Hace algún tiempo que tengo ganas de contar en este glob algunos de los atropellos y adefesios con los que hemos sido regalados los ovetenses en las últimas dos décadas; megalomanía, mal gusto y especulación son tres ingredientes jugosos para perpetrar algunos de los peores platos arquitectónicos y escultóricos imaginables.
Megalomanía porque en casi todos los casos estamos hablando de edificaciones demasiado grandes (y/o mal encajonadas) pero sobretodo excesivamente ambiciosas, un factor común en casi todos los proyectos llevados a cabo en Oviedo en todo este tiempo.
Mal gusto polifactorial, y perdónenme la expresión, porque no estamos hablando sólamente de convencionalismo rancio; también, en oposición, de un sentido de la vanguardia próximo al enrosque industrial de boinas*. Y sobretodo, de una ineptitud revelada en la falta total de armonía/estética en el resultado de las obras y en las reordenaciones urbanísticas.
* Expresión conocida en el mundo anglosajón como “industrial beret screwing“, que se suele traducir como “aunar modernidad y tradición”. Cuando oigan a un político pronunciar estas palabras, no se olviden de salir corriendo o tirarle tomates. Y por supuesto, de NO votarle.
Y a este mal gusto le debemos añadir la consecuencia más lógica de la especulación: que como al final se trata de repartirse cuanta más pasta mejor, el exceso y la desproporción campan a sus anchas, hasta el punto de matar la gallina de los huevos de oro en la mayoría de los casos.
Tras esta breve introducción, nada como empezar por el propio Colegio de Arquitectos de Asturias. Si ellos mismos son capaces de autoinflingirse heridas de este calibre, ¿qué serán capaces de hacer a los que no somos del gremio?


Horrorízate, oh amigo/a lector/a, tómate el valium y atiende a la explicación dada por los arquitectos responsables últimos de su diseño.
[el proyecto ha triunfado porque] interpretamos la intervención abstrayendo lo que era el edificio original, usándolo como un material más de construcción. [Hemos incorporado] una pieza que flota dentro del volumen existente. [Estamos] muy satisfechos por el ejercicio conceptual tan complejo que requería la intervención, al encontrar que el jardín que rodeaba al antiguo palacete se ha convertido en un gran bloque residencial en forma semicircular.
Como probablemente el lector que no es de Oviedo se ha quedado como estaba o peor, paso a relatar la historia de este edificio singular.
El edificio original, el palacete del Marqués de Gastañaga, fue construido en 1895, cuando el lugar de edificación, en vez de estar situado en el pleno centro de Oviedo, era adyacente a una de las puertas de entrada a la ciudad. Digamos que era el equivalente a un chalet suburbano de la actualidad.
Posteriormente fue convertido en el Colegio Hispania, una institución bastante notable en la ciudad de la que aún quedan ex alumnos vivos, ya que duró hasta bien avanzado el siglo XX. Hubo alguna reforma no demasiado agresiva y los jardines que rodeaban al palacete original se convirtieron en patios de recreo.
A medida que la ciudad fue creciendo, el colegio pasó de estar en los límites de la ciudad a estar en el pleno centro. Durante la guerra civil, además, los edificios de enfrente fueron bombardeados y se aprovechó el hueco dejado para construir un parque conocido como El Campillín, que desafortunadamente, a pesar de su belleza, se convirtió en refugio de maleantes y adquiró muy mala fama. Aún hoy en día, aunque mucho más integrado en la vida del vecindario, no es raro verlo frecuentado por gente de mal vivir.
Cuando el colegio fue abandonado, el proceso de degradación del edificio y del solar que lo rodeaba se convirtió en un problema. Por otra parte, su situación privilegiada, su orientación meridional y sus vistas al parque lo convirtieron en un bocado apetitoso.
Tras muchas negociaciones, el solar y el edificio fue adquirido por el Colegio de Arquitectos por unos 100 millones de pesetas, a cambio de hacerse cargo de él, construir su sede y recalificar parte del terreno para la construcción de un bloque de 82 viviendas, en forma de herradura, rodeando a aquella. En principio, todo correcto, aunque quedó una cuestión en el aire: ¿Se debe respetar la construcción original?
A mi modo de ver no estamos hablando de una arquitectura destacable. El edificio original es como muchos otros de la misma época que aún se pueden encontrar en Oviedo y otras ciudades. Es incluso hasta un poco refrito. Creo que se le puede otorgar cierto valor histórico o sentimental por parte de los antiguos alumnos, pero no más.
Sin embargo, la decisión final fue la de conservar el edificio original. Esto planteó un problema importante, ya que construir el aparcamiento subterráneo por debajo de aquel era inviable. Así que se desarmó piedra a piedra para su posterior reconstrucción, proceso que imagino carísimo.
En la foto adyacente se puede ver la construcción de las viviendas, siendo estas bastante estéticas y delimitando un espacio central muy acogedor y atractivo. Al estar por aquel entonces España en pleno boom del ladrillo, se vendieron como churros y no sin razón.
Pero, ay, se armó la de San Quintín al volver a reconstruir el edificio original. Viseras aparte, el espacio reservado se mostró muy angosto, hasta el punto de que algunas de las plantas inferiores del edificio residencial comenzaron a quedarse sin vistas. Los carteles de “se vende” en las ventanas florecieron porque lo que en principio suponía un entorno atractivo se convirtió en un esperpento y un atentado al mal gusto.
La razón, muy sencilla. Para variar, dos proyectos que por separado eran bastante notables, al ser ejecutados simultáneamente no pegaban ni con cola. Obviamente, como la reconstrucción del Colegio Hispania estaba anunciada, los compradores poco pudieron hacer excepto lamentarse. Pero está claro que la culpa de todo fue la avaricia de intentar exprimir al máximo el solar.
Para cuando se completó la finalización del edificio llegó la puntilla, que no es ni más ni menos que la dichosa visera. ¿Por qué vamos a andarnos con medias tintas? Es un jodío pegote.
Se puede considerar encomiable el intento de integrar la estética de ambas construcciones dotando al edificio antiguo de un elemento contemporáneo. Pero de ahí a hacerlo con una falta tan evidente del sentido de la armonía y la proporción pasamos de la buena intención al delito artístico. Sin contar el hecho sangrante de que perjudica notablemente la vista y la luz de los habitantes de las viviendas.
¿No da la sensación de que la visera parece reciclada de otro edificio? Produce el mismo efecto que cuando te compras una chaqueta demasiado grande o demasiado pequeña. A lo mejor una visera hecha con otras proporciones hubiera quedado no bien, pero sí aceptable. Pero no es el caso.
La cuestión es que hace unos días el litigio presentado por los vecinos en contra de la visera, ¡que había ascendido hasta el Tribunal Supremo!, ha sido fallado a favor de estos: la visera debe ser derribada y no cabe apelación. El argumento que lo justifica no es estético, ni mucho menos: la visera simplemente invade el espacio sobre la plaza interior, propiedad de los residentes.
Es por ello que ayer, cuando pasé casualmente por allí, aproveché para hacer unas fotos de los últimos días de este horror. Afortunadamente, y por una vez, parece que el sentido común se impone a pesar de todos los despropósitos.
Lamentablemente, por mucho que se quite la visera o se remoce la sede de los arquitectos, la combinación de ambas construcciones seguirá siendo cuanto menos, chocante.
Que sirva de recordatorio: apoyarse en la supuesta modernidad o en algunas premisas de la arquitectura contemporánea no conduce a nada bueno si no se respetan los principios intemporales de armonía y buen gusto.


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