Supongo que después de mis artículos sobre las profecías Hopi, mi amado público está perplejo por el hecho de que me ponga a hablar de profecías. Personalmente las encuentro muy interesantes, aun con reservas en la inmensa mayoría de los casos.
La literatura profética está omnipresente en todas las religiones, independientemente de su relevancia y su localización geográfica. En todo caso es necesario distinguir la mera predicción de la profecía: la primera siempre se apoya en supuestos lógicos y racionales, en extrapolaciones. La profecía siempre tiene en origen una revelación de carácter inexplicable que muchas veces se achaca a la intervención divina. Y hasta dentro de ella hay diversos grados de claridad.
Se puede ser escéptico respecto a este asunto y con razón, ya que nada aborrece tanto el raciocinio como al posible conocimiento del futuro.
Ciertamente la mayor parte de las profecías son tan oscuras y ambiguas que no merecen mucha consideración (ej: dos países entrarán en guerra y uno vencerá), sin hablar de oportunismos varios elaborados con afán de notoriedad, jocoso o recaudatorio, como ha ocurrido muchas veces a lo largo de la Historia y sigue ocurriendo dentro de muchos movimientos y sectas de tipo New Age.
Vivimos, como diría un chino, tiempos interesantes: y esto provoca que el asunto de las profecías salten a la palestra y esten de plena actualidad. Porque, no nos engañemos, el contenido de estas profecías siempre es traumático, para bien o para mal.
Ahora… ¿cómo se puede verificar la validez del fenómeno profético? es un asunto complejo, pero en principio bastaría
- comprobar la existencia de paralelismos, de coherencia, entre diversas corrientes proféticas muy separadas cultural, espacial y temporalmente, así como
- encontrar al menos una profecía que se haya cumplido y que sea lo suficientemente detallada, e improbable a priori, como para descartar un acierto por mera casualidad.
El cumplimiento de la primera condición no supone una verificación especialmente rotunda; pero si la literatura profética realmente habla de acontecimientos reales futuros, debería producirse. Si no fuera así, estaríamos hablando de puros delirios.
Pero sí existen suficientes paralelismos. Como ya señalé parcialmente en los artículos sobre las profecías Hopi, estas, la escatología cristiana, la musulmana y las profecías de Li Chun-Feng son coherentes con respecto a la aparición de una figura mesiánica que unificará a la Humanidad y traerá un tiempo de paz duradero.
La cuestión del Fin del Mundo es más universal aún: en prácticamente todas las profecías de todas las culturas se habla de una estrella que caerá sobre la Tierra (quizás un asteroide, ¿este?) y un terremoto global que cambiará la forma de los continentes, probablemente debido al impacto del citado meteorito.
Pero estas consideraciones no me preocupan realmente. Y un estudio profundo de los paralelismos (y divergencias) entre las diversas profecías supone un esfuerzo monumental que no estoy dispuesto a realizar aquí.
Con respecto a la segunda condición, la que se refiere al cumplimiento de una profecía detallada y, hasta cierto punto, improbable a priori, he encontrado un ejemplo fascinante. No sólo por sus precisiones, sino también por sus imprecisiones. De hecho, estas son casi más interesantes que las primeras pues revelan muchísimo sobre el proceso mental que lleva a la elaboración de una profecía.
Lo mejor de todo es que proviene de un lugar y un tiempo inesperado: Argentina, siglo XX. Su autor: Benjamin Solari Parravicini.
Este hombre, pintor afamado en vida en su país y profundo católico, se dió cuenta a finales de los años 30 que muchos dibujos y textos que realizaba de modo inconsciente, dejándose llevar, correspondían a eventos que acababan cumpliéndose. Llevado por sus creencias católicas, llegó incluso a destruir algunos de los primeros dibujos por miedo a estar cometiendo algún tipo de herejía. Pero finalmente acabó aceptando la naturaleza profética de sus dibujos y textos, y se dedicó con ahinco a ellos.
Bien es verdad que muchísimas de sus predicciones no se han cumplido, y que hasta se le va la pinza bastante con los contactos extraterrestres y otras milongas que me parecen poco serias; aunque es verdad que a veces hace uso del condicional: por ejemplo, predijo, antes de Franco, la llegada de un dictador a España que destruiría y reconstruiría el país para ser finalmente sucedido por un Borbón… y que si la salud se lo permitía, ese dictador acabaría sus días en Argentina. Esta ramificación en posibles futuros es también observada por los Hopi y da mucho de sí a la hora de especular.
Pero, aún así, Parravicini tiene predicciones notables que parecen haberse cumplido. Entre ellas, la que voy a usar de ejemplo.
Aquí a la izquierda tenemos uno de los dibujos de Parravicini, realizado en 1939.
El texto dice “La libertad de norte américa perderá su luz – su antorcha no alumbrará como ayer y el gran monumento será atacado dos veces“. No es una afirmación especialmente reveladora, en principio.
Pero cuando examinamos el dibujo de cerca… se ponen los pelos de punta. Su contenido sólo puede calificarse como asombroso; y a la vez muy clarificador respecto al proceso que tuvo lugar en la mente del autor.
