3 Junio 2010

horrores ovetenses (1)

Archivado en: Arquitectura, Increíbleble, Oviedo — voet

Hace algún tiempo que tengo ganas de contar en este glob algunos de los atropellos y adefesios con los que hemos sido regalados los ovetenses en las últimas dos décadas; megalomanía, mal gusto y especulación son tres ingredientes jugosos para perpetrar algunos de los peores platos arquitectónicos y escultóricos imaginables.

Megalomanía porque en casi todos los casos estamos hablando de edificaciones demasiado grandes (y/o mal encajonadas) pero sobretodo excesivamente ambiciosas, un factor común en casi todos los proyectos llevados a cabo en Oviedo en todo este tiempo.

Mal gusto polifactorial, y perdónenme la expresión, porque no estamos hablando sólamente de convencionalismo rancio; también, en oposición, de un sentido de la vanguardia próximo al enrosque industrial de boinas*. Y sobretodo, de una ineptitud revelada en la falta total de armonía/estética en el resultado de las obras y en las reordenaciones urbanísticas.

* Expresión conocida en el mundo anglosajón como “industrial beret screwing“, que se suele traducir como “aunar modernidad y tradición”. Cuando oigan a un político pronunciar estas palabras, no se olviden de salir corriendo o tirarle tomates. Y por supuesto, de NO votarle.

Y a este mal gusto le debemos añadir la consecuencia más lógica de la especulación: que como al final se trata de repartirse cuanta más pasta mejor, el exceso y la desproporción campan a sus anchas, hasta el punto de matar la gallina de los huevos de oro en la mayoría de los casos.


Tras esta breve introducción, nada como empezar por el propio Colegio de Arquitectos de Asturias. Si ellos mismos son capaces de autoinflingirse heridas de este calibre, ¿qué serán capaces de hacer a los que no somos del gremio?


Horrorízate, oh amigo/a lector/a, tómate el valium y atiende a la explicación dada por los arquitectos responsables últimos de su diseño.

[el proyecto ha triunfado porque] interpretamos la intervención abstrayendo lo que era el edificio original, usándolo como un material más de construcción. [Hemos incorporado] una pieza que flota dentro del volumen existente. [Estamos] muy satisfechos por el ejercicio conceptual tan complejo que requería la intervención, al encontrar que el jardín que rodeaba al antiguo palacete se ha convertido en un gran bloque residencial en forma semicircular.

extraído de aquí. No voy hacer comentarios sobre la utilización de la muletilla que he marcado en cursiva.

Como probablemente el lector que no es de Oviedo se ha quedado como estaba o peor, paso a relatar la historia de este edificio singular.

El edificio original, el palacete del Marqués de Gastañaga, fue construido en 1895, cuando el lugar de edificación, en vez de estar situado en el pleno centro de Oviedo, era adyacente a una de las puertas de entrada a la ciudad. Digamos que era el equivalente a un chalet suburbano de la actualidad.

Posteriormente fue convertido en el Colegio Hispania, una institución bastante notable en la ciudad de la que aún quedan ex alumnos vivos, ya que duró hasta bien avanzado el siglo XX. Hubo alguna reforma no demasiado agresiva y los jardines que rodeaban al palacete original se convirtieron en patios de recreo.

A medida que la ciudad fue creciendo, el colegio pasó de estar en los límites de la ciudad a estar en el pleno centro. Durante la guerra civil, además, los edificios de enfrente fueron bombardeados y se aprovechó el hueco dejado para construir un parque conocido como El Campillín, que desafortunadamente, a pesar de su belleza, se convirtió en refugio de maleantes y adquiró muy mala fama. Aún hoy en día, aunque mucho más integrado en la vida del vecindario, no es raro verlo frecuentado por gente de mal vivir.

Cuando el colegio fue abandonado, el proceso de degradación del edificio y del solar que lo rodeaba se convirtió en un problema. Por otra parte, su situación privilegiada, su orientación meridional y sus vistas al parque lo convirtieron en un bocado apetitoso.

Tras muchas negociaciones, el solar y el edificio fue adquirido por el Colegio de Arquitectos por unos 100 millones de pesetas, a cambio de hacerse cargo de él, construir su sede y recalificar parte del terreno para la construcción de un bloque de 82 viviendas, en forma de herradura, rodeando a aquella. En principio, todo correcto, aunque quedó una cuestión en el aire: ¿Se debe respetar la construcción original?

A mi modo de ver no estamos hablando de una arquitectura destacable. El edificio original es como muchos otros de la misma época que aún se pueden encontrar en Oviedo y otras ciudades. Es incluso hasta un poco refrito. Creo que se le puede otorgar cierto valor histórico o sentimental por parte de los antiguos alumnos, pero no más.

