La obsesión por la seguridad en un mundo cada vez más caótico impulsó, a principios de la segunda década, la extraña moda de poseer cada vez coches más grandes. La explicación inicial era evidente: cuando más pesado un vehículo, menos impacto, proporcionalmente, absorbe al chocar con otro más ligero.
Pero lo que empezó como una moda acabó convirtiéndose en una obsesión, luego en un negocio y, acabáramos, en un símbolo de status. No tardó en hablarse de la Ley de Idle, que aseguraba que el peso de los coches que salieran al mercado se duplicaría cada 16 meses. Esta ley se cumplió finalmente durante casi diez años.
La razón era simple. Habiendo coincidido esta locura en un momento de alto precio de la vivienda y con el petróleo por las nubes, las numerosas subvenciones de las petroleras y la visión de los ingenieros no tardó mucho en conseguir que la adquisición de una casa-coche saliera casi gratis, a pesar de su alto mantenimiento.
La sociedad cambió y el mundo con ella. O al revés.
A principio de la tercera década el peso medio de un turismo con dos baños y terraza era de 1500 toneladas. Consumía más de 100 litros de keroseno por kilómetro y avanzaba a 600 metros por hora. Pero las carreteras estaban todas destrozadas por el peso y los viejos puentes eran inútiles de facto. Incluso los escasos propietarios de vehículos ligeros (y por tanto viejos) que no habían muerto aplastados en los cruces no podían circular por la falta de calzada. Los coches se convirtieron finalmente en vivienda permanente. Y como poca gente se podía desplazar más allá de unos kilómetros al día, esto, unido a la enorme deuda de las familias, hundió la economía.
Ante esta situación, alguna gente usó el ingenio y se dedicó a separar las antiguas viviendas de ladrillo de sus cimientos y acoplarles chasis y motores de vehículos conseguidos en el chatarrero. Pero los edificios de ladrillo eran demasiado grandes. Así que durante estos duros años se fueron haciendo cada vez más pequeños hasta tener el tamaño minimo para que cupieran un puñado de personas sentadas. Pero la disminución de tamaño significó más velocidad. Esta agilidad recuperada permitió que la gente pudiera desplazarse de nuevo a menudo, efizcamente y a bajo coste, lo que repercutió positivamente en la economía. Las acerías volvieron a funcionar y, finalmente, las casas convertidas en coches se hicieron de metal, más práctico que el ladrillo.
Es por ello, hijo mío, que los coches llevan tresillo incorporado, con dos butacas delante y el sofá detrás; y por el mismo motivo las casas tienen ventanas.



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