9 enero 2010

todo tiene explicación

archivado en: Ficción RetroTech

La obsesión por la seguridad en un mundo cada vez más caótico impulsó, a principios de la segunda década, la extraña moda de poseer cada vez coches más grandes. La explicación inicial era evidente: cuando más pesado un vehículo, menos impacto, proporcionalmente, absorbe al chocar con otro más ligero.

Pero lo que empezó como una moda acabó convirtiéndose en una obsesión, luego en un negocio y, acabáramos, en un símbolo de status. No tardó en hablarse de la Ley de Idle, que aseguraba que el peso de los coches que salieran al mercado se duplicaría cada 16 meses. Esta ley se cumplió finalmente durante casi diez años.

La razón era simple. Habiendo coincidido esta locura en un momento de alto precio de la vivienda y con el petróleo por las nubes, las numerosas subvenciones de las petroleras y la visión de los ingenieros no tardó mucho en conseguir que la adquisición de una casa-coche saliera casi gratis, a pesar de su alto mantenimiento.

La sociedad cambió y el mundo con ella. O al revés.

A principio de la tercera década el peso medio de un turismo con dos baños y terraza era de 1500 toneladas. Consumía más de 100 litros de keroseno por kilómetro y avanzaba a 600 metros por hora. Pero las carreteras estaban todas destrozadas por el peso y los viejos puentes eran inútiles de facto. Incluso los escasos propietarios de vehículos ligeros (y por tanto viejos) que no habían muerto aplastados en los cruces no podían circular por la falta de calzada. Los coches se convirtieron finalmente en vivienda permanente. Y como poca gente se podía desplazar más allá de unos kilómetros al día, esto, unido a la enorme deuda de las familias, hundió la economía.

Ante esta situación, alguna gente usó el ingenio y se dedicó a separar las antiguas viviendas de ladrillo de sus cimientos y acoplarles chasis y motores de vehículos conseguidos en el chatarrero. Pero los edificios de ladrillo eran demasiado grandes. Así que durante estos duros años se fueron haciendo cada vez más pequeños hasta tener el tamaño minimo para que cupieran un puñado de personas sentadas. Pero la disminución de tamaño significó más velocidad. Esta agilidad recuperada permitió que la gente pudiera desplazarse de nuevo a menudo, efizcamente y a bajo coste, lo que repercutió positivamente en la economía. Las acerías volvieron a funcionar y, finalmente, las casas convertidas en coches se hicieron de metal, más práctico que el ladrillo.

Es por ello, hijo mío, que los coches llevan tresillo incorporado, con dos butacas delante y el sofá detrás; y por el mismo motivo las casas tienen ventanas.

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archivado en: Ficción RetroTech

24 diciembre 2009

the lamb lies down on zx spectrum

Madre de diós, acabo de encontrar perdido en un CD una de mis primeras obras digitales, realizada con un Sinclair ZX Spectrum de 48kB en 1988, cuando servidor tenía 15 años.

the lamb lies down on broadway
En aquellos años no había los monitores que hay ahora y estas cosas se hacían en una tele normal, con lo que la realidad se parecía más a esto:

the lamb lies down on broadway
(Ah, la delicada pátina entrañable que impregna a lo analógico.)

De aquella hice un montón de dibujos en el Spectrum (el rock’n'roll de nuestra generación, como oí una vez) utilizando diversos programas, de los cuales mi favorito, que sigue siendo impresionante hoy en día, era el OCP Art Studio (véase video). Envíe unos cuantos dibujos a los concursos de la extinta revista MicroHobby pero jamás me publicaron. Ni siquiera este, probablemente el mejor de todos los que hice.

De todos, sólo conservo este. Que, por cierto, es la portada de un discazo: The Lamb Lies Down on Broadway, de Genesis.

the lamb lies down on broadway

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17 diciembre 2009

la oficina sin hilos

Como todo el mundo sabe, antes de que existieran los ordenadores la contabilidad era un follón.

La manera tradicional de almacenar la información de las diversas transacciones era usando pequeñas pellas de barro conectadas unas a otras mediante hilos de algodón, lana o esparto. Ya sabéis: conos, pedidos; los cubos con una raya, facturas; las bolas con un agujero, albaranes, etc… Estos hilos permitían, y siguen permitiendo hoy en día, relacionar unos documentos con otros de manera que todo quede atado y bien atado, valga la metáfora.

Obviamente, en las oficinas pequeñas con mucho trajín, al cabo de cierto tiempo resultaba muy difícil moverse. En una ocasión vi una foto de una oficina de los años 30 envuelta por una telaraña de más de cuarenta mil kilómetros de hilo. Bueno, eso ponía el pie de foto. Pero es plausible.

¿Quién no se ha reído en las tópicas películas antiguas cuando, tras declararse a la secretaria, el oficinista patoso de turno se enredaba con los hilos y, en consecuencia, destruía la información de la empresa enviándola al garete? Eso sí, se ríen menos los oficinistas que tienen que quedarse hasta altas horas de la noche desenredando documentos. Otro gag recurrente de estas películas es el del empleado que tira de un hilo para encontrarse finalmente deshaciendo el traje de su jefe.

¿Quién no sospecha de las empresas que no muestran al público sus oficinas? Cierto es que hay, aunque pocos, departamentos con sus panoplias bien ordenadas y ningún hilo fuera de su vitrina. Pero muchos hemos visto que la mayoría parecen la explosión, congelada en el tiempo, de una fábrica de espaguetis.

Los economistas aseguran que este sistema ha experimentado diversas innovaciones con los siglos: por ejemplo, en la edad media un monje inventó el hilo doble y su trenzado; más tarde, ya en el XIX, cuando las anilinas de fabricación alemana y la automatización de la industria textil abarataron los costes, se popularizaron los hilos de colores.

De manera optimista, la aparición en la década de los 50 de los primeros ordenadores hidráulicos dotados con micropoleas auguró el fin de la oficina con hilos en menos de diez años.

Es cierto que algunos procesos se han simplificado y automatizado: es habitual, hoy en día, tener hiladoras continuas autoanudadoras con teñido en tiempo real; las pellas son de plástico y su tamaños más o menos homologados; La calidad de los hilos, de nylon (y hasta de lycra en ciertas oficinas lujosas), evita las roturas y los constantes nudos y renudos de los viejos hilos de algodón y bramante.

Pero está claro que el sueño de la oficina sin hilos está aún por alcanzar.

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