Sin embargo, la decisión final fue la de conservar el edificio original. Esto planteó un problema importante, ya que construir el aparcamiento subterráneo por debajo de aquel era inviable. Así que se desarmó piedra a piedra para su posterior reconstrucción, proceso que imagino carísimo.

En la foto adyacente se puede ver la construcción de las viviendas, siendo estas bastante estéticas y delimitando un espacio central muy acogedor y atractivo. Al estar por aquel entonces España en pleno boom del ladrillo, se vendieron como churros y no sin razón.

Pero, ay, se armó la de San Quintín al volver a reconstruir el edificio original. Viseras aparte, el espacio reservado se mostró muy angosto, hasta el punto de que algunas de las plantas inferiores del edificio residencial comenzaron a quedarse sin vistas. Los carteles de “se vende” en las ventanas florecieron porque lo que en principio suponía un entorno atractivo se convirtió en un esperpento y un atentado al mal gusto.

La razón, muy sencilla. Para variar, dos proyectos que por separado eran bastante notables, al ser ejecutados simultáneamente no pegaban ni con cola. Obviamente, como la reconstrucción del Colegio Hispania estaba anunciada, los compradores poco pudieron hacer excepto lamentarse. Pero está claro que la culpa de todo fue la avaricia de intentar exprimir al máximo el solar.

Para cuando se completó la finalización del edificio llegó la puntilla, que no es ni más ni menos que la dichosa visera. ¿Por qué vamos a andarnos con medias tintas? Es un jodío pegote.

Se puede considerar encomiable el intento de integrar la estética de ambas construcciones dotando al edificio antiguo de un elemento contemporáneo. Pero de ahí a hacerlo con una falta tan evidente del sentido de la armonía y la proporción pasamos de la buena intención al delito artístico. Sin contar el hecho sangrante de que perjudica notablemente la vista y la luz de los habitantes de las viviendas.

¿No da la sensación de que la visera parece reciclada de otro edificio? Produce el mismo efecto que cuando te compras una chaqueta demasiado grande o demasiado pequeña. A lo mejor una visera hecha con otras proporciones hubiera quedado no bien, pero sí aceptable. Pero no es el caso.

La cuestión es que hace unos días el litigio presentado por los vecinos en contra de la visera, ¡que había ascendido hasta el Tribunal Supremo!, ha sido fallado a favor de estos: la visera debe ser derribada y no cabe apelación. El argumento que lo justifica no es estético, ni mucho menos: la visera simplemente invade el espacio sobre la plaza interior, propiedad de los residentes.

Es por ello que ayer, cuando pasé casualmente por allí, aproveché para hacer unas fotos de los últimos días de este horror. Afortunadamente, y por una vez, parece que el sentido común se impone a pesar de todos los despropósitos.

Lamentablemente, por mucho que se quite la visera o se remoce la sede de los arquitectos, la combinación de ambas construcciones seguirá siendo cuanto menos, chocante.

Que sirva de recordatorio: apoyarse en la supuesta modernidad o en algunas premisas de la arquitectura contemporánea no conduce a nada bueno si no se respetan los principios intemporales de armonía y buen gusto.

  • RSS
  • Facebook
  • Meneame
  • Twitter
  • MySpace
  • Digg
  • del.icio.us
  • BarraPunto
  • Bitacoras.com
  • Slashdot
  • StumbleUpon
  • Technorati
  • Wikio
  • Google Bookmarks

2 Marzo 2010

mike reynolds, arquitecto


La primera vez que vi el documental Garbage Warrior, dedicado a la vida y obra de Mike Reynolds, sentí una gran admiración, por no decir hasta envidia (sana) de sus logros.

Y no es para menos: Reynolds es arquitecto, pero no de traje y corbata; de hecho, le quedan fatal. Como él mismo cuenta, nada más acabar la carrera tenía ya muy claro que la arquitectura que le habían enseñado era cara, rígida, insostenible. Sentía que las casas estaban más destinadas a dar beneficios a los proveedores de la energía necesaria para su mantenimiento que a la salud y economía de sus habitantes. Pero él sabía lo que quería.

Y así empezó su investigación a principios de los 70 en Nuevo México, en unas parcelas completamente aisladas de cualquier servicio, cerca de Taos. ¿Y en que consistía esa investigación? Pues en la creación de casas autosuficientes a partir de materiales reciclados o naturales.

