé parece retomar el formato clásico de aventura tintinesca. Pero, de nuevo, no ocurre absolutamente nada relevante. Aunque en verdad, sí ocurre; y el evento es hasta grandioso, sublime, quizás lo más grande que les ha ocurrido jamás a los personajes.

Pero estos finalmente olvidan —más bien son obligados a olvidar— completamente lo que han visto (que es muy rollito Lost). Y si juntamos la primera y última viñeta del álbum, está claro que existe una total continuidad entre ellas: así la historia contada, desde el recuerdo final de los personajes, apenas se reduce a una escala durante un vuelo a Australia. Todo lo demás es como si nunca hubiera ocurrido.


El último álbum publicado en vida de Hergé no sólo es nihilista; también cínico. Tintín y los Pícaros (1976) viene a ser algo así como la antítesis de la primera historia de Tintín; si en aquella el periodista se infiltraba en la Rusia Roja para combatir el comunismo, en esta apoya a una guerrilla revolucionaria de corte marxista. Y de nuevo la acción de Tintín no tiene consecuencia duradera alguna, no implica ningún cambio real. Compárense las viñetas de la llegada y partida de nuestro héroe a la república bananera —imaginaria— de San Theodoros:


Queda por comentar la última historia de Tintín, Tintín y el Arte Alfa (1983), que Hergé apenas esbozó. Pero dió órdenes precisas de que no fuera acabada tras su muerte; decisión que respetó su heredera. Fue publicado en 1986, inacabado, y se han realizado diversos acabados pirata desde entonces.

Es realmente extraño. Inicialmente Hergé quiso que toda la historia ocurriera en la zona internacional de un aeropuerto, que es algo muy parecido a un no-lugar. Pero posteriormente centró el argumento en el mundo del Arte Moderno (!).

Sin embargo, no está clara la historia ni los personajes, ya que multitud de páginas originales (más de 150) fueron encontradas con argumentos y escenas aparentemente contradictorias. Aquí Tintín y Haddock ni siquiera parecen ser los personajes a los que estamos acostumbrados, y la confusión es norma. Por momentos hasta parece una autoparodia. En cualquier caso, supongo que si Hergé hubiera tenido tiempo para completar la historia, probablemente habría acabado siendo absolutamente posmoderna y dotada de una interpretación abierta, sin un sentido claro. Puede que hasta psicótica.

Sólo me queda la curiosidad de hasta adonde hubiera podido llegar este hombre en su deriva artística si hubiera muerto unos años más tarde.

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15 Junio 2010

flashforward

Archivado en: Series TV — voet

— ¿Qué es ese símbolo?
— Es la constante taquiónica. Es un número teórico que los físicos han tratado de descifrar por siglos.

Estupideces como esta, y alguna mayor, son habituales en FlashForward, una serie de TV muy reciente, de este mismo año, que ha sido cancelada tras una única temporada.

Es habitual que la ciencia ficción televisiva deje mucho que desear a nivel científico, y este caso no es una excepción. Sin embargo, FlashForward mueve a la indulgencia.

Su premisa es muy original: el 6 de octubre de 2009, a las 11 de la mañana, toda la población del planeta cae inconsciente simultáneamente durante 137 segundos. Las consecuencias inmediatas son terribles: aviones que caen, accidentes automovilísticos, incendios, etc… provocando la muerte de 20 millones de personas en todo el mundo.

Durante ese periodo de inconsciencia, la mayoría de la gente tiene visiones de su futuro: concretamente de la noche del 29 de Abril de 2010. La correlación de las visiones entre diferentes personas muestran una gran coherencia, aunque no siempre, entre ellas.

Las consecuencias son demoledoras para la mayor parte de la gente; y así, tras el shock inicial, nada vuelve a ser lo mismo. La gente conoce su futuro y eso le obliga a tomar decisiones, tanto para alcanzarlo como para intentar evitarlo, en función de lo que ha visto cada cual.

Las reacciones son de todo tipo: hay quien se ve trabajando de funcionario y se apunta a unas oposiciones porque sabe que va a sacar la plaza. Hay quien descubre que en el futuro ha cambiado de pareja, lo que provoca una inmediata crisis con la actual; o por el contrario, un hombre comprueba que en el futuro ha descubierto a su media naranja y se dedica a buscarla… a la vez que ella hace lo mismo con él.