Está clarísimo que Parravicini vió, más bien entrevió, el atentado del WTC del 11 de septiembre de 2001. Ahí están, claramente, los edificios del WTC: dos rectángulos prácticamente idénticos de familiares proporciones, sendas explosiones en su parte superior y, manda narices, hasta la antena de uno de los edificios. Alrededor, otros edificios se derrumban en medio de lo que parece una polvareda.
Sin embargo las Torres Gemelas no estaban ni siquiera planificadas cuando este dibujo fue realizado. De algún modo, Parravicini sabía que el evento transcurría en Nueva York, y que afectaba a su símbolo más importante. Efectivamente, el WTC se convirtió en el símbolo por excelencia de la ciudad tras su construcción; pero en el año 1939 el símbolo representativo de Nueva York era la Estatua de la Libertad.
De algún modo tuvo que casar su visión de lo futuro con lo conocido en el presente, y he aquí que finalmente hizo una síntesis, notoriamente forzada, de ambas. Así, convirtió las explosiones en la corona de pinchos de la estatua, la antena en antorcha y hasta se vió obligado a dotar a la figura humana con un cuerpo casi geométrico.
Se puede alegar que es un dibujo posterior al atentado y por tanto una falsificación. Pero no lo es: los dibujos de Parravicini se publicaron varias veces a lo largo de su vida, antes de que muriera en los 70. También se puede alegar que se trata de mera casualidad; pero creo que no puede serlo. Sería demasiada casualidad. Demasiada. Demasiada.
Tras contemplar el dibujo, el contenido del texto se hace evidente: efectivamente, el monumento fue atacado dos veces, y el retroceso en libertades civiles en los USA desde entonces es notorio.
[ Respecto al mismo atentado, el contenido del capítulo 18 del Apocalipsis también es bastante sorprendente. Pero eso es materia para otro artículo. ]
El Mundo llegará a ser desnaturalizado por el poder de la pantalla doméstica. Toda mala influencia será desparramada groseramente sobre todo hogar y será impuesta por el comercio avisador que busca la masa. La masa embrutecerá dominada por las órdenes disfrazadas de paraísos fáciles y superiores, contemplará la estupidez y la inmoralidad con ficción. Llegará el día en que el grueso popular será manejado como aprisco.
Parravicini, 1938
Llegado a este punto se puede dar cierto crédito al fenómeno profético, que no a la totalidad de su literatura.
Es el momento de buscarle una explicación racional; y creo que una explicación de carácter metafísico o filosófico es suficiente, sin necesidad alguna de recurrir a argumentos religiosos basados en una fé crédula e irracional que todo lo explica con la palabra divino.
Porque, realmente, la cuestión no es tanto sobre profecía-sí/profecía-no como sobre la existencia de un determinismo inexorable, en primer lugar, y sobre las posibilidades de la consciencia humana, en segundo.
La cuestión del libre albedrío y el determinismo es una de las más antiguas en Filosofía, e incluso dentro de la propia Ciencia. No se ha resuelto aún, si es que tiene solución, y la lucha se ha derivado hacia otro campo de batalla, que es el de si son posibles a la vez o son incompatibles. Curiosamente, la principal preocupación al respecto entre los, digamos, filósofos profesionales es la relativa a los aspectos morales.
Hay infinidad de argumentos a favor y en contra recopilados en los enlaces que he puesto en el párrafo anterior: me limitaré a exponer lo que yo creo al respecto. Y esta opinión está basada en mi profunda creencia de que la naturaleza profunda de la Realidad es de orden psíquico; y que el mundo material es un artefacto de la consciencia.
Así que, amigo/a lector/a, agárrese a la silla, que hay curvas.
Opino que, de algún modo, la Realidad solo está definida de manera precisa cuando es observada, es decir, en el aquí y el ahora. Más allá del momento y el lugar actual, sólo existe como esbozo. Debido a ello, y muy en sintonía con la cosmovisión Hopi, el grado de concrección de lo observado se diluye a medida que nos alejamos del presente y de lo inmediato.
Esto, que puede parecer en contra de todo lo que afirma el positivismo y la imperante visión materialista/mecanicista del mundo, no es ignorado por la propia Física. El Gato de Schrödinger es un buen ejemplo de esta falta de concrección de los eventos que están más allá del fenómeno de observación; y del mismo modo, NO es posible diseñar un experimento que demuestre que un reloj funciona mientras no está siendo observado.
Se puede argumentar, y es de sentido común, que un reloj abandonado en un cajón dará la misma hora que otro que tenemos en la muñeca pasada un tiempo. Pero NO es posible demostrar si ha seguido andando todo este tiempo o las agujas se han colocado como debían justo en el instante antes de echarle el primer vistazo. El sentido común afirma lo primero. Pero no deja de ser una extrapolación realizada por nuestra mente, del mismo modo que somos capaces de visualizar los muebles de la habitación de al lado sin estar allí, aunque, en realidad, más allá de la pared, a la pura luz de nuestros sentidos inmaculados, simplemente hay un abismo.
