Como buen informático que soy —más bien era—, nunca suelo leerme las instrucciones cuando compro algo. Del mismo modo, me dió por cometer suicidio-facebook o “feiscidio” —perdón por el palabro— sin buscar antes en google “adicción al facebook”. Pero lo hice ayer.
La verdad es que me he llevado cierta decepción con los resultados, pues la mayoría de artículos no suelen tomárse el asunto muy en serio o en todo caso lo engloban dentro de una adicción más genérica a internet. Aun así, muchos de estos escritos suelen exponer estos 7 puntos como síntomas de adicción a la maldita paginucha:
- Inicias sesión en Facebook antes de revisar tu correo electrónico regular.
- Revisas Facebook a diario, varias veces al día, o todo el día.
- Tu cerebro filtra todo a través de Facebook ahora. Siempre piensas en como puedes compartir, promocionar, marketear, o propagar esto en Facebook.
- Chequeas tu libreta de direcciones para ver quien no se ha registrado todavía o no has invitado aún (creo que eso era al principio porque ahora CASI todos están en Facebook).
- Actualizas tu estado con frecuencia y etiquetas a tus amigos en tus fotos para recibir comentarios.
- Pasan las horas antes que te des cuenta que no has hecho nada, excepto navegar en Facebook.
- Tus horas de dormir se han reducido en dos horas o más.
[copiado de carloscabrera.net]
En mi caso debo reconocer que me identificaba plenamente con los puntos 1, 2, 3 y 6. De ellos, el 3 me merece especial atención.
En el artículo anterior expuse mis razones para dejar Facebook, pero no aclaré mucho sobre como llegué a ellas ni sobre lo que me motivó en última instancia a comprender que debía cortar por lo sano. No fue un ramalazo sin más, sino la ejecución de una acción meditada durante semanas y meses, que encima era recordada periódicamente por un amigo concreto de facebook que invitaba cada poco a suicidios colectivos… que finalmente él mismo nunca llevaba a cabo. De hecho, allí seguía él cuando yo me fuí.
Lo que yo sopesaba durante todo este tiempo era el balance entre la comodidad/gratuidad para relacionarse, sobre todo con gente lejana, y la pérdida/dispersión de tiempo que suponía. Sin embargo, lo que me llevó a la clave fue precisamente lo enunciado en el punto 3: Tu cerebro filtra todo a través de Facebook. A día, de hoy, tras unos días transcurridos desde el sucidio, leo cualquier cosa interesante en un libro o o en internet y la vocecita en la cabeza, para mi horror/sorpresa, todavía piensa en compartirlo inmediatamente, sea con todos mis contactos o con uno en concreto. Esto es quizás lo más aterrador de todo: como la página en cuestión se convierte, internamente, dentro de ti, en un intermediario entre tú y tus relaciones.
Pero no estoy de acuerdo con la explicación simple, que es la búsqueda de aprobación. Es por ello que no me identifico en absoluto con algunos de los síntomas descritos —el 4 y el 5—, muy relacionados con esta necesidad de reconocimiento por parte de los demás. Yo no escribía realmente pensando en el posible feedback que pudiera recibir. Si fuera así, no estaría escribiendo en este blog que apenas tiene 150 visitas diarias de media y en el que sólo un porcentaje ridículo de lectores se molesta siquiera en votar, por ejemplo.
Creo que es algo más sutil, y tiene que ver más con nuestros procesos cerebrales. En un artículo de este glob, relacionado con la vivencia del ego, esa vocecita —en realidad más de una— que todos tenemos en la cabeza, dije:
Dentro de ese coro de voces hay varios injertos. Voces que no son propias. Están ahí por diversos motivos: el señor cura, tu abuelo, tu madre. Estas en concreto pueden ser buenas o malas para tí. Unas veces hay que escucharlas, otras ignorarlas.
Y aquí es donde creo que está la clave: Facebook es capaz de acercar tanto las palabras de la gente —que no a la gente en sí—, y hacerlas tan fácilmente accesibles las 24 horas que, a la larga, acaba llenándonos la cabeza de gente. Dicho de otra manera: la compulsión por escribir, etiquetar, compartir cosas en Facebook es sólo posible no porque tengamos a Facebook, como abstracción, dentro de nuestra cabeza; sino a nuestros contactos de Facebook.
Esa es, creo yo, la clave del éxito de la paginucha, y también su maldición: mete a las personas en la cabeza de otras personas.
Tener la cabeza llena de gente tiene un precio fácil de estimar, especialmente cuando nos damos cuenta de la analogía entre un ordenador y el ego: por mucho que parezca que pueden hacer varias cosas a la vez, tanto la máquina como la voz de nuestra cabeza funcionan de manera unidimensional. Ambos consumen tiempo, y los segundos que dedican a una cosa no los pueden dedicar a otra.
Si la actividad mental está volcada en la vida de otras personas, es uno/a mismo/a quien sufre el detrimento.
Basta fijarse un poco en la idea base que acabo de exponer para darse cuenta que puede explicar casi por completo el amplísimo abanico de actitudes con el que los usuarios se enfrentan a Facebook, y especialmente la vivencia de la dichosa página como evasión de los problemas, o de las simples tareas domésticas.
En mi caso, llevo unos meses enfrentándome con bastante disciplina a la tarea, compleja y multifactorial —espero escribir un artículo cuando haya avanzado bastante más el proceso— de desprogramarme.
Esta es una actividad que no consiste sólamente en erradicar injertos ideológicos, actitudes aprendidas, respuestas automáticas o contracturas musculares crónicas, así como en eliminar expectativas y ansiedades de todo tipo sobre el futuro; también consiste en quitarse a la gente, como un todo, de encima.
La Higiene Mental con mayúsculas exige tener la capacidad de desprenderse internamente de todo el mundo, de todas las personas, cercanas o lejanas.
Con ello no quiero decir que uno limite sus pensamientos a uno mismo. No funciona así, ni mucho menos. De hecho, no hay nada malo en tener en cuenta a los demás, y más aún: si el mundo va tan mal, es precisamente por no pensar más en los demás. Sí me refiero a la capacidad de poder desprenderse de la gente cuando es necesario. Por ejemplo, cuando se hace absolutamente imprescindible tomar las riendas de la propia vida.
Y por eso he puesto de título Better living without facebook a este artículo. Porque realmente la propia vida mejora una vez que te quitas todo el coro permanente de voces que acababa aplastando tu capacidad de concentración y de pensamiento dirigido.
Porque ahora llego a casa, y si enciendo el ordenador es, entre otras cosas, para escribir en este mi/tu/vuestro superglob, que tan abandonado tenía.
FF. Fuck Facebook, o lo que tú quieras que signifique.