Este no es un artículo de carácter técnico. Al contrario, es más bien didáctico. De ahí el título.
¿Por qué lo escribo? Porque cada vez soy más consciente de que la gran mayoría de la gente no se apercibe de la importancia de la producción en música, así como en cine no suele reconocerse el importantísimo papel del montador, por poner un ejemplo. Y también por un motivo personal: Bea, si me estás leyendo, que sepas que tu “Gracias por desatrancarme [sic] el oído a lo largo de este tiempo” es de las mayores satisfacciones que he tenido últimamente.
Si hiciéramos una encuesta por la calle preguntando el nombre de algún productor musical, mucha gente no contestaría; y en el caso de hacerlo la única respuesta sería probablemente Phil Spector, famoso por ser el productor del Let It Be de los Beatles pero más aún por sus escándalos.
Entonces… ¿qué es la Producción Musical? Buscando en internet es posible encontrar muchas definiciones más o menos completas, pero baste esta: Es el conjunto de todos los elementos y procesos que determinan la forma final de una pieza musical en el ámbito de la industria discográfica.
Y la función del Productor es precisamente tomar decisiones (inteligentes) sobre estos elementos y procesos, sin tener que ser él mismo, necesariamente, el que pone la pasta. De hecho, tanto en cine como en música, el que maneja el dinero toma el nombre de Productor Ejecutivo, para distinguirlo del primero.
El papel del productor es esencial ya no para el mero éxito, sino para la calidad de un tema. Hago esta aclaración porque desgraciadamente calidad y éxito son variables muchas veces no relacionadas.
Un productor bueno es capaz de convertir una basura en algo que suena bien; una simpleza en algo con gracia; una pieza complicada y barroca en accesible al gran público; etc, etc… Y lo contrario también es cierto: una mala producción puede convertir un proto-temazo en una caca infame.
Y esto es tan cierto que en ocasiones, cuando he encontrado un buen tema y me he puesto a examinar otros del mismo músico o banda, me he llevado un chasco. Para finalmente, buscando otros del mismo productor, acabar dando con temas de similar calidad.
De hecho, existen productores con un sonido tan característico que es posible hasta identificar su presencia incluso cuando trabajan con artistas cuyo sonido es de lo más dispar. A mí me ocurre con el increíble (reverencia) Trevor Horn, que alcanzó gran fama en los 80 con su sonido limpísimo y cuyo éxito más reconocido es Video Killed the Radio Star. Invito al lector/a con tiempo y ganas a que se escuche atentamente estos dos álbumes: Buggles – The Age of Plastic y Yes – Drama. En ambos reconocerá el sello personalísimo de este artistazo de las postrimerías de la era analógica.
Como dije al principio del artículo, no me voy a poner espeso describiendo tooodos los factores que forman parte de la producción musical, pues eso daría para varios blogs y sería pretencioso por mi parte, ya que aunque me he autoproducido algunos temas, pocas veces he tenido que lidiar con el factor más complicado de todos, que es el humano. Y no vea usted el tamaño que puede tener el ego de ciertos músicos. Más grande que el mío, incluso, que ya es decir.
Lo que sí puedo asegurar, y la mayoría de los productores profesionales estarán de acuerdo conmigo, es que de la idea inicial al producto final muchas veces no hay un abismo: hay dos abismos.
Así que simplemente voy a poner un ejemplo ilustrativo, que es el de la evolución de una misma canción a lo largo de los años, con el fin de expresar como la distinta manera de producirla ha determinado precisamente eso: la obtención de productos muy distintos, sin dejar de tratarse de la misma pieza. Hablo de Im Nin’alu, la pieza más famosa de la desaparecida y adorable Ofra Haza, cantante israelí mundialmente reconocida.