Estoy segurísimo de que a la mayor parte de los lectores/as le están rechinando los dientes ahora mismo tras semejante afirmación. Pero lo preocupante del caso es que realmente no hay manera de demostrar lo contrario. Precisamente es ahí a donde quiero llegar, a esa Indefinición Intrínseca de la Realidad.
Esta visión del mundo no es ajena a muchas filosofías: en el zen encontramos el famoso koan que pregunta: Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para oirlo… ¿hace ruido ese árbol?. La respuesta es mucho más sencilla de lo que parece: el ruido no es algo que pertenece al árbol en sí, sino algo que sucede en el observador, o más estrictamente, dentro del acto de la observación. Sin observación, no hay ruido.
¿Es posible que el Universo aproveche esa indefinición para reajustarse a sí mismo? ¿Cambian los tramoyistas el escenario cada vez que el actor se dirige al público? Hawking lo resume con la frase: Dios no sólo juega a los dados, sino que los tira donde nadie los ve. Borges va más lejos, y en su poema (qué lejos puede llegar la poesía) Para una versión del I Ching afirma:
El porvenir es tan irrevocable
Como el rígido ayer. No hay una cosa
Que no sea una letra silenciosa.
De la eterna escritura idescifrable
Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
Es la senda futura y recorrida
El rigor ha tejido la madeja
No te arredres. La ergástula es oscura,
La firme trama es de incesante hierro
Pero en algún recodo de tu encierro
Puede haber una luz, una hendidura
El camino es fatal como la flecha
Pero en las grietas esta Dios, que acecha.
Quizás el Universo está sin más esbozado en una especie de bloque que abarca todo el espaciotiempo (qué, según Kant y los idealistas kantianos, sólo existe en nuestra mente). Pero sólo esbozado.
A pequeño detalle, a detalle humano, sólo adquiere cierta nitidez cuando se contempla a sí mismo utilizando, en nuestro caso, pequeñas masas de color gris que llamamos cerebro; Si el Universo que podemos conocer, que es todo el que hay, está entre las orejas, orejas y cerebro incluidos… ¿qué hay detrás? Probablemente nada. Lo Real es Sueño, y sólo se distingue de este por su continuidad y coherencia. Por más que intentemos demostrar lo contrario, es imposible. Me temo que no se puede refutar si vivimos en una gigantesca alucinación colectiva.
Dentro de este universo esbozado, el libre albedrío tiene cabida: pero sólo, por así decirlo, para las pequeñas cosas, de modo limitado. Quizás el libre albedrío de Napoleón acabó decidiendo el destino de Europa. Quizás el destino de Europa estaba predefinido y fue necesario un Napoleón. Son cuestiones peliagudas, resbaladizas, indecidibles.
Queda el asunto de la consciencia, o más bien del tipo de consciencia, que permite trascender el tiempo y el espacio.
Aquí hay que ser especialmente cuidadoso de no caer en la trampa de que no hay más modo de consciencia que el que hemos aprendido en occidente, o incluso, a un nivel biológico, el que pertenece a los seres humanos por su diseño darwiniano como especie depredadora que es.
En el artículo de la cosmovisión Hopi señalé como es posible que un lenguaje puramente operacional soslaye el concepto de tiempo, y como la hipótesis de Sapir-Whorf postula que el lenguaje condiciona la percepción última del mundo.
Los profetas, asumiendo este punto de vista, son personas que han desarrollado (quizás con ayudita) y/o han sido dotadas de modo innato con la capacidad de adoptar estados de consciencia no ordinarios, transtemporales. En cualquier caso no tienen más remedio que encajar sus visiones dentro de lo que conocen; y de ahí la vaguedad, el uso de metáforas y la imprecisión de sus descripciones.
Un ejemplo estupendo de esta adecuación es el anterior que puse de Parravicini. Respecto al mismo suceso, Apocalipsis 18 comienza con la siguiente frase: Después de esto vi a otro ángel descender del cielo con gran poder; y la Tierra fue alumbrada con su gloria. ¿No es la imagen de un ángel una buena alegoría de un avión de color blanco? ¿Existe algo mejor que la TV para alumbrar la Tierra?
Soy el primero en reconocer que no tengo una explicación definitiva para el fenómeno profético y que mi intento es vago y confuso (y mi formación filosófica no alcanza a utilizar la terminología necesaria para expresarme con rigor; pero esto es un glob generalista, no una publicación académica especializada), aunque sí creo que hay evidencias suficientes como para reconocerlo como algo real.
La explicación que propongo necesariamente adopta un punto de vista acientífico, porque no encuentro la manera de explicarlo científicamente… ¡qué más me gustaría a mí! de hecho, lo hago cada vez que puedo. Pero me niego a rechazar la realidad de determinados fenómenos sólo porque la Ciencia no pueda con ellas. Y el historial de desengaños que ésta me ha dado ya es bastante larga. No digamos la fe ciega.


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Supongo que a estas alturas os estaréis preguntando como es posible una encuadernación de esta calidad. La respuesta es muy sencilla: Esther es encuadernadora artística profesional con más de 20 años de experiencia. Comenzó con un pequeño taller en el barrio de Lavapiés, en Madrid, y desde hace un lustro está establecida en Oviedo.