Descubrió que la energía eólica de un pequeño molino era suficiente para cubrir las necesidades de una casa. También (re)descubrió que el adobe (y las cosas rellenas de él, como neumáticos o latas de cerveza) es uno de los mejores materiales de construcción por sus propiedades aislantes, precio y facilidad de manipulación. De su uso del adobe dedujo el concepto de masa térmica, consistente paredes gruesas situadas en un lado de la casa que actuaban como acumuladores de energía solar equilibrando la temperatura entre la noche y el día, etc…

Su manera de actuar era impulsiva y apasionada. Tenía una idea por la noche y a la mañana siguiente ya estaba contruyéndola para probarla. Encontraba gente llorando desesperada en la parada del bus y al día siguiente la tenía trabajando con él. Nada de papeleos o meditados planos: Ebullición de ideas y actividad.

Y de ese modo creó una pequeña comunidad autosuficiente con gente que se había construido su casita por “menos dinero de lo que cuesta una cena en el restaurante más caro del pueblo” (sic) y que apenas tenían gastos de subsistencia, pues la comida, la energía y el agua eran recogidos/generados/reciclados por la propia casa. En palabras de Reynolds:

Nada entra en esta casa: ni cables eléctricos, ni tuberías de gas o agua. Tampoco salen tubos de aguas residuales. Estamos sentados sobre 15000 litros de agua, haciendo crecer comida, reciclando nuestras heces, manteniendo una temperatura de 25º sin coste alguno. Una familia de cuatro podría sobrevivir indefinidamente sin necesidad de ir a la tienda a por comida. Se trata de apoderarse de cada aspecto de la vida y tenerla en las propias manos.

Llamó a sus casa Earthships, o Naves Terrestres. Y tras sus primeros éxitos, su fama creció en círculos selectos alrededor de todo el mundo.

Lo que atrajo la atención de ya-saben-ustedes-quien. Y no me refiero sólo a sus compañeros de profesión, sino a los dandies y famosetes que, atraídos por lo chic de su vanguardia, le encargaron casas a Reynolds para encontrar que no eran precisamente un lujo y que, a veces, tenían goteras o eran excesivamente calientes. Ahí comenzaron las demandas, las acusaciones y los disgustos.

El State Architects Board of New Mexico acabó revocándole la licencia para diseñar y construir casas, alegando que no se había demostrado su seguridad, además de haberse saltado todas las regulaciones urbanísticas habidas y por haber, regulaciones que Reynolds encontraba obsoletas cuando no frustrantes. Así atravesó su noche oscura. Pero también encontró motivo para una lucha: la promulgación de una ley que permitiera, en cierta zona del estado de Nuevo México, construir casas experimentales, como las suyas, en aras a encontrar formas de vivienda sostenible y ecológica.

La lucha se prolongó durante años, en los que Reynolds se encontró atado de pies y manos, especialmente por su desconocimiento y torpeza para los asuntos legales y, digámoslo así, no-silvestres. Aunque afortunadamente encontró personas adecuadas y capaces para ayudarle, como ocurre siempre en toda causa justa.

En esto llegó el tsunami del Pacífico de 2004.

Reynolds y su equipo fueron a Bangladesh. Allí se encontraron que la gente no tenía agua porque los pozos estaban llenos de cadáveres.

El se dió cuenta inmediatamente que con lo que llovía allí los pozos eran absolutamente innecesarios. Basta recolectar el agua del techo. Y usando ladrillos hechos con botellas de plástico, barro, cañizo, excrementos animales y poco más, enseñó a pequeñas comunidades a construirse sus casas por su propios medios. Y hablo de casas de adobe con sistemas de aire acondicionado por evaporación y recolección de agua de lluvia que son hasta estéticamente agradables.

Tras enterarse de su labor, los arquitectos de Bangladesh se reunieron para darle las gracias y rendirle homenaje. A Mike esto le supuso cierta amargura, pues acabó encontrando en Blangadesh el reconocimiento que no encontraba en su propio país, confirmando el proverbio de que nadie es profeta en su tierra.

Pero no fue todo en vano. Volvió justo cuando el Katrina devoró Nueva Orleans.

Y aunque no pudo hacer lo mismo que en Asia para la gente que se había quedado sin casa por culpa del huracán, los méritos por su trabajo en Bangladesh fueron recompensados en su propio país. No sólo se aprobó finalmente la ley que le permitiría seguir construyendo a él y a otros investigadores, sino que el Colegio de Arquitectos de Nuevo México le devolvió la licencia con honores.

Todo esto que os he contado, y mucho más, lo podréis ver en el documental Garbage Warrior de Oliver Hodge.

  • RSS
  • Facebook
  • Meneame
  • Twitter
  • MySpace
  • Digg
  • del.icio.us
  • BarraPunto
  • Bitacoras.com
  • Slashdot
  • StumbleUpon
  • Technorati
  • Wikio
  • Google Bookmarks
índice   cranf.net   wordnadapress
1