Este primer vídeo está sacado de la TV y es del año 1978. Se podría hablar de una versión primigenia de la canción, pero eso sería erróneo, ya que estamos hablando de un tema y una letra con raíces populares de siglos de antigüedad y que originalmente nisiquiera utilizaba afinación occidental. Así, el aire folkie y relativamente primitivo de esta interpretación ya corresponde a una evolución con respecto a la composición original. Dale al play:
Si antes de escucharlo no te dabas cuenta de qué canción se trataba, es muy probable que la hayas reconocido de inmediato, pues es realmente conocida. Aun así, habrás notado que le faltaba algo y te ha sonado como una canción más, no como algo especial. ¿Qué es ese algo? Dale al play en el siguiente video, correspondiente a la producción de 1984 contenida en el álbum Yemenite Songs:
El comienzo a cappella en esta versión refleja muy bien las raíces tradicionales de la canción, incluso en el uso de la escala natural. Luego vemos como la producción se hace más popera, con atisbos de electrónica limitados a la percusión (¿a cuento de qué?) y algún sampler ocasional. Pero lo que realmente le da personalidad es algo que no teníamos en la anterior versión: cuando llega el momento del estribillo, con ese La larguísimo (comienza en el minuto 1:16) que Ofra acaba adornando con trinos y gorgoritos, se aprecia una línea de bajo (Fa… Re#… Re… Do#… Do… y bajando) que es la que le da todo el carácter al tema.
Si el estribillo en el anterior tema carecía de toda gracia, de repente la adición de un mero puñado de notas convierte un tema del montón en algo mucho más especial, en algo que destaca. Desconozco completamente si esa línea de bajo fue idea del propio bajista o de otra persona, pero desde luego el productor estuvo de acuerdo en que ahí tenía oro. Este es un ejemplo de cómo algo aparentemente tan nimio puede acabar afectando a la esencia de una canción y convertirla en un éxito.
Posterioremente llegaría la versión que todo el mundo conoce, la original de 1988 de su primer disco con proyección internacional, Shaday. Play, please:
El sonido con vocación electroacústica de la anterior versión ha sido sustituido por uno mucho más electrónico, muy al gusto de la época. Aquí el productor decidió acogerse a la moda imperante en aquel año, y no duda en usar y abusar de los primitivos samplers del momento (fíjate en esa especie de ladridos electrónicos que acompañan a la voz de Ofra), pero no prescinde, y hace muy bien, de la línea de bajo que hace que el estribillo nos guste tanto a todos.
De todos modos, si hubiera que juzgar esta producción, habría que considerarla excesiva, overproduced que dicen los anglosajones. Esto se refiere al hecho de que suena muy pero que muy artificial. La anterior versión de la canción, la electroacústica, se puede reproducir en directo, sobre un escenario, sin mayores complicaciones. Esta, no: ha habido demasiado tijera y pegamento, demasiada sofisticación, muchas horas en el estudio. De hecho, el disco original, Shaday, contiene temas de dos productores distintos. Y si lo escuchamos atentamente, es posible comprobar como cambia el sonido de unos temas a otros en función de las manos por las que ha pasado.
En el año 1997, tres años antes de su muerte, salió una nueva versión de Im Nin’alu. No es demasiado distinta a la anterior, aparentemente, pero si en aquella la parte electrónica era una exhibición de fuegos artificiales y del estado de la casi recién aparecida tecnología digital, en esta versión, aunque mucha más comedida, se aprecia inequívocamente como poco antes de fin de siglo la informática por una parte ya se ha adueñado completamente del proceso de mezcla y efectos, y por otra ya ha adquirido una cualidad mucho más orgánica que en sus comienzos. Play, play:
Para finalizar el artículo creo que viene de perlas este último video que encontré de casualidad y cuyo origen no tengo muy claro, pero que corresponde a la versión unplugged… ¿Te acuerdas de cuando todos los grupos sacaban versión unplugged? Es que en la producción musical también hay modas.
Pongo este video como ejemplo de equivocación garrafal. La línea de bajo que le daba carácter a la canción ha desaparecido, y en su lugar han puesto unas cuerdas con una armonía mucho más previsible y ramplona, quizás con la intención de distinguirla de otras versiones. El resultado es que la canción cambia com-ple-ta-men-te y pierde toda la gracia. Hala, play:
Espero que este pequeño artículo y el ejemplo que lo acompaña hayan servido para destacar la importancia y relevancia del concepto de producción musical.


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