Otra gente no ha visto nada, y está convencida de que va a morir antes de que llegue el 29 de Abril.

El protagonista absoluto es el agente del FBI Mark Benford, quien en su visión observa el tablón con las pruebas de la investigación que, precisamente, está realizando sobre el fenómeno. Esos recuerdos del futuro son precisamente los que provocan que él sea el encargado de la investigación y que corra tras las pistas que sabe que debe buscar.

Y no cuento nada más que la estropeo.

¿Por qué dije que la serie mueve a la indulgencia? A pesar de la chorrística científica que se maneja, (incluyendo ordenadores que tras darle a un botón muestran instantáneamente la información girando en 3D) y algún personaje meramente caricaturesco (el Dr. Simon Campos) el guión destaca por varios motivos:

En primer lugar, porque se explotan absoluta y convenientemente todos los tópicos de los viajes en el tiempo y de los recuerdos del futuro: desde la información que sale de la nada hasta diversos tipos de oportunismo y de profecía autocumplida. Y esto se hace de manera muy inteligente en la mayoría de los casos, buscando la sorpresa y el deleite del espectador.

En segundo lugar, porque se han esmerado especialmente en la parte de la psicología social, en cómo las consecuencias del suceso afectan a todos los estratos: nuevas religiones, asociaciones extrañas de gente que ha visto lo mismo, y personas que deciden hacer borrón y cuenta nueva… cuando no auténticas locuras, porque están convencidas de que no pueden morir.

En tercer lugar porque el guión, que es demencialmente retorcido, propone enigmas a la vez que resuelve anteriores. Al contrario que Lost que no dejaba de acumular pista sobre pista sin aclarar nada, FlashForward no engaña: los 22 episodios de esta (primera y única) temporada acaban de manera autoconclusiva y quedan todos los cabos atados y bien atados; dejando abierto, no obstante la posibilidad de un futuro desarrollo para una siguiente temporada que, desgraciadamente, no va a haber.

Y en cuarto lugar, porque la filosofía subyacente, el conflicto entre libre albedrío, destino y posibles futuros, se gestiona de manera inteligente y en su justo equilibrio: sin insistir demasiado en ello pero tampoco obviándolo.

Así que no dudo en recomendar el visionado de esta serie, siempre que se muerda un palo entre los diente cada vez que hablen de taquiones.

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Archivado en: Series TV

31 Mayo 2010

rite of spring 4: vídeo

Archivado en: Asturias, Cómic, Fiesta, Increíbleble, Ironía, Música — voet

[Este es el cuarto post de la serie. El anterior está aquí.]

En el primer vídeo, correspondiente al inicio del concierto ofrecido por The Pink Panther Show, se puede comprobar que somos gente de lo más tranquila, nada entregada al despiporre o el paroxismo.

Disculpad, eso sí, la calidad de sonido: es tan mala por culpa de la cámara, no de los músicos. De hecho, los que estuvieron allí me podrán confirmar que sonaban de-la-hostia.

En el siguiente podemos apreciar la ejecución —casi completa— de un tema. Sólo falta el principio. El sonido se oye un pelín mejor y se puede seguir comprobando que somos gente sosegada que sabe disfrutar en contemplación, sin palabras. Om.

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rite of spring 2: calentando motores

Archivado en: Asturias, Comer, Cómic, Fiesta, Increíbleble — voet

[Segundo artículo sobre la fiesta de primavera: el primero, con las fotos de los disfraces, aquí.]

Antes de los conciertos, el concurso de karaoke y demás, se hizo necesario juntar fuerzas mediante la comida y la bebida. Para ello se preparó una estupenda paella, con abundantes alcachofas.



Los primeros asistentes llegan a la casa. Al final nos juntamos como unas 50 personas. Algunas ya llevaban de prefiesta desde el día anterior.


Aprovecho para poner esta foto de la barra antes de que se llenara de gente y sólo se vieran cabezas.


Sesión de cante jondo incluida en el ticket.


Mientras se hace la paella nada como lubricar previamente el gaznate.


Parece grande, ¿verdad? Pues no quedaron ni los huesitos del pollo.


El escenario, ya preparado para el macroconcierto que tendría lugar a continuación.


Glomp, Slurp, Ñam.


La gente se reúne para el concierto. Como se puede ver, love is in the earth.


No me pidan explicaciones que no las tengo.

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